S?bado, 09 de mayo de 2009

Es de suponer que el ojo de Dios todo lo ve. Asimismo, podemos comparar ese ojo con el ojo del huracán. En medio de una tormenta huracanada, los estudiosos del fenómeno intentan colarse con sus avionetas de estudio en el centro mismo del remolino, para detectar en mejor forma los eventos que le suministrarán los datos de análisis. Llegar al ojo del huracán no es tarea fácil, requiere esfuerzo y mucha práctica. Estudiar ¨el ojo de Dios¨ también requiere tiempo, esfuerzo y análisis.

Por supuesto que hablamos en metáfora. Sin embargo, se trata de una metáfora codiciable, apetecible, por cuanto conocer a Dios en la manera que actúa pudiera beneficiarnos en la comprensión de lo que sucede a diario en este mundo. Por algo la Biblia señala ¨si alguno se gloría, gloríese en conocerme¨.  Hay misterios siempre ocultos para el ojo del hombre. Pero otros han sido revelados y se muestran claros en las Escrituras. Por supuesto, aún entender esos misterios revelados requiere esfuerzo intelectual, una tarea de días, meses, años, generaciones, una energía y una disposición que no muchos están dispuestos a pagar.

Por ello resulta más fácil descansar en otros, en aquellos que en un momento dado de la vida se tornaron especialistas de los estudios bíblicos. Acudir a los expertos no es malo, sino suele ser de mucho valor. Pero hay contextos particularísimos que sólo pueden ser interpretados particularísimamente, y es allí donde ser un estudioso de la Biblia pudiera redundar en beneficio del alma inquieta que desea entender el actuar de Dios a través de la historia, y en especial de su historia. Al mismo tiempo, acudir a los expertos puede tener sus riesgos. En varias ocasiones el experto puede caer en errónea interpretación de los datos que posee. De manera que siempre deja provecho indagar por cuenta propia en los misterios de la Biblia, o los misterios de Dios.

La filosofía es un instrumento poderoso para analizar las situaciones y circunstancias que requieren un método deductivo de estudio. De allí que podamos trasladarnos de concepto en concepto en relación a aquellas cosas que se presuponen características propias de la naturaleza divina. El concepto de ´eternidad´, por ejemplo. El concepto de ´bondad´ junto al de ´justicia´. La ´presciencia´, la ´omnipotencia´, la ´soberanía´. Todos ellos, y muchos más, son características permanentes en la esencia o naturaleza de Dios. Y esos elementos los presuponemos a partir de los estudios filosóficos de la humanidad, pero también de la lectura entendida de la Biblia.

No obstante, el solo peregrinar filosófico pudiera hacernos dar vueltas en círculo y no avanzar mucho en la pragmática de Dios. Podemos quedarnos anquilosados, rumiando conceptos, extasiándonos en las elucubraciones insaciables de nuestra mente inquisitiva. Para romper el encierro hace falta el elemento especial de cada creyente real, la convicción de que estamos tratando con un Dios vivo, absolutamente personal (en tanto Él es Persona), que nos ha otorgado su Espíritu para guiarnos en ese itinerario de entender la mente del Señor. Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? Pero ese mismo Espíritu nos recuerda que si alguno se gloría, gloríese en conocerme… Por lo cual, el ánimo socavado por la inconmensurable tarea que nos embarga de entender a Dios se reactiva para desear esa gloria consagrada, guardada, para los que intentamos conocerle un poco más.

No en vano dijo Cristo en una oración célebre, recogida por Juan en su evangelio, capítulo 17: ¨Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, y a Jesucristo a quien has enviado¨. Vamos a pasar la eternidad conociendo a Dios. La eternidad nunca termina, por lo cual el conocimiento de Dios no acaba. Esa es una tarea reservada para los que el Padre, en su infinita soberanía, ha previsto que le examinemos, le inquiramos, le busquemos. La filosofía humana indaga hasta un punto, y pierde el horizonte por cuanto presupone que ese Ser es en alguna medida una configuración humana. Un antropomorfismo. Es como si se nos dijera que el concepto de divinidad se proyecta a la parte más sublime del raciocinio humano. Una manera etérea de pensar, una forma extática de vislumbrar con la razón la más sublime suposición imaginada por el hombre. De allí que se construya el círculo en donde sólo damos vueltas sin avanzar más que hacia una formación conceptual, petrificada, de la naturaleza de Dios, o de dios.

