Mi?rcoles, 04 de junio de 2008

Por la fe y la paciencia se heredan las promesas de Dios. Al parecer quisiésemos que fuera de otra forma, pero la Biblia nos ha anunciado que la paciencia es necesaria para conseguir muchos de los frutos relacionados con la fe.  El vocablo paciencia sugiere esperar en actividad, de manera que nunca podríamos imaginarnos que se nos recomiende una espera inactiva.  La inactividad es diferente a la quietud.  Una persona inactiva es aquella que no se mueve, que no se motiva, que no busca, ni llama, ni pide.  Una persona quieta suele pedir, llamar y buscar bajo el manto de la paz y de la tranquilidad de un alma sosegada por la protección de Dios.  La Biblia nos dice que estamos escondidos en Cristo, en Dios, de esta forma no es posible perturbación alguna, por lo que la espera se hace posible y cargada de ilusión, de esa esperanza que no avergüenza.

A pesar de esta realidad teológica, los creyentes sostienen luchas a diario, son presa de turbación, angustias y molestias diversas.  Esta otra realidad, muy pragmática o de la vida diaria, aparenta contradicción con aquella verdad teológica ya mencionada.  Sin embargo, nos toca discernir en medio de la tensión que presupone a las dos proposiciones en conflicto.  El mandato bíblico continúa ofreciéndose como la viabilidad para resolver la tendencia a la preocupación excesiva, a la desesperación en que podamos caer atrapados, a la miseria existencial en la cual pareciéramos sentirnos cuando nos enfocamos con mucha energía en los problemas; ese mandato nos sugiere no estar afanosos: por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.

Lo perverso y lo morboso vende, de manera que muchas personas han permitido que esas cualidades nada virtuosas militen en el fuero interno de sus corazones.  La buena noticia no hace noticia, hecho que podemos comprobar con sólo tomar un rotativo (diario, periódico, etc.) al azar para valorar sus mensajes.  Desde la primera plana hasta sus partes finales, los titulares que se anuncian promueven tragedias, chismes, elucubraciones anfibológicas que atrapan la atención del lector hacia lo morboso.  Jamás se coloca una noticia acerca de niños que hayan nacido sanos en una maternidad; eso no es noticia, pero si han nacido con defecto físico, entonces se produce el hecho noticioso.  Casi nunca vemos un elogio acerca de algún político que trabaja honestamente, sino cuando cualquier otro político comete fraude, malversación de fondos, hechos punibles.  La noticia positiva, constructiva, parece haber desaparecido en las estadísticas noticiosas de los diarios del planeta.  No me interesa juzgar si eso puede considerarse como bueno o malo, simplemente quiero resaltar el hecho por sí mismo, para demostrar que la tendencia a la que hemos estado siendo sometidos ha sido la misma desde hace muchos, pero muchos años, la tendencia hacia lo morboso y hacia la fatalidad.

La buena noticia no vende, por lo cual no la vamos a conseguir sino en forma casi desapercibida en algunos libros, rotativos, revistas o discursos generales.  Esa realidad ha creado un paradigma que sutilmente nos conduce por esos derroteros tenebrosos, habiéndonos hecho suponer que esa es la normalidad.  El recuerdo bíblico llega a ser oportuno por cuanto nos recomienda a no estar afanosos por nada.  Hay otro texto que nos propone una vía muy interesante para golpear ese modelo traumático del morbo; se nos recomienda pensar en todo lo honesto, lo puro, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud.  Al parecer la fuerza anunciadora de mensajes negativos nos arropan en una concepción problematizada, de manera que desde que despertamos en la mañana pareciéramos disponernos a ir a un campo de batalla, donde nos aguardan hechos vergonzosos acerca de los cuales meditar.  Nuestra mente organizada y acostumbrada a esas noticias trabajará por procurar satisfacer sus expectativas de años, para darse la satisfacción y la calma que produce la rutina, pero la rutina de lo morboso y de la violencia.

