S?bado, 29 de noviembre de 2008

¿Qué habrá en el cielo? Más allá de las nubes (considerado el primer cielo), de lo que está fuera de nuestra atmósfera (el segundo cielo), en uno de los sitios en donde mora Dios, quizás su residencia, denominado el tercer cielo a partir de la descripción paulina, de acuerdo al relato del hombre que fue arrebatado a ese lugar, sin que se nos diga claramente si fue en cuerpo o si fue en espíritu, ese lugar es figura de un reino que se ha acercado hacia nosotros. Pero ese lugar también es la meta anhelada donde suponemos y creemos que se están preparando nuestras moradas, el lugar donde habremos de habitar durante la eternidad, que nunca termina. Miríadas de ángeles configuran los espíritus ministradores de los hijos de Dios y ellos parecen tener su morada en ese mismo sitio.

Como espacialidad antagónica aparece descrito el infierno, un lugar de tormento que nunca cesa, donde el gusano no muere y el fuego no apaga, donde será el lloro y el crujir de dientes. Esa figura por demás opuesta al cielo es la morada del hombre no arrepentido, que no ha conocido a Dios, que no ha sido perdonado. Por algo decía David: Feliz el hombre que ha sido perdonado y cubierto su pecado. Unas de las personas que más referencia hizo al infierno fue precisamente Jesucristo, el Hijo de Dios. Incluso, hubo demonios que se asustaron a su reprensión y reclamaron para sí mismos el tiempo de espera del que todavía disfrutan hasta tanto sean enviados a su morada perpetua.

Dijo Jesús que la vida eterna es conocer a Dios, y a Jesucristo mismo. Al parecer si vamos a habitar en las moradas celestiales, el sitio de Dios, entonces vamos a pasar la eternidad (que nunca acaba) tratando de comprender y de conocer la grandeza del Creador. Eso es inimaginable. Podríamos sugerir ideas, miles de ideas, pero habría tantas posibilidades en cuanto a lo que haya que conocer de Dios que nuestra mente finita no sería capaz de comprender certeramente en estos momentos al Ser Infinito por excelencia. Los predios de Dios serán nuestros predios también. Esa es una promesa interesante para pensarla, pues podría entusiasmar al alma apesadumbrada por el mundo, y mal impresionada por el quehacer de las iglesias. No podríamos nunca presuponer que lo que se hace dentro de las iglesias vamos a hacerlo en los cielos. Tal vez algunos principios que allí debatimos podrían ser un breve esbozo de lo que se habría de hacer en los cielos. Por ejemplo, la alabanza al Dios Supremo. Pero ¿qué tipo de alabanza? ¿De qué forma alabaríamos? Eso podría dar lugar a una grandiosa imaginación de una actividad que en ella misma deja profundo gozo en nuestras almas.

Pero no solamente habrá alabanza en los cielos, pues también se podría estudiar la naturaleza de Dios mismo. Eso también constituiría otra actividad superlativa en la cual se invertiría nuestro tiempo. Hablar con Dios (lo que hoy hacemos a través de la oración), sin lugar a dudas habrá de ser otra de las actividades a realizar en ese lugar. Recordemos que Jesucristo todavía intercede por nosotros. Lo más importante en cualquiera de estas actividades señaladas, y cualquier otra que podamos imaginar, es que no vamos a sufrir la fatiga ni el cansancio que produce un cuerpo sometido a la dimensión física del espacio-tiempo. Recordemos que allá vamos a ser consolados, tendremos contacto unos con otros, nuestra identidad se mantendrá –si bien habrá una manifestación tangible de nuestra plena regeneración.

Aunque Jesús dijo que no bebería del vino hasta que estuviera con nosotros allá en el cielo, en el día denominado de Las Bodas del Cordero, corresponde a Pablo el señalar que el reino de Dios en la tierra no consiste en comida ni bebida, sino en justica, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).  En la medida en que nuestra comunión con el Altísimo se va ejercitando, vamos viendo la manifestación de esa justicia, esa paz y ese gozo. Es cierto que en ocasiones dura poco tiempo, pues el miedo que tenemos al mundo nos hace zozobrar como le sucedió a Pedro en el mar. Pero es asunto de volver a empezar cada vez que caemos, de manera que nos vamos entrenando en el día a día con mucha paciencia, experimentando esa justicia y paz y ese gozo. Justicia en medio de todas las maldades que hay en nuestro derredor; asimismo vamos siendo liberados de nuestras propias injusticias, pues todavía participamos de esa vieja naturaleza.  Vamos siendo renovados y vamos experimentando lo que se sentirá en el reino de los cielos al ser sojuzgada toda injusticia en este mundo. ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción…?  (Romanos 9:22). De manera que si Dios es paciente recibiendo tanta injusticia e injuria de sus criaturas, cuánto más pacientes no deberíamos ser nosotros sus criaturas. Sin embargo, en muchas oportunidades nos quejamos de que las injusticias que vemos en derredor nuestro no son castigadas de inmediato desde el cielo. Pero ello cumple un propósito eterno, tal vez nos enseñe a odiar la injusticia en medio nuestro, tal vez nos adiestre en la paciencia que vamos ejerciendo para entender que un buen día el Dios del cielo habrá de actuar definitivamente en relación a eso. No obstante, en muchas oportunidades también vemos su mano actuando ejecutivamente en esta tierra, ajusticiando, pero en el tiempo de Dios, en Su tiempo. Recordemos que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18).

