Viernes, 04 de diciembre de 2009

En una de las cartas más sublimes de Pablo, la carta a los Efesios, el autor propone como era su costumbre una multiplicidad de temas que va hilvanando en su discurso.  Una de las proposiciones finales consiste en el servicio hecho a Dios, el cual ha de ser sin tomar en cuenta ´el servicio al ojo´. Esto implica una entrega total que supone una fortaleza total; para esto último Pablo recomienda al cerrar la carta colocarse la armadura de Dios. La entereza en el Señor y en el poder de su fuerza presupone una ligazón con la armadura divina, con un propósito consecuente: estar firmes contra las asechanzas del diablo.

El dia-ballo, diablo, Satanás o la serpiente antigua, comoquiera que se le llame, el maligno, el acusador de los hermanos, el padre de la mentira, Lucifer, el príncipe de este mundo, o cualquier otro nombre, es quien arroja (ballo) a través de (dia) nuestra mente, nuestra alma, una cantidad de ilusiones que no son más sino mentiras y supuestos, como el deseo de la carne, la vanagloria de la vida y los deseos de los ojos, en la carrera por demás freudiana para liberarnos del Padre. Nuestra independencia, nos sugiere el maligno, nos restituye a la categoría de dioses, aunque sea por instantes. Estas artimañas son muy peligrosas porque vienen atadas en su lanzamiento (ballo) hacia la mente de cada habitante del planeta. El diablo no es más que un buen vendedor de ilusiones. En ese entendido  el Espíritu recomienda a través del apóstol cubrirnos con la armadura de Dios y así estar firmes.

La lucha no es contra personas de carne y hueso, aunque éstas en muchas oportunidades son instrumentos fáciles de Satanás para su combate contra la humanidad entera, sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este mundo. Este conglomerado maligno recibe el nombre de huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

La armadura propuesta es un conjunto de seis piezas, todas brindan una estructura firme en el día a día del combate contra las fuerzas del mal ya identificadas. No es posible colocar una sola parte de la armadura, porque eso hace vulnerable al soldado, sino que es necesario colocarla toda. Hay una parte de ese conjunto que es sumamente relevante y es el yelmo de la salvación, un casco que se coloca en la cabeza del soldado. Esta analogía tomada quizás de lo que Pablo veía en Roma, con sus soldados que llevaban la pax romana al mundo de entonces, se convierte a su vez en otra analogía, otra metáfora, en la vida del creyente que combate las fuerzas del mal. El yelmo o casco es colocado en la cabeza donde por analogía se debaten los pensamientos que liberan o encadenan la seguridad o la paz de los elegidos.

¿Por qué escogió Pablo a la salvación como anexo del yelmo? ¿Por qué no escogió a la fe para que estuviese ligada al yelmo? Ha podido escoger a cualquier otro componente, como la justicia, la verdad, el evangelio de la paz, mas sin embargo el Espíritu lo llevó a ligar el yelmo o casco a la salvación. Entonces si eso no fue arbitrario, sino por el contrario una decisión divina, uno se plantea ¿cuál es el significado de la salvación en la cabeza del creyente?  ¿Por qué ocupa ese puesto y no otro? Intentar dar respuesta a estas inquietudes es más que satisfacer curiosidades, es también descifrar el contenido de la metáfora paulina.

Ya sabemos que el yelmo o casco se coloca en la cabeza y no en los pies, como tampoco en el pecho o en la cintura. El yelmo no se toma con la mano para combatir como se hace con una espada. No, el yelmo intenta proteger la cabeza del combatiente. Antiguamente se acostumbraba fabricar yelmos de metal y de cuero, estos últimos con incrustaciones bien tejidas de metal en su parte externa, de manera que el cuero se ajustaba fácilmente  a la circunferencia de la cabeza del soldado, y el metal le protegía contra golpes, a veces contra filos de cuchillo, pero las más de las veces contra piedras encendidas, piedras con fuego que eran lanzadas desde lo lejos del combatiente.

La cabeza contiene al cerebro y el cerebro comanda las funciones del cuerpo en general. Proteger la cabeza es proteger lo esencial, lo más importante dentro del cuerpo humano. El sistema de pensamiento que puede conducir a realizar movimientos adecuados, las órdenes de alerta al cuerpo, las respuestas en los estados de conciencia, las actividades mecánicas del cuerpo humano como el respirar, parpadear, la circulación de la sangre, entre otras, todo es controlado por el cerebro. Hoy día se ha demostrado que el cerebro con su adecuada química es el responsable de que nos sintamos felices, alegres, deprimidos o tristes. Desde tiempo inmemorial los seres humanos supieron que la cabeza era demasiado importante como para dejarla al descubierto de tantas amenazas en los combates. Pablo advirtió también que en nuestra cabeza se debate un sinnúmero de interrogantes acerca de la relación entre el pecado humano y la justicia divina, entre el pecado continuo del hombre redimido y la conciencia de pecado que nos gobierna. También entendió que hay un debate continuo en la mente del creyente acerca de la manera como ha de entenderse la salvación.

¿Y qué es la salvación?  Es la liberación del peligro, de la ruina, de la destrucción o del pecado; es la protección contra la violación de la integridad y de la seguridad del espíritu. La obra redentora de Cristo permite salvar espiritualmente y para vida eterna a quienes son objeto de su amor y de su gracia. La salvación eficaz resulta en la santidad del individuo, en el entendido de que la santidad es literalmente la separación del mundo. De allí el axioma cristiano el que se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.

