Viernes, 05 de agosto de 2011

Cuando leemos Romanos 6, 7 y 8, se nos dice que estamos metidos en la carne, vendidos a ella y luego que hemos sido liberados.? Ha habido un cambio de esclavitud: de la carne hacia Dios (Romanos 6: 1-2, 6, 14,17-18,22). Con nuestra mente queremos servir al Se?or, pero con la ley del pecado que est? en nuestros miembros servimos a la ley del pecado que est? tambi?n en nuestros miembros (Romanos 7: 14 - 25). Ser carnal no implica que caminemos conforme a la carne, y ser vendido al pecado tampoco supone que sirvamos al pecado. Lo carnal en nosotros significa que la huella permanente del pecado, tan grande como repugnante, nos ha marcado de tal forma que nuestra naturaleza desea lo malo y sirve a la ley del pecado, si bien con nuestro esp?ritu (renovado) servimos a la ley de Dios. De tal forma que el acto de Ad?n en el Ed?n nos arrasa al punto de que nunca nos podemos liberar de esa influencia hacia el mal.

Por eso Pablo se pregunta ?qui?n lo librar? de ese cuerpo de muerte? Solamente a trav?s de Jesucristo se podr? lograr, concluye. Su resumen mostrado en Romanos 8: 1 no puede ser m?s revelador: no hay condenaci?n para aquellos que est?n en Cristo Jes?s, los que no caminan de acuerdo a la carne sino al Esp?ritu. Existe un conector l?gico: por lo tanto, que sugiere la relaci?n de causa-efecto entre lo dicho antes y lo que se propone a decir de inmediato. Entre su disquisici?n acerca de la naturaleza del cristiano, Pablo va hilvanando los puntos de conflicto mostrados en el coraz?n humano del creyente. Despu?s de hablar de esclavitud al pecado, de ley en sus miembros (revisar cita) que le dominan, encuentra una ley diferente en el esp?ritu, por lo cual concluye con este texto en romanos 8: 1: por lo tanto.

Uno se puede preguntar por qu? raz?n no hay condenaci?n para aquellos que est?n en Cristo Jes?s. Ya han sido vendidos al pecado, est?n marcados con una ley en sus cuerpos que les conduce a pecar.? ?Por cu?l raz?n esta gente, semejante al resto del mundo, no es condenada? La raz?n no podr?a ser porque hayan sido m?s astutos y han aprovechado la oferta de Cristo, puesto que siguen en el pecar. Tampoco puede descansar la raz?n en el hecho de que existe algo bueno en su naturaleza que Dios previ? y aprovech? para hacer efectiva su salvaci?n en ello, ya que siguen siendo miserables. Sencillamente, no hay condenaci?n para los que est?n en Cristo Jes?s porque han sido cubiertos con la muerte de Cristo.? Dios envi? a su Hijo para que en semejanza de pecado muriese, de manera que la justicia que demandaba la Ley pudiese ser cumplida en nosotros. Es el sacrificio de Cristo lo que hace la diferencia entre los dos grandes grupos: los redimidos y los condenados.

La diferencia no estuvo en nuestra astucia para prever la salvaci?n en el Cordero de Dios, tampoco en nuestra nobleza como si la hubiera. La diferencia se encuentra en el sacrificio expiatorio de ese Cordero. Pero, ?por qu? no sucede igual con el resto de la humanidad? ?Acaso la muerte de Cristo no ser?a suficiente pago para cualquier pecado humano? La respuesta la hallamos en el mismo texto de Romanos 8: los que no andan seg?n la carne sino seg?n el Esp?ritu. Ac? se oponen la muerte y la vida, la enemistad contra Dios y la paz con Dios. Tambi?n se logra el someterse a la Ley de Dios de buena gana, pues los que permanecen en la carne no pueden sujetarse a esa Ley ni pueden agradar a Dios.? No estamos en la carne, sino en el Esp?ritu, si es que el Esp?ritu de Dios habita en nosotros. Pero si alguno no tiene el Esp?ritu de Cristo, el tal no es de ?l.

