Martes, 11 de octubre de 2011

Vamos a hablar del temor que sentimos cuando comprendemos el tema de la predestinación. Cuando leemos en los profetas del Antiguo Testamento acerca del día del Señor, en referencia a la Segunda Venida de Cristo, en su mayoría ellos exclaman que será terrible, de espanto, de dolor. En el libro del Apocalipsis se dice de la misma forma, pues se habla de los sellos, copas y trompetas de la ira de Dios para los moradores de la tierra. Pero eso pertenece al futuro y no muy distante. Sin embargo, nosotros los creyentes tenemos la esperanza bienaventurada del Señor, cuando nos dijo que debíamos velar y orar para ser tenidos por dignos de escapar de la hora de la prueba. Bien, con esto quiero argumentar que el Señor es temible, terrible, todopoderoso y no hay quien de su mano libre. Además, El se declara a Sí mismo como el único, y no hay otro Dios fuera de Él.  De manera que desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento encontramos al Creador representado como el Soberano Alfarero, que hace vasos para honra y vasos para deshonra, pero que al mismo tiempo nos dice a todos sus vasos que nosotros no somos nada, y somos como menos que nada. Tal es la estima que Él tiene de su arcilla creada por sus propias manos.

Con lo dicho hasta ahora se deja fuera la jactancia. Pero como buen Maestro, repite una y otra vez a través de sus profetas que todos estamos muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga el bien, que cada quien se apartó por su camino. No hay quien busque a Dios y haga lo bueno. Entonces, frente a esta realidad dibujada por Él mismo, demostrada con los hechos de la historia antigua y presente, queda probado el hecho de que la humanidad entera está por naturaleza en desgracia. Quiso Dios, en su infinita misericordia, sabiduría y bondad, de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, escoger a unos vasos para alabanza de su gloria, y a otros para manifestar su ira, justicia y poder. En esa elección no participó más nadie, ni los ángeles, ni el maligno, pues aún él fue creado para el día malo (Proverbios 16:4).

Su revelación lo repite infinidad de veces, como lo hace el libro de Efesios. En esa carta encontramos una apología a la predestinación. Desde el capítulo 1 se nos dice que Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo. Y como ya sabemos, en el libro de Apocalipsis, Juan escribió que a la bestia la adorarían aquellos cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13: 8 y 17: 8). Pero es el libro de Romanos el que más claramente plantea la predestinación para salvación y la reprobación planificada de Dios. Allí se encuentran las razones de ambas acciones divinas: para hacer notorio su poder, para manifestar su gracia, para negar cualquier obra humana.

Cuando el autor de Romanos nos dice en el capítulo 9 que nuestra obra no vale, eso nos pone a temblar. Cuando nos asegura que tanto la predestinación para salvación como la escogencia para reprobación fueron hechas mucho antes de que el hombre hiciese bien o mal, es decir, mucho antes del pecado mismo, entonces esto también nos pone a temblar. ¿Por qué razón? Simplemente porque perdemos el control. Si somos amarrados a un caballo y a éste se le echa a correr sin que tengamos las riendas tomadas en nuestras manos, entonces eso nos asusta, pues estaremos a merced del destino del animal. Muchas cosas podrían pasar en el trayecto, y muchas cosas podríamos imaginar que nos causen estupor.

La pérdida del control nos perturba. El hombre está puesto en la tierra para gobernar la creación, al menos esa fue la orden que Dios le dio a Adán. Nuestra confusión comienza cuando suponemos que la salvación es parte de la creación que Dios hizo para el gobierno humano. El hombre sojuzga la tierra, pero no puede sojuzgar el cielo. Ese es nuestro límite, con la aclaratoria de que aún en aquello que gobierna lo hace bajo un plan trazado por el Alfarero, muy a pesar de que no se aperciba de tal realidad. Pero queda claro que en materia celestial el hombre no legisla, no tiene intrusión ni gobierno. Por ello no puede hacer nada para su propia salvación o perdición, sino que está sujeto a la voluntad de su Hacedor.

Esta impotencia humana le irrita sobremanera y se levanta el objetor (el de Romanos 9) en cada uno de nosotros. Es un argumentador de lógicas y proposiciones en contra de la actitud de su Hacedor. La primera de ellas es ¿Por qué, pues, inculpa? pues ¿quién ha resistido su voluntad? Observemos que este objetor reconoce que su creador es Todopoderoso, pues sabe que nadie puede resistir su voluntad. En otros términos, su lógica acusa a Dios de injusto, de arbitrario, de tirano. De allí que, de espaldas a su Creador, dice que esa palabra es dura de oír y que además nadie la puede entender. En otros términos, Dios está loco, se ha convertido en injusto, reparte desequilibradamente y no en base a nuestras obras sino a su prejuicio.

