Lunes, 19 de septiembre de 2011

Uno puede preguntarse si se trata de discutir asuntos de baja importancia, cuando se toca el tema teológico de lo que se supone sea el libre albedrío. En materia de fe es posible que muchos sostengan el principio dicotómico de la lucha entre el bien y el mal. O tal vez se acojan al principio de compatibilidad, según el cual la libertad se presume para que haya juicio. Con la dicotomía se cree que Dios está en un combate fiero contra el mal, personalizado por el Diablo, un contrincante sin igual, ambos con equiparable fuerza. Las batallas a veces se ganan de un lado o del otro. Esa parece ser la justificación para poder asumir con tranquilidad la presencia del mal en la tierra. Con los compatibilistas la libertad es una presunción iuris et de iure (de pleno derecho), sin que se admita prueba en contrario, para que el hombre pueda ser juzgado por sus crímenes.

Ese es más o menos el resumen del panorama teológico que muchos incursos en la vida cristiana han manifestado en la historia del cristianismo. En ambos casos se busca dar una respuesta espiritual del mundo histórico, pero también se intenta defender a Dios de lo que sucede en su creación. La tesis de Arminio fue declarada como herética y peligrosa por el Sínodo de Dort , pues Dios no lucha contra el mal y trata de vencerlo, ni el hombre apoya su lucha o se resiste a ella.

El problema de esta concepción lo tenemos quienes creemos en las doctrinas de la gracia. Desde la perspectiva de una sana interpretación de la Biblia, vemos a un Dios que desde Génesis hasta Apocalipsis manifiesta ciertas características constantes: 1) Él no cambia, es inmutable; 2) Se da a conocer a Sí mismo como soberano; 3) Dice que no hay quien de su mano libre, y que sólo Él es Dios; 4) Asegura que creó al impío (malo) para el día malo; 5) Sostiene que el hombre es nada y como menos que nada, comparable sólo a trapo de mujer menstruosa. Al mismo tiempo, ese Dios soberano continúa diciendo desde su plataforma absoluta y poderosa que ha preparado vasos de ira para el día de la ira, y ha preparado vasos de misericordia para mostrar su bondad para con quien Él quiere mostrarla.

¿Pero qué creen los que se alejan de las doctrinas de la gracia? Absolutamente otro evangelio. Para lograrlo tuercen las Escrituras y aíslan textos de sus contextos. Por ejemplo, aseguran que Dios no escogió desde antes de la fundación del mundo a los que iría a salvar y a los que iría a condenar. Dicen que Dios previó en su omnisciencia quiénes irían voluntariamente a Él y quiénes le rechazarían voluntariamente. De esta forma se acomodan al compatibilismo teológico, ya que la libertad es su precioso tesoro que se ejerce a favor o en contra del evangelio de la gracia.

Ante la evidencia sobrada de los textos bíblicos acerca de la caída del hombre, de su estado de muerte en delitos y pecados, de que no hay quien busque a Dios, de que no hay bueno ni aún uno, se les presenta un problema con la susodicha libertad humana. ¿Cómo podría un hombre cuya voluntad es esclava del mal escoger el bien? Para ello han buscado solución, la cual está en la gracia preventiva. Un jesuita de nombre Luis de Molina habló de ello, aunque lo copió de los semipelagianos (otros herejes que seguían con algunas variantes la herejía de Pelagio, acerca del pecado original y natural). Con esta gracia preventiva, Dios en su omnipotencia y omnisciencia habilita al impío para que sin que medie la fuerza de su depravación pueda asumir libremente el destino de su eternidad: acepta o rechaza el evangelio.

