S?bado, 05 de julio de 2008

Muerte es una palabra y se dice fácil. Muchos hablan de morir, de sacrificarse por algún objetivo en la vida, como la patria, la familia, la revolución.  Otros prefieren el placer efímero de las drogas, en cualquiera de sus presentaciones, para entregar su vida a ellas de tal forma que puedan soportar la existencia.  Recuerdo la escena de la crucifixión de Jesús en medio de dos malhechores: uno le injuriaba diciéndole que si él era realmente el hijo de Dios que se salvara a sí mismo; el otro, en cambio, le reconocía como a un hombre justo quien no debía padecer por lo que había hecho, pues ningún mal había cometido.  En este debate argumentativo en terrenos de la muerte, el malhechor que reconoció sus maldades por las cuales merecía morir en la cruz pudo clamar al Señor pidiéndole que se acordara de él cuando viniera en su reino.

Esta experiencia de muerte es simbólica de lo que sucede en miles y millones de seres humanos que mueren en este planeta.  Unos continúan diciendo fácilmente la palabra muerte, como un sencillo argumento que aflora en la recursividad lingüística y se dice en el tropel de palabras que emergen frente a los hechos impactantes de la vida.  Estos prefieren afrontar la realidad de la muerte profiriendo que ella no es más que una palabra, tan vana como cualquiera de las que se suelen pronunciar en este mundo.  De esa forma, igualado el fenómeno de la muerte con el signo verbal que la refiere, siendo que es un signo vano, ella deja de cobrar sentido de trascendencia para la humanidad.  Esta manera de pensar guarda consonancia con las palabras del filósofo francés Jean Paul Sartre, quien dijera que la vida es un rayo de luz en medio de dos eternidades de tinieblas, entiéndase eternidad hacia adelante y eternidad hacia atrás en el tiempo.  De esta forma se minimiza el fenómeno o el acontecer de la muerte, al comparar la vida como un período de conciencia de la muerte misma.  En el existencialismo de Jean Paul Sartre, nosotros sólo somos un ser para la muerte.

Otros, en cambio, reconocen a Jesucristo en la cruz, su sacrificio vicario y su dolor inmerecido.  Estos actúan con la humildad del malhechor arrepentido, quien comprendió que merecía castigo por sus culpas, pero que fue movido a pedir misericordia con humildad, reconociendo que Jesús era el Señor, el Mesías esperado, y que volvería en su reino.  Este malhechor reconoció la soberanía de Dios, de un Dios que gobierna.  Una parte, tal vez no muy numerosa, de la humanidad clama por misericordia ante el Dios soberano.  La respuesta que Jesús le diera a este malhechor arrepentido también fue simbólica de la promesa que guardamos: de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. 

En esta aparente sencilla frase de Jesús se pone de manifiesto un universo teológico de esperanza para los que conforme a su propósito son llamados.  1- El Señor perdona y da gracia a los humildes (siendo la humildad no un atributo de pobreza, sino de sumisión incondicional al poder de Dios); 2- Después de la muerte, e inmediatamente a ella, los que mueren bajo este perdón tienen el regalo de continuar la vida en el reino de Dios; 3- Inmediatamente después de la muerte nos aguarda la presencia de Dios en el Paraíso (hoy…conmigo...).   Con esta tercera consecuencia mencionada se acaba o se debe poner fin a la elucubración de aquella tesis perversa y sin lógica bíblica de las almas que entran en un eterno sueño hasta el día de la resurrección.  El hecho mismo de que Jesús viniera a restablecer la comunión con el Padre, porque el Padre mismo nos ama, hace suponer que no quiere que esa comunión se vea interrumpida por ninguna circunstancia, pues es una comunión de amor, y cuando se ama uno anhela compartir con el ser amado.  Esa es la lógica bíblica, una vez más reforzada por palabras de Jesús.

