Martes, 30 de septiembre de 2008

          
          Cuando leemos un libro nos introducimos en la automática tarea de la interpretación, pues sin interpretación no podríamos capturar el sentido. Sin embargo, cuando leemos la Biblia suponemos que tenemos que emprender la tarea de la interpretación, como si eso no fuese obvio en cualquier otro libro. Pero las razones sobran, pues tratándose de la lectura que concierne a la vida del espíritu humano conviene dedicarle la atención suficiente para alcanzar el debido entendimiento.  Muchos lectores de este antiguo libro se han propuesto  estudiar técnicas interpretativas, promoviendo facilidades en el seguimiento del sentido textual que se muestra en la superficie del papel. Esos lectores que presuponen haber encontrado las maneras de acercarse al debido camino del sentido intentan compartir su hallazgo con otros compañeros de lectura. Aparte de sus hallazgos, lo que más nutre su alma es compartir lo que se ha descubierto.  Igual sucede con la obra de arte, su exhibición y exposición al público no la empobrece, tal vez la engrandece, haciendo de ese bien material e inmaterial un valor que crece y reditúa en la medida en que se comparte.  En lugar de agotarse, la obra de arte se muestra más robusta cuando es compartida; asimismo parece que sucede con el amor, un valor que no conviene tener guardado en los secretos de la mente.       

Los intérpretes de la Biblia se muestran generosos al compartir sus logros pues, además de orientar al iniciado en los quehaceres bíblicos, opera en ellos mismos la satisfacción intelectual de haber alcanzado la herramienta necesaria para extraer de una cantera del saber los mensajes expuestos para nosotros.  Piensan que mientras más compartan un mismo criterio, el criterio se vuelve más seguro. Eso podría girar en torno a una falacia de petición de principio o de cantidad. Mientras más apoyen una tesis, más se presume que esa tesis es la tesis.  En ocasiones se supone que una determinada interpretación es compartida por la mayoría, quizás por la ilusión de creer que a través de los siglos los lectores han leído el mismo libro de la misma manera. La historia nos muestra que fue en la época del llamado Renacimiento cuando nace la ciencia de la interpretación, denominada Hermenéutica. El más remoto intérprete bíblico conocido, en el entendido de dejar un camino trazado a manera de orientación sistemática, se llama Orígenes, quien viviera en el siglo III de nuestra era. El fue un intérprete literal que creía que más allá de la letra, en sus profundidades, se hallaba el sumo sentido escritural. La literalidad era esencial en Orígenes, pero la interpretación partía de la letra misma, no se quedaba en ella, y marchaba hacia la profundidad del sentido, en un largo y entretenido viaje alegórico.  Esta manera de enfrentar el sentido llevaba al intérprete a elucubrar de acuerdo al fascinante mundo filosófico preconcebido. Surgió entonces la escuela de Antioquía, del antiguo mundo, la cual argumentaba que la interpretación bíblica debería hacerse a la luz de un hecho literario asociado con su situación histórica de un determinado pasaje escritural.  De esta forma colocaban una barrera al desenfreno especulativo generado por la fascinación del método de Orígenes. 

En la Edad Media se desarrollaron algunas variables interpretativas del método alegórico: el histórico-literal, destinado al creyente más simple; el alegórico, para los que buscaban un camino más profundo dentro del sendero de la fe; el moral, para la orientación de la conducta;  y la interpretación mística para los que profundizaban en los valores particulares del espíritu.  Pero no fue sino hasta el Renacimiento, con la Reforma Protestante, que nacen los nuevos caminos hermenéuticos, ya  que la Iglesia Católica mantenía secuestrada la Biblia y con ella toda forma posible de interpretación ajena a Orígenes.  Fue el Protestantismo, bajo el precepto de Lutero con la Sola Scriptura, el encargado de hacerle creer al pueblo que empezaba a tener acceso a ese libro recién traducido a una lengua vernácula (el alto Alemán) que podía ser capaz de entender ese libro inspirado, siempre que observara la gramática y los elementos históricos del texto. La Biblia, entonces, hablaba por sí misma.

