Martes, 13 de mayo de 2008

Hacer o no hacer la voluntad de Dios, conocerla o ignorarla, descubrirla o pasarla por alto, he allí el dilema.  ¿Se trata acaso de una voluntad revelada?  ¿Hay varios tipos de voluntad?  Esas son algunas de las breves interrogantes que desfilan en nuestra mente, pero que quizás toman toda una vida en responderlas a pesar de que no quedemos totalmente satisfechos con las posibles respuestas. De manera que las nuevas generaciones se vuelven a preguntar acerca de la voluntad de Dios.

Podemos buscar respuesta inmediata en algunos textos de la Biblia, considerada la Palabra Revelada.  Sin embargo, ella nos indicará rasgos genéricos, como por ejemplo que la voluntad de Dios es agradable y perfecta.  Eso ya lo sabemos, pero no dice mucho acerca de la voluntad específica del Dios vivo para nuestras vidas.  Percibimos entonces que la voluntad de Dios puede ser abordada desde varios puntos de vista, y quizás los más comunes son: la voluntad genérica frente a la voluntad específica, la voluntad absoluta frente a la voluntad permisiva.

Estos conceptos parecen convertirse ahora en un tema altamente teológico, que trasciende lo inmediatamente humano y va más allá de la simple respuesta a nuestra inquietud existencial.  Pero esas son las consecuencias de tratar con elementos pertenecientes a la esencia de Dios, sabiendo además que  Dios es un Dios de voluntad.  La palabra voluntad tiene una etimología ligada a la idea de querer.  El querer de Dios es lo mismo que la voluntad de Dios. De nuevo la pregunta, ¿cómo puedo conocer lo que Dios quiere que yo conozca? ¿Ese deseo de conocer su voluntad no esconde un deseo de no querer asumir mi responsabilidad por lo que escojo?  ¿Oculta acaso mi entusiasmo por saber lo que Dios quiere para mi vida la incapacidad que tengo para asumir mis actos con sus consecuencias?  ¿O existe de veras un deseo mío en conocer y hacer la voluntad divina? Nuevas interrogantes se suman a las anteriores, y todavía no hemos empezado a responder ninguna de ellas.  Apenas entramos a definir lo que significa el querer de Dios.

Muchos ejemplos se encuentran a lo largo de lo que conocemos como los relatos de la Biblia.  Está el célebre caso de Jonás, que fue enviado a Nínive pero que huyó a Tarsis.  Sabemos lo que ocurrió, que se produjo una tormenta en el mar, echaron suertes los marinos y la suerte cayó sobre Jonás.  En consecuencia, Jonás fue lanzado al mar y éste entró en calma, pero un gran pez se lo tragó y dentro del vientre del pez Jonás tuvo que reconocer que había desobedecido al mandato específico de Dios.  Una vez reconciliado con su Hacedor el pez lo devuelve a salvo a una playa y Jonás retoma el camino perdido.

La interrogante planteada de inmediato pudiera bien ser si Dios sabía lo que Jonás iba a hacer.  Si no lo sabía entonces no es omnisciente.  Pero si lo sabía, ¿no era acaso inevitable que Jonás hiciera lo que hizo? De ser así, eso de la voluntad permisiva es tan solo un eufemismo de parte nuestra para nombrar la manera como nosotros percibimos el actuar de Dios. En los estudios teóricos acerca del tiempo y del espacio, la física moderna nos expone que el tiempo es una condición que puede variar de acuerdo al criterio con que se mire.  Nuestra elección, si es que la tenemos, puede cambiar el flujo de los eventos subsiguientes.  Jonás pudo elegir ir a Nínive obedeciendo el mandato de Dios, evitándose de esa manera el problema con la tormenta, el pez y el azote del mar; de igual forma pudo haber evitado molestias a los marineros, haberse ahorrado problemas en el barco y hubiera sido más oportuno en el servicio a los habitantes de Nínive, al proclamar el mensaje de Dios.  Sin embargo eligió desobedecer y trajo consecuencias desastrosas, principalmente para él mismo.

Pero vemos también en la Biblia otros ejemplos en los cuales la gente decidió desobedecer a Dios y, a pesar de su castigo, las consecuencias fueron enmendadas: por esta razón encontramos hijos de fornicación, de adulterio, de rameras, que fueron bendecidos grandemente y que fueron además objeto de bendición para nosotros.  Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad…Y el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté… (Jueces 11:1 y 29).  Tenemos el caso de Rahab la ramera a quien el Señor protegió junto con su familia y bendijo grandemente, solamente porque dio refugio a los espías israelitas.  También está el caso de David, quien tuvo un hijo de Betsabé –la mujer que cometió adulterio junto con el rey- y ese hijo fue Salomón, el constructor del templo para Jehová, el hombre lleno de la sabiduría del Altísimo y célebre entre los hombres.  Si siguiéramos buscando ejemplos hallaríamos muchos más.  Esto es apenas una muestra de lo que podemos encontrar en una ligera lectura del relato bíblico.

