Viernes, 11 de noviembre de 2011

Los términos teológicos utilizados para expresar el trabajo salvífico del hombre han sido tomados de la lengua griega. Sinergismo supone el trabajo conjunto syn (con) entre Dios y el hombre, en cambio monergismo implica el trabajo unilateral mono, de un solo lado. Los dos vocablos constituyen la punta de un iceberg de inconmensurable tamaño.

Mientras con la synergia se presume la colaboración humana en los designios del Creador, con la monergia se muestra el trabajo en solitario del Dios Soberano. La primera se basa en una teoría de la gracia preventiva, una fábula urbana y teológica, bajo la cual se dice que Dios quiso crear un espacio neutro para que la voluntad humana fuese autónoma, libre de su influencia, capaz de tomar la decisión de ingerir la medicina ofrecida por su Benefactor. Esta tesis no es nada nueva, ella se remonta a la época de Pelagio, en el siglo V de la era cristiana. El sostenía que la humanidad entera tenía la habilidad suficiente para cumplir los mandatos de Dios, incluso separada de la gracia soberana. Pelagio, además, negaba el pecado original heredado desde Adán como cabeza federal humana.

Pero el pelagianismo tuvo sus bemoles. Una vez que él fue excomulgado de la iglesia y su teología fue condenada como herejía en una serie de concilios, reaparece el semipelagianismo.  Aparece como una síntesis entre la tesis de Pelagio y la de Agustín de Hipona, quien mantenía el criterio monergístico, es decir, que la salvación era obra unilateral de Dios en su gracia soberana. Un teólogo de nombre Juan Casiano propaga y suscribe esta nueva tesis conocida como Casianismo o Semi-Pelagianismo. Esta nueva doctrina continúa contraviniendo la tesis bíblica, pues proclama que el hombre no está muerto en delitos y pecados (como afirma Efesios 2:1), sino solamente enfermo. El hombre se había debilitado por la caída de Adán, pero conservaba la habilidad de salvarse a él mismo gracias a la oferta de Cristo. Solamente tenía que ejercer su libre voluntad en aceptar o rechazar dicha oferta.

Entonces vemos hasta acá dos grandes tesis contra-bíblicas: 1) El pelagianismo, que considera al hombre absolutamente capaz de alcanzar su redención, incluso sin la ayuda de la gracia soberana; 2) el semipelagianismo, que corrige el defecto anterior pero hasta un punto. Ahora el hombre está enfermo, debilitado, es incluso incapaz de salvarse a sí mismo excepto por los méritos de Cristo que son ofrecidos a todos por igual. De allí que su voluntad sea indispensable para aceptar o rechazar dicha oferta.  

En ese momento histórico la iglesia institucional tenía tres proposiciones en su debate; condenó el pelagianismo, aceptó por un tiempo la tesis agustina de la soberanía absoluta de Dios, y pasó después a asumir la proposición semi-pelagiana, quizás un tanto ecléctica. Pero esa era la voz de la institución, no así el eco de sus debates internos. Muchas muestras dio la historia de sacerdotes que en forma aislada proclamaban la verdad bíblica, asunto que ha sido considerado como una pre-reforma a lo largo de muchos siglos.

En el siglo XVI el debate recrudece y la Reforma Protestante se apega al libro. Ahora es la Biblia, traducida a lenguas vernáculas desde sus formas originales, la que muestra a un Dios totalmente distinto a como había sido dibujado por los intereses eclécticos de la institución apegada a la tradición del mundo. Fue un hecho notorio que los reformadores asumieron el criterio monergístico de Agustín, pero no por el teólogo mismo, sino por la palabra que ahora podían leer en forma directa del libro en sus manos. Ya la Biblia no pudo seguir encadenada a los púlpitos de las famosas iglesias, que contaban  con la dicha de tener al menos un ejemplar abierto para sus párrocos. Ahora la imprenta publicaba y repartía el escrito como los panaderos hacían con el pan. A muchos rincones del mundo conocido llegó la Escritura secuestrada anteriormente, mucha gente dejó el analfabetismo en procura de aprender a leer el texto sagrado. La revolución del renacimiento daba sus frutos.

De inmediato surgió la contra-reforma, pues la iglesia institucional vio con peligro su propia extinción. Surge la Compañía de Jesús, los llamados Jesuitas, con el ánimo de contrarrestar la influencia protestante. Ellos desde el inicio asumieron una jerarquía de orden militar y desde entonces gobiernan desde atrás a la iglesia oficial. A la tesis reformada le sembraron un veneno que daría su fruto en su debido momento, lo que hoy se conoce como arminianismo.

