Domingo, 08 de noviembre de 2009

En medio de la revolución tecnológica que conoce nuestro tiempo es posible imaginar una computadora que pueda hacer llamadas telefónicas simultáneas, con mensajes distintos a destinatarios reales. Al mismo tiempo, dicha máquina podría controlar en el mismo instante millones de imágenes que son recibidas por las cámaras de los bancos, de los edificios públicos, de los semáforos o de las calles por donde caminan los transeúntes. De igual forma, esa computadora mientras habla por teléfono a decenas de personas está enviando información a departamentos policiales en relación a servicios solicitados. Ciencia ficción hace 100 años, inimaginable hace 200, pero más que real en el sofisticado universo comunicativo satelital de los organismos de seguridad de muchos estados del planeta hoy día.  La Biblia dice que Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Que No hay cosa creada que no sea manifestada en la presencia de la palabra de Dios, sino que todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta, pues en Él vivimos, nos movemos y somos. Y añade, como si de la supercomputadora se tratase, que en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Fil 2:13; Hebreos 4: 13; Salmo 139:16).

Si dudásemos de estos hechos podríamos estudiar el cuerpo humano y tratar de entender el funcionamiento cerebral en sus múltiples funciones, examinando cómo coordina al mismo tiempo las tareas propias del hígado, del corazón, del sistema circulatorio, respiratorio, nervioso, sin que por ello dejemos de pensar, de hablar, de preguntarnos cómo es eso posible. Uno se pregunta después de maravillarse si el Dios que hizo el oído ¿no oirá?, o si el que hizo los ojos ¿no verá? Nada extraño supondría el creer que Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad…y esto de todos los habitantes del planeta. El Dios omnipotente que hizo la luz al mandato de su palabra no tiene límites ni nada se le presenta difícil. Su soberanía cabalga los espacios universales y nada hay que no obedezca a su voz. Incluso, la desobediencia del malo es parte de su soberano e inteligente plan: hice al impío para el día malo (Prov. 16). Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Judas 4).

De manera que el querer y el hacer en nosotros es producido por Dios, bajo la múltiple diligencia de los elementos que nos impulsan a trabajar de una manera específica para dar cumplimiento a los planes eternos e inmutables del Dios que todo lo ha previsto, aun las buenas obras para que andemos en ellas. No olvidemos que la sensación de libertad también ha sido programada, de manera que cuando actuamos de nuestra naturaleza actuamos. Quienes vejaron a Jesús a través de su calvario lo hicieron bajo las órdenes del imperio romano, otros lo harían bajo las órdenes del sanedrín judío, y otros tal vez de suyo propio.  Sin embargo todas esas actuaciones fueron previstas y anunciadas por los profetas siglos antes de que sucedieran, con tal fidelidad que al menos 40 de ellas se cumplieron en un solo día, dando cuenta de los mínimos detalles acaecidos. Los soldados romanos no sabían necesariamente de esas profecías, y cuando traspasaron su lanza en el costado de Jesús no dijeron ni imaginaron que había que dar cumplimiento a una palabra profética, no sabían que estaba escrito: mirarán al que traspasaron; tampoco pensaron que no debían quebrar los huesos de Jesús, cuando quebraron los huesos de los dos ladrones a su lado, pues así daban cumplimiento al hecho de que se había dicho siglos atrás ni uno de sus huesos será roto

