Domingo, 06 de febrero de 2011

La popularización de la emoción positiva del afecto, ha incrementado el sentimiento común de que en la Biblia se nos dice que Dios es amor.  En realidad sí se lo define como tal, pero al mismo tiempo se dice que es Justo, por lo que manda a muchos al infierno eterno.

De manera que conviene verificar si su esencia de amor le impide su justicia.  La Biblia lo destaca como a uno que odia no solamente al pecado sino al pecador.  A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (Romanos 9), o Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo su pie resbalará, porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura (Deuteronomio 32: 35). Dios ha puesto en deslizaderos a los impíos, contra los cuales está airado todos los días, y los hará caer en asolamientos (Salmo 73: 18).  Isaías dice que los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo (Isaías 57: 20). 

Podríamos dar una mirada al diluvio universal narrado en el libro del Génesis.  De entre tantos millones de habitantes del planeta, Dios dejó apenas 8 en el Arca.  Sepultó a los demás con sus obras y sus mañas (Génesis 6).  Dios aborrece a todos los que hacen iniquidad (Salmo 5: 5). No obstante, cuando David exclamó con humildad ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?, hizo una declaración del amor de Dios para con sus escogidos.

Uno puede explicar que la ira de Dios se pone de manifiesto contra toda impiedad ejecutada por los hombres. En ocasiones tenemos que esperar un tiempo para que se cumplan las palabras del Salmo 37: los busqué y he aquí que ya no estaban.  Pero el Salmo 7: 11 nos asegura que Dios está airado contra el impío todos los días. No significa que cuando el impío prospere lo hace porque a Dios se le pasó su malestar.  Significa que, dentro de sus planes eternos e inmutables, eso debe suceder, para que se cumplan las Escrituras.

Recordemos el caso de Asiria, báculo del furor de Dios (Isaías 10).  Jehová había entregado en manos de Asiria su ira, para juzgar a una nación pérfida, para quitar despojos y arrebatar presa.  El problema estuvo en que Asiria no iba a pensar que el daño causado a Israel venía de parte de Dios, sino que era producto de su poder y de las relaciones naturales y políticas entre las dos naciones.  El Señor aclaró que después que hubiere utilizado a Asiria para hacer su obra destructiva, castigaría la altivez de su rey.

La razón fue la soberbia, típica del hombre impío. Este rey dijo: con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque he sido prudente. Estas palabras del soberbio rey nos parecen conocidas. Son escuchadas a diario en las naciones del mundo, donde los gobiernos intentan prescribir las tiranías y oprimir a los pueblos junto con los menesterosos.  Pero Dios pregunta por medio del profeta, si será posible que el hacha se gloríe contra el que con ella corta. ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño!  (Isaías 10).   El Señor le anuncia a su pueblo a través del profeta, no temas de Asiria... de aquí a muy poco tiempo se acabará mi furor y mi enojo, para destrucción de ellos.

Aunque Dios sigue enojado contra el impío todos los días, el enojo contra su pueblo infiel se acabará, para preservar al remanente.  La Biblia está llena de textos que nos incitan a no impacientarnos a causa de los malignos, que serán cortados como la hierba.  Se nos recomienda a confiar en Jehová y a hacer el bien, para apacentarnos de la verdad.  Este último texto nos reenvía a la idea del mundo que vive en una mentira construida, que genera el enojo de Jehová contra los impíos (Salmo 37).

Cristo dijo que él era la Verdad, pero que el diablo es padre de mentira.  De manera que hay una oposición muy antagónica entre el príncipe de este mundo y el Señor de señores. Si una oveja se apacienta en verdes pastos, nosotros nos apacentamos en la verdad, que es una sola.  No hay muchas verdades, de manera que comprenderla no es complicado para el que cree.  Jesucristo dijo que nosotros conoceríamos la verdad y que ella nos haría libres.  

Hay ciertas cosas que somos llamados a hacer, y son muy sencillas. Son como el reflejo de inspirar y expirar, lo cual hacemos en forma natural sin que medie mucho pensamiento. Apacentarnos de la verdad es parte de ese acto reflejo por haber nacido de nuevo.  Encomendar a Jehová nuestro camino es otro de los actos autónomos de nuestro espíritu restaurado. En consecuencia, nuestro derecho y justicia alumbrarán como el mediodía.

Un texto para recordar todos los días se encuentra en el Salmo 37: 7, que dice así:  Guarda silencio ante Jehová, y espera en él.  El Señor no solamente está airado contra el impío todos los días, sino que se ríe de ellos, pues ve que su día les llega.  Y a pesar de la predestinación de sus santos, a pesar de la glorificación de sus elegidos, de lo inmutable de su consejo, se nos advierte a no apartarnos hacia el mal.  La atracción del mundo es seductiva, por lo que muchos de los elegidos para salvación se entretienen en sus ensueños y quimeras.  Por eso el alma del justo batalla todos los días, pues Dios ha querido ponernos en medio del mundo y no quitarnos de él, muy a pesar de que no somos de allí.

En el combate radical sostenido por dos naturalezas, el cristiano se convierte, ante sí mismo, en testigo de su experiencia desoladora.  La nueva naturaleza sembrada en nosotros nos ayuda a exclamar con Pablo por la libertad de nuestro cuerpo de muerte.  La otra gran pregunta que nos asalta es cómo vivir aún en el pecado.

A los impíos se les ha enviado un poder engañoso para que crean en la mentira, pues no creyeron en la verdad revelada a través de la creación de Dios, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2: 11 y 12 y Romanos 1: 20).  Sabemos que el impío no puede creer porque está tan muerto en sus delitos y pecados como lo estuvimos nosotros. Pero un poder sobrenatural operó en nuestras vidas, que nos hizo nacer de nuevo. Fue por nosotros que Cristo padeció y derramó su sangre en la cruz, donde también fue clavada el acta de los decretos que nos era contraria.  De manera que a través de la locura de la predicación del evangelio, llegarán a creer los muchos que han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo.

 La justificación es una declaración legal de Dios (Romanos 3: 23 al 26). Cuando Jesús dijo en la cruz Consumado es, se refirió a la tarea de la expiación prevista desde los tiempos, de acuerdo al propósito eterno e inmutable del Padre.  Dios igualmente exclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio (Hechos 3: 19).  La locura de la predicación, con la cual Dios quiso salvar a la humanidad, radica en que a pesar de haber escogido de antemano un pueblo para sí, utiliza los medios de la predicación para alcanzarlos.

Si usted cree en su corazón que Dios levantó de los muertos a Jesús, y confiesa con su boca que Jesús es el Señor, entonces se puede derivar que usted ha estado inscrito en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde el principio del mundo.  Por eso se nos dice que Dios amó a Jacob, pero que aborreció a Esaú, desde antes de que hiciesen bien o mal, para que el propósito de la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11). 

La Ley fue introducida para mostrar nuestro fracaso y para conducirnos a Cristo, el autor y consumador de la fe.  Ha sido mediante la gracia eterna e inmutable de Dios que hemos podido alcanzar la salvación.  De esta forma nadie se podrá jactar en su presencia, como diciendo yo lo he conseguido.  Pero del impío la Biblia dice: Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece. (Salmo 11: 5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:17
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