            Los estilos literarios fueron muy tomados en cuenta, tales como el carácter narrativo, lo poético, lo apocalíptico, lo literal-figurativo, entre tantos otros.  Incluso se llegó a hablar de un estilo profético (así dice el Señor). Pero la hermenéutica (interpretación) ha ido cambiando de una manera a otra, en tal forma que los llamados milagros mostrados en la Biblia son vistos de manera distinta, de acuerdo a la corriente interpretativa que los estudia. Hoy día muchos sostienen un punto de vista cuasi existencial de la interpretación, en el sentido de que suponen que los hechos narrados en la Biblia poco dicen de las situaciones históricas en que se presentaron, diciendo más acerca de la proyección que puedan tener en nosotros y hacia el futuro. De esta forma lo que la Biblia promueve sería el encuentro con Dios, y los hechos históricos en ella descritos son simple estímulo para provocar nuevos hechos similares en nosotros.

            En toda esta variable interpretativa hay quienes sostienen, por ejemplo, que Dios hizo al mundo en seis días, pero otros argumentan que esa forma de narrar es simbólica, por lo cual admiten como veraz que se trata de miles de millones de años. El problema interpretativo no termina, pues si se trata de un Dios tan poderoso como allí se narra daría igual que hiciera al mundo en pocos o en muchísimos días. El hecho en sí es que en cualquiera de las dos interpretaciones se presenta la figura del Creador. Pero no es tan simple esta conclusión, pues cuando se confronta el cúmulo de ideologías manifestadas en la mente humana, algunos intentan adaptar la interpretación bíblica al son de la ciencia del momento. Así, por ejemplo, se dictamina que Dios creó en evolución, para conciliar la tesis darwinista de la evolución de las especies con el acto creativo del Dios Creador. Los argumentos van y vienen, y hay quienes argumentan que la Biblia no es un tratado de Química o de Física, pero que no se ha equivocado en el orden de los elementos y compuestos básicos en que han debido aparecer las cosas en el planeta. De esa forma, Ciencia y Biblia no se contradicen, sino que aquélla complementa a ésta. Por ejemplo, para que apareciera el hombre en la tierra se necesitaba un medio ambiente adecuado, así narrado en el Génesis. Pero hay más, los elementos químicos básicos del ser humano son los mismos encontrados en el barro, en la tierra.  No en vano la Biblia decía miles de años atrás, que el hombre fue formado del polvo de la tierra. En el texto de Isaías aparece la idea y el concepto de la tierra redonda (El está sentado sobre el círculo de la tierra…él extiende los cielos como una cortina Is. 40:22).  En este texto citado vemos dos concepciones modernas de la ciencia: uno, la redondez de la tierra, ya anunciada siglos antes de Cristo, sin que la institución eclesiástica pudiera siquiera mirar, pues estaba alejada de la Escritura; el otro, los cielos extendidos, así como el universo en expansión.

De igual forma, la interpretación bíblica da para imaginar muchas tesis sociales. Hay quienes sostienen la primigenia formación del comunismo dentro del concepto de la Iglesia Primitiva, cuando los primeros cristianos tenían todas las cosas en común. A la simple luz de la evidencia histórica no hay paralelismo entre ese comunismo con el comunismo histórico que hemos contemplado en la reciente historia humana. Es como sumar limones con naranjas, una mezcla nada idónea en el buen sentido de la aritmética.

