Domingo, 04 de mayo de 2008

Algunas veces es común llegar a sentir que el perdón recibido ha quedado en un pasado lejano por lo que el sentimiento de lucha en el interior de nuestra mente nos conduce a la búsqueda del perdón perfecto.  Ese perdón no es más que la actualización del sentimiento de paz que tuvimos cuando conocimos personalmente a Jesucristo. ¿Qué ha pasado en nuestras vidas para que nos acontezca esta situación?  Tal vez esto suele pasar en viejos creyentes que han caído en pecados vistosos que marcan la forma de percibir el amor de Dios.

Hay diversidad de pecados y todos nos alcanzan, pues tarde o temprano la consecuencia social o individual nos acorrala. Es posible que hayamos buscado el perdón, es posible que hayamos lamentado hasta la saciedad nuestras malas acciones, pero el sentimiento de expiación no llega. Dado que podemos estar sufriendo la consecuencia natural de nuestros errores, confundimos esa consecuencia con la falta de expiación. Jesús comía con los pecadores y los publicanos haciendo una gran labor en medio de ellos y algunas parábolas las dijo en sus reuniones.  Sin embargo, Pablo recomienda que con los hermanos que andan en ciertos pecados carnales no se debiera ni aun comer con ellos, aunque el mismo apóstol recomienda a la iglesia de Corintio restaurar a un hermano amonestado, con lo cual se ponen de manifiesto sus dos perspectivas.

Normalmente la iglesia es implacable con los pecados sociales que casi siempre están vinculados al sexo. Jesús nos dijo que si nuestro hermano pecare contra nosotros debemos perdonarle hasta 70 veces 7. El mismo Pablo que recomendó no comer con el que anduviese en conducta desordenada nos dice que él es un miserable por no poder hacer el bien que quiere, empero el mal que no quiere esto hace.  A pesar de sus errores el apóstol siguió escribiendo epístolas a las iglesias. 

Quizás esa brusca manera con la cual la iglesia nos mira, ha sembrado en nosotros la sensación de que la expiación no llega.  No puede ser que cuando no conocíamos a Cristo supimos de su amor y su perdón, pero ahora que somos parte de su iglesia la arrogancia implacable de aquellos que no se acuerdan de lo que fueron limpiados se subleva contra los soldados heridos en combate. Porque hay que reconocer que un creyente caído en pecado sufre, y al estar caído es porque ha recibido un gran empujón del enemigo de las almas.  Es en ese momento en que más necesita sentir el amor de Dios en la iglesia como su instrumento, es allí donde más sentido cobra la sensación de expiación. 

El cristiano tiene un mandato por analogía con Israel, es el de acordarse por todo el camino por donde Dios le ha traído.  ¿No exhorta el Antiguo Testamento a no olvidar de dónde vinimos?  El Nuevo Testamento nos dice que el que cree estar firme mire que no caiga, así como que hay que sacar la viga de nuestro ojo para poder ver la paja en el ojo ajeno.  Una figura terapéutica se levanta también en el Antiguo Testamento, es aquella que relata sobre las ciudades de refugio, en la cual se abrigaba el homicida que había herido de muerte a otro sin intención.  Muchas veces nuestros pecados son hechos en la intención de la carne, pero no en la intención del espíritu.  Como Pablo queremos hacer el bien y evitar el mal, pero nos sucede todo lo contrario.  Es allí cuando necesitamos esas ciudades de refugio para que no caiga sobre nuestra cabeza el odio y el estupor levantado en la congregación. 