Por supuesto que estos hechos narrados nos remiten a  la pregunta inicial: ¿conocía Dios la conducta que tendría David, antes de que David cometiera su crimen?  ¿Sabía Dios que una ramera sería la madre de Jefté, esforzado y valeroso?  Recordemos el caso de Pedro, cuando el Señor oró por él para que su fe no fallara, pues ya el Señor sabía que le habría de negar feamente.  De manera que con estas referencias se puede hilvanar en nuestra mente un mejor concepto acerca de la voluntad de Dios, agradable y perfecta

El Creador está fuera del tiempo y puede observar los acontecimientos en un eterno presente.  Al menos eso es lo que enseñan las Escrituras a la luz de la física moderna.  No en el tiempo, sino con tiempo, creó Dios los cielos y la tierra, solía decir Agustín de Hipona.  De esta forma dejaba claro que Dios era el autor del tiempo, pero que no estaba sometido a él.  Un Dios atemporal es un Dios eterno, con un eterno presente, de manera que el pasado y el futuro serían dos maneras de abordar el presente.  Desde esta perspectiva, dicen los científicos bíblicos, Dios mira nuestra historia y conoce nuestro futuro.  Pero eso no es más que una explicación intelectual para satisfacer nuestra curiosidad filosófica  acerca de la manera como Dios conoce nuestros actos.  Eso es una manera de sacar a Dios de la génesis de nuestros actos, al mismo tiempo que relega a Dios como observador, desde arriba hacia abajo, viendo el acontecer de nuestra vida en forma global e instantánea.

La concepción de un Dios atemporal que observa la totalidad de nuestros actos en forma simultánea, como quien contempla un desfile de jinetes y caballos desde la cima de una montaña, viendo en una mirada tanto el inicio, como el medio y el final del desfile, es un ejemplo ilustrativo que trae apenas un poco de paz a nuestras inquietudes intelectuales.  Sin embargo, la Biblia nos dice que Dios está con nosotros, que nosotros vivimos en Él, nos movemos en Él y somos con Él.  Esta revelación bíblica deja a un lado al Dios observador de la física moderna y al mismo tiempo nos propone a un Dios que se incorpora en nuestro andar.  Al mismo tiempo, esta concepción teológica acerca de la voluntad de Dios presupone otras interrogantes: ¿Es Dios responsable de nuestros actos? ¿Por qué, pues, inculpa?  ¿Quién ha resistido a su voluntad?

Pienso que no debemos rehuir a estas interrogantes ni debemos acobardarnos frente a las múltiples preguntas que recorren nuestro entendimiento y hacen cola en los espacios de nuestra memoria.  Cuando exponemos esas y otras inquietudes estamos haciendo gala de una inteligencia que enaltece a nuestro Creador.  Hay una palabra revelada en la cual podemos mirar para encontrar alivio en relación con nuestras interrogantes existenciales, acerca de cómo conocer y hacer la voluntad de Dios.  De nuevo con Pedro diremos a la ley y al testimonio.  El punto no puede ser resuelto con textos aislados acerca de la voluntad divina, sino con textos yuxtapuestos –uno al lado del otro- para encontrar la verdad integral.  Un Dios que inculpa a Faraón pero que endurece a Faraón es el que la Biblia revela.  Dos maneras de narrar ciertos hechos se presentan en el libro de Crónicas y en el de Samuel: un mismo evento relatado desde dos perspectivas, una terrenal y otra celestial.  En un relato se inculpa a David por hacer el censo de Israel, pues obedeció a la incitación de Satanás.  En otro relato también se culpa a David, pero se nos dice que fue Dios quien le ordenó hacer el censo.  Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel (1 Crónicas 21: 1);  Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá (2 Samuel 24: 1).

Si la Biblia no esconde esta manera de mostrarnos la revelación, nosotros tampoco debemos esconder las interrogantes que confrontan nuestra lógica.  El que las preguntas sean difíciles para responder no implica que no debamos hacerlas.   Ahora bien,  la manera como respondamos a ellas va a reflejar la medida de nuestra comprensión de la personalidad de Dios en su manifestación al hombre.  Muchas veces encontramos textos curiosos o difíciles para interpretar y analizar, pero eso logra incentivarnos a seguir indagando acerca de la naturaleza del Creador, de sus formas operativas en el universo y de su relación con los humanos.

