Jueves, 27 de agosto de 2009

¨El cristiano no peca¨ dice Juan en su Primera Epístola.  El que peca es porque no ha conocido al Hijo de Dios, continúa Juan repasando. Asimismo, ¨el que practica el pecado es del diablo¨.  Con esta aseveración discurre uno de los tantos temas de ese célebre capítulo 3 de la primera carta del apóstol Juan.  La oposición se da en los que son del mundo y en los que son de Dios. La realidad del cristiano es que ha pasado de muerte a vida, una transición manifestada en el amor hacia los hermanos, no en el rencor, ni en el recuerdo de sus faltas. La razón de practicar el pecado supone un hábito continuo, ininterrumpido, consciente, placentero, de conciencia cauterizada, en donde el error pasa a ser la norma. Pecar es errar el blanco; ser aberrado no es más que estar fuera del camino. Si Cristo es el Camino, entonces el aberrado es un practicante del pecado, por lo tanto es del diablo, pues éste peca desde el principio. 

La oposición al diablo la hace el Hijo de Dios y esa es su meta, complaciéndose en deshacer las obras perversas de aquél.  Por eso la premisa de Juan continúa extendiéndose en claro anuncio de que los que son nacidos de Dios no practican el pecado. De manera que surge una nueva presunción: la razón de la práctica del pecado es inversamente proporcional a la razón de la no práctica del mismo.  Si el diablo peca desde el principio, y los que practican el pecado son del diablo, entonces los que no practican el pecado no solamente no son del diablo sino que son de Dios. El ser nacido de Dios conlleva a no practicar el pecado. Ese nacido de nuevo, como suele llamársele, es un engendro del Espíritu de Dios, no por voluntad de varón, ni de carne, ni de sangre, sino por voluntad de Dios. Así lo expone en su evangelio el propio Juan.

Nicodemo era maestro de la ley, pero eso no le era suficiente para comprender el nuevo nacimiento. Conversando Jesús con él le imputa: ¿eres tú maestro de la Ley y no sabes tales cosas?  Entender el nuevo nacimiento no es igual a entender la metáfora implícita en las palabras de Jesús. Una cosa es comprender la metáfora del nacer de nuevo, y otra es el nacimiento mismo. De allí que las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente. Y es por el Espíritu de Dios, dado como garantía a los creyentes –nacidos de nuevo- que se hace posible dicha comprensión. Pero el Espíritu mismo, que nos anhela fervientemente, impide que el creyente practique el pecado. Es posible la caída, pero Jehová sostiene nuestra mano (siete veces caerá el justo y siete veces Jehová sostendrá nuestra mano, reza un texto de la Escritura). De manera que aquellas personas que militan en las iglesias, con una performance cultural evangélica, pero que no son capaces de amar a los hermanos, pues siempre andan con un ojo crítico, siguiendo el papel del Acusador de los hermanos, están bajo sospecha. Es posible entonces que ellos no hayan nacido de nuevo y cual Nicodemo, pueden ser maestros de la Ley o del Evangelio, mas la comprensión del nuevo nacimiento puede llegar al simple entendimiento metafórico, y nunca a ser una vivencia de su espíritu. Una cosa es la mente o lo que se llama el alma, mediante la cual percibimos el mundo y comprendemos emocionalmente sus detalles, y otra cosa es el espíritu que tiene un dueño y señor desde los siglos.