Bajo las circunstancias en que hemos sido levantados y educados, hemos recibido huellas sicológicas que gobiernan nuestro ánimo todos los días, hasta que partamos de esta vida.  Esas huellas son surcos que nos hacen girar, así como los israelitas giraron por 40 años en el desierto, en un camino que normalmente les hubiera tomado 11 días.  La culpa, el rencor, la vergüenza, son tres gigantes que marchan al lado nuestro.  Su cercanía en nuestro andar va a depender en alto grado de la manera como hemos sido educados desde niños.  Imaginemos por un momento a ese trío de gigantes en nuestra vida;  ahora imaginémoslos en la vida de un pastor.  Sigamos nuestro ejercicio mental y pensemos que quizás esos tres gigantes también están en la vida de los diáconos, de los hermanos más antiguos, también se mueven entre los más jóvenes y juntos todos suman más personas que la congregación misma.  Yo no podría hacer mucho por eliminar siquiera uno de los que habita en la vida de un pastor o de cualquier otro hermano.  Tal vez sí pueda hacer mucho por enfrentar a los míos.  Supongo que cuando me enfrento a ellos, como lo hiciera David frente a Goliat, en el nombre del Señor,  los venceré.  Eso bastaría en mi vida, pero tendría que convivir todavía con los gigantes de mis hermanos en la congregación. 

Sin embargo,  el hecho de que no hagan morada dentro de mi corazón es el triunfo que se me ofrece.  Eso es ser verdaderamente libres.  Tal vez yo podría ayudar a mostrar la manera como se vence a un gigante y les sería de gran ayuda a aquellos que también se encuentran atrapados como yo lo he estado.  Ese es un gran sentido de ayuda comunitaria.  La Escritura nos dice que el Hijo de Dios es la propiciación por nuestros pecados, por lo que a partir de ese texto, por la fe que me ha sido dada, ya no puedo creer más en la culpa.  La Escritura también me dice que debo perdonar a mis hermanos para que yo sea plenamente perdonado, y por esta vía se disipa el gigante del rencor.  También encuentro en la Escritura que el evangelio no me avergüenza, sino que es poder de Dios para salvación, de manera que si creo en el evangelio, si vivo en los parámetros del evangelio, acabo con el gigante de la vergüenza. 

En esta actividad también terapéutica yo me muestro libre de la culpa, del rencor y de la vergüenza.  Tres actos de fe relacionados con los parámetros bíblicos, con tres textos escriturales, acaban por completo con tres gigantes perniciosos.  Los acaba en mí, por lo cual dejan de existir y yo no los veo en la vida de mis hermanos.  Si ellos los sienten todavía es porque no han sabido confrontarlos.  La mujer adúltera es presentada en la Biblia como un ejemplo de la relación entre el pecado y la vergüenza pública.  Había cometido un pecado sexual y social, de forma tal que fue sometida al escarnio público de una turba farisaica que juzgaba, pero que había olvidado el principio de la ley de Moisés, el amor de Dios a través del perdón.  Jesucristo la miró y le dijo dos grandes cosas: ni yo te condeno y vete y no peques más

El que podía condenar perdonó a una persona que acababa de cometer un pecado social y sexual.  Restauró con su mirada y con su palabra a esa persona que fuera sometida al escarnio público.  Frenó el escarnio mismo, pues se nos dice que nadie fue capaz de lanzar la primera piedra.  Ni yo te condeno es una frase suficiente para la redención.  La segunda proposición del Hijo de Dios fue vete y no peques más.  Vete del centro del escarnio que te están haciendo, pero vete y no practiques más el adulterio al que te has acostumbrado, y uno supone que ella hizo así.  No obstante, caso contrario, Jesús nos mandó a perdonar hasta 70 veces 7 por una ofensa, en clara alusión a lo que debe constituir la terapia del perdón, y en clara alusión a que si nosotros somos llamados a perdonar de esa manera, ¿cuánto más no perdonará aquél que es amor y que es la propiciación misma por nuestros pecados?  Jesucristo nos ha dado la expiación.

