Viernes, 04 de noviembre de 2011

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él (Romanos 8: 9). Este es un presupuesto categórico del que se sostiene la gran doctrina del cristianismo. Mucho mejor decir, la gran doctrina de la seguridad del creyente. Algunos dirán en el día final que ellos adoraban a Dios, que asistían a la iglesia, que leían las Escrituras, que sus vidas manifestaban signos de la presencia de Dios. Pero el Señor les dirá entonces:  No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7: 21-23).

Con estas frases de Jesucristo se demuestra que no basta con los rituales de la religión para demostrarse a sí mismo que uno es salvo. Al parecer, la única prueba que el creyente puede tener es la presencia del Espíritu de Cristo en su vida. Esto escapa a las sensaciones o manifestaciones de poderes súper naturales, pues el que nos sintamos alegres o tristes, dinámicos o apagados, no implica que se tenga o no el Espíritu de Cristo.

Tenemos que buscar la evidencia de la presencia de su Espíritu en nosotros. La principal de ellas, y por ende la primera que se manifiesta, se produce durante el nuevo nacimiento del individuo. Jesús le explicó a Nicodemo en Juan 3 que era imperativo para el hombre nacer de nuevo. ¿Por qué? Porque según el contexto general de las Escrituras toda la humanidad se ha apartado de Dios, ha caído federalmente en Adán, está muerta en delitos y pecados, no hay quien busque a Dios ni quien haga lo bueno. Porque para Dios el hombre ha venido a ser como nada y como menos que nada. De esta forma hace falta que haya una nueva criatura, lo cual no puede suceder si no existe el nuevo nacimiento. Esta vez no hace falta la biología sino el Espíritu de Cristo.

Dado que el nuevo nacimiento es por voluntad de Dios, entonces deducimos que se trata de un acto sobrenatural que le compete al Todopoderoso. No podemos controlar al nuevo nacimiento, no podemos dirigir al Espíritu de Dios para que produzca nuevos frutos. Él es autónomo, porque es Dios, y como el viento sopla de donde quiere sin que podamos saber ni de dónde viene ni a dónde va. De allí que Pablo haya dicho, inspirado por el mismo Espíritu del que hablamos, que el que no tenga este Espíritu no es de Cristo.

Bien, hemos resuelto la primera inquietud en cuanto a lo que implica tener el Espíritu de Cristo. Lo siguiente podrá darnos luz acerca de las cualidades manifiestas de quien posee dicho regalo. Al saber que no depende de nosotros ese nuevo nacimiento, entendemos que ha sido una dádiva de Dios, pero de igual podemos probar que el Espíritu se manifiesta en una cantidad de operaciones a lo largo de la vida cristiana. Cristo dijo que cuando viniese el Ayudador -el Espíritu de verdad- el cual procede del Padre, él atestiguaría de Jesucristo (Juan 15: 26). Por el Espíritu somos sellados para el día de la redención (2 Corintios 1: 21-22; 5: 5; Efesios 1: 13-14), y se nos ha dado la garantía de la salvación por y a través del Espíritu. Es decir, el Espíritu es la prenda o garantía -las arras- de que somos de Cristo.

Seguimos interesados en ver los efectos de su presencia en nuestra vida. Muchas son sus manifestaciones, pero quizás una de las más sublimes sea el gozo que produce en el creyente. Amamos a Cristo porque Él nos amó primero, pero lo interesante es que le amamos sin haberle visto: a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso (1 Pedro 1:8). En Gálatas 5: 22 se habla del gozo que produce el Espíritu Santo de Dios como uno de sus frutos en nuestra vida. También nos ayuda a pedir como conviene e intercede por nosotros en nuestras oraciones (Romanos 8: 26).

Pero no hay nada mágico en el Espíritu de Dios. Es allí donde muchos tropiezan, como Simón el mago, quien quería por dinero recibir el Espíritu. Muchos suponen que la vida en el Espíritu implica un caminar sobrenatural, pero resulta que estamos metidos en el mundo, en las coordenadas del espacio-tiempo y tenemos que limitarnos a las leyes de la física. Nuestra vieja naturaleza se disputa en nosotros el primer lugar y quiere gobernar plenamente. El nuevo nacimiento presupone un crecimiento, pues así como nacen los hombres siendo unas pequeñas criaturas para crecer y desarrollarse plenamente, la metáfora usada por Jesús continúa con la validez para los que somos nacidos del Espíritu. Debemos crecer y desarrollarnos, y para ello debemos alimentarnos. ¿De qué se alimenta un espíritu? De las cosas espirituales.

Debemos recordar que existen huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, que procuran asediar a los que somos de Dios (Efesios 6: 12). El mundo entero está bajo el maligno, pero nosotros no somos del mundo, sino que estamos en el mundo (1 Juan 5: 19). La palabra de Dios es el elemento orgánico que nos ha sido dada para nuestro sustento. Si resistimos a esa palabra resistimos al Espíritu de Cristo. Jesucristo fue definido como el Verbo hecho carne. Él es la Palabra, de manera que no debemos merodear fuera de ella para encontrar poder espiritual. No existe tal cosa en el creyente que adora en espíritu y en verdad. Los que resisten la predicación de la pa­labra resisten al Espíritu Santo (Hechos 7:51).

Una verdad curiosa se nos revela para hacernos pensar en forma muy seria. A pesar del poder absoluto del Espíritu de Dios, se nos encomienda a los creyentes a no apagar al Espíritu (1 Tesalonicenses 5: 19). El nuevo nacimiento se hace sin nuestro consentimiento, por cuanto estábamos muertos en delitos y pecados, por lo cual Dios nos dio vida en Cristo. Eso es un acto operativo de su absoluta voluntad, donde el hombre es un agente pasivo. Pero una vez que se nos ha dado el Espíritu como arras, como regalo, para hacernos crecer, para llevarnos a toda verdad, para que nos gocemos en Cristo, para que se produzca amor en nosotros, paz, benignidad, templanza, dominio propio, mansedumbre, fe, esperanza, se nos recomienda a no apagar al Espíritu.  