A pesar del posible disturbio creado por la incesante y variada búsqueda interpretativa, han quedado algunos principios básicos relevantes para el establecimiento de ciertas reglas de la interpretación. Uno de ellos, dentro de los más destacados, consiste en separar lo implícito de lo explícito. Cualquier implicación extraída del texto bíblico ha de subordinarse a la enseñanza explícita de toda la Escritura. Lo explícito nunca se subordina a lo implícito, pues esto último puede ser pura conjetura y no necesariamente una derivación objetiva del texto. Ciertamente, hay implicaciones derivadas del texto, pero siempre han de ser dependientes de una explicitación del mismo. Así, por ejemplo,  en cualquier silogismo lógico la conclusión derivada es el producto de la relación de implicación entre la premisa mayor y la premisa menor. Como Dios es perfecto, y yo soy imperfecto, la idea de la perfección que yo poseo la debo a ese ser perfecto.  Nunca podría implicar que la idea de la perfección la debo a mí mismo, por el hecho de que yo tengo dicha idea. Llevado a un terreno bíblico, podríamos argumentar que como el hombre está muerto en sus delitos y pecados, no tiene capacidad de tomar decisión. Es por ello que se hace necesario que un ser vivo tome la decisión de darle vida. Ese es el nuevo nacimiento. Nunca podría suponer al revés, que yo estando muerto en mis delitos y pecados tomé la decisión de ser salvo. El célebre caso del hombre de la mano seca, relatado en el evangelio, demuestra que solamente pudo extender su mano una vez que Jesús se lo ordenara.  Asimismo, la fe viene por el oír, y el oír la Palabra de Dios (el rhemato Cristou, del texto griego), la palabra diciente de Cristo. Una vez que se oye la palabra diciente, la palabra específica de Cristo, se produce la fe. Eso es lo explícito en la Escritura, y no puedo implicar que si yo tengo fe entonces soy salvo. Pues no es de todos la fe y la fe es un don de Dios, como también dicen explícitamente dos textos de la Escritura.  No se trata de ponerle fe al oír, sino de que esa fe nos sea dada como parte del paquete entregado en el nuevo nacimiento. Es necesario nacer de nuevo, y esto no es por voluntad de hombre, sino de Dios. De manera que explicitar e implicar son dos conceptos verdaderamente importantes dentro del campo de la hermenéutica bíblica, la ciencia de la interpretación. Se prefiere lo explícito antes que lo implícito, de donde se deduce que cuando podemos implicar es porque lo hacemos por derivación de un texto explícito, no supuesto.

Otros preceptos de importancia son las preguntas lógicas que debemos hacernos ante cualquier texto antiguo, y muy especialmente ante el texto bíblico. 1- ¿Quién fue el escritor y quién fue su destinatario? (¿a quién fue dirigido?); 2- ¿Cuál era el ambiente cultural e histórico del momento en que fue escrito el texto?; 3-  ¿Cuál era el sentido de las palabras en los días en que se escribieron?; 4- ¿Cuál era el sentido pretendido por el escritor y por qué estaba diciendo eso?; 5- ¿Qué implicaciones me trae esto a mí en estos días?  Estas cinco básicas preguntas llevarían al lector a la comprensión de lo que el escritor intentaba decir, para luego traer ese antiguo mensaje al mundo de hoy, al mundo del lector contemporáneo.  Comprender que cuando Jesús le dijo a Pedro que caminara sobre las aguas, fue solamente a Pedro,  y que en ningún momento los demás discípulos presumieron que ellos también eran llamados a esa manifestación de fe o de actividad sobrenatural, ya que el texto explícito nos dice a partir de esas cinco preguntas hechas, que el escritor bíblico presentó una narración donde quedaba bien definido el acto de habla de Jesús con Pedro, un llamado específico, a una persona específica y en un momento específico. Mal podríamos derivar implicaciones no sostenibles de la exposición textual. Mal pueden algunos intentar caminar sobre ríos o mares, pretendiendo la implicación de otro texto para suponer que ese acto de habla de Jesús puede tener otro destinatario distinto a Pedro.  Por ejemplo, hay quienes tomando fuera de contexto el texto de Jesús acerca de que la fe mueve montañas lo aplican en una combinatoria perniciosa con el texto de caminar sobre las aguas, y las consecuencias son imaginables.  Muchos son los que andan a la deriva por el sendero de la indebida interpretación, y por sus fracasos culpan a su falta de fe. Pero no es un problema de falta de fe en nosotros, sino que a nosotros no se nos ha ordenado caminar sobre las aguas del embravecido mar, salvo que en ese texto queramos ver implicaciones metafóricas o espirituales.  Eso no hace a la Biblia palabra humana, sino que ella sigue siendo la palabra de Dios (2 Timoteo 3:16). Pero es cierto que la Biblia tiene elementos humanos, ya que Dios usó a los humanos para escribir las Escrituras.  Muchas son las metáforas contextuales del autor humano usado por Dios para transmitir su palabra, de allí los distintos estilos literarios y pasionales encontrados en las páginas del llamado texto sagrado. El apóstol Juan es llamado el apóstol del amor, y cuando valoramos la frecuencia del vocablo amor en sus libros, ellos son los que más lo mencionan en toda la Escritura. De manera que esa es una huella dejada por el autor del Apocalipsis, las cartas y el evangelio que llevan su nombre.  La interpretación preferida siempre ha de ser la más clara, la más obvia y la más simple, toda vez que la claridad, simpleza y obviedad,  sean derivadas explícitamente del texto bíblico. La premisa sería que un Dios que quería decir algo no pudo no querer decirlo bien. El lector contemporáneo, alejado de las lenguas originales, tiene el aliciente de la traducción, pero como el adagio lo dice: traductor, traditore, el traductor es un traidor. Muchos son los gazapos que se cuelan en el traslado del sentido de las palabras de un contexto sociocultural a otro muy disímil; esos vacíos se han intentado solucionar en ocasiones con nuevas traducciones, pero el remedio a veces se ha convertido en una peor enfermedad. Las muchas traducciones a veces muestran contradicciones entre ellas y la confusión del lector puede incrementarse. Si bien no estamos obligados a leer en las lenguas originales, sí debemos tener en cuenta que el factor de la traducción incide en la manera como comprendamos ciertos textos.

