Martes, 13 de septiembre de 2011

Hay quienes buscan proteger el libre albedrío humano, y por otra parte proteger la reputación de Dios al violentar la susodicha libertad del hombre. Creen que existe un poder en los seres humanos para escoger con igual fuerza el mal o el bien, fundamentados en el hecho de que tenemos la habilidad de hacer escogencias en la vida diaria. Sin embargo, ellos no miran las motivaciones de esas escogencias, lo cual nos trae a la memoria el texto atribuido al filósofo alemán:  "El hombre es libre de hacer lo que quiere;  pero no de querer lo que quiere" (Schopenhauer).

Se cree que hay injusticia en Dios en su dictamen sobre el castigo y la gracia: Tendrá misericordia de quien tendrá misericordia y endurecerá a quien quiera endurecer (Romanos 9). Esto nos demuestra que la gracia de Dios nunca se puede adquirir por nuestros medios, o merecer por nuestras virtudes o intenciones. Entonces, para que Dios no aparezca tan comprometido con su justicia-injusta, se ha creado todo un sistema judicial que intenta absolver al Juez de toda la tierra. Muchos altos representantes de la teología reformada han supuesto que de la masa caída de la humanidad Dios tuvo misericordia de unos pocos, y a los otros los dejó en su libre naturaleza.  De esta forma, se ve a Dios liberando a los que quiere pero nunca empujando a sus criaturas al infierno.  

Jesucristo fue quien más habló del infierno para los hombres a lo largo de la Biblia. Pablo demuestra en Romanos 9 que Dios escogió a Jacob y a Esaú desde antes de que hubiesen hecho bien o mal. Esto presupone que la absolución judicial no rinde tributo al Juez juzgado. Al contrario, lo condena, pero en palabras del objetor de Romanos 9: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién puede resistir su voluntad?

El sistema judicial inventado para exculpar a Dios del desastre humano presenta algunas contradicciones. Quizás, las principales serían:

 1) Metafísicamente, Dios tiene un plan eterno e inmutable que se apoya en sus decretos, y la Biblia lo demuestra en sus revelaciones. Al mismo tiempo, el hecho de que los gemelos hayan sido separados desde antes de nacer, desde antes de que hiciesen bien o mal, implica por fuerza que el juicio hecho sobre ellos por su Creador está fuera de sus obras cometidas en el espacio-tiempo. (Ap. 13: 8 y 17: 8, etc.). Desde esta perspectiva, el objetor queda aislado en su inquisitoria, lo cual da paso a un nuevo personaje mutado en la figura del defensor-objetor, a quien veremos en el siguiente renglón.

2) Si el Creador salvó o condenó en el espacio-tiempo, como sugieren muchos teólogos (reformados y arminianos), quedan todavía muchas lagunas por rellenar.  ¿Por qué no salvó a todos? La respuesta a menudo ha sido que la libertad humana no lo permite.  Bien, supongamos que el hombre es libre en forma absoluta para decidir su destino eterno. ¿Cómo queda el anuncio del mensaje evangélico a los millones que nunca lo han oído y han muerto sin ese conocimiento? (Romanos 8: ¿cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Cómo irán si no fueren enviados? ). Si Dios previó, como dicen los arminianos (y como se desprende de Spurgeon en su sermón Jacob y Esaú), que el hombre iba a decir o no a su proposición, entonces ¿por qué razón no les envió mensajeros a los que murieron en la ignorancia del evangelio salvífico? Deja a Dios débilmente defendido, lo cual se traduce en un veredicto condenatorio.

Sin embargo, el defensor-objetor podría argumentar que como Dios sabía de antemano (omnisciencia) quién le iba a rechazar y quién no, esos que murieron y siguen muriendo sin conocer el evangelio eran y son del grupo que iría a rechazar a Dios. Eso sería un buen atenuante judicial. No obstante, un nuevo agravante surge para derrumbar la débil ventaja del defensor-objetor: Si Dios ya sabía que lo iban a rechazar libremente, ¿por qué los creó? ¿Si El es Dios omnipotente, así como omnisciente, ¿por qué no evitó crearlos, para impedir que fuesen al infierno eterno?  Este hubiese sido un buen argumento para el antiguo objetor, pero no lo es para el defensor-objetor.