Jacobo Arminio fue un teólogo holandés que defendió en principio la tesis reformada. Se hizo seguidor de Calvino, juró apego a la tesis de la reforma, pero en privado enseñaba lo mismo que el Casianismo. Arminio no estuvo solo, sino que recibió mucha ayuda de Roma, en especial de la de sus teólogos de punta que se encontraban en España. Cabe destacar el trabajo de Luis de Molina con su tesis de la gracia preventiva, que no fue tan original sino más bien un préstamo a los semipelagianos. Decía que Dios de voluntad propia quiso por un acto soberano dejar un espacio neutro donde el hombre quedaba absolutamente libre de su influencia absoluta, de tal forma que le gobernaba su propia voluntad. Una vez libre podía decidir a favor o en contra de la oferta del evangelio.

Por supuesto, la labor de Arminio dentro de la iglesia protestante rindió sus frutos. Quizás los más apreciados se sintieron al final del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Pero más allá de su influencia negativa dentro del protestantismo, hay que destacar que la tesis de Arminio, de Luis de Molina, de Erasmo de Rotterdam, y de tantos otros, no es más que una contradicción a los dictámenes de las Escrituras. Siguen contraviniendo el texto de Efesios 2:1, el de que el hombre está muerto en sus delitos y pecados. De esta forma, cualquier espacio libre o neutro que se llame gracia preventiva resulta inútil ante una humanidad sin signos vitales. Poco importa que el médico decrete la medicina, se la lleve al paciente y lo proclame libre de tomársela, si el paciente yace en su lecho de muerte. He allí la falacia arminiana, molinista, erasmista y en general de la contrarreforma.

El Sínodo de Dort se reunió para debatir acerca de cinco puntos que los discípulos de Arminio proclamaron como disensión de lo que otrora se llamaba calvinismo (por Juan Calvino como representante en Ginebra de la tesis de la soberanía absoluta de Dios). Pero más allá de ser un apunte contra el calvinismo era un atentado contra los preceptos bíblicos. De esa manera el Sínodo condenó la tesis de los Remonstrants -los que se oponían a la soberanía absoluta de Dios en sus actos decretados en cuanto a la salvación y reprobación de la humanidad- advirtiendo de su peligrosa enseñanza para la iglesia. Ellos fueron unos herejes, al igual que Pelagio o los semipelagianos. Pero el veneno de Roma ya había sido inyectado en el medio protestante. Era cuestión de tiempo para que su toxicidad rindiera efecto.

Bien, el asunto es muy interesante porque estadísticamente resulta ser que solamente en los Estados Unidos de Norteamérica, en estos momentos del siglo XXI, el 86% de su población ¨cristiana¨ es arminiana. Con ello se pone en evidencia que la sapiencia jesuítica fructificó, para malestar y engaño de muchos. No obstante, la verdad bíblica yace encumbrada, como un faro que no mengua su luz, inmutable desde los siglos. Cualquiera que desee cotejar la verdad puede ir a su fuente y verificar. Una de las grandes falacias que se desprenden de la tesis de Arminio o de Luis de Molina, o de Pelagio y sus seguidores, es la de la profecía de un Dios que tiene que ver en la voluntad y en los actos de sus criaturas. De esta forma puede escribir a través de sus profetas los hechos futuros de su humanidad creada y suscribir su firma como autor de las profecías. En otros términos, Jesucristo fue enviado a morir en una cruz, porque eso fue lo que Dios previó al mirar en las voluntades de los hombres. El también supo todos los detalles que sucederían en relación a la crucifixión y muerte de su Hijo, gracias a que miró en las voluntades libres de los hombres en la historia. Por esa visión pudo escribir las profecías, para que se cumplieran cabalmente. De esta forma, Dios no solamente deja de ser soberano, sino que se coloca como un impostor, un plagiario que roba las ideas de los corazones de la humanidad y asume su autoría como profeta que declara el futuro.

Estas cosas suceden porque se pretende torcer las Escrituras. Por otro lado, si el hombre fuese libre como lo pregonan Pelagio y sus seguidores contemporáneos, entonces la Biblia tendría que reescribirse a cada momento, porque no habría nada cierto en ella. He allí otra gran falacia derivada de esa doctrina desviada. Resta, sin embargo, hacerse la gran pregunta en el resumen de estas ideas. ¿Seguiremos a las estadísticas, como un argumento ad populum (de la mayoría), o las palabras de Jesús cuando dijo: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre ha placido daros el reino?

La proposición del evangelio es lógica y es una buena noticia para el pueblo escogido de Dios. Todo lo que está al margen de ese evangelio es ruido, estorbo, pedregales del camino. A muchos esta palabra les parece dura y se presupone que nadie la puede entender o escuchar. Sin embargo, Jesucristo afirmó que sus ovejas oirían su voz y no seguirían la voz del extraño, a quien no conocen.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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