Ese Dios que por voluntad propia asume ignorar el pecado humano dando habilidad a todas las personas para que decidan voluntariamente y sin coerción alguna, rinde tributo al libre albedrío.  Pero no sólo eso, se despoja de su soberanía por continuos instantes, a medida que a cada espíritu humano le llega dicha oportunidad. En otros términos, un problema filosófico de gran envergadura se genera en el molinismo, pues el Dios que prescinde de las contingencias se convierte en un Dios de extrema suerte, al poder predecir el futuro con exactitud sin necesidad de controlar las mencionadas contingencias. La crucifixión de Jesucristo fue un hecho sortario de Dios, pues ya que Él dejó al arbitrio de los malhechores las decisiones de su crucifixión, resulta notoria la suerte de Dios cuando cada detalle profetizado se cumplió en forma cabal. ¡Claro, Él previó que con su gracia habilitante o preventiva que estos malhechores iban a crucificar a su Hijo y como consecuencia se logró brindar la salvación humana! Por supuesto que ese Dios en su omnisciencia previó los acontecimientos antes de que acaeciesen y los profetizó. De esta forma se estructura uno de los tantos absurdos del molinismo: la crucifixión no fue un hecho provocado por el Creador, ni mucho menos fruto de su misericordia para con su pueblo, sino un hecho producido por las malévolas voluntades que quisieron matar al Hijo de Dios, lo cual fue sabiamente aprovechado por el Creador para nuestro beneficio.

Uno pudiera seguir haciendo preguntas a esta tesis molinista. Por ejemplo, ¿qué hizo que los judíos que querían matar a Jesús lanzándole piedras, no lograran su objetivo? Pues si Dios respetó la voluntad libre de la humanidad, entonces la suerte le acompañó en forma grandiosa, ya que su plan de salvación debía incluir la muerte en el madero, como Cordero para la expiación. Los judíos sacrificaban un cordero dentro de su sistema religioso legal, y eso que fue previsto -nunca ordenado, según se desprende de la gracia habilitante molinista- ha sido tomado como modelo de lo que debería acontecer. Y de esa forma, el hombre fue creando su propia historia de la salvación, gracias a su libertad, mientras Dios fue siguiendo muy de cerca en su omnisciencia (misteriosa como la bola de cristal) cada detalle planificado por la perversa mente humana, de tal manera que pudo escribir libros de profecías a través de sus profetas. Ese Dios molinista es además un hipócrita, pues se cree autor del futuro del hombre y de la humanidad cuando así lo declara en los escritos de sus profetas, pero se ha plagiado las ideas de las mentes perversas.

Estos absurdos, además de ser incongruentes con la lógica elemental humana, son anti-bíblicos.  Y eso fue lo que apoyó Arminio con su tesis sembrada por Roma, el veneno que se extendió como la hierba mala entre el trigo de las iglesias de la Reforma Protestante. Pero hoy día, esa hierba pretende ahogar al trigo e impedirle dar su fruto a su tiempo. No obstante, surge la voz que clama en el desierto, para advertir de la herejía que ha penetrado a la Reforma. Arminio y sus seguidores propagan la mentira cuando dicen que Dios no ha decretado que las cosas pasen. Pero la Escritura declara en Deuteronomio 32: 39 y en 1 Samuel 2: 6-8 que: Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo: Yo hago morir, y yo hago vivir: Yo hiero, y yo curo: Y no hay quien pueda librar de mi mano. Jehová mata, y él da vida: El hace descender a sepulcro, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece: Abate, y ensalza. El levanta del polvo al pobre, Y al menesteroso ensalza del estiércol, Para asentarlo con los príncipes; Y hace que tengan por heredad asiento de honra...

Porque yo se que Jehová es grande, Y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. Todo lo que quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. El hace subir las nubes del cabo de la tierra; El hizo los relámpagos para la lluvia; El saca los vientos de sus tesoros (Salmo 135: 5-7). Y en Romanos 9, el Espíritu escribe a través de Pablo: (Porque no siendo aún nacidos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese;) le fue dicho que el mayor serviría al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas á Esaú aborrecí. Ante la evidencia de este texto, los arminianos continúan torciendo la Escritura para forzar su interpretación a priori y absurda de lo que ha de acontecer. El hombre dicta la pauta y Dios la sigue. Por ello aseguran que se refiere a dos pueblos o naciones, que el texto es alegórico de Israel y de las naciones enemigas.