Las personas que escupieron su rostro lo hicieron por antojo y placer; asimismo le dieron de azotes, lo coronaron con espinas, le dieron a beber hiel y vinagre en vez de agua. Cada quien actuaba por influencia natural, espontánea, pero cada quien cumplía a cabalidad el plan específico de Dios. No en vano uno de los poetas griegos pudo comprender la magnificencia de ese Dios no conocido por ellos, al punto que Pablo cita en sus escritos la sentencia resumida de su filosofía: porque en Él vivimos, nos movemos y somos.  Era Dios produciendo el querer como el hacer, por su buena voluntad. Contrario al desespero trágico que podría ofrecer este panorama bíblico, la paz es su bálsamo inmediato para aquellos que alcanzan a comprender la dimensión de la vastedad circundante de la soberanía divina que todo lo envuelve. Saber que estamos absolutamente controlados por su magistral voluntad produce la sensación –también prevista- de tranquilidad, en el entendido de que el Padre amoroso hará lo que su amor eterno e inmutable considere es lo mejor en su relación afectiva para con sus hijos. De igual forma entendemos que no hay temor a equívocos, pues en Él se consuma la justicia absoluta, la perfección única, la exactitud en el tiempo (tiempo nuestro), de manera que la misericordia, la justicia, son apenas algunos aspectos de su misma perfección.

Por eso para nosotros, los que amamos a Dios por la sencilla razón de haber sido amados primero por Él, todas las cosas nos ayudan a bien, todo conspira a nuestro favor. A pesar de nuestros errores somos excusados por el que justifica, de tal forma que nadie podrá condenarnos. Si esto pareciera poca cosa pensemos en la muerte como el camino final para encontrarnos cara a cara en su presencia, pues ni la muerte podrá separarnos de su amor, y amor implica comunión.  Recordemos que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, por lo cual se dijo que es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Esto hace suponer, siguiendo las palabras de Jesús, que esas personas están vivas, por lo cual la muerte no pudo separarlos de la comunión con el Padre. No habiendo resucitado aún siguen en la comunión espiritual, con sus identidades completas, esperando la redención del cuerpo. Otros, en cambio, han tenido un destino infeliz y a pesar de no haber aún resucitado están bajo eterna condenación, sufriendo como el rico de la parábola, bajo el castigo divino, porque horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.

Hemos sido elegidos por Cristo mismo y puestos para llevar frutos que permanecen (Juan 15:16), de manera que la suposición de que nosotros hayamos escogido seguir a Cristo es apenas una falacia más de las cuales nos hemos acostumbrado a creer. Yo escuché el evangelio, yo leí la biblia, yo tomé una decisión.  Eso no es más que una manera de narrar los hechos como cuando decimos el sol sale por el este y se oculta por el oeste, o como cuando suponemos que las nubes están arriba y los abismos abajo. Lo cierto es que las cosas que se hacen por la voluntad humana no implican necesariamente soberanía humana. La voluntad es esclava, en palabras de Lutero (De servo arbitrio).  La ciencia actual está mostrando la manera en que nuestro cerebro actúa generando impulsos eléctricos que preceden a la toma de decisiones. Según estos nuevos parámetros parece ser que nuestras decisiones han  sido tomadas con anterioridad por la actividad eléctrica de nuestro cerebro. Existe evidencia empírica mostrada con creces por la neurología a favor de una determinación neural de la conducta humana. Recientemente se descubrió el genoma humano, la manera  como está constituido nuestro ADN, mostrándonos que todos los humanos provenimos de una misma fuente. Uno se pregunta en el plano netamente de la elucubración si no habrá también un genoma espiritual que nos conduce a la actuación planificada por el Padre desde los siglos.

La naturaleza física, el medio ambiente, los genes, imponen al individuo una conducta. No obstante, hacemos elecciones o selecciones entre múltiples posibilidades que se nos muestran a nosotros como recurso de nuestra libertad. Escogemos entre dos colores, entre muchos estilos de ropa, entre diferentes marcas de productos de consumo, entre tipos de escuela o de estudio. Preferimos un libro a otro, un determinado autor a otro, y todo eso nos entrega la sensación de que somos libres para la toma de decisiones. Es el libre albedrío triunfante en nosotros. Libertad conlleva responsabilidad y viceversa, para ser responsables hemos de ser libres, al menos eso es parte de la arquitectura en la cual hemos sido formados dentro de la ética histórica que la humanidad ha construido desde tiempo inmemorial.

