Jueves, 22 de mayo de 2008

 

Desde la ley de Moisés le fue dicho al pueblo de Israel, y ahora por extensión a la Iglesia, que no se hiciera imagen ni semejanza de lo que hubiera en la tierra, debajo de ella, ni en las aguas debajo de la tierra y tampoco de lo que hubiera en el cielo.  Este mandato ha sido reiterado un número significativo de veces, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.  Una amenaza se yergue sobre los que tal hacen, llamándoseles idólatras y advirtiéndosele a ellos que de seguir en esa conducta no heredarán el reino de los cielos.

Guardaos de los ídolos advierte el apóstol Juan.  Pero el problema se sigue presentando en muchas congregaciones denominadas cristianas, pues se supone que cuando se tiene una escultura referente a la divinidad cristiana se le conmemora.  Ya sabemos que conmemorar implica hacer memoria o mantener el recuerdo de alguien o algo, fundamentalmente si se celebra con un acto o ceremonia.  De esta forma queda claro que cuando conmemoramos estamos rindiendo ceremonia.  Sin embargo, otros argumentan que ellos veneran y no adoran.  Con esta sutileza semántica se pretende hacer caso omiso al mandato bíblico, pero el término venerar implica tener respeto en sumo grado a alguien por lo que representa, darle culto como si fuese algo sagrado.

El problema no se ha resuelto por cuanto el mandato sigue vigente.  El mismo Dios lo reitera infinidad de veces.  Hay un texto de Isaías que dice: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (42: 8).  No acepta ninguna escultura que lleve su nombre, su imagen.  Ni siquiera que se diga que es para Él, que es por Él, para su veneración o conmemoración.  Cuando se venera a alguien se le está rindiendo una honra especial, una especie de loa o alabanza por su grandeza o por su proeza.  Pero el mismo Dios lo advirtió diciendo que Él no acepta esa veneración, pues no dará su alabanza a esculturas.

En este punto uno puede preguntarse por qué razón el profeta Isaías hablaba de esculturas.  Recordemos que el papel y el lápiz es una invención reciente en el tiempo; a la gente le era mucho más viable elaborarse una representación escultural de algo o de alguien, antes que hacer un dibujo acerca de lo mismo.  No obstante, tenemos que inferir que el sentido buscado tanto en la escultura como en el dibujo es el mismo: la representación visual de lo que se quiere mostrar.  De nuevo el Dios de todos los tiempos ha advertido que Él no dará su alabanza a esculturas, y por extensión a dibujos o a cualquier otro tipo de representación visual.  Si Dios es Espíritu no será posible representarlo, pero si se intenta representar al Hijo –por el hecho de que es el Verbo encarnado-, siendo que Él es el mismo Dios, el mandato continúa vigente.

Quizás una parte del problema suele estar en el hecho de que a Dios le incomoda que eso se haga, por eso lo prohíbe expresamente. Otra parte del problema planteado descansa en el supuesto de que cada vez que yo imagino la forma que Dios pueda tener, implicaría un tipo de representación muy distinto de lo que pudiera imaginar otra persona.  De esta manera, cada vez que alguien quiere representar a Dios por medio de un dibujo o escultura hará una imagen actualizada de lo que en su mente se produce.  Así aparecerán tantas representaciones como se quieran, que competirán entre ellas como la más representativa, la más eficaz, la que nos da mayor productividad a la hora de conseguir la conexión con el Creador.  Dios nos lo recuerda:   Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.

En el Deuteronomio también habla Dios a través de Moisés diciendo que cuando Él había hablado en medio del pueblo lo hizo en medio del fuego, que su voz fue oída, mas a excepción de oír la voz ninguna figura fue vista…Para que no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura de imagen de figura alguna de efigie de varón o hembra; figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire (Deuteronomio 4:12-17). Una de las razones, como lo explica Isaías, es que los formadores de imágenes de talla son todos ellos vanidad.  Ellos mismos han venido a ser testigos para su propia confusión de que los ídolos no ven ni entienden.   ¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es de provecho? (Isaías 44:9-10).

