Mi?rcoles, 28 de julio de 2010

La cobard?a es una cualidad muy negativa en los seres humanos, en especial en aquellos que aspiran a andar en el camino de la fe. Aquellos con falta de ?nimo y carencia de gallard?a, que son pusil?nimes, sin valor ni esp?ritu, son dejados fuera del reino de los cielos. El vocablo griego utilizado es δειλός [deilos /di?los/], proveniente de deos, y nada tiene que ver con Teos, el t?rmino que enuncia a Dios. Solamente un rasgo de sonoridad y sordez separan estas dos palabras, alej?ndolas quiz?s en una espacialidad opuesta y antag?nica, pues mientras m?s cobarde una persona, m?s se aleja de la presencia de Dios mismo. Cobra sentido esta relaci?n sem?ntica por cuanto la fe es el requisito fundamental para agradar a Dios, para acercarnos a ?l, y un cobarde carece por completo de ella.

En el Nuevo Testamento de la Biblia existen varias ocurrencias de este vocablo, cuyas traducciones reflejan contextos muy particulares. No siempre implica que una persona sea timorata, sino que puede aludir a un acto de timidez o falta de coraje. Cuando en Mateo 8:26 Jes?s les dice a los disc?pulos de la barca, ?Por qu? tem?is, hombres de poca fe? se usa el mismo vocablo deilos. Entonces, levant?ndose Jes?s, reprendi? a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. La actitud del Hijo del Hombre fue contraria a la de sus seguidores, fue la postura imponente del Dios que maravilla, por lo cual los hombres en la barca dijeron: ?Qu? hombre es ?ste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

Es indudable que el mar de las tormentas amenazando a la peque?a barca generara zozobra y p?nico en sus navegantes. El problema no radica en padecer ese momento de deilos o temor, sino en no comprender que detr?s de toda circunstancia amenazante est? el Se?or de lo imposible. Las golondrinas vuelan sobre nuestras cabezas, pero no debemos permitir que aniden en ellas.

En el relato del Antiguo Testamento acerca de los esp?as que fueron a la tierra prometida puede verse el peligro de la cobard?a. Unos de ellos dijeron: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Esta informaci?n era valiosa y suficiente para recordar que la promesa del Dios soberano se estaba cumpliendo a cabalidad. Sin embargo, dentro del mismo grupo de mensajeros hubo quienes agregaron:?Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y tambi?n vimos all? a los hijos de Anac?(N?meros 13:28). Esta actitud de parte del grupo contamin? vol?tilmente a la multitud del pueblo quienes tragaron las palabras de cobard?a de los que valoraron m?s la objetividad del problema que la promesa de Dios. Dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es m?s fuerte que nosotros. Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que hab?an reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. Tambi?n vimos all? gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y ?ramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y as? les parec?amos a ellos (N?meros 13:31-33).

La extravagancia en las palabras muestra la exageraci?n desmedida producida por el miedo y el espanto imaginario de aquellos que comunicaron su cobard?a. En su imaginaci?n parec?a importante lo que en realidad no lo era. Aumentaron de tama?o la apreciaci?n disfrazada de ?objetividad? de la observaci?n encomendada en la tierra de Cana?n. Si hubiesen tenido a su alcance la tecnolog?a fotogr?fica de hoy d?a, lo m?s seguro es que hubiesen presentado una composici?n fraudulenta, una imagen trucada de la realidad. En la hip?rbole mostrada por estos timoratos, no s?lo hablaron mal sino que se cargaron de fantas?a al decir que era tierra que tragaba a sus moradores.? Asimismo, juzgaron que ellos parec?an langostas delante de los moradores de esa tierra. Ac? hay un punto resaltante, no solamente eran como langostas ante sus propios ojos, sino que se atrevieron a descubrir y adivinar lo que supuestamente hab?a en los pensamientos de los de Cana?n, pues dijeron: y as? les parec?amos a ellos. Esa capacidad de leer los pensamientos negativos propios y ajenos fue producto de alguna qu?mica cerebral disparada por la presencia del temor excesivo ante los gigantes. ?