Pero muerte es una palabra que se dice fácil. A muchos les seduce la tesis existencialista del filósofo francés, que arrastró en su momento a miles al suicidio, y continúa atrayendo bajo otros mantos o disfraces a miles hacia una vida sin propósito, vana, donde lo único que importa es la comprensión de las oscuridades de tinieblas fuera de este espacio de luz.  Atrapados en esta vana manera de vivir son seducidos y atraídos por huecas palabrerías de los que envanecidos profieren sus discursos con las sutilezas de argumentos y fábulas artificiosas, que sin entender la mentira que profieren, en sus aceleradas palabras, invitan a sus seguidores como lo hiciera Epicuro, el griego de hace poco más de 2000 años: comamos y bebamos que mañana moriremos.  ¿Qué destino le esperó a aquel ladrón en la cruz crucificado al lado de Jesús?  Un ladrón no arrepentido, quien en su soberbia desafía con su lógica desubicada al Señor de la creación, condicionándolo a que demuestre su veracidad en el milagro de volverlo al mundo.  Esa era su expectativa, el mundo.  Quería manipular con su discurso al Señor mismo, diciéndole que si él era realmente el Hijo de Dios, que se salvara a sí mismo y le salvara a él de esa muerte, para bajar de esa cruz.  Su interés seguía anclado a este mundo, quería descender de la cruz para continuar su camino, y de paso para invitar a Jesús a que le acompañara en su existencia vana por  el planeta.  No estaba esperando enmendar su camino, pues ni aún la muerte le hacía recapacitar, pues muerte es una palabra que se dice fácil.  De esta forma podría echar el cuento de un milagro a su manera, con un Dios a su medida.  Son muchas las ocasiones en que  nosotros pretendemos hacer que Jesús nos siga en nuestro camino, en nuestras interpretaciones equivocadas de la teología.  Suponemos que Él tiene necesidad de ser reconocido como Dios y le ofrecemos la oportunidad de que actúe como tal, haciéndonos el milagro de volvernos a la vida del mundo para continuar con nuestra vana manera de vivir.  De esa forma la humanidad se realiza como creación suya (pero separada de Él) y Él se realiza como Dios al hacer milagros.  Y nada más lejos de la esencia del Dios soberano que esa proposición simbolizada en el ladrón de la cruz, renuente al arrepentimiento y a la súplica del perdón.  El Dios soberano hace como quiere y no tiene consejero.  El Dios soberano no es un mendigo que suplica por las almas, sino que de acuerdo a sus propósitos eternos ha diseñado un plan para llamar a sí mismo a los que son suyos.

En este transitar momentáneo por la vida, en medio de un mundo ensordecedor, la humanidad que debe enfrentar la muerte en un momento dado tendrá uno de los dos destinos: o conocer a Dios, el único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado, o estar fuera de su presencia por siempre jamás.  Eso parece algo que se dice fácil, sin embargo, las consecuencias son de importancia capital: unos para vida eterna, como la que disfruta el ladrón arrepentido en la cruz, y otros para tormento eterno, bajo el llanto y el crujir de dientes.  El problema es que algunos suponen que eso es injusto y por lo tanto es vano.  De allí que como la ignorancia es osada se atrevan a suponer que la muerte es apenas una palabra, una palabra que se dice fácil.  ¿No tienes tú temor de Dios, que dices esas cosas?, fue más o menos el discurso que el malhechor arrepentido le profirió a su colega en la cruz del padecimiento romano.  Esa es la misma pregunta, de la cual tienes la opción de escuchar en este momento, por parte de una persona arrepentida.  ¿Acaso seguirás creyendo que la muerte es todavía una palabra que se dice fácil? 

Tal vez ese rayo de luz en el cual estás en este momento te permita comprender la perspectiva de los dos caminos, uno a vida eterna y otro a condenación eterna.  No es un solo camino, como dijera Sartre.  No se trata de un camino de tinieblas hacia adelante y hacia atrás en el tiempo.  El planteamiento de la Biblia es que existe un camino ancho y cómodo que lleva a la muerte eterna, pero hay un camino todavía mejor, aunque estrecho e incómodo por los momentos, que lleva a la vida eterna.  Jesús dijo que ese camino era Él.  Yo soy el camino, la verdad y la vida.  Nadie viene al Padre sino por mí.  La condición humana es secundaria, como nos pone de manifiesto la escena de los dos ladrones al lado de Jesús: los dos habían cometido faltas similares, merecían penas similares, pero uno reconoció al Señor de lo imposible y se arrepintió.  Ese ladrón arrepentido entendió en el final de su vida que muerte no es simplemente una palabra, sino una realidad peligrosa de la cual no se vuelve.  Ese impacto logró salvar su vida, en ese más allá de la muerte.  Si la paga del pecado es muerte, la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. 

 

César Paredes.

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:26
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