No existe poder humano capaz de resistir eficazmente a Dios. Pero existe una resistencia natural en cada hombre natural. Como quiera que el creyente todavía habita en casa de barro, tiene el viejo hombre que busca resistir al Espíritu y busca apagar su fruto. Como dijera Pablo en romanos 7: 17, el pecado que mora en mí es quien nos lleva a la oposición a Dios. ¿Por qué un Dios soberano permite que su Espíritu sea resistido por sus propios hijos? Porque precisamente Él es soberano y hace como quiere. Ha querido que experimentemos el fruto de su Espíritu y el fruto de la carne que se rebela contra el nuevo hombre. Recordemos que el hombre natural puede gustar por un tiempo las cosas de Dios y luego revolcarse en el fango como la puerca lavada, o volver sobre su propio vómito, como lo hacen los perros. El creyente no hace lo mismo, pero sí puede sentir la mordedura de la serpiente como les sucedió a los israelitas en el desierto, como pasó con David cuando cayó bajo el pecado de la lujuria y el crimen. La gran diferencia entre David y Saúl fue el Espíritu de Dios, que como ungidos tenían. Pero a Saúl le fue quitado el Espíritu de Dios y un espíritu maligno enviado de Jehová le atormentaba, mientras que a David no le fue quitado nunca el Espíritu, por lo cual él cayó a tierra cuando Natán le dijo ese hombre eres tú.

Pablo habla del Espíritu de Cristo como las arras para el día de la redención. Eso es parte de la gracia dada a la iglesia, el gran misterio revelado que él anunció. Porque nadie podrá argumentar que en el Antiguo Testamento había iglesia, pues contravendría al apóstol y forzaría las Escrituras. Si bien los salvos siempre lo han sido por la gracia de Dios, no por las obras de los hombres ni por la obra de la Ley, la iglesia es un misterio revelado en el Nuevo Testamento, y el Espíritu de Cristo fue dado como garantía de la permanencia de los creyentes hasta el día de la redención final (Romanos 16: 25-27): Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.

El misterio del que Pablo habló fue anticipado por Jesucristo cuando hablaba con sus parábolas para explicar el reino de los cielos (Mateo 13: 45-46); pero ese misterio revelado es Cristo en nosotros, la unión de Cristo con su iglesia según lo expresado en Efesios 5: 31-32; el misterio del Israel actual (Romanos 11: 25); el misterio de los judíos y gentiles unidos en un solo cuerpo (Efesios 3: 5-6). Interesante que esta unión se hace en Cristo, en su cuerpo que es la iglesia, del cual Él es la cabeza. Ello no elimina la nación de Israel, de acuerdo a los planes históricos profetizados para ella, en el cumplimiento de los tiempos -como ya se dijo en Romanos 11: 25. Hay quienes argumentan que el misterio del rapto de la iglesia estuvo embrionariamente anunciado en Juan 14: 1-3 y fue revelado por Pablo en 1 Corintios 15: 51-52.

En el Antiguo Testamento se menciona la muerte sustitutiva de Jesucristo (Isaías 53). Felipe le predica al etíope con el libro de Isaías 53, según lo acota el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 8: 28-35). El apóstol Pedro usó el salmo 16 en su predicación manifiesta en Pentecostés (Hechos 2: 24-32), y usa el salmo 118 en Hechos 10: 43. Habló igualmente de cómo se señalaba a Jesucristo desde antiguo (Hechos 13: 33-37). Pablo habló de Abraham, el cual fue justificado por la fe (Romanos 4: 1-8; Gálatas 3: 6). Romanos 10: 6,7,11,13,16,18, habla de la gracia del evangelio de Dios en citas del Antiguo Testamento. Asimismo en Romanos 15: 9, 12 y 21 se apoya en el evangelio que llegaría a los gentiles, por lo dicho en tiempo antiguo. ¿Qué podemos decir de la célebre cita de Habacuc 2: 4 mencionada por Pablo en Romanos 1: 17: el justo por la fe vivirá. Ciertamente el evangelio estuvo anunciado en el Antiguo Testamento, y Jesucristo era su objeto central. Pero la iglesia nunca fue mencionada y en tanto cuerpo de Cristo y su analogía tomada del matrimonio (Efesios 5: 22-32) fue un misterio revelado al apóstol. Le tocó a Juan en el Apocalipsis mencionar que Cristo es la novia de la Iglesia y hablar de las bodas del Cordero (Apocalipsis 21:2 y 22: 17).

En resumen, tener el Espíritu de Cristo es un regalo para los elegidos de Dios. Nos toca ocuparnos de una salvación tan grande, pues ¿cómo vamos a descuidarla? Nos compete no contristar al Espíritu en nosotros, pues nuestras rebeliones lo entristecen. Nos incumbe el no apagar su luz, al distanciarnos de su palabra.  Pero tener el Espíritu presupone que el mundo nos aborrezca (1 Juan 3: 13), que amemos a los hermanos (1 Juan 3: 14), que tengamos confianza en Dios cuando nuestro corazón nos reprenda (1 Juan 3: 21), que tendremos las peticiones que hagamos conforme a su voluntad (1 Juan 3: 22).  Creer en Jesucristo y amarnos los unos a los otros es prueba inequívoca de tener el Espíritu de Dios: Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado (1 Juan 3: 24).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:08
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