El enemigo de la paz de nuestras almas no desea que nosotros sintamos esa realidad, sólo desea que claudiquemos bajo una conciencia incriminatoria fortalecida y anclada en tres pilares gigantes: la culpa, el rencor y la vergüenza.  Para lograr su cometido se ha valido de un constructo elaborado desde nuestra temprana niñez, pues no es posible sobre la faz de la tierra conseguir a un solo padre o a una sola madre que no haya cometido errores al levantar a sus hijos.  Los más perfectos han fallado en alguna oportunidad, por eso los hijos nos acusan o nosotros acusamos a nuestros padres (y las más de las veces no son ellos sino nuestra conciencia, o los gigantes que tenemos en nuestra conciencia) y por ello somos conducidos a la miseria de la insensibilidad para la expiación.  Llegados a este punto el enemigo triunfa y su triunfo es su gozo por nuestro dolor, porque en nuestro dolor comenzamos a juzgar a aquél que no hizo juicio alguno sobre nuestras culpas sino que nos perdonó incondicionalmente. 

Jesucristo con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados, por lo cual el Espíritu Santo nos atestigua que el Señor ha puesto sus leyes en nuestras mentes y corazones y nunca más se acordará de nuestros pecados y transgresiones (Hebreos 10:14-17).  Esta es una promesa suficiente para matar gigantes.  Si David se enfrentó a Goliat en el nombre de Jehová, sin valorar las dimensiones de su pequeño cuerpo frente a la coraza y la espada de una criatura de desproporcional tamaño, nosotros tenemos esta escritura que puede vencer a cualquier gigante.  Imaginemos por un momento un juego de cartas que se llame La Muerte de los Gigantes en el cual  nos sale una baraja con la revelación de Hebreos 10 antes mencionada.  Una de las reglas del juego dice que no podemos deshacernos de esa carta.  Como resultado inequívoco tenemos el juego ganado.  Pero hay más, la revelación mostrada no es una promesa, pensemos que una promesa es algo que se puede cumplir si se dan ciertas condiciones.   Si buscas, hallas; si llamas se te abrirá; si pides se te dará.  No, la carta de Hebreos 10 no es una promesa, es un hecho consumado.  No se nos exige condición para que se cumpla,  la única condición, por decirlo de esa manera, es que esa carta nos sea repartida en el juego contra los gigantes. 

Miles de promesas existen en la Biblia y muchas de ellas están sujetas a condición.  La expiación de Cristo no es una promesa; fue una promesa en el Antiguo Testamento, pero es una realidad en el Nuevo Testamento, ya que ella misma es el Nuevo Pacto.  En el juego contra los gigantes la carta de Hebreos 10 es repartida solamente a los hijos de Dios.  Si has creído en Jesucristo como Señor y Salvador, entonces tienes esa carta y lo único que tienes que hacer es usarla.  Por eso cobra sentido el texto de Primera de Juan cuando dice Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios.  Fue por amor que se nos invitó a jugar contra los gigantes, no fue porque anduviésemos detrás de esa invitación.  Le amamos a Él porque Él nos amó primero y no hicimos nada por la expiación, sino que ella nos ha alcanzado al ser llamados hijos de Dios.  Ese es el gozo del que habla Pablo, siempre  gozoso, pues la victoria está garantizada en forma absoluta. Solamente nos toca participar del juego con esa carta en la mano. 

Razón tenía Pablo cuando exclamaba que él no se avergonzaba del evangelio, porque era poder de Dios para salvación.  Pablo tenía la carta de la expiación en la mano, con la cual enfrentaría multitud de gigantes, en especial los gigantes de la ley que son los de la punición, los que intentan abrir espacios en nuestras mentes para colocar trampas que se abren en el tiempo queriéndonos hacer creer que nuestro saldo negativo supera a la gracia.  Tal vez nuestra deuda no sea pagable con la ley pero por la gracia el acta de los decretos contra nosotros, que nos era contraria, ha sido quitada de en medio y clavada en la cruz (Colosenses 2:14). 