Hemos pasado de la esclavitud del pecado a la esclavitud hacia Dios, en la obtenci?n del fruto de la santificaci?n. Sabemos que santificar significa separar.? Los santos son los separados del mundo. Cristo dijo que no ?ramos del mundo, sino que est?bamos en el mundo, en medio de la aflicci?n que ello produce. Ahora hemos sido santificados, esto es separados del mundo y unidos a Dios. Esta actividad solamente es posible si tenemos el Esp?ritu de Dios. Si recordamos lo que Jes?s le dijo a Nicodemo, acerca del nuevo nacimiento, entonces entendemos que en esa operaci?n del Esp?ritu de Dios se nos ha insuflado aliento de vida espiritual. Si a Ad?n Dios le insufl? aliento de vida en el Ed?n, ahora a nosotros se nos insufla aliento espiritual con el nuevo nacimiento. Por eso se nos bautiza en y con y por el Esp?ritu, al nacer de nuevo, quedando con nosotros como garant?a, como arras, de que somos hijos de Dios (He subrayado el texto por las preposiciones en, con, por que provienen de una sola en el texto griego: EN. ?Su significado seg?n Strong es una preposici?n primaria que se?ala posici?n, en sitio, tiempo o estado, un instrumento con relaci?n al resto. Sin embargo, cuando la palabra aparece en dativo, se presume que tambi?n es un agente. De manera que el Esp?ritu es quien bautiza pero lo hace en ?l mismo, como lo sugiere la preposici?n En griega).

El Esp?ritu mismo da testimonio a nuestro esp?ritu de que somos hijos de Dios (romanos 8: 16). Esto sucede porque hemos recibido el esp?ritu de adopci?n para poder clamar Abba Padre. Ese es el amor de Dios, el que podamos ser llamados sus hijos (1 Juan 3: 1).? Parte de ese testimonio es precisamente el que podamos percibir por contraste con ?l la manera en que nos domina la naturaleza pecaminosa heredada de Ad?n, junto con su influencia al pecado. Pero ha acontecido que su testimonio tambi?n afirma que no tenemos ninguna condenaci?n porque Cristo ya fue condenado por nuestras culpas. El fue el Cordero sustituto, y estuvo en nuestro lugar en la cruz. Todo el peso de nuestro castigo cay? sobre ?l, pues dijo: Dios m?o, Dios m?o, ?por qu? me has abandonado? All? recibi? el mayor castigo, el infierno mismo, con la separaci?n y abandono del Padre en las tinieblas del pecado. Cristo, el cordero sin mancha, sin defecto alguno, fue hecho pecado por su pueblo (Mateo 1: 21; los muchos de Isa?as 53). Esa es la raz?n por la cual Pablo anuncia en el verso 1 de romanos 8 que no hay ninguna condenaci?n para los que est?n en Cristo Jes?s. Y nadie puede traer alg?n cargo contra los escogidos de Dios, pues Dios es el que justifica. Nadie puede condenarnos, pues Cristo muri? y resucit? e intercede por nosotros (romanos 8: 33 -34).

No somos condenables sino que hemos sido declarados justos, bajo el ?nico fundamento de la justicia de Cristo. Aquellas personas por las que Cristo muri? represent?ndolas en la cruz, nunca ser?n condenadas al infierno. Este es el verdadero evangelio basado en el sacrificio de Cristo y en su sangre derramada que representa la limpieza de nuestras culpas. Pero de igual forma, existe un principio de santificaci?n y justicia en el creyente, que le ha sido impartido por Dios mismo como consecuencia de su nuevo nacimiento. De all? que el caminar del creyente es de santidad. ?C?mo puede eso ser posible, si continuamos con la lucha de la vieja naturaleza que todav?a nos acompa?a como cristianos?