Aparte del contexto histórico el intérprete debe tener en cuenta el sentido gramatical del texto. La sintaxis de un texto muestra el funcionamiento del mismo, ¿cómo está ordenado, quién es el sujeto hablante, cuál es el verbo, qué tiempo tiene ese verbo, en qué modo está? (si es un imperativo o mandato, o si es un subjuntivo que expresa un deseo, por ejemplo). Además, ¿cuál es el objeto directo o indirecto del verbo?  ¿Cuáles son las circunstancias en que se presenta la frase?, que pueden ser de modo, de causa, de finalidad, de tiempo, de lugar, etc. ¿Existen adverbios que modifican a los verbos, a los adjetivos o a otros adverbios? En fin, estas son algunas de las simples preguntas de la gramática. Pero hay muchas más inquisiciones, como las que hacemos acerca del sentido retórico del texto. Necesitamos conocer cuándo el autor de un libro pasa de la primera a la tercera persona en la narración, o a la segunda persona, haciendo una pregunta netamente retórica.  A lo mejor no quiere la respuesta porque es supuesta, como es el caso cuando Pablo habla de la predestinación en el libro de Romanos y dice: Pero me dirás, ¿por qué pues inculpa?  Pablo viene hablando y cambia de repente a una segunda persona que supone le pregunta a él lo que él mismo quiere preguntarse y preguntarnos, porque supone una pregunta lógica y universal, dentro de la tesis del auditorio universal del cual habla hoy día la neoretórica. Y continúa respondiéndose: Pero antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?  Eso no es más que decirle a esa segunda persona que él se ha inventado, que bien pudiera ser él mismo, que así como existe una pregunta universal existe también una respuesta universal. Son demasiadas, pero muy interesantes, las tareas del intérprete. De paso, Pedro el apóstol recomienda no hacer interpretación privada, y la Biblia nos recomienda acomodar lo espiritual a lo espiritual. Las cosas espirituales habrán de interpretarse espiritualmente.

Esta tarea no termina, y tal parece es el alma del creyente, pues Cristo dijo en la oración recogida en Juan 17, poco antes de su martirio, que la vida eterna es conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien Él ha enviado. De manera que si la vida eterna por su sola definición nunca acaba, y ella conlleva una tarea imperecedera, como conocer a Dios, entonces la interpretación de la Palabra de Dios, o de Dios mismo, nunca acabará.  Bien valdría la pena comenzar desde ahora a saborear esta actividad perteneciente a los siglos de los siglos, pues sin interpretación no podríamos capturar nunca el sentido.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:35
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