El da?o de la cobard?a en la vida personal es grave, y de igual forma es da?ina en la vida de quienes reciben la influencia de su contaminaci?n. Por ello el autor de Apocalipsis se?ala: Pero los cobardes e incr?dulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los id?latras y todos los mentirosos tendr?n su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Apocalipsis 21). Esta pareja va junta, pues la cobard?a presupone incredulidad. No puede un incr?dulo tener el valor de creerle a Dios, de enfrentarse a los gigantes del mundo sin tener la fe necesaria para no espantarse. La cobard?a conlleva una p?rdida gradual hasta su ausencia de la fe necesaria para agradar a Dios.

Existen otras escenas de cobard?a relatadas desde el principio mismo de la humanidad, quiz?s como efecto del primer pecado humano. En la entrevista del G?nesis, cuando Dios pregunt? a Ad?n lo que hab?a sucedido, se le respondi?: La mujer que me diste por compa?era me dio del ?rbol, y yo com?. Entonces Jehov? Dios dijo a la mujer: ?Qu? es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me enga??, y com? (G?nesis 3:12-13). El miedo a afrontar la realidad de la desobediencia gener? mentira tras mentira. Hay cobard?a cuando no asumimos nuestros errores ante quien haya que asumirlos, cuando intentamos justificarlos aduciendo que fue por culpa de otra persona o por circunstancias que los facilitaron.

Son variados los casos de cobard?a presentados en la Biblia, pero har? menci?n especial de Aar?n en la flagrante desobediencia a Dios y a Mois?s cuando construy? el becerro de oro. En Exodo 32: 21 al 24 encontramos la descripci?n timorata del hermano de Mois?s para justificar su acci?n equivocada, su falta de juicio en el acto que lo desacreditara como una persona digna de confianza. Ese desacierto de Aar?n fue explicado en unas confusas excusas propias de quien patinara en su propio gazapo. Y dijo Mois?s a Aar?n: ?Qu? te ha hecho este pueblo, que has tra?do sobre ?l tan gran pecado? Y respondi? Aar?n: No se enoje mi se?or; t? conoces al pueblo, que es inclinado a mal. Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Mois?s, el var?n que nos sac? de la tierra de Egipto, no sabemos qu? le haya acontecido. Y yo les respond?: ?Qui?n tiene oro? Apartadlo. Y me lo dieron, y lo ech? en el fuego, y sali? este becerro. Seg?n sus excusas era el pueblo el inclinado al mal, pero con esas palabras ocultaba su cobard?a frente a esa muchedumbre embrutecida que exig?a la construcci?n del ?dolo de oro. Por fortuna para Aar?n fue perdonado y desarroll? una larga vida como sacerdote ante Jehov?. ?Para descarga de Aar?n, justo ser?a a?adir que la presi?n multitudinaria del conglomerado israelita lo tom? por sorpresa. No estaba Mois?s con ?l en ese momento, pues andaba en su tarea de conversar con Dios a solas, asunto que el gent?o aprovech? para generar presi?n en un sucesor del que no ten?an confianza ni respeto. Eso contribuy? a la ca?da de Aar?n, quien como ya dijimos fue perdonado y restaurado.

En las sucesivas luchas de Israel bajo sus l?deres de turno era costumbre animar a los guerreros a prepararse para la batalla. De igual forma se habituaba a pedir a los timoratos que se abstuvieran de ir a la guerra. Una escena relatada en el libro de Josu? as? lo indica: ?Ahora, pues, haz pregonar en o?dos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devu?lvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintid?s mil, y quedaron diez mil (Josu? 7). Esta costumbre era importante practicarla para evitar el da?o que causan los cobardes en medio de una batalla. Eso puede da?ar m?s que los guerreros contrarios y enemigos. Fij?monos en lo que dice el libro de Deuteronomio, cap?tulo 20 verso 8: Y volver?n los oficiales a hablar al pueblo, y dir?n: ?Qui?n es hombre medroso y pusil?nime? Vaya, y vu?lvase a su casa, y no apoque el coraz?n de sus hermanos, como el coraz?n suyo.

El ap?stol Pablo tambi?n le escribe a Timoteo acerca de c?mo lo dejaron solo, quiz?s por miedo a enfrentarse tanto a jud?os como a romanos. ?En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta (2 Timoteo 4:16).