La respuesta la hallamos en el hecho de que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer. De un lado nos garantiza la absoluta salvaci?n de su ira y condenaci?n, pero por otra parte nos ha impartido su Esp?ritu para que continuemos dando el fruto de nuestra salvaci?n. No es fruto para salvaci?n sino de salvaci?n.? La garant?a de nuestra salvaci?n es la imputaci?n de nuestras culpas a Jesucristo. Esto es lo que se conoce como monergismo, el trabajo ?nico de Cristo y solamente de ?l, en donde nosotros no tenemos arte ni parte, pues hemos estado muertos en nuestros delitos y pecados. Pero una vez insuflado el esp?ritu de vida, a trav?s del nuevo nacimiento producido por voluntad de Dios, entonces se produce uno de los tantos frutos de la salvaci?n, el de la obediencia a Cristo. Es all? donde se debate nuestra carne, en una agon?a continua a lo largo de nuestra existencia como creyentes, pues el bien que queremos no hacemos, mas el mal que odiamos esto activamos. Con la mente se sirve al Se?or, pero con la carne al pecado (Romanos 7: 25).

Si la obediencia a Cristo fuese la condici?n para nuestra salvaci?n, entonces nadie ser?a salvo. Pero esa obediencia es un fruto de la salvaci?n, est? garantizada por el Esp?ritu, pero se realiza en nuestro andar, y all? estamos conscientes de nuestras luchas ?entre la carne y el Esp?ritu. All? tambi?n se acent?a nuestra infelicidad como creyentes, pues cuando no actuamos de acuerdo a la ley del Esp?ritu ?ste se contrista en nosotros y nosotros con ?l. Ese es el momento en que nos convertimos en miserables, al igual que Pablo. Sabemos que caminamos en obediencia a la Ley de Dios, pero entendemos que ese andar no es perfecto en nosotros, pues todav?a el pecado nos rodea. Pero los creyentes no andan conforme a la carne, porque no est?n conectados en su mente con ella.? Del coraz?n mana la vida, y cual es su pensamiento en su coraz?n tal es ?l (Proverbios 4: 23 y 23: 7). Tambi?n se dice que del coraz?n salen los pensamientos, porque donde est? vuestro tesoro, all? estar? tambi?n vuestro coraz?n (Mateo 6: 21). Si nuestra mente o nuestro coraz?n est? conectado con el Esp?ritu de Cristo, entonces nuestros actos son su consecuencia. Pero, ?ser? que el cristiano no peca? Si decimos que no pecamos, hacemos mentiroso a Dios (1 Juan 1: 10). Cuando erramos el blanco, esto es -pecamos-, entramos en conflicto con nuestra mente que est? en Cristo.? Pero en el no creyente no sucede igual, pues de la abundancia del coraz?n habla su boca. Si su mente est? de acuerdo a la carne, sus actos ser?n semejantes.

Los que andan conforme a la carne no tienen habilidad alguna para agradar a Dios. Sencillamente no tienen el Esp?ritu de Cristo. Su estado carnal es continuo y su desagrado a Dios es permanente, quien dice que est? airado contra el imp?o todos los d?as.? Incluso sus buenas obras son abominaci?n a Dios porque su mente est? en enemistad contra ?l, independientemente de que piense lo contrario. A lo mejor lo que m?s intenta es ganar el favor de Dios, pero nunca agradarle por cuanto no le conoce.

Por el contrario, los que andan conforme al Esp?ritu son los regenerados. Les interesan las cosas del Esp?ritu, son conducidos por ?l en sus oraciones. Son guiados a toda verdad, y no seguir?n jam?s a los falsos maestros, pues Jes?s dijo que sus ovejas no seguir?an la voz de los falsos pastores. Mas al extra?o no seguir?n, sino huir?n de ?l, porque no conocen la voz de los extra?os (Juan 10: 5), por lo tanto no? creer?n un falso evangelio. Se regocijan en lo santo y rechazan pensar en lo malo. Esto acontece independientemente de que todav?a se peque, pues cuando sucede el error entonces se es conducido al arrepentimiento.? Eso fue lo que Jes?s le ense?? a Pedro cuando le dijo que ya ellos estaban limpios y solamente necesitaban lavarse los pies. Ya hab?an sido cambiados en su manera de pensar respecto a Dios, ahora s?lo les quedaba arrepentirse de sus faltas cotidianas, el fruto de su naturaleza humana.