Dos textos, entre miles que tiene el cuadro bíblico, se nos ofrecen en auxilio para solventar esta tendencia: que sean conocidas nuestras peticiones delante de Dios así como pensar en todo lo honesto, puro, amable, hechos de virtud y de alabanza.  Observemos que no se nos recomienda pensar en hechos morbosos sino virtuosos.  La Biblia no nos educa para el chisme, sino para los hechos dignos de alabanza; no para la violencia, sino para la paz.  Contrarrestar la fuerza del mundo, que despliega billones de dólares casi a diario en la publicidad de lo insano, no es tarea fácil.  Dos textos para poner en práctica y contrarrestar la fuerza malévola de una maquinaria sistémica encargada de moldear nuestros pensamientos, bajo una estructura perversa que nos encamina a la autodestrucción.  Haga la prueba con un adolescente de un colegio y propóngale diagramar o esquematizar un periódico nuevo; allí encontrará material para corroborar esta tesis: de seguro incluirá una parte para las noticias amarillas, para las tragedias, para la violencia.  La noticia en positivo estará relegada y escondida en páginas que casi no se leen, si es que aparece, porque ella no vende.

Ya la mente de ese adolescente está moldeada en esa estructura configurada por la maquinaria del mundo en que habitamos.  Pero independientemente de que nos llamemos una civilización cristianizada, el tema de la oración no aparecerá en ese diario que pedimos configurar, pues puede ser considerado tema vergonzoso y casi primitivismo religioso.  Los pensamientos virtuosos suelen verse como ironía, en este mundo al cual nos hemos acostumbrado a mirar con el ojo del morbo.  El asunto no es negar la realidad del mundo, que suele ser dura, sino acostumbrarnos a mirarlo con otros cristales.  No todo lo que existe en esta vida es negativo: hay cosas honestas, amables, virtuosas, dignas de alabanza.  No todo puede estar sometido a la angustia, antes más bien somos llamados a decirle a  Dios por medio de la práctica de la oración lo que Él ya conoce.  Esas son dos recomendaciones, entre miles, que brotan de la Biblia para darnos la fuerza necesaria de manera que salgamos cada nuevo día buscando las cosas buenas que el buen Dios tiene para mostrarnos. 

RECONOCER LA CREACION

Tal vez si miramos un poco los salmos de la Biblia podemos encontrar la respuesta poética de los cantores, cuando reconocían la magnificencia de Dios.  Jehová se vistió de magnificencia, Jehová en las alturas es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más que las recias ondas del mar.   O tal vez este otro: Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.  Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz.  Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos (en los cielos) puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino.  De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el término de ellos; y nada hay que se esconda de su calor.  O quizás prefiramos cantar de esta otra manera: Como el ciervo clama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

Prolíferas son las formas de presentar en lenguaje poético la alabanza al buen Dios. Eso es una manera virtuosa de pensar, eso es pensar en todo lo bueno, lo que es de buen nombre, donde hay virtud y donde puede haber alabanza.  Es posible que nuestro entorno social, económico, cultural y cualquier otro que apetezca, sea poco digno de loa, pero de seguro que encontraremos en la admiración por la naturaleza el reconocimiento a su Creador.  Ese sería un buen punto de partida para empezar a demostrar nuestra paciencia en espera.  Detenernos para ser expectantes de las bondades de la creación suele ser un buen método.  Las carreras a las que nos somete la estructura social en la que hemos sido entrenados desde antes de nacer, a veces no nos permite siquiera imaginar las bondades colocadas en la creación de Dios para deleite de nuestro cuerpo, de nuestra mente y alma, y para alabanza de su gloria.  Esas cosas colocadas para esos fines nobles solemos imaginarlas escondidas, pero escondidas están en las estratagemas del mundo, cuando se pretende estructurar nuestros espacios de vida desde la lejanía a esos lugares, o cuando se nos permite contemplarlos solamente bajo la lupa de los intereses económicos o ideológicos de las corporaciones.

Amar a Dios es también reconocer su obra.  Decirle cuán bueno ha sido todo lo que ha hecho; eso nos inspirará hacia la fe y hacia la esperanza, nos moverá hacia el amor. Cuando empezamos a amar a Dios comenzamos a perdonar a nuestros semejantes.  En la inmensidad de su presencia todo lo demás se hace miniatura y cobra sentido el perdón, el olvido de las culpas y de los dedos que señalan.  Cristo dijo, yo se que siempre me oyes, en una de las oraciones que hizo al Padre.  Eso debería ser estímulo suficiente para motivarnos a orar, por cuanto somos hijos, y si hijos coherederos con Cristo.  De manera que Jesucristo viene a ser el primogénito, entre muchos hermanos.  Por eso dice Juan en una de sus cartas: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. Esa frase se dice rápido, pero es de una envergadura insospechada.  Solamente imaginemos por un instante en su contrario, imaginemos que no fuésemos hijos escogidos para salvación, desde antes de la fundación del mundo.  Entonces, si logramos imaginarnos eso aunque sea por unos momentos, de seguro encontraremos el verdadero sentido de ser llamados hijos de Dios.  Por eso David, el gran poeta de Dios, escribió: Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?  Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar.  ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra! (Salmo 8).