El hacer justicia es un signo de los hijos de Dios. Los que no hacen justicia y no aman a sus hermanos no son hijos de Dios. Taxativamente Juan lo está estableciendo, para sentar las bases de un precedente objetivo y poder ver si nuestro reflejo se hace tangible en ese espejo. Se puede imitar el amor a los hermanos, se pueden imitar los actos de justicia. Se puede imitar, en consecuencia, el ser hijos de Dios. La parábola del trigo y la cizaña así lo enseña.  De igual forma, la ilustración de las ovejas con las cabras nos muestra una similitud a simple vista, a lo lejos.  Sin embargo, son los frutos los que hacen la diferencia; para empezar, una cabra no da lana. En la medida en que nos acercamos al redil podemos distinguir las cabras de las ovejas. No es en vano que se nos dice ¨por sus frutos los conoceréis¨.  El fruto, según Juan, no son las actividades eclesiásticas, no es el barniz religioso, no es el acto de llamarse cristiano, creyente o evangélico. El fruto parece ser que es la justicia y el amor por los hermanos. Por consiguiente, si la soberbia corona a esos ´creyentes´ cabritos –que no ovejas-, el fruto ineludible es la práctica del pecado, con una conciencia cauterizada que permite reiterar el pecado hasta justificarlo incluso con torceduras de la Escritura.

Muchos llaman a lo bueno ´malo´, y a lo malo ´bueno´.  Hay quienes se especializan en torcer las Escrituras.  Recordemos el caso de Saúl frente a Samuel, cuando estaba dando cuenta de lo que hizo con Amalec. Le había perdonado la vida a ese rey enemigo de Israel,  y se había reservado el ganado más gordo para sus rebaños. La alocución de Saúl consistió en dar vueltas al argumento de desobediencia, llegando a decir que había sido el pueblo quien se había apoderado del ganado para sacrificarlo a Jehová.  Y ante la admonición de Samuel continuaba Saúl con su cauterizada conciencia argumentando que él había obedecido la voz de Jehová.  Por ello Samuel concluye diciéndole que como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación (1 Samuel 15:23).  Y a pesar de que Saúl después de tanto darle vueltas a sus argumentos intenta arrepentirse, Samuel le responde que Jehová lo había desechado.  Caso contrario el de David, su sucesor.  Cuando peca tomando la mujer ajena y ordenando el asesinato del marido de ella, es advertido por el profeta Natán. De inmediato cae a tierra postrado confesando su pecado y pidiendo misericordia; y si bien se le castiga no se le desecha.  Son dos ejemplos, entre muchos que contiene el relato bíblico, que ilustran la diferencia entre el simple pecar y la práctica del pecado. El que practica el pecado es obstinado en su actividad, continúa errando con testarudez y ante la advertencia hace caso omiso.  Por eso el hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado y no habrá para él medicina.

Un poco antes, en el capítulo 2 de la primera carta de Juan, el apóstol ubica a estos practicantes del pecado.  Los coloca dentro de la iglesia, pero saliendo de ella (verso 19, salieron de nosotros, pero no eran de nosotros).  Sin embargo, de inmediato continúa explicando que los que tienen la unción del Santo (el Espíritu Santo) distinguen la verdad de la mentira.  Es por ello que ese grupo de personas es el que ha pasado de muerte a vida; es por ello que no practican el pecado, pues son nacidos de Dios.  Ahora bien, finaliza el apóstol este capítulo con un llamado a la confianza en el Padre, pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. No podemos engañar a Dios, como pretendía Saúl; podemos confiar en Dios como lo hizo David, con un corazón reprendido pero que entendió que el Padre era mayor que su corazón, que sabía todas las cosas, que le brindaba de nuevo la oportunidad de arrepentirse. ¨Vete y no peques más¨, le dijo Jesús a la mujer adúltera. No la condenó pero le ordenó no pecar más. El que confiesa sus pecados y se aparta de ellos, alcanzará misericordia. Confesar es muy importante, y apartarse de los pecados es la consecuencia esperada a la confesión.  El llamado es a confesar ante Dios el Señor, confesar nuestras ofensas unos a otros (a quienes hemos fallado), suplicar para apartarnos del mal, pero estar dispuestos a alejarnos de esa actividad errática en nuestras vidas, de manera que manifestemos que somos hijos y no simples cabritos.  Un texto final en 1 de Juan 4:18 nos alienta a la perfección de los hijos de Dios: En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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