Pienso que una de las consecuencias positivas generadas por el estudio de textos similares a los mencionados es permitir alejar la culpa de nuestra vida.  La culpa atormenta día y noche y genera muchos males y muchas molestias.  La culpa puede llegar a causar enfermedades en nuestro cuerpo, incluso en nuestra mente.  Pero una de las mejores formas para comprender la operatividad de Dios en nuestras vidas y en este mundo en que habitamos pudiera bien ser acercarnos más a las lecturas de las cartas de Pablo.  En la carta a los romanos, Pablo desarrolla la teología de la predestinación, mencionada en el resto de sus cartas - como de igual forma se menciona en toda la Biblia.  Un Dios que predestina, nos asegura Pablo,  no lo hace porque vea nuestros actos desde un eterno presente y sabe lo que vamos a hacer.  Eso no sería predestinación, sino vaticinio.  Pero la profecía en la Biblia no es simple vaticinio, sino pre-ordenación de los eventos.  De manera que un Dios soberano se nos presenta ordenando el caos del universo y creando una historia para nosotros.  Por eso, dice Pablo, Dios dijo: a Jacob amé mas a Esaú aborrecí, y esto –continúa- lo dijo antes de que hicieran bien o mal.  Si el texto hubiera terminado allí, cabría todavía la explicación de la física bíblica moderna acerca de la manera en que Dios profetiza, porque supuestamente ve todos nuestros actos desde una posición privilegiada.  Eso no lo podemos poner en duda, pero sí ponemos en duda el hecho de que esa sea la manera que Dios tiene de profetizar. 

Pablo aclara la manera en que Dios profetiza, pues nos dice que Dios ha soportado con paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira, y nos ha reservado a nosotros como vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado.  De esta forma se nos declara a un Dios activo, que planifica de acuerdo a su voluntad, independientemente de nuestros actos, pues nosotros no tendríamos alternativa en la escogencia entre el bien  y el mal, ya que por nuestra naturaleza contaminada con el pecado siempre iríamos a escoger el mal.  Pero debido a un acto de misericordia divina, que la quiso manifestar con sus hijos escogidos desde antes de la fundación del mundo, antes de que hiciésemos bien o mal, se nos llamó a una vida separada (santa), infundiendo en nuestra naturaleza una nueva, sellada con el Espíritu de Dios (Espíritu Santo). 

De esta forma el creyente cristiano tiene una dualidad en su voluntad: por un lado quiere actuar bien, correctamente, mas por otro lado actúa en obediencia a su vieja naturaleza.  Así vamos por el mundo haciendo a veces el bien que queremos, y muchas otras el mal que no queremos.  Pero en la comprensión de esta dualidad podemos acercarnos al Dios que nos sacó de las tinieblas a la luz, para poder mostrarle nuestra comprensión del grado de su misericordia en nuestras vidas.  Pues, como dijo antes Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Véase Romanos cap. 9).

La voluntad de Dios pasa a ser agradable y perfecta.  Esa voluntad general y absoluta es así; pero ¿qué de la voluntad específica para nuestras vidas?  ¿Qué de esa voluntad particularísima, acerca de comprarnos un vestido nuevo, tener una familia, haber vivido en tal parte, mudarnos de ciudad, prepararnos para una profesión, estudiar una carrera, realizar un determinado trabajo?  También allí se cumple el principio general, el hecho de que se trata de una voluntad agradable y perfecta.  El Dios que predestina los fines más nobles para sus hijos, también predestina los medios idóneos (más nobles) para su cumplimiento.  En el examen de las metas generales que cada quien irá descubriendo de acuerdo a sus circunstancias de vida, se irá develando el plan eterno y específico para que tengamos paz en lo que hagamos.  De una u otra manera esa voluntad de Dios se cumple, no de forma permisiva sino de forma absoluta. 

De allí que retomando el caso de Jonás, desde la perspectiva humana y con la limitada percepción del tiempo, suponemos que Jonás  tuvo la opción de la obediencia desde un principio. Sin embargo, entendiendo la perspectiva general de Dios, de un Dios soberano que hace como quiere sin que nadie le pueda preguntar ¿qué haces?, sin que nadie haya sido su consejero, vemos a un Jonás que fue llevado a la desobediencia, como David fue llevado a realizar un censo, para mostrarse en ellos una de las categorías de la manera de ser de nuestro Dios.  Reconocer este punto es un adelanto en nuestra forma de pensar; no se trata de pensar de una sola forma, sino de escudriñar la manera como Dios se manifiesta.  El es un Dios dinámico, pero no cambia.  Es un Dios que tiene trato individualizado con su pueblo, con cada uno de sus hijos.  No podemos presumir que la manera como trata a uno vaya a ser idéntica a la forma como trata a otro.  Por eso decíamos hace un rato que se hace necesario, como método de estudio, yuxtaponer o comparar los textos –uno al lado del otro- para tener una visión integral del fenómeno revelado.