El planteamiento continuo de Jehová a través de sus profetas es que Él no es comparable a nadie. Las gentes mandan a hacer un dios y lo adoran.  Se lo echan sobre los hombros, lo cargan, lo colocan en su lugar, pero se está quieto y no se mueve de su sitio.  Le gritan, no responde, ni libra de la tribulación.  El Señor no deja chance para la veneración de las imágenes, tampoco para su adoración.  En el entendido de que una veneración supone una alabanza o dar un sitio de honor, cuando la gente coloca una estatuilla, una figura esculpida o dibujada, para venerarla (entiéndase para colocarla en un sitio de honor) está colocando realmente a un ídolo.  Que la astucia de Constantino y de la Iglesia corrupta de los siglos precedentes haya cambiado los nombres de las divinidades paganas por los nombres de santos de la Biblia, profetas y apóstoles, así como de Jesucristo mismo, es sencillamente eso, pura astucia que ha permitido engañar a millones de personas bajo el supuesto de que están venerando al mismo Dios del cielo.  El asunto a tomar en cuenta es que ese mismo Dios prohíbe ese tipo de veneración.  Lo prohíbe una y otra vez, continuamente, hasta en el último libro de las Escrituras.  Por eso dice el salmista: Avergüéncense todos los que sirven a las imágenes de talla, los que se glorían en los ídolos (Salmo 97:7).

Las siguientes citas se encuentran en el libro de Jeremías:   Y a causa de toda su maldad, proferiré mis juicios contra los que me dejaron e incensaron a dioses extraños, y la obra de sus manos adoraron…Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril…Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derecho están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder.

Y en el Nuevo Testamento la lucha continúa por igual, contra la costumbre pagana –introduciéndose lentamente en la Iglesia- de hacer ídolos.  Esa actividad es comparable a la ignorancia misma, la ignorancia que se tiene de la naturaleza de Dios y la ignorancia adrede acerca de su voluntad, porque bien expresada que está en la misma Biblia.  Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan (Hechos 17:29-30).

 

¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor… Profesando ser sabios se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre si sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas, antes que al Creador el cual es bendito por los siglos. Amén (2 Corintios 6:16-17 y Romanos 1:22-25).

Pablo sigue siendo contundente contra los ídolos, por lo cual da un tratamiento muy singular a lo que ellos significan.  En primer lugar advierte que un ídolo no es nada en sí mismo.  Esto no nos puede alegrar mucho, sino en lo que a confirmación de lo dicho por los profetas se refiere.  Digo que no debe alegrarnos mucho en relación a quienes practican el servicio a los ídolos, por cuanto muy a pesar de que el ídolo no es nada en sí mismo está representando entidades espirituales de maldad.  Entonces acá encontramos otra de las grandes razones substanciales por las cuales se había prohibido hacer cualquier tipo de imagen para honrarlas. 

Dijimos que en primer lugar el mandato contra los ídolos suponía el deseo de evitarnos la confusión en la infinidad de representaciones que podamos hacer en torno a la divinidad, ahorrándonos la competencia entre ellas en relación a la que mejor favores otorga.  En segundo lugar era un mandato del Ser Supremo, lo cual en sí mismo bastaba.  Pero ahora Pablo nos enseña un tercer propósito en el mandato prohibitivo acerca de los ídolos, el propósito espiritual.  Resulta que detrás de cada ídolo hay un demonio, o muchos demonios.  Cuando se sacrifica veneración u honra, alabanza, contemplación, a un muñeco de esos, a un dibujo de esos, muy a pesar de que le pongamos el nombre de la divinidad y de que argumentemos que lo hacemos para facilitarnos su recuerdo cuando nos inclinamos ante Dios, por un factor didáctico, esa alabanza, veneración u honra,  la estamos sacrificando a los demonios.  Pero ¿qué pensáis que trato de decir? ¿Que los ídolos son verdaderos dioses? ¿O que los sacrificios que se ofrecen a los ídolos tienen algún valor? Pues no, de ninguna manera. Lo que digo es que cuando los gentiles (las gentes) ofrecen sacrificio a los ídolos, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios. Y por supuesto, no quiero que ninguno de vosotros se haga partícipe con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios, ni podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10: 19-21)

Con razón se habla contra Babilonia, Misterio Religioso, la Madre de las Rameras, la que ha corrompido la pureza de la enseñanza evangélica asentada en las Escrituras.  Quienes practican esos servicios a los ídolos lo están haciendo a los demonios.  Poco importa que la masa engañada no se haya percatado de esa realidad escritural; tampoco han querido escudriñar las Escrituras, donde se presume que tienen la vida eterna y son las que dan testimonio del Señor. Por eso el llamado al pueblo de Dios es a salir de ella.  Y si hubiere duda acá hay una maldición contra las personas que tales prácticas hacen: Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a Jehová, obra de mano de artífice y la pusiere en oculto (Isaías 27:15).   Pero la Biblia pareciera haber sido escrita ayer, pues también hay una clara advertencia contra la novedosa costumbre de rendir culto a los ángeles, como si fueran espíritus guías que esperan retribución en su servicio a los fieles.  Nadie os prive de vuestro premio afectando humildad y culto a los ángeles, metiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado en el sentido de su propia carne (Colosenses 2:18).

ALGUNAS OBJECIONES

Mucha gente que está acostumbrada a tener sus imágenes para reverenciarlas o adorarlas objeta todo lo dicho en las Escrituras con otros textos de ellas mismas.  De tal forma se puede argumentar o bien que hay contradicción en la Biblia, o que hay dos períodos, uno de los cuales prohibía el hacer cualquier imagen y otro que lo permite.  Para ello argumentan que  cuando Jehová le mandó a Moisés a construir el Arca de la Alianza le dio instrucciones acerca de unos querubines que deberían ser labrados a martillo. Asimismo, harás dos querubines de oro macizo, labrados a martillo, y los pondrás en las extremidades del Lugar de perdón, uno a cada lado (Exodo 25- 18).  El mismo templo de Salomón estaba adornado con figuras de ese tipo: Dentro del lugar santísimo puso dos querubines, hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto... Salomón cubrió de oro los dos querubines (1 Reyes 6: 23-28).

¿Qué representan los querubines en el Arca?  Primero que nada son un testimonio de lo que existe en el cielo; en segundo lugar representan un indicio de la santidad y del poder de Dios custodiando primero el Arca, desde el propiciatorio o tapa del Arca, una especie de mesa de oro que cubría el Arca, mecanismo de sus epifanías y milagros. Luego, en el templo de Salomón, para considerar el punto de santificación previa al entrar al templo.  Estos seres espirituales representaban la custodia del sitio en donde nada impuro podía traspasar ni mucho menos morar. Las tablas de la ley, la vasija de oro que contenía el maná y la vara de Aarón, constituían el contenido del Arca.  Los querubines estaban sobre el propiciatorio, mirando hacia abajo el lugar del sacrificio, el lugar de la gracia.

Si Pablo el apóstol nos ha advertido acerca de que no debemos afectar humildad y culto a los ángeles, pues ellos son espíritus ministradores de Dios, y no es a ellos a quienes hemos de dar ese afecto de humildad y alabanza, no podemos nosotros suponer que porque están estos dos querubines labrados en el propiciatorio nosotros debemos rendirle honor y tributo de pleitesía. (Muchos textos de la Biblia exponen cuando los mismos ángeles de Dios dicen a los profetas que no los adoren, pues ellos no son la divinidad, sino consiervos nuestros y de nuestros hermanos los profetas, y de los que poseen el testimonio de Jesús Ap. 22:9 y 19:10). Si un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema (Gálatas 1:8-9);  mal pueden los querubines del Arca anunciarnos un mensaje diferente del que ha sido revelado en los libros de La Ley de Moisés y en el Nuevo Testamento.  Ellos representaban la custodia del mismo rollo de la Ley que estaba dentro del Arca. ¿Cómo van a representar una clara infracción del Libro que ellos custodian?  Dios es de paz y no de confusión.

El mandato a Moisés acerca de los dos querubines se hizo en parte para hacer entender que su casa era cuidada por seres espirituales y que nada impuro podía morar o traspasar sus muros, pero esa era la finalidad, el que cuando vieran a los querubines entendieran el punto de la santificación antes de entrar a su templo,  no con el fin de adorar o venerar a los querubines, quienes cumplen en ese contexto una función metafórica de lo que hacen en realidad.  Ya en el Jardín del Edén el Señor había colocado dos querubines vivientes delante de su puerta, para imposibilitar la entrada humana hacia el árbol de la vida (Génesis  3:24); de igual forma estos dos querubines de oro no son reales, no son vivientes, sino metafóricos de aquéllos que custodiaban el árbol de la vida, ya que éstos custodian el Libro de la Ley, el Propiciatorio, el Arca de la Alianza que como ya hemos dicho contenía la Ley, el Maná y la Vara floreciente de Aarón.  Esa era prefiguración del camino a la vida eterna.  Era el mecanismo de las subsiguientes epifanías divinas, de las victorias de Israel y de multitud de milagros.