Para no quedarse solo, el objetor se fabrica un dios a su medida, un ídolo. No necesariamente de madera o metal, ni de bronce o plata. No necesariamente a imagen de la naturaleza en forma de animales o cualquier otro elemento, sino un dios bíblico. Toma elementos de la Escritura y con el cincel de la libre interpretación va forjando un modelo de acuerdo a la mayor cantidad de textos posibles que encuentre, hasta decir he aquí el dios que satisface mi raciocinio. He aquí un dios que respeta mi voluntad. He aquí un dios humanizado y sensible ante mis obras.

Pero el escogido para salvación, aún contaminado con el pregón del nuevo dios, va entendiendo que no puede ser verdad tanta contradicción con los Escritos. Entonces asume el miedo con la confianza de entender que nada puede hacer para evitar que sea de la manera que Dios lo ha hecho. El escogido le responde al objetor que lleva dentro de sí, pues ha sido entrenado por los otros objetores a venerar a ese segundo dios: ¿quién eres tú para altercar con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su Alfarero, por qué me has hecho así? ¿Acaso no es potestad del Alfarero el hacer con su barro lo que quiere? En ese momento descansa en paz, porque ha aprendido que nunca ha tenido el control de nada, sino que simplemente ha sido instrumento en la administración de Dios. Ha comprendido que su rol es el de simple mayordomo que debe entregar cuentas.

Cuando llega a este estado de conocimiento de la verdad, comienza a ser verdaderamente libre. La conciencia de saber que no puede controlar es administrada por el Espíritu de Dios para emancipar su temor. En este momento comienza a agradecer el que haya sido escogido sin merecimiento alguno, pues entiende que de no haber sido así nunca hubiese sido salvo. Aprende a descansar en la obra sustitutiva de Cristo y va gozoso hacia su patria celestial.

En cuanto a qué sucede con sus familiares y amigos, eso puede tener muchas vertientes. Lo más natural, pues todavía seguimos en el afecto de la carne, es que nos preocupemos por sus almas. Lo más natural es que intentemos explicarles lo que hemos aprendido. En algunas oportunidades nos acontece lo mismo que le sucedió al apóstol Pablo, cuando al inicio del capítulo 9 de la carta a los Romanos escribió que tenía profundo pesar y dolor en su corazón por sus parientes según la carne. Estos no son más que sus familiares, que ya eran israelitas, de la tribu de Benjamín -como lo era el apóstol. Quisiera él mismo ser Esaú para darle el chance a ellos de ser Jacob. Pero entiende que si su dolor le acompaña es porque eso que piensa y desea es imposible de cambiar, de otra manera Dios le hubiese dicho que lo haría. Al contrario, en el capítulo 11 escribió: irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.

Pero aunque sintamos el dolor por los seres a quienes les tenemos afecto, aunque les prediquemos la verdad y oremos de acuerdo a la voluntad de Dios, eso no nos debe robar la paz y el reposo alcanzado con el conocimiento de la doctrina. Si eso nos robare ese descanso, entonces la soberbia continúa gobernando. Pablo sintió dolor y quiso el intercambio: ser él un Esaú a cambio de que sus familiares fuesen unos Jacob. Sin embargo, a pesar de su tristeza momentánea, continuó con el gozo hacia la meta del supremo llamamiento. He allí nuestro ejemplo a imitar, he allí el modelo a seguir.

La Escritura dice que cuando estemos en la gloria y la presencia de Dios, el Señor enjugará toda lágrima de nuestros ojos. No podríamos gozar la eternidad con el profundo dolor de recordar a los seres queridos que fueron separados por la gracia de Dios. Eso no nos competerá en el más allá. Pero acá en la tierra debemos entender bien esta ley: que mientras más nos aflija más soberbia pudiese andar oculta en nuestro espíritu. ¿Qué le dijo Jesucristo a uno de sus escogidos cuando lo llamó? Después de llamarlo y de que este le pidiese un poco de tiempo para ocuparse de la muerte de su padre, el Señor le respondió: Deje que los muertos entierren a sus muertos (Lucas 9: 60). Cristo le estaba ofreciendo la vida a un muerto en delitos y pecados, pero este quiso pensar en sus afectos y le pidió tiempo. Más allá de que le haya seguido después de lo que Jesús le hubo dicho, lo que importa acá es el sentido de la frase de Jesús. ¿Quiénes son los muertos? Hay dos categorías: 1) los que lo están en sus delitos y pecados; 2) los que físicamente ya no tienen vida. En todo caso, Jesús habla acerca de la primera categoría: los que están muertos en delitos y pecados, pero que viven biológicamente. Estos son los que se deben ocupar de enterrar a sus muertos físicos que a su vez están muertos espiritualmente. La oferta de Jesús no iba dirigida al padre de la persona que había llamado para que le siguiera, ni a los otros familiares, iba dirigida solamente a él.

Con esto en perspectiva debemos dar gracias por el llamado que se nos ha hecho. Lo demás no nos compete. Nuestro deber sigue intacto, ir por todo el mundo y predicar este evangelio. El que lo creyere será salvo, mas el que no lo creyere entonces es porque no ha sido predestinado para creerlo.

Para el Señor sea toda la gloria.

César Paredes.

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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