De nuevo, las Escrituras nos advierten que la gloria del hombre consiste en conocer a Dios. Pero nos recuerda por igual que las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente. Asimismo, el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. De allí que todo cristiano (verdadero) se supone que tiene el Espíritu de Dios morando en él, por el cual es llevado a toda verdad, orientado y enseñado. Ese Espíritu es un maestro en nuestro espíritu, y sus enseñanzas son aprendidas por nosotros. Al haber aprendizaje se presupone el esfuerzo, la tarea, la indagación intelectual. Una tarea que comienza en esta tierra, pero continúa por los siglos de los siglos. Vaya inconmensurable actividad la que nos aguarda, conocer a Dios, y a Jesucristo a quien Él ha enviado.

Observar la naturaleza en la obra de la creación ya es una tarea que ha llevado siglos al hombre en la tierra. No obstante, muy a pesar de los ostentosos resultados vistos en nuestra generación, entendemos por lo conocido que resta mucho por conocer de ella. ¿Cuánto más no presupondría la tarea de conocer al Creador de esa naturaleza?  En este punto tenemos que clamar con el apóstol Pablo, Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios. Pues sus caminos son insondables, así como sus pensamientos no son nuestros pensamientos. Igualmente tenemos que pedir, con suma humildad, la gracia de conocer día a día su voluntad para nuestras vidas, pues de seguro vamos a recibir una voz que nos dice bástate mi gracia. Un día a la vez, no pretendamos conocer a Dios en un día, cuando esa es una tarea de infinitos días. Conocer a Dios no es una tarea separada, como la del científico cuando estudia el agua. Es una tarea consensuada con su Espíritu, pero que involucra a nuestro ser, a nuestra experiencia de vida. Podemos compartir ese conocimiento, pero hay una experiencia de vida que cobra valor subjetivo, no posible de transmisión más que como anécdota, por cuanto las experiencias son intransmisibles e irrepetibles per se.

En el ojo de Dios queremos meternos, y sólo accedemos a él por medio de su Espíritu. Es mejor estar cerca y dentro para comprender algunos de sus mecanismos, que estar cerca y afuera siendo objeto de su furia huracanada. Porque ¿quién entendió la mente del Señor, o quién fue su consejero? Menos mal que hubo una revelación, pues que en ella tenemos puesta la esperanza los que hemos creído a esa revelación. A partir de ella entendemos que Él tiene el control absoluto de todo cuanto nos circunda, del espacio, de los planetas y satélites, de la historia misma de la humanidad, incluyendo las políticas y los cambios sociales, del tiempo y la biología. Pero quizás el máximo consuelo es entender que aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados. Que no caen al suelo los pájaros sin que Dios lo permita, que aún los lirios del campo se visten con una gloria majestuosa, mejor que la de Salomón, por la soberana gracia de Dios.

En el ojo de Dios entendemos que la locura de la predicación ha sido el instrumento manifestado por su voluntad para salvar al hombre. Esa locura es objeto de burla por los que se presuponen a sí mismos como dueños absolutos de la ciencia, por aquellos que han examinado las teorías de la física y han encontrado que el espacio no evidencia prueba de que exista un hábitat para ese Dios. Esa locura de la predicación nos permite seguir adelante proclamando la verdad que un día conocimos. No pretendemos que esa realidad sea evidente para cada habitante del planeta, sino sólo para aquellos que son llamados a asumir esa verdad. De manera que pese al calificativo, no estamos tan locos, pues nos damos cuenta de que es imposible creer si la fe no es dada primero para creer. Pero como dentro de los misterios encontrados está uno que dice que la fe viene por el oír (la palabra de Cristo), quiera Dios y esa palabra haya fluido en estas letras que no han hecho nada más que intentar pincelar un punto de vista dentro del amplio lienzo que presupondría una pintura de Dios.

Cesar Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:11
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