Viernes, 30 de septiembre de 2011

La ignorancia es osada, reza un dicho popular. Esto aplica a muchos renglones del saber humano, y la teología no le escapa. En las múltiples ocasiones en que aparece la analogía bíblica acerca del Alfarero y la arcilla, lo que muestra es una actividad suprema del Hacedor de todas las cosas. La arcilla o barro con lo cual trabaja también es de su propio producto. La confusión del hombre común pudiera radicar en que busca una analogía de la analogía, al inferir que un escultor diseña y moldea su obra a partir de elementos dados que puede fácilmente manipular de acuerdo a su capacidad creativa.

El escultor no necesita crear los materiales con los cuales trabaja. La piedra de mármol le es ofrecida en las minas que la contienen. Los estiletes, cinceles, gradinas, uñetas, rayadores, escalfiladores, martillinas, martillos y un sin fin de instrumentos para moldear su obra también le son ofrecidos por los herreros que previamente los han confeccionado a partir de elementos encontrados en la terrestre. Pero la analogía de la analogía es difusa, por cuanto el mismo escultor es también una obra esculpida por el Hacedor de todo. De manera que ¿dónde queda la jactancia?

Esta situación nos lleva a seguir con la idea inicial de que la ignorancia es osada. En teología muchos son los defensores de Dios, ofrecidos en sacrificio vivo para limpiarle sus manchas. El mal ya no es un problema ontológico, pues apareció de la nada o tal vez por obra de algún antagonista ejemplar que conlleva la función de contrastar con el bien. Surge el dualismo en consecuencia, de un lado el Dios todopoderoso y bueno, y del otro una fuerza o deidad o personalidad que combate con similar poder en defensa del mal. Fueron los romanos los que presentaron a la diosa Jano (que al parecer se veneraba en otros pueblos antes de la fundación de Roma), una deidad con dos caras que custodiaban las puertas (tanto de las casas como de su imperio) mirando a los lados opuestos: una hacia adelante y la otra hacia atrás. Tal vez conlleva la idea de la conducta humana debatida entre el bien y el mal, como polos opuestos.

La idea del dualismo es extra bíblica, absolutamente pagana y nunca encontrada en la revelación asumida como las escrituras inspiradas del pueblo cristiano.  De igual forma, la contracara de esta manera de ver el problema del bien y del mal es el compatibilismo.  Se presume que exista libertad para que haya castigo justo. Si el hombre no es libre por naturaleza, entonces no es justo que reciba castigo en aquellas faltas cometidas. La justicia ha de ser manifestada y elogiada gracias a la libertad del procesado para cometer el acto incriminatorio.

Por curiosidad, fueron los franceses con su doctrina de la responsabilidad quienes crearon la normativa para los conductores de autos y demás transportes, de manera que pudieran salir del encierro entre el dolo y la culpa. El crimen podía verse según el derecho romano como un acto doloso (con la intención de hacer el daño) o como un acto de culpa (sin la intención, pero igualmente criminal por los atributos de negligencia, imprudencia, impericia e inobservancia de las normas, por parte del culpado). ¿Qué pasaba con los conductores de autos que sin dolo ni culpa tenían un accidente y uno de sus acompañantes resultaba lesionado? ¿O cuando dos autos se golpean entre sí, y se genera un daño material en donde no hubo ni dolo ni culpa? Para ello se creó la doctrina de la responsabilidad. El dueño del auto, junto con el conductor del mismo, es responsable de lo que sucede con su máquina.

Esto nos conviene traerlo al campo de la teología, pues parece ser que ese es el principio bíblico. Más allá de nuestro dolo o de nuestra culpa, para la cual se supone que debemos ser libres en nuestro actuar, según la doctrina de la compatibilidad, Dios ha hecho al hombre responsable de sus actos. El Alfarero moldea la arcilla (que él mismo ha hecho ex nihil) y tiene la potestad de hacer un vaso para honra y otro para deshonra, de preparar uno para ser objeto de su ira y otro para objeto de su gracia. Acá se observa que la voluntad de tal escultor anula la libertad del objeto creado, que por ser cosa creada carece de voluntad y por supuesto de libertad. No obstante, la criatura hecha es dotada de responsabilidad, o lo que es lo mismo, debe responder ante el Alfarero.

La objeción clásica, lógica e inmediata es la que presenta el hombre natural. ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido su voluntad? Observemos que el objetor reconoce el hecho de que es impotente para resistir la voluntad del Alfarero. Aunque tenga la facultad de pensar como atributo dado a ese vaso (de honra o de deshonra), entiende que no hay forma de cambiar el objetivo para el cual ha sido creado. Entonces, en su lógica también dada a la obra creada, se levanta la queja: ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta dada por el propio Alfarero es que la obra creada no tiene ninguna cualidad para protestar. El Alfarero se reclama a sí mismo con el absoluto derecho de hacer lo que quiere con lo que es suyo por naturaleza: la arcilla y su obra de arte. No obstante, en esa metáfora dada a Pablo, según se lee en Romanos capítulo 9, la tesis de la responsabilidad permanece implícita. Más allá del dolo y de la culpa, el hombre creado es responsable de sus actos. Y para ello no se requiere libertad alguna, así como el derecho francés lo ha demostrado con la doctrina jurídica de la responsabilidad.

Todo ello ha sido realizado desde antes de que hiciesen bien o mal (los gemelos de Isaac), quienes representan la obra del Alfarero. De manera que no les fue necesario ni el dolo ni la culpa, porque les bastaba el acto soberano que les hacía responsables. Y para la responsabilidad, como ya sabemos, no se necesita libertad.

El hombre siente que tiene libertad porque desconoce lo que tiene que escoger (Clark. La Predestinación) Nuestra ignorancia de la realidad o del futuro, de aquello que debemos elegir, nos da la sensación de libertad. Se trata solamente de una sensación, pues definitivamente el desconocimiento de aquello que se ha de elegir nos da la certeza de que no tenemos dicha libertad. ¿Cómo ser libres de elegir lo que desconocemos? Eso demuestra una vez más la ignorancia osada de la compatibilidad, pues solamente tenemos una sensación de libertad por cuanto no conocemos lo que debemos elegir. Si yo supiera lo que he de elegir, entonces tampoco sería libre, sino que escogería aquello que conviene, pero, como lo desconozco, solamente me queda la ilusión de libertad de escoger, por mi ignorancia, entre una multiplicidad de posibilidades.

Conviene siempre repasar aquellos textos de Isaías que nos muestran al temible Dios de la Biblia: Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará? (Isaías 43: 13).

A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes? ... Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré (Isaías 46: 5, 9-11).

César Paredes

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Tags: LA SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:43
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