Como consecuencia, sabemos que el problema ahora continúa siendo metafísico y no terrenal.  El caso es que Pablo en Romanos 8 asegura que nadie puede ser salvo, a menos que se le predique el evangelio y lo crea. La decisión en ambos casos (salvación y condenación) trasciende al espacio-tiempo y se remonta a la eternidad. Si el problema es metafísico y no es judicial, entonces ¿por qué no asumir la verdad revelada, la cual es una proposición metafísica para los mortales de la historia? Ese es el argumento de Pablo en Romanos 9: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? Pablo responde con palabras inspiradas, argumentando que el hombre es como una olla de barro en manos del Alfarero, y no puede decirle nunca a su Creador por qué le hizo de una manera y no de otra. Pablo retribuye al Alfarero todo su derecho de crear un vaso para honra y otro para vergüenza. La decisión ha sido tomada metafísicamente, en la eternidad, sin el consentimiento de la voluntad de la humanidad, sin la presencia incluso de Satanás como acusador. Pues se desprende de las Escrituras que los consejos de Dios son inmutables y eternos, así como que El no tuvo consejero. 

El Dios presentado en las Escrituras es absolutamente soberano y la criatura por su naturaleza se le rebela. Pero un momento, podemos preguntar de dónde salió tal naturaleza que se rebela ante su Creador. La respuesta debemos encontrarla, metafísicamente, en un Dios cuya creación no escapa de su control en ningún momento. He hecho al malo para el día malo (Proverbios 16: 4). ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3: 6). ¿De la boca del Señor no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 38). Ciertamente, este Dios asusta, molesta, inquieta. Pero este es el único Dios presentado en la Biblia, el cual ha hablado por Sí mismo. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros extraño. Vosotros pues sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios. Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre: si yo hiciere, ¿quién lo estorbará? (Isaías 43: 11-13). Para sus escogidos, es también el Buen Pastor, el que dio su vida por sus ovejas. ¿Quién separará del amor de Dios a sus escogidos? (Romanos 8: 35). Nadie arrebatará de las manos de Cristo a sus ovejas (Juan 10: 28).

El sistema judicial implantado para justificar a Dios en sus decisiones, y premiar al hombre de buena voluntad, ha fallado. Ni siquiera se puede hablar de arreglo extrajudicial, pues Dios ha escogido a su pueblo en su Misericordia y Gracia inmutables. Y si se nos lleva a la justicia histórica, nuestra Justicia es Jesucristo, nuestra pascua. Pero Dios nunca será exculpado de la justicia humana, y ningún sistema teológico extra bíblico podrá exculparlo. Mas para aquellos que lo inculpan de injusticia o de arbitrariedad, Él les dice: ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces; o tu obra: No tiene manos? (Isaías 45: 9). Su tribunal es Él mismo, y de su mano no hay quien libre. Temed a aquél que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno, fueron las declaraciones de Jesucristo, el Dios de amor quien habló más que nadie del infierno de eterna condenación. Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes (Isaías 45: 16). La Vulgata Latina traduce este verso de Isaías como fabricadores de errores por cuanto un ídolo es una imagen equivocada de Dios.

Los que pleitean con su Hacedor, los que lo defienden porque se avergüenzan de su carácter, los que se alían al objetor de Romanos 9, los que claman por su libre arbitrio, son comparados a los fabricadores de ídolos. Un ídolo no salva por cuanto es una imagen errada del Dios viviente. El ídolo no es solamente una imagen concreta realizada en madera o metal, o piedra, sino que es la imagen abstracta en nuestro pensamiento de lo que queremos que sea Dios. Por lo tanto, un ídolo es  un concepto que ayuda a mejorar la reputación de Dios, lo cual es un oxímoron en sí mismo: no podemos mejorar lo perfecto. No en vano, Juan el apóstol exclamó al final de sus días: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5: 21).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:32
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por [email protected]
Mi?rcoles, 14 de septiembre de 2011 | 12:03

Querido hermano,ante todo la gracia de Dios siga abundando mas y mas en su vida y la de su familia.