Y a los que llamó a estos también justificó dice Pablo en Romanos 8; de manera que si estamos justificados tenemos paz para con Dios,  pues ¿quién acusará a los escogidos de Dios, si Dios es el que justifica? Y es que ese es precisamente el amor de Dios para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros, para que tuviésemos vida, y vida eterna.  De ese amor nadie nos podrá separar, por lo cual nos convertimos en más que vencedores, pues para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros… (Romanos 9: 23-24). Por todo ello una de nuestras metas es presentar a Dios nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo (separado del mundo), que viene a representar nuestro culto racional (Romanos 12). El llamado hecho es a no conformarnos a este mundo, sino a transformarnos en virtud de la transformación de nuestro entendimiento. No se nos dice que tengamos que transformar el mundo, sino solamente a nosotros mismos. El mundo es un terreno peligroso donde tenemos que convivir, sin embargo el mundo pareciera intocable, pues solamente es transformable dentro de la posibilidad en que nosotros mismos nos transformemos. Así como Cristo no rogó por el mundo, tampoco pidió para que Dios nos quitara del mundo sino para que nos guardara en su nombre. La razón por la cual no vamos a cambiar el mundo es porque el mundo entero está bajo el maligno; el mundo tiene su príncipe, su autoridad que gobierna; pero se nos manda a triunfar y a vencer al mundo, hecho muy diferente a transformarlo.

Muchos creyentes preocupados por la idea de cambiar lo inmutable, cometen el error de inmiscuirse demasiado en la toxicidad del error. Por esta vía han introducido el esquema del mundo dentro de la estructura misma de las iglesias locales, suponiendo que eso sería un atractivo para las masas sometidas a vanidad. Es cierto que tenemos el éxito garantizado, pero no por ello la lucha es fácil; simplemente se nos ha dicho que Cristo ha vencido al mundo y que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo. De manera que todos los que somos guiados por el Espíritu de Dios, somos hijos de Dios; pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Es muy fácil saberlo, cada uno que se interese en  escudriñar las Escrituras podrá encontrar esta verdad de manera palpable, ya que todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Otra manera de saberlo es no practicando el pecado. Juan habla de los practicantes del pecado, y de los que cometen pecado. Una gran diferencia hay entre ambos grupos, y los primeros (los practicantes) no son de Dios, sino del diablo; los que cometemos pecados tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo, quien es la propiciación por nuestros pecados, así como por los de todo el mundo (En el sentido genérico, colectivo, no distributivo. Si Juan estuviese pensando que Jesucristo quitó el pecado de cada individuo de la especie humana, entonces no hubiese hecho la distinción que viene haciendo en esa misma carta: que hay dos grupos, unos que practican el pecado y otros que simplemente cometen pecado; unos que son del diablo, y otros que somos de Dios; unos que aman a sus hermanos, y otros que los aborrecen, que son injustos porque son del diablo. Es claro que Cristo no es la propiciación eficiente del pecado de quien lo practica, sino de los que Él mismo eligió, pues es el mismo Juan quien nos refiere en su evangelio que Jesús no rogó por el mundo).

El hecho mismo de que haya apostasía presupone que hay gente no salva. Si hay gente no salva se presupone también que el sacrificio salvífico de Cristo no los incluyó, pues de lo contrario le sería computado como fracaso y pérdida el conjunto de personas no salvas. Ahora bien, la apostasía sale de en medio nuestro, no precisamente del mundo, pero ello no habría de confundirnos. Aunque no salga del mundo, en forma directa, la apostasía pertenece al sistema del mundo, no al sistema de la iglesia sin mancha. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19).  La apostasía testifica que hay muchos que son llamados, pero pocos que son escogidos. Asimismo testifica que el sacrificio de Cristo es limitado en cuanto al número de personas que incluye, pero es ilimitado en cuanto al poder salvífico que constituye para aquellos por los cuales Jesús rogó: no ruego solamente por estos, sino por los que han de creer por la palabra de ellos (Juan 17).

