Martes, 24 de febrero de 2009

            En muchas oportunidades suele asaltar la duda en la vida del creyente.  Esa duda que nos invita a abstenernos de participar en las benéficas prácticas de la piedad. La duda que nos excita hacia la vacilación, a la paralización, preguntándonos una y otra vez si somos o no somos verdaderos creyentes. Nuestro punto de colapso gira entonces en torno a la seguridad de la salvación. Al estar en esta situación, la memoria se activa para recordarnos en el alma los infortunios y desaciertos de nuestra conducta, una conducta muchas veces equivocada, aparejada con los actos voluntarios del error, que como evidencias fortalecen el dedo acusador. En ese trámite acusatorio el pensamiento nuestro se vuelve perplejo, reducido a la miseria, militante del hipotético si yo no hubiese actuado de esa manera.

            El Espíritu de Dios, que ha sido dado como garantía a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y herederos de su promesa, nos consuela recordándonos textos de la Escritura que confirman nuestro estatus en este mundo. Nos recuerda que el acta de los decretos que nos era contraria fue anulada por Cristo en la cruz (Colosenses 2: 14). Nos recuerda que aún las circunstancias turbias del pecado nos ayudan a bien (todas las cosas nos ayudan a bien-Romanos 8:28). Nos recuerda que la perseverancia pertenece a los creyentes (el que persevere hasta el fin será salvo).  De esta forma, un aire de esperanza alivia el fogaje que produce la tensión generada por la duda existencial y espiritual.  Ese alivio permite volver a sumergirnos en las aguas permanentes y vivas ofrecidas para el creyente, que no se haya en otro sitio sino en la palabra del Verbo encarnado, en las mismas Escrituras.

            Sabemos que el Padre nos conoció desde antes. Sabemos que ese conocer de Dios no es simplemente un proceso intelectual y lógico natural como se da en nuestro proceso de conocimiento. Pues Dios no puede conocer en el sentido intelectual en que nosotros conocemos, pues eso lo presupondría a Él ignorante. La Biblia dice que Él sabe todas las cosas.  De manera que cuando Él conoce lo hace en otro sentido, en el de la comunión. Ya hemos dicho en otras oportunidades que el conocer divino en la Biblia refleja el acto de comunión que el Padre ha tenido para con sus escogidos. Sabemos de muchos casos en que se habla de conocer en ese sentido.  Por ejemplo, José no conoció a María hasta que ella dio a luz el niño. Sin embargo, sabemos que ya María estaba comprometida con José y que éste la llevaba en un asno hacia el pesebre en Belén. De manera que el conocer bíblico implica algo más que un proceso intelectual relacionado con el conocimiento intelectual, implica antes un proceso de comunión íntima.  Jesucristo también dirá en el día final apartaos de mí, nunca os conocí.  De manera que acá se nos plantea la paradoja siguiente: si Jesús no conoce intelectualmente a esa gente que hacía milagros en su nombre, que en su nombre echaba fuera demonios, que habían participado en muchas actividades religiosas, entonces realmente Jesús no será Dios, pues Dios sabe todas las cosas. De manera que si Jesús es Dios, este texto debe implicar que cuando Jesús declara nunca os conocí está diciendo que nunca tuve comunión con ustedes.

            En Apocalipsis capítulo 13 verso 8 leemos que la bestia futura será adorada por todos aquellos moradores de la tierra cuyos nombres no estén escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo. Y en el mismo libro de Apocalipsis, pero capítulo 17 verso 8, leemos que los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.  Por ello sabemos que Dios predestina todas las cosas, todos los eventos, todas las voluntades. Nada escapa a su control absoluto de las circunstancias y pareceres.  Aquello que creemos de nuestra autoría, aún eso es parte del complejo de elaboraciones ideadas y programadas desde antes de la fundación del mundo (pues el Cordero de Dios fue destinado desde antes de la fundación del mundo)-1 Pedro 1:20.

            Es posible que en el remolino de la duda a muchos azote también el carácter extraño de la predestinación. Extraño para los que son renuentes a reconocer la soberanía absoluta de Dios. A esas personas les parece dura esa palabra de oír.  A otros eso les repugna. Muchos buscan interpretaciones torcidas para solventar la vergüenza pública de presentar a un Dios que condena a aquellos que no pueden de ninguna manera oponerse a su voluntad: ¿Por qué pues inculpa, pues quién ha resistido su voluntad? –Romanos 9. Estos que tuercen las Escrituras suponen que el texto de Romanos 9, el cual es citado a partir de otro texto escritural, lo que quiere decir es que Dios está hablando de dos pueblos, de dos naciones, del mundo árabe y del mundo judío. Ellos olvidan el carácter personalísimo que pone Pablo en esa carta de Romanos, especialmente en el capítulo 9, cuando señala desde el principio que verdad digo y no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón…por amor de mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto…de quienes son los patriarcas… De manera que si ese texto de Romanos 9 se refiriera a dos naciones, como suelen decir algunos timoratos torcedores de la Escritura, no tiene sentido que Pablo esté triste por sus parientes según la carne, que también son israelitas.  Si ese texto se refiriera a dos naciones, ¿por qué Pablo tiene ese sufrimiento si su familia a fin de cuentas también es del grupo de los israelitas? La familia de Pablo no era árabe, o edomita, o romana, como para que él se preocupara por ella, si ese texto se refiriera a dos naciones enemigas. Indudablemente que se refiere a los escogidos de Dios, desde antes de la fundación del mundo, como sigue explicando más adelante: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama).  Vemos que Pablo tiene dolor por sus parientes, hermanos, primos, tíos, padres, que seguían bajo la ley, apartados de Cristo, como él estuvo mucho tiempo atrás. Esos parientes no habían mostrado arrepentimiento alguno, y Pablo entiende que no es porque no se les haya predicado, sino porque sencillamente no habían sido llamados. Por eso va a la imagen de Jacob y Esaú, dos hermanos apartados antes de que hicieran bien o mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, ese propósito que no depende sino de Él mismo, de Su sola voluntad, no por las obras sino por el que llama. De otra manera la gracia ya no sería gracia.

            Esa posición paulina, que es la misma de Pedro, la de Juan, la de Jesucristo, la de cada escritor bíblico, muestra a un Dios soberano que quiso salvar al hombre a través de la locura de la predicación.  La predicación de la soberanía de Dios es locura, la exposición del evangelio es locura.  Llamar a muchos para que vengan solamente los que el Padre ha decidido de acuerdo a Su voluntad eterna e inmutable que vendrán, es aparente locura. ¿Por qué pues inculpa? La respuesta la da el mismo Pablo de inmediato: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  Nadie puede venir a mí, dijo el Señor, si el Padre que me envió no le trajere. Esa posición es terminante en la Biblia. Esa posición ha hecho correr a muchos de la iglesia –y con ello se pierden sus ofrendas y sus diezmos, y eso les pesa a muchos que viven de esa renta.  Por eso se calla esa preciosa doctrina, por eso se persigue y se señala a los que predicamos esa doctrina. Pero no hay otra forma de lucha más sabia y más revitalizadora y cargada de poder que entender y asumir que todo lo que acontece ha sido previsto por el Creador. Esa presuposición desvanece la duda de la cual hablamos al inicio. Esa postura borra de inmediato cualquier acusación de nuestra memoria, o del acusador de los hermanos, pues entendemos que ni aún nuestros pecados nos pueden separar del amor eterno e inmutable del Padre.

            En este punto podemos suponer que somos libres para pecar a nuestra discreción. La pregunta que surge a nuestra conciencia la hizo Pablo también, en Romanos capítulo 6: ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? La respuesta sigue: En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?  No es posible vivir feliz en el pecado a causa de nuestra nueva naturaleza. Ese es el punto crucial de la teología cristiana en este asunto, pues una vez cambiada la naturaleza comienza la lucha contra el mundo. Y eso no es voluntario, es un acto natural, y si voluntario fuere lo será por cuenta de la naturaleza de la nueva voluntad gestándose en nosotros. De manera que el nuevo nacimiento opera en nosotros el inicio de esa lucha contra el mundo, que nos acompañará hasta el final de nuestra vida.

            El resumen de esta confrontación con estos textos enunciados arriba nos conduce a proponernos a nosotros mismos lo que Jesús le propuso a sus discípulos: ¿queréis vosotros iros también?  Pues a fin de cuentas solamente hay dos grupos o dos tipos de discípulos, o de personas: los escogidos para salvación a quienes les parece esa escogencia la vía más fácil y natural para conocer al Salvador, y los que les parece esa palabra de la predestinación repugnante, poco diplomática, dura de oír. La respuesta que nos permita el Espíritu recoger manifestará la manera en que enfrentemos esa lucha señalada al comienzo, la lucha contra los pecados que nos acosan, pecados que no son otros que el mismo primigenio pecado, el de la soberbia. Así como la soberbia fue la maldad hallada en Lucifer, asimismo el hombre de hoy, de ayer y de mañana, no es otro que un hombre tentado por la misma soberbia del mismo Lucifer. Porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

 

César Paredes

retor7@yahoo.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

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