Por ejemplo, vemos a David que era conforme al corazón de Dios.  Se nos dice que Jesucristo era el Hijo Amado del Padre.  Asimismo hay muchísimos otros personajes mostrados en el libro de la Biblia que ponen de manifiesto su relación con Dios, y cuando uno va comparando los elementos comunes en todos ellos, vemos que en un área específica –llamémosla la categoría de la comunión- todos ellos buscaban una relación íntima con el Padre, todos ellos se entregaban a la oración.  De manera que si uno quiere conocer la voluntad de Dios para nuestra vida específica sería importante imitar el comportamiento que en esa categoría ofrecieron estos personajes de la Biblia.  Abraham también tuvo mucha comunión con Dios, por lo cual fue llamado su amigo. 

Cerca de veintinueve profecías se cumplieron en sólo un día en la vida de Jesucristo.  Era el momento de su crucifixión: le azotaron, le vistieron con una corona de espinas, cargó un madero, tiraron suertes sobre sus vestiduras, le crucificaron en medio de dos malhechores, le escupieron, le traicionaron, fue vendido por treinta piezas de plata, ese dinero sería para comprar el campo del alfarero, los discípulos serían dispersados, tendría un costado roto (mirarán al que traspasaron), habría tinieblas sobre la tierra, sería sepultado en la tumba de un rico, haría un clamor de abandono (Padre, ¿por qué me has abandonado?), ni uno de sus huesos sería roto (los de los malhechores a su lado sí fueron rotos), horadarían sus manos y sus pies (Salmo 22:16), etc.  Estas 29 profecías se cumplieron en un solo día y sobre una misma persona,  habiendo sido predichas con más de 450 años de antelación y bajo la voz de varios profetas que no se conocían necesariamente el uno al otro. 

La probabilidad de que se cumplan apenas 8 de las 29 profecías verificadas en la Biblia es de 1en 1017, o lo que es lo mismo de 1 en 100.000.000.000.000.000.  En una ilustración de Stoner, quien hiciera este cálculo en su libro La Ciencia Habla (Moody Press, 1963), reseñado por Josh MacDowell en Evidencia que exige un Veredicto, tomaríamos 1017 dólares de plata y los esparciríamos sobre la superficie de Texas, quedando cubierta con una profundidad de 60 centímetros.  Después de esta operación, sigue diciendo Stoner, tomaríamos uno de esos dólares de plata y le pondríamos una marca, de manera que lo mezclaríamos con los demás dólares esparcidos en la superficie de Texas; le cubriríamos los ojos a una persona cualquiera y le pediríamos que escogiera el dólar de plata marcado de una sola vez.  Las probabilidades que tendría esta persona de tomar el dólar marcado serían exactamente las mismas que tendrían los profetas para que se cumpliera lo que escribieron acerca de 8 de estas profecías, y que se hayan cumplido perfectamente en un solo hombre, en Jesucristo.  Eso, por si acaso pensamos que estas 8 profecías fueron escritas sin inspiración divina, bajo la pura sabiduría humana.  Ahora bien, no fueron solamente 8 sino 29 profecías cumplidas en un solo día en la misma persona.  El cálculo hecho anteriormente habría que  aumentarlo en más de tres veces para valorar las probabilidades de que se cumpliesen.

El punto que quiero plantear es que si Dios hubo planificado estos acontecimientos en la persona de su Hijo, para llevar a cabo el cumplimiento de lo planificado ha debido tener en cuenta todos los mecanismos por los cuales cada persona implicada en la crucifixión de Jesús estuviese ese día haciendo lo que tenía que hacer.  Sin embargo, los soldados romanos después de crucificar al Señor exclamaron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.  Las personas que actuaron ese día estuvieron programadas para que hicieran eso, pero ellos se sintieron libres de hacerlo, pues en su naturaleza de pecado se gozaron en hacerlo.  No vieron otra causa inmediata que su propia naturaleza. 

