Mi?rcoles, 09 de noviembre de 2011

Muchos se preguntan en qué consiste el evangelio. Algunos suponen que como su etimología anuncia la buena noticia la gente la asumirá según su voluntad. Otros creen que es una obligación de cada ser humano el aprehender esa buena nueva de salvación. Sin embargo, con el étimo se dice algo, pero no todo. Por ejemplo, no se asegura para quiénes va dirigida.

Hay otros problemas asociados con la definición. En algunos círculos religiosos se asume que el evangelio requiere una serie de rituales para que sea eficaz. Incorporan maneras y conductas para que el anuncio de salvación sea efectivo. No obstante, a pesar de que podríamos gastar tiempo en enunciar las asunciones de la gente en relación con este tema, vamos a enfocarnos en lo que la Biblia define como evangelio.

El evangelio consiste en la persona de Cristo y en su obra de redención. Ese es el anuncio que se hace, no sólo en el Nuevo Testamento, como algunos erróneamente creen, sino también en el Antiguo Testamento. Ninguna persona desde Adán hasta nosotros ha podido ser redimida a no ser por la persona de Cristo y su trabajo expiatorio. Abraham le creyó a Dios y le fue contado por justicia. Felipe -el apóstol- le predicaba a un etíope con el libro de Isaías capítulo 53. Los profetas esperaron el día de Jesucristo, pero no lo vieron, como asegura el autor de Hebreos. No obstante, los que creyeron lo hicieron confiados en lo que el redentor haría llegado su tiempo.

La prueba fehaciente del Antiguo Testamento en su referencia al Mesías que habría de venir se ve patente en los sacrificios hechos de animales en el altar, por intermedio del sacerdote levítico, pues ello era figura de lo que habría de venir.

El sacerdote no expiaba la culpa de los pueblos vecinos, solamente la de aquellas personas que acudían para la expiación, de aquellos para los que fue anunciado el ritual conmemorativo de la Pascua.  Ya Isaías dice tocante al Verbo de Dios que salvará mi siervo a muchos, y Mateo desde su inicio habla de la aparición que hace un ángel ante José, para aclararle acerca del misterio de la encarnación del Hijo de Dios en María, su prometida. Allí le dice que su nombre se llamará Jesús y que salvará a su pueblo de sus pecados.

En ninguna parte de las Escrituras se anuncia una salvación universal sino particular. El Mesías lo aclara personalmente, cuando asegura que él daría su vida por las ovejas -no por las cabras. Agrega que muchos no quieren ir a Él porque no son de sus ovejas -eran cabras. Dice, además, que nadie puede ir a Él, a no ser que su Padre lo lleve primero. En su oración sacerdotal recogida por Juan en su capítulo 17 de su evangelio, no ruega por el mundo. Esto es un hecho significativo en gran medida: el Hijo de Dios, el que vino a salvar al mundo, no ruega por el mundo. Entonces uno debe preguntarse ¿a cuál mundo vino a salvar?  A los que conformaban su pueblo, como dijo Mateo, a los muchos de Isaías, a los elegidos del Padre (Efesios 1).

El que usted lea este anuncio le hace partícipe de la nueva de salvación, no se la garantiza. Sin embargo, puede considerarse un afortunado ante los miles y millones que jamás han escuchado el anuncio acerca de Jesucristo. Tal vez usted se considere con suerte y a usted le sean abiertos los ojos para vida eterna. Tal vez las palabras de Jesucristo provoquen el nuevo nacimiento que es por obra del Espíritu Santo, como le aseguró Jesús a Nicodemo. Y aunque sea por operación sobrenatural, no lo será sin el anuncio de la predicación de su palabra (Romanos 8: ¿cómo oirán si no hay quien les predique?).

Pero es posible que usted, antes de aprovechar la oportunidad de reflexionar al respecto, sea de los que primero piensan en los miles y millones que nunca han escuchado este anuncio. Entonces usted se abstiene de participar en el conocimiento pleno de esta buena noticia, por cuanto considera que no es justo que le sea ofrecido a usted esta oportunidad y no a la totalidad de la raza humana. En este caso también existe un prototipo relatado en el evangelio de Juan capítulo 6, los que cuando escucharon a Jesucristo hablar de la predestinación -nadie viene a mí si no le fuere dado del Padre- se abochornaron, dijeron que esa palabra erar dura, lo que significaba injusta de acuerdo al contexto. Pero no solamente opinaron respecto a las palabras de Jesús referentes a la predestinación, sino que expresaron una especie de falacia de generalización apresurada. Una falacia es un razonamiento inválido, porque una de sus premisas o la conclusión es falsa. Ellos dijeron: ¿quién la puede oír?

De esta forma, como a ellos les pareció dura la palabra de la predestinación, supusieron que más nadie debería escucharla porque les sería de igual manera dura. Ellos hablaron por el resto, por la humanidad entera. Eso sucede a menudo en los que se han forjado un ídolo que substituye al Dios de la Biblia. Es mejor forjarse un dios a su medida, que valore y premie el esfuerzo humano por entenderlo, por asumirlo, por salvarse con su ayuda.

A muchos les resulta repugnante la doctrina de la predestinación, lo cual significa que les resulta repulsiva la doctrina de la cruz, porque juntas son la misma. No existe la una sin la otra, ya que el Padre se ha propuesto salvar de la masa de los caídos a un grupo, no a todos. Ese es su derecho soberano, su prerrogativa particular, y así lo dice toda la Escritura. Quizás la parte más emblemática la encontremos en Romanos capítulo 9, cuando Pablo habla sobre los gemelos Jacob y Esaú que no habían aún nacido, que no habían aún hecho ni bien ni mal y ya habían sido apartados uno para vida eterna como vaso de honra, y otro para muerte eterna como vaso de deshonra. El propósito es expresado para dar a entender que la salvación se da por la elección y no por las obras. De manera que no es un asunto judicial histórico sino un decreto eterno, desde los siglos.

Pero si usted se goza en esta verdad evangélica (relativa al evangelio), dado que es es la única vía en que podamos ser salvos, entonces es muy probable que usted sea uno de los elegidos para salvación. El Espíritu de Cristo le dará testimonio a su espíritu de que eres uno de los elegidos para vida eterna. De esta forma, el evangelio se define como la persona de Jesucristo, en cuanto Él es el Mediador entre Dios y los hombres, el que ha hecho posible nuestra paz con Dios. Pero también se define como la obra de Cristo, por cuanto fue el sustituyo de muchos -de los elegidos- por los cuales pagó con su muerte y su sangre la redención de nuestros pecados y de nuestra vida.

Lo que se agregue a esta verdad se hace torciendo o forzando las Escrituras para que digan lo que nunca han dicho. Todos sus textos se ajustan a esta gran verdad doctrinal, que no es otra que la absoluta soberanía de Dios.

Como el Espíritu de Cristo nos lleva a toda verdad, entonces una vez dentro de nosotros habremos de entender lo que es el evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:58
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios