Jueves, 29 de mayo de 2008

Los milagros de la Biblia muestran el ejercicio de la voluntad divina en plena operación, así como también la mirada de esperanza del hombre en la operatividad de su Creador.  Un paralítico tiene muchos años sin poder andar, espera el evento anual del movimiento de las aguas por parte de un ángel del cielo, pero no tiene opción por cuanto otros enfermos se prefieren a sí mismos y le dejan abandonado;  nadie en su sano juicio iba a perder esa opción de lanzarse al estanque de Betesda para encontrar su salud, por lo cual ese paralítico solitario no tenía quien le ayudara a sumergirse en el estanque.  Es obvio que si había llegado hasta las inmediaciones de las piscina de la salud había sido con la ayuda de algunos amigos o de algunos familiares cercanos, pero la gente no tenía ni la fe que él poseía, ni la paciencia para encargarse del trabajo que implicaba meter a un paralítico a una piscina, evitando que se ahogue, sumergirlo y sacarlo.  Se necesitaba amor, cariño, afecto, paciencia y fe, mucha fe.  La fe necesaria para mover la voluntad de ayuda a nuestro prójimo.

Jesús sabía que ese paralítico aguardaba por un milagro y se acercó hasta él, conversando, hablándole, haciendo la pregunta de rigor: ¿Quieres ser sano?  Para una mente apurada esta interrogante suena redundante, innecesaria, casi irónica; pero el Hijo de Dios quiso enseñarnos por medio de esta interrogante que nosotros debemos especificar en nuestras oraciones, en nuestras conversaciones con Él.  A veces pedimos bendiciones, pero no decimos qué tipo de bendiciones queremos.  Eso no implica que no la recibamos, sino que no las discernimos una vez recibidas.  Mucha más alegría tiene el alma cuando se entera de que aquello por lo cual oró fervientemente lo ha recibido de manera específica. 

Es indudable que la petición específica no puede ser el producto de un capricho humano, como si pretendiéramos manipular la voluntad del Padre en los deseos intrascendentes de nuestros corazones.   La oración específica tiene que girar en torno a la voluntad suprema de un Dios que todo lo ha previsto, que se complace en perdonar, que se pasea por el estanque de las aguas del milagro, que nos pregunta si realmente queremos aquello por lo estamos pidiendo.  ¿Qué quieres que te haga?, preguntó Jesús una vez a un ciego.  Quiero que me abras los ojos, le respondió el ciego.  Sin embargo,  podemos agradecer que no a todas nuestras específicas peticiones Jesús haya respondido conforme a nuestra voluntad, pues si tal fuera el caso estaríamos metidos ahora en problemas más profundos de los que estamos.  En ocasiones añoramos un cambio específico en nuestras vidas o en nuestras circunstancias, pero ese cambio no llega.  Sufrimos porque creemos que no somos oídos, que Jesús ha dejado de amarnos, que nuestros pecados nos han alcanzado.  Pasa al tiempo y al vernos en unas circunstancias diferentes por las que hemos pedido, encontramos que el Señor tenía razón en no respondernos aquellas peticiones.  Por eso la pregunta al paralítico o al ciego, con aparente redundancia, cobra vigencia en nuestras vidas y en medio de nuestras necesidades.  ¿Qué quieres que te haga? ¿Quieres ser sano?  Equivale a que se nos diga ¿Realmente deseas, necesitas, te conviene aquello que me estás pidiendo?  No importa nuestra premura, el Señor siempre se dará su tiempo para charlar con nosotros y hacernos entender si aquello por lo que pedimos realmente nos conviene.  Asimismo, cuando el mar embravecido se levantaba contra la barca, el  Señor dormía.  Maestro, despierta que perecemos!, le gritaron sus discípulos, pero el Señor antes de reprender a las aguas les reclamó a ellos preguntándoles por qué temían tanto, y por qué tenían tan poca fe. 