Recapitulando, se nos conmina a arrebatar el reino de los cielos, a entrar en él como valientes, a procurarlo. En este terreno entramos en la doctrina de la perseverancia de los santos, pues si perseveramos hasta el fin seremos salvos. Nos preguntamos ¿quién es el que persevera? La respuesta es que solamente persevera el que tiene la gracia para ello; la gracia que es un regalo que no se puede comprar, que es irresistible (como irresistibles e irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios), que faculta a los santos para perseverar. El que sea un regalo no quita que no debamos recibir la amonestación de quien otorga dicho regalo para que lo cuidemos, para que procuremos con temor y temblor ocuparnos de esa salvación tan grande, como en efecto hacemos. Si la salvación o la entrada al reino de los cielos es un fin, los medios para conseguir dicho fin también vienen en el paquete de la gracia. Dios proporcionó el fin, Dios proporcionó también los medios, de lo contrario el fin sería incierto. Imaginemos por un momento que Dios Todopoderoso se propone un fin determinado; ello no bastaría en sí mismo si no previera las condiciones adecuadas para que dicho fin se acometa. Asimismo, si se propuso darnos entrada grande y generosa en el reino de los cielos, entonces nos proporcionó a Jesucristo como Salvador, como propiciación. Si nos proporcionó a Jesucristo como el Salvador, entonces le conocemos gracias a la predicación del evangelio. Si le conocemos a través de esa predicación, o de la locura de la predicación, es porque hay predicadores enviados para tal fin. De manera que así sigue la cadena de oro que Dios mismo se ha propuesto desde los siglos: una serie de medios o instrumentos para alcanzar su fin o meta propuesta, la redención que Él mismo quiso de parte de la especie humana, que Él llama sus elegidos. Y todo basado en el hecho de su buena voluntad para con sus escogidos, para manifestación de su amor, no por las obras sino por el que llama. De manera que ese conocer de Dios en los hombres es el de la comunión íntima que ha tenido desde antes de la fundación del mundo.

Este sistema planteado para la salvación de la humanidad escogida es la única vía posible para entrar al reino de los cielos. ¿Por qué pues inculpa, ya que nadie puede resistir a su voluntad? ¿Por qué no predestinó a toda la raza humana para que fuera partícipe de tal fin? Es por ello que Pablo dice que la respuesta a esas preguntas pertenece al terreno de la absoluta soberanía de Dios, y además agrega que quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación. De esta manera, estas palabras que se leen son un canal para esa salvación, pues son parte del medio dejado por el Creador para que den a conocer las buenas nuevas de salvación: el que quiera venga! Claro, nadie va a querer si el Padre no le trajere. Esa es la locura de la predicación, pero ello demuestra que Dios no se salta el proceso que Él mismo instauró, sino que lo cumple hasta en los mínimos detalles. De esta forma cada uno que va siendo salvado del pecado y del mundo, liberado de las cadenas de opresión de la injusticia y la maldad, va teniendo su propia historia personal de cómo ha sido su vida y de cuándo Dios le llamó de las tinieblas a la luz. Pero en todos el mismo proceso se cumple, el de haber sido escogidos desde antes de la fundación del mundo, así como de haber sido llamados por medio de la predicación del evangelio.

Y si el reino de los cielos es justicia, gozo y paz en el Espíritu, entonces desde ya vamos gustando nuestro futuro. Y como dijera Pablo, de ambas cosas estoy en estrecho, pues tengo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor que estar en este mundo. Pero por causa de mis hermanos y de la predicación del evangelio deseo quedarme un tiempo para esta tarea de la evangelización. Sin embargo, no hay duda alguna de que el llamado a perseverar y a ser valientes para arrebatar ese reino nos conmina a seguir adelante, a vencer al mundo, transformándonos en la renovación de nuestro entendimiento. Si está el llamado en la Biblia es porque necesitamos oír ese llamado, de lo contrario no lo hubiesen puesto allí. De manera que todas esas advertencias, todas esas órdenes a seguir adelante, a procurar, a mantener la comunión, son parte de los instrumentos dejados por el Padre para alcanzar la meta final de la amplia entrada al reino de los cielos. El que seamos predestinados para tal fin no quita que tengamos que asumir los medios también predestinados (aún las buenas obras han sido establecidas para que andemos en ellas).

De todo esto se resume que no queda lugar alguno en nuestro entendimiento para la gloria particular, ya que el fin y los medios recaen en el propósito eterno del Padre. Pero se hace inevitable que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de los cielos: ¿quién puede negarlo? Pero aún allí también hemos de aceptar que se nos ha provisto del suficiente estímulo, dentro de la gracia dada a nosotros, para poder alcanzar la meta. La garantía de nuestra salvación está en el testimonio de su palabra, así como en las arras dadas, su Espíritu que habita en nosotros. El círculo se completa cuando se nos conmina a guardar sus mandamientos, pero se nos garantiza el agente por el cual se hace eso posible: Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado (1 Juan 3:24).

César Paredes.
Retor7@yahoo.com

 


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