Son cuantiosos los textos que nos hablan de hechos concretos y consumados a favor nuestro.  Una tarea interesante sería memorizarlos, escribirlos y colocarlos en sitios visibles y de importancia para nosotros, porque esa sería una tarea liberadora. Los gigantes cuando son vencidos se retiran de nuestra vida dando voces, recordándonos que nuestro saldo está en rojo, que nuestra deuda es impagable, enfatizando también en que el acta de nuestros decretos contra nosotros nos es contraria.  Esa es una parte de la verdad, la otra, la que nunca quieren admitir ante nosotros, es que dicha acta fue clavada en la cruz. El punto teológico es sencillo: esos gigantes son los demonios mismos que no fueron perdonados, y como los ángeles que cayeron en la rebelión con Lucifer no fueron sujetos a misericordia sino sujetos a eterna condenación,  su ira, su vergüenza, su culpa, su rencor -que son semejantes a los nuestros- tratan de enrostrárnoslos.  Ellos quieren que seamos copartícipes de su angustia y nos pasemos a su bando, a ver si con ello logran demostrarle al Creador que está equivocado.  Pero su cometido no lo logran, pues ellos no son partícipes de la gracia soberana que nos ha sido dada por el amor de Dios al ser llamados hijos de Dios.  Ese es el punto; les molesta nuestro gozo, nuestra paz, nuestra vocación de libertad.  En su molestia nos recuerdan que estamos caídos como ellos, y tienen razón hasta cierto punto, pero huyen derrotados en el sitio de la expiación, donde no fueron alcanzados.  La sangre de Cristo no fue derramada para ellos (ese es el gran amor del Padre para con nosotros que por su gracia soberana nos hizo partícipes de la herencia de su Hijo), de manera que es normal que esos gigantes (los mismos demonios o ángeles caídos) anden en su tormento eterno buscando amedrentar a los hijos de Dios, basados en nuestra vieja naturaleza que todavía nos acompaña, por lo cual ellos suponen que debemos ser iguales a ellos en todo.  Pero están equivocados, pues el acta de los decretos que habla contra nosotros (como ellos mismos nos lo recuerdan) fue quitada de en medio y clavada en la cruz (asunto que ellos no desean admitir).

Llegados a este punto, tenemos que reconocer a la expiación soberana realizada en la cruz del calvario como suficiente para limpiar toda culpa, todo rencor, toda vergüenza.  De esta forma, la iglesia no podrá acusarnos porque ella misma no es acusada.  Algunas personas dentro de esa Institución andan en círculos, como los israelitas en el desierto, recordando Egipto y sus sandías, mirando nuestros viejos gigantes reflejo de los suyos.  A ellos que nos acusan tenemos que ayudar, en una clara muestra de perdón y de amor, porque la expiación en la cruz ha sido suficiente provisión para la liberación.  Existe un llamado bíblico a no rendir culto a los ángeles; tal vez esos ángeles referidos son los ángeles que no han caído, pero de igual forma se nos advierte a no rendirles culto ni afecto de humildad a ellos en general.  Cuánto más no habrá de ser la advertencia subyacente a no rendirles ningún tipo de afecto a los ángeles caídos!   Cuando permitimos que nos priven de nuestro gozo permanente en el Señor, le estamos rindiendo afecto a ellos.  Tal vez no lo sabíamos, pero ahora nos ha sido aclarado. El autor de Hebreos nos exhorta a poner la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, ya que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.  Ese escondite es la mejor ciudad de refugio. 

La expiación fue total y el perdón recibido continúa produciendo el gozo de un perdón perfecto.  No queda solamente en un recuerdo lejano, es la realidad gozosa que a los gigantes o ángeles caídos no fue ofrecida.  Con el Señor hagamos la pregunta ¿dónde están los que te acusaban?, porque nadie ha sido capaz de lanzar la primera piedra.  Si el Señor nos perdona entonces no nos condena.  Pero dado que es un hecho consumado, la aseveración quedaría como una proposición en tiempo pasado: Si el Señor nos ha perdonado, es porque no nos ha condenado! Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados (Hebreos 2:13).

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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