Claro que el Señor va a responder en medio de las circunstancias del embravecido mar, calmando los vientos y las aguas, haciendo grande bonanza, pero antes de que eso suceda Él volverá a conversar con nosotros y nos va a llegar a lo más profundo de nuestro corazón,  de manera que conozcamos cuáles son nuestras carencias y temores.  En medio de su charla el mar seguirá agitado, pero nosotros escuchamos su voz y el rugido del mar queda en segundo plano, ya no interesa tanto, sólo su voz hablando a nuestra conciencia, recordándonos que somos  hombres de poca fe.  La fe es un ideal, una meta muy elevada, hacia la cual vamos escalando día a día.  Mientras más fe tengamos, nuevos problemas aparecerán que la exigirán más robustecida.  La fe es no solamente un instrumento de lucha, sino una meta bastante elevada.  Pero la fe no es un objeto tangible, sino la gran confianza que podamos depositar en la bondad eterna de Dios.  Es la seguridad de que Él va a responder en el momento oportuno, haciendo gran bonanza en derredor nuestro.  Los creyentes estamos llamados a ser héroes en medio de la jauría del mundo, así como lo fueron todos aquellos de la galería de la fe, presentados en la llamada Carta a los Hebreos.  El heroísmo de Moisés, de Elías, de Gedeón, de David, de tantos otros personajes bíblicos, se yergue como un paradigma bajo el cual nos motivamos para ejercitar nuestra confianza.  Tenemos luchas similares a las de Josué, a las de Sansón, a las de Abraham, a las de Pedro, Juan y tantos otros.  Tenemos que hacer un recorrido donde se vindique nuestro potencial de fe; es necesario que pasemos por las pruebas glorificantes que nos conducen a la ciudad celestial.  No es de todos la fe, pero la fe es un don (un regalo) de Dios, pues es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Acercarse a Dios es un ejercicio de abstracción muy fuerte.  La razón básica estriba en que no le vemos cara a cara, como vemos a un vecino nuestro.  Por eso el autor del libro bíblico nos recuerda que es necesario creer que le hay. Aunque suene contradictorio está expresado de esa forma; si nos acercamos a Dios es porque suponemos que Él existe, pero se nos dice que esa suposición no basta, pues hay que creer que es real.  La razón por la cual se nos hace esa proposición es porque no le vemos físicamente, entonces nuestro ejercicio o esfuerzo es mucho mayor. ¿Estás ahí, Señor?, pareciera ser la pregunta que hace nuestra alma en medio de la tempestad del mundo.  Ese es nuestro primer acto de fe, creer que Él nos oye, que está allí mismo, escuchando nuestra voz.  Ah, pero en todos los relatos bíblicos se nos muestra que la oración no es un monólogo, pues si nosotros estamos urgidos de hablar con Dios, Él  también desea hablarnos, pues la conversación es parte valiosa de la comunión.  En ese hablar nos preguntará una y otra vez acerca de lo que queremos, de si realmente lo consideramos necesario.  Una vez iniciado el diálogo el Espíritu Santo nos guiará en los trámites del discurso, interpretando la mente de Dios –pues Él la conoce muy bien- y dándonos en consecuencia su palabra.

En este proceso que es el mundo nosotros vamos aprendiendo obediencia y temor reverente.  Al mismo tiempo vamos siendo entrenados en el campo de la fe, pues sin fe es imposible agradar a Dios.  De manera que no es cuestión de ponerle fe a las cosas, o de dar saltos al vacío, lo cual es nulo por sí mismo.  No pensemos que nos vamos a lanzar desde un edificio bien alto y en ese salto al vacío vendrá un ángel del cielo a impedir que nos hagamos daño.  El punto es que la fe la da Dios, pues es un don de Dios, una dádiva; pero esa fe que nos es dada viene en un paquete completo, con los elementos necesarios para crecer, para robustecerse, para inflarse.  Esos elementos son las luchas y pruebas en que andamos a diario, a las cuales somos sometidos, unos más otros menos, pero todos participantes de acuerdo a una medida.  En medio de esas tormentas somos llamados a confiar en un Dios que parece dormido, como Cristo en la barca, pero que está consciente del peligro que acecha y nos reclama la fe para reprender las tempestades levantadas en el mar. 

En ocasiones esos mares están en nuestra mente; otras veces son redimensiones de una realidad tangible, pero siempre son problemas solucionables, por cuanto se nos dijo que no nos dejará ser probados más de lo que podamos resistir, y que juntamente con la prueba (o la tentación) nos dará la salida.  Entonces a nosotros nos toca la decisión de ser felices en medio de las circunstancias de la vida: para eso se necesita valor, confianza en quien sujeta nuestra mano, la esperanza del paralítico de Betesda que aguardaba que una mano misericorde le ayudara a entrar al estanque. 

Por ello el Padre proveyó un maná de vida, pan del cielo, como les fue dado a los israelitas en el desierto.  Ese maná, real provisión para los israelitas, era también una pre-visión de lo que acontecería.  Era el anuncio del verdadero pan del cielo, el pan de vida, como lo dijera Jesús.  Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Son miles las promesas que están estampadas en la Biblia, pero para que se hagan realidad en nuestras vidas es necesario creerle a Dios referente a Jesucristo.  Mas el círculo se estrecha, pues como el mismo Jesús dijera: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Antes había dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le echo fuera…Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