El Dios revelado estaba por encima de todas sus obras, por lo tanto era irrepresentable.  En el caso de la serpiente de bronce levantada en el desierto, el Nuevo Testamento da explicación de su significado.  El estudio del contexto histórico en el que se instauró demuestra que hubo de quitarse, para evitar el pernicioso efecto que las imágenes causan aún en el mismo pueblo de Dios.  Le correspondió al rey Ezequías, 700 años más tarde, quitar los lugares altos, quebrar las imágenes, destruir los símbolos de Asera, y destruir la serpiente de bronce hecha por Moisés, pues los hijos de Israel le quemaban incienso.  Esto es realmente maravilloso por cuanto en el Nuevo Testamento se dice que esa serpiente de bronce era un modelo de Cristo, el cual sería levantado para auxilio de las picaduras del enemigo.  Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:14-15).  De esta forma no se puede alegar que es válido colocar una imagen que represente a Cristo, sea para venerar, adorar o quemarle incienso.  Ya el rey Ezequías destruyó esa serpiente –prefiguración de quien habría de venir, como lo dice el mismo Cristo en esta cita recogida por Juan-; si alguno se pregunta todavía si eso que hizo Ezequías estuvo o no correcto, el mismo libro de 2 de Reyes 18 lo confirma, pues inmediatamente de haber narrado cómo el rey destruyó la serpiente de bronce a la que el pueblo le quemaba incienso, se dice que en Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá. Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés. Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. El se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió.

De manera que no tienen excusa quienes alegan que existen contextos en la Biblia que permiten la confección de imágenes, sea para venerarlas (quemarles incienso, a manera de honra) o para adorarlas.  Cuando se confeccionaron esas imágenes mencionadas se hizo por mandato divino, expresamente, y con el objetivo específico ya inferido por los demás textos de la Biblia.  De manera que Cristo mismo habló de esa serpiente de bronce, diciendo de ella que Él sería levantado de manera semejante; pero Cristo no criticó al rey Ezequías por lo que hizo, sino que como Dios mismo que es estuvo siempre con él, adondequiera que salía.

EL DIOS SOBERANO

Quizás ubicarse en la perspectiva teológica del Dios Soberano ayude a comprender mejor el por qué de estos mandatos.  Dios manda y ordena al hombre, pero Él no se somete a sus propias leyes.  El hace las leyes físicas, pero no tiene que estar sujeto a ellas; por ejemplo, no se sujeta a la ley de la gravedad.  Le dice al hombre NO MATARAS, pero envía a Josué a una guerra; asimismo, un ángel elimina a miles de enemigos del pueblo de Israel.  Recordemos que en su soberanía hace como quiere.  El NO MATARAS es para el hombre, pero es indudable que Él como Legislador Supremo no puede estar bajo sus propias normas para los elementos de la creación, o para la humanidad.  El no gobierna en una democracia humana, sino en y desde su soberanía eterna.  De todas formas la contradicción no existe en cuanto al propósito de su mandato, que sigue estando vigente.  En ningún momento Él ha mandado a venerar o adorar a esos querubines, o a la serpiente de bronce.  Simplemente ha reiterado la orden, no a los ídolos, no a la veneración de las imágenes.

Muchos se extravían en este camino angosto; algunos encuentran en el camino ancho la excusa para continuar con su imaginería divina, pero la Escritura no se equivoca, y el mandato apostólico lo corrobora.  En ningún texto del Nuevo Testamento se observa la posibilidad de participar de la mesa de los ídolos.  ¿Podríamos argumentar que Dios ha eliminado la ley de la gravedad porque Jesús fue alzado a los cielos?  ¿Abolió las leyes de la biología porque Jesús resucitó a Lázaro?  En ninguna manera.  La teología del Dios Soberano echa por tierra todas esas elucubraciones de un Dios contradictorio o una Revelación con gazapos.  De igual forma, todo lo estudiado acá deja sin fundamento las pretensiones de quienes ven en el manto de Turín una reliquia para venerar.  Pero si examinamos un poco más las Escrituras tenemos que concluir que el mandato para guardarse de los ídolos cobra su máximo sentido en su pueblo.  Es al pueblo de Dios que se le dice que se guarde de los ídolos.  Los que continúan en el camino ancho se pueden dar el lujo de servirles de la forma en que se imaginen.  Lo cierto es que la misma Escritura afirma que hay caminos que al hombre parecen derechos, pero su fin es camino de perdición.

Dejo una cita de Isaías, capítulo 46, versos 8 al 11, donde se recogen trazos de ese Dios soberano a quien conviene mirar, pues es el único Dios que existe y a ese es a quien servimos y adoramos:

Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí,  que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré.

Por eso dice Él mismo: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Is. 42: 8). 

César Paredes. [email protected]


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:50
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