Pero si el texto no hablara de la salvación y reprobación de Dios, no habría objetor en el mismo. He allí que el Espíritu continúa en el verso 14: ¿Pues qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. ¿Por qué se plantea el tema de la injusticia en Dios? Simplemente porque la mente natural representada por el objetor no puede tolerar que otro fije y marque su destino. El Espíritu responde ante el objetor: Mas á Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré. Y recalca para despejar toda duda en el verso 16: Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Uno se pregunta, ¿cuándo sucedió todo esto? La respuesta nos fue dada desde mucho antes, en el verso 11 ya señalado: antes de que hubiesen hecho bien o mal, antes de nacer, antes de ser concebidos. ¿Cuál era el propósito? El mismo texto lo responde: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras.

Pero Arminio y sus seguidores abjuran de tal Dios. Arminio dijo que esto era repugnante, su más fiel seguidor en una época dijo que él abjuraba de tal Dios, tirano y maligno (John Wesley) y un gran predicador reformado (más bien deformado) conocido como el príncipe de los predicadores, el que se hizo no una sino dos autobiografías para exaltar su ego, escribió: yo me rebelo contra tal Dios. Esa es la misma conducta del objetor, mostrada por el Espíritu a través de Pablo, en anticipo de lo que habría de ser la reacción de todos aquellos que no tienen el Espíritu de Cristo. ¿Será que el Espíritu en su omnisciencia previó de tales objetores? Si eso fue así, al estilo arminiano, de igual forma Arminio y sus seguidores están señalados en Romanos 9 como objetores. Y tales objetores tienen un destino, un patrón de conducta, una formación edificada desde antes de la fundación del mundo: Porque la Escritura dice de Faraón: Que para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi potencia, y que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (verso 17).

Dado que el objetor no se calla, el Espíritu continúa: De manera que del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece (verso 18). Las dos acciones son hechas por el mismo actor: misericordia y endurecimiento. Dios es el sujeto activo, y el hombre, su arcilla, es el sujeto pasivo. El sujeto pasivo recibe la acción del verbo, ejecutada por el sujeto activo. La misericordia y el endurecimiento son el objeto que recibe el sujeto pasivo de parte de Dios. Pero no nos confundamos pensando que ambas cosas operan en un mismo sujeto, porque primero que nada se ha hablado de dos representantes: Jacob y Esaú. En segundo lugar se ha mostrado a dos personajes opuestos: Faraón y Moisés. Uno como objeto de endurecimiento y el otro como objeto de misericordia.

El objetor no termina, pues entiende que esto es con él, no con pueblos ajenos a él. Por eso el Espíritu continúa respondiéndole: Me dirás pues: ¿Por qué, pues, se enoja? (inculpa) porque ¿quién resistirá a su voluntad? (verso 19). Esa es la lógica del hombre natural, de todo lo antropológico. Arminio es un buen representante junto con Billy Graham y millares de seguidores, que se plantean el compatibilismo antes mencionado: la libertad debe existir para que el hombre decida libremente. Pero acá el Espíritu es absolutamente anticompatibilista. Y para los dualistas, el Espíritu declara que no hay una lucha entre el bien y el mal con batallas ganadas y perdidas, sino un absoluto decreto del Eterno e Inmutable, pues aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4). Es por ello que finiquita esta discusión con la más despótica de las declaraciones encontradas en las Escrituras: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que le labró: ¿Por qué me has hecho tal?

El que no puede resistir semejante humillación es porque no le ha amanecido, ya que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Para ser humilde es necesario nacer de nuevo, pues la soberbia es un atributo del hombre natural, contaminado por la soberbia del ángel de luz que se creyó poder ser semejante al Altísimo. El Espíritu honra al Alfarero y destruye al objetor con las siguientes proposiciones de los versos 21, 22 y 23: ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para vergüenza? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él ha preparado para gloria...

Finalmente, podemos parafrasear el texto dirigido al objetor y colocarle nombres propios: Mas antes, oh Arminio, oh Wesley, oh Spurgeon, oh Billy Graham, oh un gran etcétera, ¿quién eres tú, (o quiénes son ustedes) para altercar con Dios? Dirá el vaso de barro al que le labró: ¿Por qué me has hecho tal?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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