El conocido experimento de Libet, un científico en California que hiciera algunos estudios acerca de la relación entre la conducta humana y la actividad cerebral, demostró que nuestro cerebro actúa más o menos medio segundo antes de que nuestra conciencia se entere de lo que piensa hacer. Para ser un poco más preciso, al menos tres elementos se estudiaron en el proceso de la acción de toda actividad humana: la preparación del cerebro para hacer algo antes de que el individuo ejecutase la acción prevista, la conciencia de la intención de hacer  ese algo, y la acción propiamente ejecutada.  Casi un poco más de medio segundo antes de la acción tomada por el individuo el cerebro mostraba una actividad eléctrica referida a lo que el individuo iba a hacer, pero lo más curioso es que la conciencia en el individuo de que iba a hacer determinada acción se daba más o menos con 200 milisegundos de anticipación a la acción misma. De manera que este experimento de Libet demostró la relación del proceso de la actividad humana: 1) en el cerebro inconsciente se produce el mecanismo que lleva a la acción humana; 2) la conciencia de la voluntad del individuo viene como consecuencia 330 milisegundos después; 3) la acción realizada se ejecuta bajo la ilusión de que la voluntad humana es la autora de la misma acción (véase Benjamin Libet. Mind Time: The temporal factor in Consciousness. Harvard University Press, 2004).

Un sistema de valores construido en nuestro cerebro (¿corazón bíblico?) hace posible que tomemos decisiones, de tal forma que lo que produzca mayor peso será la decisión a tomar. Usamos la razón para ponderar los valores incubados en nuestro cerebro, sin embargo, ¿quién valora los pesos?  La respuesta pareciera estar en eso que se ha llamado  el sujeto psíquico. ´Una serie de potenciales de preparación´ se activan, según Libet, imponiendo la conducta. Pero todo sucede al margen de la voluntad del individuo. Ahora bien, un individuo puede racionalmente construir una estructura psíquica capaz de contender con otra estructura psíquica que le es peligrosa, para evitar o modificar una conducta que le es perjudicial.  Después de un arduo trabajo a nivel consciente seguirá actuando de acuerdo a lo que su cerebro inconsciente –autómata- le indique.  Su conciencia sólo le muestra o le pone en cuenta lo que ha hecho, lo que ha sido su conducta específica. El puede valorar a través de esa conciencia si está o no está bien lo que ha hecho, puede incluso colocarse en  programas correctivos, pero al aprender la nueva conducta de nuevo su autómata es quien la administrará.

El sistema lingüístico ofrece un ejemplo maravilloso para ilustrar lo que acabamos de decir. El sistema de signos que se enclavan en el plano de la lengua (no del habla), en el sentido en que hablara Saussure, se ordenan bajo diversas categorías, tales como substantivos, adjetivos, verbos, masculinos, femeninos, singulares, plurales, animales, animados, inanimados, machos, hembras, reptiles, insectos, hombres, viejos, jóvenes, mujeres, vegetales, árboles, razas, y un sinfín de categorías clasificatorias o taxonómicas de lo que es la naturaleza vista por los humanos. No podemos tener conciencia acerca de dónde buscar cuando elaboramos un discurso y necesitamos un determinado substantivo masculino singular, o cuando requerimos una palabra que refiera a la categoría reptil. Eso sería imposible para nuestro nivel consciente y nos llevaría de inmediato a la locura o al colapso cerebral-psíquico. Por lo tanto, decimos metafóricamente que los signos se ordenan bajo diversas categorías, que se mueven de un sitio a otro, que semejan a las figuras de un caleidoscopio, emigrando y cambiando los paradigmas de la lengua, hasta convertirse en sintagmas. Este encadenamiento automático lingüístico está relacionado con lo que denominamos recursividad lingüística: una suerte de autómata en una visión caleidoscópica de signos que se concatenan en un orden sintáctico para que podamos comunicarnos de manera gramatical unos con otros.  No podríamos tener conciencia de cada palabra que está en nuestro lexicón (el gran diccionario de la lengua de cada quien); nuestro grado de habilidad lingüística, nuestra preparación gramatical nos da la advertencia acerca de si un vocablo o un sintagma está o no está de manera pertinente en el sitio ideal. Asimismo, la conciencia cumpliría la función de vigilante entre los automatismos cerebrales y su eficacia en la conducta humana. Cuando algo sale mal -continuando con el plano lingüístico- nuestro sujeto psíquico de la lengua nos lo advierte y podemos corregirlo. Asimismo, si en el automatismo que supone la práctica de andar en bicicleta detectamos gracias a nuestro sujeto psíquico que nos salimos del carril, o que la bicicleta tiene un pinchazo, podemos interrumpir, en palabras de Libet, el automatismo.

