Mi?rcoles, 04 de abril de 2012

En el libro de Job, uno de los más antiguos de la Biblia, encontramos un debate entre el Creador y la criatura. Desde el inicio se observa al Dios de los cielos en un diálogo con Satanás, quien venía de recorrer la tierra. ¿Has considerado a mi siervo Job? fue la gran pregunta hecha al malo, con el desafío que implican las palabras. Se le permitió tocarlo en múltiples formas, pero se le exigió respetar su vida. En esta dura prueba a doble fuego ordenada por el Hacedor, Job se ve en medio del gran trauma de su vida: perder a todos sus hijos, sus bienes y su tranquilidad. Además, su salud menguaba por causa de su dolor.

Como colofón, los amigos se allegaron a él para consolarle, aunque al parecer sus torpes palabras le acusaban y buscaban alguna culpa escondida. ¿Quién habrá sufrido como el justo Job? Legendario es ya su nombre, asociado con el dolor y la pena, con las pruebas y el martirio infligido por el maligno. Sin embargo, un gran mensaje de soberanía divina circunda su vida y el libro: es Jehová quien ordena su martirio y controla sus límites.

El mismo Hacedor de todo cuanto existe se entrona sobre esta criatura racional, a quien somete con doble fuego, como ya señalamos. Por un lado el enemigo de las almas le infringe castigo para probar su fe y su confianza en su Creador. Por otra parte, el Dios de todo cuanto existe le cae a preguntas hasta dejarlo sin respuestas. Cíñete ahora como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me responderás (Job 40: 7); estas son las palabras del reto o contrapunto interpuesto por Dios, quien le descubre su pretensión de condenarlo a él para justificarse a sí mismo: ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 7).

Eso es lo que hacemos a menudo, echarle la culpa a otro por nuestras vicisitudes. En última instancia, luego de nuestras reflexiones teológicas, deducimos que el Todopoderoso tiene que ver con todo, por lo tanto es culpable de todo cuanto sucede. Eso es cierto en alguna medida, pero no sería lícito evadir nuestra responsabilidad, por muy soberano que Dios sea. Precisamente, parte de su soberanía lo constituye el habernos creado responsables, mucho más allá de si Él ha ordenado todo cuanto sucede.

Sabemos por el inicio del libro que Dios es quien ordena a Satanás probar a Job.  Más tarde vemos la forma en que el justo se comporta, la influencia de sus amigos con sus palabras no tan sabias. Aún su esposa llega a aconsejarle que maldiga a Dios y muera (Job 2: 9). De eso estaba rodeado el justo Job, pero lo más terrible sucedió cuando el mismo Dios se le acercó y le retó a responder sus preguntas. Una de las más célebres fue tal vez la siguiente: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? (Job 38: 4); Házmelo saber, si tienes inteligencia.

Este es un principio teológico que nos deja fuera de combate cuando pretendemos altercar con el Creador. Esta interrogante nos recuerda lo que somos, masa de barro en manos del Alfarero. Poco importa que tengamos espíritu y alma, pues aún esas cualidades nos han sido dadas y no forman parte de nuestras credenciales de independencia. Job en medio de su dolor y su mengua de salud no tiene más nada que hacer sino escuchar las palabras del reto.  En medio de esas palabras Jehová le recuerda a Job lo que parece ser el núcleo del mensaje general del libro: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? (Job 40: 2).

En el último capítulo del libro Job toma la alternativa o turno de habla. Es el inicio de su respuesta a este contrapunteo bíblico. Respondió Job a Jehová, y dijo...(42: 1).  La respuesta del hombre probado por el fuego comenzó a irradiar sabiduría. Ahora Job conocía también algo importante. Yo conozco...argumentó.  Así como Dios le había pedido que le respondiera si sabía y si tenía inteligencia, la contraparte se lanzó con un Yo conozco.  ¿Pero qué conocía Job, qué había aprendido para responder de esa manera a su interlocutor? Había aprendido humildad y conocía muy bien la soberanía divina. Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti (Job 42: 2). Este fue el principio de su sabiduría, reconocer la esencia de todo cuanto le pasaba, la soberanía divina. Le dijo que él hablaba lo que no entendía, cosas que por maravillosas no podía entender.

Después de estas palabras de respeto, Job procede bajo el estilo de réplica en un intento por imitar la forma interrogativa aprendida en el debate. Si antes Dios le había dicho Yo te preguntaré, y tú me responderás, ahora Job toma el mismo estilo pero con las palabras adecuadas: Oye, te ruego, y hablaré, te preguntaré, y tú me enseñarás (Job 42: 4). A la frase anterior del Omnipotente sigue una respuesta parecida pero subrayada de humildad. Al Yo te preguntaré, y tú me responderás del Dios soberano, sigue un te ruego...te preguntaré, y tú me enseñarás. Mientras el hombre es interpelado por Dios para que dé respuesta de cosas que no sabe y no puede descifrar, Dios es interrogado con humildad para que dé más que una simple respuesta, para que enseñe.

En otros términos, Dios aparece como el Maestro por excelencia y como el Soberano indiscutible. Está por encima de Satanás, quien es su ministro. Está por encima de la gloria de la creación, quien es el hombre. Pero al mismo tiempo, se deja ver como alguien que enseña con palabras y con hechos los conceptos básicos de la relación entre la criatura y su Creador. El libro culmina con una bendición especial sobre el justo Job, pues su postrer estado fue mejor que el primero, añadiéndosele riquezas, familia y largura de días.

Si el capítulo 1 muestra la presentación de un Dios que sugiere a Satanás que considere a su siervo Job (verso 8), el capítulo final (42: 11)  exhibe al Dios soberano que hace como quiere: Y vinieron a él todos sus hermanos y todas sus hermanas, y todos los que antes le habían conocido, y comieron con él pan en su casa, y se condolieron de él, y le consolaron de todo aquel mal que Jehová había traído sobre él... Se reconoce en este texto que todo el mal se lo había traído Jehová mismo, por intermedio de Satanás.  Y Jehová le dijo a Satanás: ¿Has considerado a mi siervo Job? (Job 1: 8).  Nuestras luchas y pruebas tienen un origen, mucho más allá del tentador inmediato. En ese concepto encontramos un refugio para nuestro dolor y una medicina para nuestras heridas.  Saber que existe un Dios soberano que no está en pugna contra el mal sino que lo controla a su antojo, con un propósito eterno, nos consuela y nos da perspectiva de triunfo en medio de las batallas.

No hay nada malo acontecido en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6). Eso debería ser suficiente para repetir con el justo Job: Te ruego, te preguntaré y tú me enseñarás.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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