El Esp?ritu de Cristo gu?a a toda verdad, por consiguiente no puede conducir a falsas asunciones acerca del evangelio. Como Parakletos ense?a a su hijo que fue un escogido para vida eterna, que sus pecados fueron pagados en la muerte sustitutiva de Cristo. Ser?a un contrasentido que el Esp?ritu de Dios buscase la gloria humana, de manera que nunca producir?a la sola idea de que la salvaci?n depende del trabajo o de la colaboraci?n de los hombres. Adem?s, el Esp?ritu de Cristo nunca contradice la palabra de Cristo. De all? que la salvaci?n sea un acto netamente monerg?stico (mono -?nico- ergon -trabajo-), como cuando Jes?s resucit? a L?zaro y le dijo ven fuera. Pensar lo contrario es pensar seg?n la carne, lo cual constituye por s? mismo un pensamiento de muerte. Cuando el Santo Esp?ritu hace la obra en alguien, El lo convence de pecado. La persona se arrepiente tanto de sus buenas obras como de sus malas acciones. Ambas est?n sin valor o m?rito ante Dios. Las falsas ense?anzas buscan la gloria en el sinergismo, lo que es el trabajo conjunto entre el pecador y Jesucristo. Si el pecador se resiste, Cristo no lo vence. De manera que cuando el pecador acepta voluntariamente tiene de qu? gloriarse frente a aquellos que no fueron tan astutos o sabios como ?l, quien s? recibi? el perd?n gratuito. La gran pregunta, de nuevo, es ?c?mo pudo L?zaro escuchar la voz de Cristo y recibir su orden de salir de la tumba, si estaba muerto? Si Jesucristo pudo resucitar a L?zaro, ?por qu? no puede resucitar a los miles y millones que se pierden eternamente? ?Acaso Dios no puede operar el nuevo nacimiento en cada criatura humana? El que est? muerto en sus delitos y pecados no puede nacer de nuevo de s? mismo, necesita el poder de Dios para que eso acontezca. Y cuando eso sucede no ha dependido jam?s de su voluntad, sino de la de Dios. Por el contrario, los que tienen su confianza en su carne tienden a creer en Cristo m?s esto o aquello. En Cristo m?s su voluntad personal, m?s su disposici?n natural, m?s su querer. Pero la Biblia nos ense?a que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia y endurece al que quiere endurecer. Gloriarse en Cristo es la ant?tesis de gloriarse en la carne. Quien se glor?a en la carne es porque no tiene el Esp?ritu de Cristo, y tener su Esp?ritu no depende de nuestra voluntad.

El fruto de la carne es muerte, pero el del Esp?ritu es vida eterna. Saulo en la carne persegu?a a los cristianos hasta la muerte, y se convirti? en su enemigo insigne. El quiso agradar a Dios y trataba de guardar la ley como todo buen fariseo hac?a en su tiempo. Era celoso de Dios, pero no conforme a ciencia. Una vez que Jesucristo lo confront? y lo transform?, lleg? a ser Pablo, el autor de 14 libros del Nuevo Testamento. Dio su vida entera y su coraz?n al servicio del evangelio. Este ejemplo nos muestra una gran diferencia entre los que son guiados por la carne y los que son guiados por el Esp?ritu. La ?nica raz?n por la que no somos m?s deudores al pecado es porque ?en cuanto Jesucristo muri? al pecado muri? una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. As? tambi?n vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jes?s, Se?or nuestro (Romanos 6: 10 - 11).

C?sar Paredes

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Publicado por elegidos @ 12:47
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