Pero ¿qué sucede con la voluntad humana? ¿Seguiremos diciendo que ella es libre? Ya Lutero en respuesta a Erasmo de Rotherdam escribió De servo arbitrio (De la voluntad esclava) demostrando con parámetros bíblicos que el famoso libre albedrío esgrimido por la Contrarreforma Protestante no era más que una ilusión. No supo Lutero que escasos siglos después la ciencia natural le daría parte de la razón, pero a él le bastaba la razón esgrimida por las Escrituras. Conozco, oh, Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos (Jeremías 10:23). En la parábola del Joven Rico se demuestran claramente los planes ilusorios en la mente de ese joven intrépido y afortunado, quien en su precaución mercantilista había estimado hacer nuevos graneros para guardar sus ganancias productivas; lo que no supo el joven rico fue que había un decreto contra él, pues esa noche irían a pedir su alma (Lucas 12:18-21). Una cosa era la libertad de planificación y otra la libertad de consecución.

¿Y qué sucede con nuestra ética y el concepto de libre albedrío para que podamos ser responsables de lo que hacemos? Pues nadie que sea compelido al mal puede ser responsable de lo que hace, de manera que podemos decirle incluso a Dios ¿por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Antes de dar la respuesta de Pablo al respecto (Romanos 9) veamos algunos textos que ponen de manifiesto ese corazón humano, el cerebro autómata del que venimos hablando: Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno; Su necio corazón fue entenebrecido; No hay quien busque a Dios (Génesis 6:5, Romanos 3:12, 1:21, 3:11). Pero esa voluntad ilusoria humana está inclinada por el autómata cerebral solamente al mal y de manera continua, por lo cual Jeremías se preguntaba lo siguiente: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jeremías 13:23).  Y es que los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden (Romanos 8:7). No puede el autómata del mal humano ser constreñido por su propio sujeto psíquico, porque aquél rebasa a éste.

Una rápida conclusión de lo que venimos argumentando puede bien ser la referencia al nuevo nacimiento que hiciera Jesús a Nicodemo. Es necesario nacer de nuevo, y esto no puede ser de voluntad humana, que ya sabemos está contaminada con sus autómatas perversos, sino de voluntad de Dios. De manera que no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El asunto está en que el mundo no cree en él, y la condenación consiste en que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas (como consecuencia de sus autómatas perversos) que la luz, por la sencilla razón de que sus obras eran malas.  De manera que los malévolos autómatas cerebrales le temen al sujeto psíquico de la conciencia bíblica, y no desean ser expuestos o exhibidos, por lo cual repelen todo acto que tienda a su desenmascaramiento. La pugna entre el sujeto psíquico de Libet y los autómatas malévolos de la naturaleza humana son la constante en los corazones humanos. El nuevo nacimiento puede inclinar la balanza hacia el sujeto psíquico, de manera que la luz impere sobre las tinieblas.  Pero de nuevo la pregunta: ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Pues, quién ha resistido a su voluntad? La respuesta de Pablo sigue siendo la misma: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? ¿Podrá decirle la olla de barro al que la formó, por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer un vaso para honra y otro para destrucción? Es la voluntad del alfarero la que es verdaderamente libre, la que precede a los hechos,  en cambio la voluntad de las criaturas (los vasos) va en retraso a los acontecimientos. La voluntad humana es siempre esclava, como dijera Lutero. Solamente nos resta añadir con Pablo, ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:08
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