La consecuencia inmediata cuando Jesús dijo todas estas reflexiones acerca del pan de vida y de la voluntad del Padre, de que nadie podría ir a Cristo si el Padre no lo hubiere enviado, fue la molestia general en muchos de sus discípulos.  A la mayoría de ellos les pareció dura de oír esa palabra.  Por eso Jesús, que conocía lo que murmuraban, les preguntó si estaban ofendidos por lo que acababa de anunciar, referente a la voluntad del Padre en relación con quién podría ir a Jesucristo.  Jesús ratificó que las palabras que había hablado eran espíritu y eran vida; les recordó que había algunos de ellos que a pesar de haber vivido junto con Él el milagro de los panes y los peces, no creían.  Le habían seguido en parte por el alimento, en parte por lo espectacular del milagro, en parte por lo esperanzador de su palabra.  Pero no querían que les hablara acerca de la predestinación.  Ellos se querían sentir libres, siempre libres, libres para seguirle o para rechazarle.  Pero Jesús les dijo que ninguno podía ir a Él si el Padre no le trajere; en otros términos, si no era la voluntad de Dios.

Como Jesús sabía que algunos de ellos no creían les reiteró, como para que terminaran de irse molestos, Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Después de la molestia inicial, Jesús les ratifica la causa de la molestia, por lo cual la molestia se convirtió en enojo pues desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  En vista de lo cual Jesús no se puso lastimero, ni mendigó un alma casi ganada, sino que desafiante dijo a los doce ¿Queréis acaso iros también vosotros…No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le había de entregar).

La claridad del Señor nos enseña que nosotros tenemos que estar conscientes de que fue por la voluntad del Padre, manifestada desde los siglos, que nos escogió para salvación.  Esconder este hecho porque suena poco diplomático no ha hecho sino llenar los templos de gente murmuradora, enojada con Dios, molesta con la voluntad misma del Creador.  Esa voluntad manifestada en un Cristo sanador, que en medio de una multitud de enfermos encontrados en el estanque de Betesda, solamente sana al paralítico.  Lo sana un día sábado, para quebrantar la literalidad de la ley de Moisés, en la cual vivían los escribas y los fariseos, que se habían olvidado del sentido o espíritu de la ley para guardar solamente su letra.  Sabemos que la letra mata, mas el Espíritu vivifica.  La voluntad de Jesús que perdonó a una ramera y le dijo ni yo te condeno, vete y no peques más, contraviniendo la letra de la ley de Moisés que ordenaba apedrearla.  Una voluntad que nos manda amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien en lugar de mal.  La voluntad de un Señor que no miró las buenas obras –que eran ningunas- del ladrón en la cruz para perdonarlo, y para ofrecerle que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso.  Un Jesús que acaba con miles de supersticiones acerca de a dónde van las personas que mueren creyendo en Él, una vez que mueren.  Con razón el apóstol Pablo exclamaba que para él el vivir era Cristo, pero que el morir era ganancia, pues tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual era muchísimo mejor.  Esteban también lo supo, pues vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre. 

Muchas doctrinas extrañas circundan las iglesias; no les basta la ley y el testimonio, sino que quieren emociones, experiencias suprasensoriales y provocación de milagros.  Para ello han creado una estructura de gestos, de música, de sonidos que llaman angelicales, tratando de crear la atmósfera para que se manifieste el Espíritu.  Pero no nos enseña la Biblia nada de eso; no se necesita crear atmósferas especiales para que se manifieste la presencia de Dios.  El Padre se manifiesta en quien Él quiere, sin el teatro que hace la gente.  Esa actividad bastante dudosa que hacen los hombres para encontrar a Dios, la hacen para encontrar un Cristo a su medida.  Pero ese no es el verdadero pan del cielo. El verdadero maná ha sido revelado en las Escrituras y no hay otro método sino la misma palabra de vida.  Al menos eso se desprende cuando leemos el libro de Juan, especialmente el capítulo 6, que relata lo del pan de vida.

La soberanía de Dios es un tema tratado sin miedo en las Escrituras.  Son las personas infiltradas en la Iglesia las que han tratado como tabú esa doctrina.  A ellos les parece dura de oír esa palabra.  ¿Si Jesús les preguntó a aquel grupo de discípulos, esto os ofende, y al instante se fueron, por qué nosotros vamos a torcer las Escrituras para que estos no se ofendan?  El que se ofende en esto tendrá que irse con el grupo de discípulos que prefirieron seguir su camino antes que creerle a Jesucristo.  A ellos les pareció dura esa palabra acerca de que el Padre es el que escoge los que vienen a Jesús: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.  A los ofendidos por esa palabra bíblica no les queda otro camino que irse, distanciarse de Jesús.  La iglesia no puede estar preocupada por los Judas o por los fariseos que buscaban adaptar la ley a su voluntad interpretativa.  Sigamos el ejemplo del Maestro, y digamos nosotros también con Él: ¿esto os ofende? ¿Queréis vosotros iros también? Al asumir la actitud mostrada por el Señor tendremos paz, pues bástale al discípulo ser como su maestro.

César Paredes. [email protected]yahoo.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:19
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