La Biblia cita en suficientes momentos cuan desagradable es a Jehov? el esp?ritu de cobard?a, al punto en que ?sta es enviada como castigo: Y a los que queden de vosotros infundir? en sus corazones tal cobard?a, en la tierra de sus enemigos, que el sonido de una hoja que se mueva los perseguir?, y huir?n como ante la espada, y caer?n sin que nadie los persiga (Lev?tico 26:36).

No obstante, es importante deslindar la frontera entre la cobard?a y el temor prudencial ante las circunstancias y los hechos. Somos llamados a ser prudentes y astutos para evitar el mal. No se nos exhorta a buscar pleito ajeno, pues eso equivaldr?a a agarrar el perro por las orejas, como bien dice un proverbio. Se nos recomienda calcular antes de actuar, incluso sacar las cuentas antes de ir a la guerra. No somos llamados a actuar imprudentemente en ning?n escenario de la vida, pero s? somos animados a actuar sin cobard?a. Mira que te mando que te esfuerces, y que seas valiente?dice un texto del Antiguo Testamento, por lo cual cada quien sabr? sacar conclusiones al respecto. Cuando estamos en comuni?n con Dios, entonces decimos como Cyrano de Bergerac: Dios y yo somos mayor?a. Los mismos m?rtires antiguos marchaban a la hoguera o al foso de los leones cantando himnos, no sin cierto temor, pero nunca con la cobard?a que los hubiera hecho abdicar del evangelio. La misma actitud tuvieron Daniel y sus amigos, unos para el foso de fuego y el otro para el de los leones. Ellos fueron sustentados y salvados por el Dios de lo imposible, aunque otros h?roes de la fe (como bien lo relata el libro de Hebreos en cap?tulo 11) fueron igualmente sustentados pero perecieron aserrados (como fue el caso del profeta Isa?as), crucificados, decapitados, apedreados, perseguidos, encarcelados y con muchos otros tipos de maltratos. Pero en ellos jam?s hubo cobard?a, pues no abdicaron del nombre de Jes?s al cual serv?an.

Hay ocasiones en que los gigantes se muestran ostentosos como Goliath, ante un pueblo amedrentado por su fuerza y poder. Sin embargo, Dios siempre tiene preparado a uno como David para hacerle frente en Su nombre, de tal forma que el ?nimo sea restituido en medio de su asamblea. Estemos prestos a ser como ese peque??n que fue capaz de enfrentarse al gigante sin miedo alguno, en la conciencia de que pertenec?a a los ej?rcitos de Jehov?. ?Y qui?n es este filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente? (1 Samuel 17:26). Ese ha de ser nuestro eslogan cuando nos veamos rodeados de los enemigos que se agigantan cual Goliath, en la confianza de que ese Dios viviente prevalecer? a su manera, muy a pesar nuestro.

Sabemos que a Pedro le toc? duro cuando neg? al Se?or porque sent?a miedo de ser identificado con ?l, de tal forma que no quer?a estar en la posibilidad de ser juzgado junto con el Mes?as. Ese acto de cobard?a ten?a que cumplirse en ?l porque as? se lo hab?a dicho el mismo Se?or, por lo cual llor? amargamente cuando comprendi? su traici?n. Pero Pedro despu?s fue restaurado y al parecer por las palabras del mismo Jes?s fue llevado a sufrir una muerte dolorosa. En esa oportunidad no se nos cuenta de un Pedro timorato, sino seguro y confiado de que pronto ser?a su partida, como ya le hab?a sido anunciado.

Finalmente, recordemos uno de los textos citados al inicio, cuando Jes?s exhorta a sus disc?pulos en medio de un mar de tormentas a no estar temerosos, a no ser de poca fe. La poca fe nos lleva a la cobard?a, pero el crecimiento en la confianza puesta en Dios nos lleva a la gallard?a y a la valent?a.? Teng?mosle confianza a Dios, cre?mosle a Dios, y no solamente creamos en ?l, porque hay diferencia entre creer en Dios y creerle a Dios.

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C?sar Paredes

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