En otras palabras, si Dios planificó con mínimos detalles el crimen más horrendo del planeta, el asesinato de su Hijo, ¿qué queda para los demás eventos de la historia?  Los asesinos de Jesús no se sintieron obligados, sino más bien con un sentido del deber histórico para satisfacer el mandato judío-romano de acallar a un charlatán, como suponían que era Jesús.  Poco importa su motivación –o tal vez mucho pesa su motivación para ellos mismos-, lo cierto es que cumplieron a cabalidad el plan de Dios para ejecutar parte de su obra.  ¿Pensamos nosotros que somos diferentes a estos implicados en la muerte de Jesús? ¿Pensamos acaso que nuestros actos no han sido programados a cabalidad, porque nos sentimos libres al ejecutarlos?  Mirémonos en ese espejo, y en muchos otros relatos de la Biblia, para aprender un poco más acerca de la voluntad de Dios.  Sigue siendo agradable y perfecta, al igual que nosotros somos grato olor para Dios mismo, y los que se pierden son olor de muerte.

Nos encontramos frente a un Dios soberano que nos da el sentido de la libertad y nos hace responsables de nuestros actos.  Por eso Jesucristo enseñó, cuando nos educaba sobre cómo orar, a pedir Y no nos dejes caer en tentación (otras versiones dicen Y no nos induzcas a la tentación).  La manera de mirar a Dios tiene que ser con humildad, no porque lo diga yo o porque lo diga la Iglesia, o porque lo insinúe la Biblia (que ya esto último bastaría), sino porque mirarle a Él nos deja pasmados y perplejos.  Con razón Pablo tuvo que exclamar ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!  Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado?  Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.  A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11: 33-36).

Este texto de Pablo podría convertirse en el parámetro para estudiar la voluntad de Dios.  El grado de comprensión que tengamos al pretender estudiar un fenómeno ayudará a la hora de formular las preguntas.  Cuánto más ayudará en el momento de obtener las respuestas!  No en vano la Biblia dice referente a Dios: Si alguno se gloría, gloríese en el Señor.  Esto es, en todo lo que implica su persona, en su voluntad misma que es su querer.  Esa es la gloria que podemos buscar la de conocer a Dios.  Y si pensáremos que no alcanzamos a comprender suficiente acerca de esa voluntad agradable y perfecta, hemos de recordar que Jesús, en la oración de Getsemaní relatada en Juan 17, exclamó acerca de la eternidad diciendo: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.  Tendremos la eternidad para indagar y conocer a Dios, lo cual implica conocer su voluntad.

Creo que el estudio de la voluntad de Dios nos sumerge en un conflicto, tal vez en un embrollo, o en una confusión continua.  Sin embargo, un salmo de David dice: Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud (Salmo 143:10).  Quizás este salmo nos ayude a salir del embrollo, pues el salmista no pide conocer la voluntad de Dios, sino hacerla.  Pide auxilio y enseñanza para hacerla, lo cual nos sugiere otro punto de partida válido en este acercamiento al tema: hacer la voluntad de Dios es prioritario para nosotros.  Al hacerla vamos conociéndola, pues en Él vivimos, nos movemos y somos.  De manera que en su voluntad andamos, pero hacerla implica andar en la tierra de rectitud, implica atraer lo agradable y lo perfecto a nuestras vidas.  Tal vez este argumento final equivalga a una paradoja, pero la Biblia nos presenta a un Dios complejo que se hizo hombre en la persona de Jesucristo para tratar de que comprendiéramos parte de su amor para con nosotros.  La misma naturaleza nos introduce a contemplar un comportamiento dual en sus objetos, como cuando estudiamos la luz, que puede ser onda o partícula al mismo tiempo.  Esa complejidad paradójica suele ser parte de nuestro conocimiento natural y cotidiano.  A veces las cosas no son blancas o negras, sino cargadas del matiz del gris. 

Jesús también nos enseñó a pedir la voluntad de Dios en nosotros, pero no disertó mucho acerca de la naturaleza de esa voluntad.  Simplemente nos dijo: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.  Esta actitud nos saca del lío de la comprensión del querer de Dios, y nos conduce a la tierra de la rectitud.  El hacer, en este caso, supera al comprender.  Tenemos al Espíritu Santo el cual nos lleva a toda verdad.  Él sí conoce la voluntad de Dios;  a nosotros se nos pide que la hagamos para ser felices.  Pero la queramos hacer o no, siempre hacemos lo que Él ha pre-ordenado.  Entonces descubro que al disertar sobre este tema el lío continúa, pero al intentar hacer esa voluntad, piso la tierra de rectitud.  Tanto una cosa como la otra ha sido la voluntad de Dios!  Afortunadamente podemos darnos ánimo, pues aún las buenas obras han sido preparadas de antemano para que nosotros andemos en ellas!

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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