En sentido más general el cristianismo ha usado el vocablo salvación  para expresar el beneficio supremo que es otorgado a la humanidad a través de la vida y la muerte de Jesucristo, el Salvador, enviado por Dios con el propósito de redimir al ser humano y restaurar con él la relación rota por el pecado. En consecuencia, es una liberación integral de todo el ser humano del pecado y de la opresión de Satanás, que aunque planificada desde los siglos tiene su efecto histórico en esta vida y se alcanza plenamente en la eternidad.

En su cualidad de enemigo de Dios Satanás sembró en el corazón de los seres humanos la duda sobre el carácter de Dios, cuando dijo en el Edén no moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis serán abiertos vuestros ojos, sabiendo el bien y el mal (Génesis 3:4-5). La metodología satánica es muy variada negando a veces la verdad de Dios, aunque en otras ocasiones utiliza falsos apóstoles, obreros fraudulentos disfrazados como apóstoles de Cristo. Muchos escuchan su voz y en sus corazones son atraídos por estos espíritus engañadores con sus doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1-3). Satanás es quien quita del corazón de los oyentes la palabra para que no crean y se salven, según la parábola relatada en Lucas 8:12.  Igualmente su labor ciega el entendimiento de los incrédulos, para que no resplandezca en ellos la luz del evangelio. No obstante, en medio de ese caos espiritual, el Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3), por lo cual despojó a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:15).

En relación con los creyentes Satanás los somete a tentación y procura destruirlos, los acusa- y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle (Zacarías 3); el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche (Apocalipsis 12:10-11)- y siembra cizaña entre los hermanos de la fe; trama ardides contra ellos pues no ignoramos sus maquinaciones (2 Corintios 2:11). Asimismo es el autor de la más grande guerra espiritual contra los escogidos de Dios, incita tribulación a la iglesia y trata de impedir su trabajo: pero Satanás nos estorbó (1 Tesalonicenses 2:18).

En relación con los incrédulos Satanás es quien arrebata la palabra de Dios, los usa para estorbar el evangelio, los tiene cautivos en prisiones de maldad y de engaño, los ciega espiritualmente y opera por medio de ellos su espíritu.  No en vano la Biblia le atribuye gran inteligencia, voluntad y emoción como la de una persona que ostenta nombres, títulos y símbolos personales; de hecho se le llama Satanás, diablo, Beelzebú, Belial, el tentador, el príncipe de los demonios, príncipe de este mundo, el maligno, el dios de este mundo, príncipe de la potestad del aire. Asimismo se le atribuyen categorías simbólicas como la de ángel de luz, león rugiente, gran dragón rojo, la serpiente antigua.  También se dice de él que es el enemigo, un homicida, mentiroso, adversario, acusador, insidioso, engañador, pecador confirmado, afanado en ser exaltado sobre Dios. También la Biblia habla del lazo de Satanás, de su sinagoga, de su trono, de su morada, de sus profundidades (Apocalipsis 2:24).

En consecuencia nuestra única defensa contra semejante ser espiritual es la provisión divina. En ese fundamento provisorio tenemos la mejor definición de la salvación, una salvación tan grande que vale la pena cuidar. Es por ello que Pablo habla del yelmo de la salvación para que entendamos la importancia del concepto, pues es allí en los razonamientos de nuestra mente donde Satanás hace su gran trabajo, influyendo con sus espíritus y doctrinas extrañas para hacernos dudar de nuestra posición en Cristo. Como acusador en nuestra vida tiene un prontuario fiscal muy eficiente para recordarnos las faltas, para golpear nuestra conciencia con hechos concretos (nuestros pecados o faltas) al punto en que hace aflorar la culpa en nuestras almas debilitadas por sus embates. La provisión de la Escritura es inmensa también: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías 26).

El yelmo de la salvación es para proteger los pensamientos de los ataques enemigos. La seguridad de la salvación dada por gracia (no por méritos humanos), como eterno e inmutable propósito del Padre (si eterno e inmutable no será alterado), en el sólido presupuesto de que fuimos escogidos como fue escogido Jacob, antes de que hiciésemos bien o mal, para que el propósito del que elige permaneciese no por las obras sino por la gracia del que llama, produce tal confianza que constituye el yelmo de la salvación que protege en completa paz nuestros pensamientos para continuar en la batalla contra el mal, pues mal podríamos batallar con pensamientos divididos. Un guerrero debe estar focalizado en su batalla, no con sus pensamientos dispersos en las faenas cotidianas de los mortales, pues en esa falta de concentración cede ventaja al enemigo. Velad y orad se nos aconseja y para poder velar hace falta la concentración de la mente, o la no dispersión de la misma en la angustia existencial de si somos o no somos de Dios.

El estudio de la doctrina de la salvación ha de ser un cometido en cada creyente para que pueda funcionar como un verdadero yelmo en su mente, de tal forma que sea en consecuencia protegido de las piedras de fuego lanzadas desde lejos por hordas enemigas. La salvación es un regalo y no una ganancia, de tal forma que no es un problema de méritos nuestros. El mérito es absolutamente de Cristo y el regalo es absolutamente dado del Padre (nadie viene a mí si no le fuere dado del Padre, dijo el Señor), aplicado bajo el plan operativo del Espíritu que como el viento de donde quiere sopla.

Bajo este criterio lejos queda la amenaza enemiga acerca de la inseguridad de la salvación. De lo contrario estaríamos bajo la meritocracia y desde ese contexto ningún humano tendría posibilidad alguna de triunfar. Por algo se dijo que quien esté libre de pecado que lance la primera piedra; en este sentido el que se crea con méritos que reclame un lugar en el reino de los cielos.

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:57
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