Martes, 13 de diciembre de 2011

No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno. Dios está airado contra el impío todos los días. La humanidad está muerta en sus delitos y pecados. El corazón humano es engañoso, y perverso, ¿quién lo conocerá? La paga del pecado es muerte. En este panorama bíblico el hombre no tiene salida alguna en sí mismo, pues ni siquiera puede ver la luz de Cristo, ya que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. Por otro lado, Dios les envía un poder engañoso para crean a la mentira. Ese es el estado de la cuestión, cuando miramos al libro que habla de la redención.

Dios se ha escogido un pueblo para sí mismo. Envió a Jesús para salvarlo de sus pecados, para que con su sangre comprara a sus siervos y los librara de la condenación eterna. Por supuesto, el hombre natural no puede creer estas cosas, pues para él son locura, pues no puede discernirlas. Además, las cosas espirituales se disciernen espiritualmente, y quien no tenga el Espíritu de Cristo no es de él.

Si esta es la situación en la cual se encuentra atrapado el ser humano, entonces ¿cómo entender lo que Pablo dice en Romanos 7?  El apóstol argumenta lo siguiente: Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago (v.15). ¿Tiene que ver este clamor con la voz del impío, quien no ha nacido de nuevo? Ya la Escritura ha declarado que no hay quien busque a Dios, ni quien haga lo bueno, por eso el apóstol nos presenta a una persona que desea y quiere hacer lo bueno, y que además se incomoda porque hace lo malo que aborrece. ¿No dice la Escritura que el impío está enaltecido, que se gloría en sus fechorías y se deleita en el camino de los malos? Pero el apóstol continúa: Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena (v. 16).

Este acto de conciencia se da en el nuevo creyente, no en el hombre natural que no ha nacido de nuevo. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí (v. 17). Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo (v. 18). Los arrogantes (impíos) son prósperos, no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres...la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra...Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? (Salmo 73 de Asaf).  Si comparamos la descripción que hace Asaf acerca del impío, quien por naturaleza es arrogante y soberbio, con ese apóstol que quería hacer el bien y que lamentaba hacer lo malo que aborrecía, entonces tenemos que darnos cuenta de que en el cristiano existen dos situaciones internas: el hombre viejo y el hombre nuevo.

Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7: 21-23).  Por cierto, que el apóstol está hablando en tiempo presente y no figurativamente. No siempre que él se incluye en sus textos lo hace en alusión a un tercero. Baste con imaginar un poco si un impío es capaz de exponer lo que Pablo expuso en estos textos presentados. ¿Se siente miserable el impío, porque está atrapado en su cuerpo de muerte? ¿A consecuencia de esa turbulencia en su alma, da gracias a Dios por Jesucristo? Si más bien las Escrituras dicen que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11). ¿Cómo puede Dios airarse contra un impío que le da gracias por Jesucristo, que se siente miserable por hacer el mal y que además no desea hacer el mal, sino que lo aborrece?

A esos desmanes concluyen quienes encuentran soporte en Romanos 7 para decirnos que Pablo se refiere a Saulo de Tarso, a él mismo cuando no había nacido de nuevo. Ese Saulo estaba contento con lo que hacía, perseguir a los cristianos hasta el martirio. No tuvo congojas por el apedreamiento de Esteban, se jactaba de ser un fariseo, descendiente de la tribu de Benjamín, de haber estudiado a los pies de Gamaliel. Precisamente, por haber sido escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo, el Señor se le manifestó para producir en él la conversión. Fue después de su nuevo nacimiento que Pablo pudo escribir en esta epístola lo que le sucedía como cristiano, no necesariamente como pagano. Todo lo contrario, él mismo lo dijo en la misma carta: Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3: 10-12).

Mal puede alguien que es descrito como inútil, tonto y necio que no entiende, injusto, hacedor de lo malo sin que haga lo bueno, llegar a tener remordimiento porque encuentra una ley en sus miembros que entra en conflicto contra su espíritu y mente. Si Pablo se refiriera en este pasaje al hombre natural sin Cristo, entonces echaría por tierra todo lo que había dicho acerca de la naturaleza pecadora del hombre, que hace lo malo y que no busca a Dios.

Para poder buscar a Dios el hombre tiene que nacer de nuevo. Le amamos a él porque él nos amó primero. Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6: 44). Es después que uno es enviado a Jesucristo que da gracias a Dios por él, porque es quien nos librará de este cuerpo de muerte. !Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (Romanos 7: 24-25).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:49
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