UNA GRAN PROMESA

Después de reconocer la obra de sus manos nos queda reconocer su gran promesa para nosotros. Jesús dejó dicho: todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.  Juan, su discípulo amado, agrega: y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él…Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.  Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.

Con esta promesa para sus hijos no puede haber ninguno de ellos en el camino de la depresión.  La depresión es un reconocimiento de miseria interior y, en los hijos de Dios, un gran insulto al Creador.  Es como declarar que la obra de Dios es un fiasco! Sí, aunque suene grotesco, más grotesca es la depresión.  El deprimido no reconoce nada bueno en la obra de Dios, por eso se siente hundido en la miseria humana.  Por supuesto que tal vez todos seamos tentados a merodear esos caminos, y tal vez por haber sido entrenados intelectual o culturalmente pasamos por momentos donde esa peligrosa inclinación nos roba la esperanza y la paciencia.  Muchos grandes de la fe pasaron por crisis similares a los estados depresivos, como el profeta Elías, que luego de combatir a los profetas de Baal, de haber corrido delante del carro del rey Acab, se asustó porque Jezabel, la reina, le envió una amenaza de muerte.  Acto seguido Elías quería morir y clamó a Dios para que le quitara la vida. La respuesta a su oración llegó, pero la respuesta que necesitaba: sueño, descanso, comida y un ángel para conversar con él.  Después de eso sus fuerzas emocionales le volvieron y siguió el camino trazado por el gran Dios.

Nos pueden suceder cosas semejantes, pero si tal acontece tenemos también el ejemplo de Elías, clamar al Dios vivo expresando nuestra queja.  No todo es alabanza, claro está.  En esa oración de Elías no había un modelo de alabanza, pero sí se puede contemplar en su actitud una clara referencia de sometimiento a la voluntad divina.  Elías clamó: no puedo más, quítame la vida.  Elías le mostró a Dios su desesperación, por eso fue atendido espléndidamente.  Caso contrario, Judas Iscariote se sintió deprimido por su cruel acto de traición, pero no clamó a Dios, sino que se hizo justicia a sí mismo por sus manos: fue y se ahorcó. Claro, él era hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.  Pero la Escritura también se cumplió en Elías, quien se sabía a sí mismo un hijo de Dios.  Bueno, si nosotros somos hijos de Dios la conducta a imitar es la de Elías, el profeta.  La respuesta a obtener será igualmente enviada de manera oportuna.

Por todo lo dicho, la fe y la paciencia son instrumentos colocados en nuestras manos para crecimiento y madurez de nuestras almas.  Son herramientas propias del creyente en este diario andar hacia la patria prometida.  Recordemos que somos extranjeros y peregrinos y que nuestra ciudadanía está en los cielos.  Las armas de nuestra milicia no pueden ser carnales, desde ningún punto de vista, sino espirituales, y precisamente la fe y la paciencia son dos de ellas.  Ellas son mucho más numerosas, pero conformémonos ahora con esas dos para continuar nuestro camino, que a su debido tiempo aparecerán las que vayamos necesitando.  Un gran estímulo para ejercitarnos en ellas lo configura la obra creadora de Dios y su gran promesa hecha a sus hijos.  Alabar su nombre es reconocerlo en todos nuestros caminos, saber que Él está a nuestro lado todos los días, hasta el fin del mundo.  Alabar su nombre es declararlo autor de todas nuestras circunstancias, pues a fin de cuentas Él es el Creador de todo cuanto existe.  Pero hay más, la alabanza nos lleva a reconocer su obra redentora.  A través de Jesucristo, la obra redentora para nosotros es parte de su hacer creativo, de manera que también la salvación y la misericordia son algunos aspectos de su obra. En ese reconocimiento que le hacemos por su creación, reconocemos el evangelio como la buena noticia dada a la humanidad, de la cual nosotros somos testigos.  Eso nos impulsa a tomar la oración como mecanismo de combate y de contacto con el que hace todas las cosas posibles.  Esa es la esencia de su nombre, la esencia del gran Yo Soy, Ego Eimi –en griego- que quiere decir, yo soy el que hago posible todas las cosas.  Y si conocer la esencia de su nombre nos dejara dudas, vayamos a su palabra  que también dice: Yo soy Jehová Dios de toda carne, habrá algo que sea difícil para mí?

César Paredes.  retor7  @yahoo.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:23
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