Domingo, 27 de abril de 2008

Una de las cartas más llamativas en el Nuevo Testamento es la primera que escribiera el apóstol Juan. Se inicia hablando del Verbo de Vida, diciéndonos que él fue testigo directo de ese Verbo de Vida hecho carne. La calidad de testigo es la del testigo directo y no la del referencial, lo cual es bastante importante, pues no escribe como lo hiciera Flavio Josefo, como un historiador que recoge referencias, sino como quien viviera de forma especial las maravillas realizadas por Jesús.  De lo visto y oído quiere hablarnos. En el verso 5 del capítulo 1 nos anuncia un mensaje: que Dios es luz, sin tinieblas. De allí que el que anda en tinieblas no practica la verdad. Hay un presupuesto, mostrado en el verso 8 y 10, según el cual todos tenemos pecado; sin embargo, en el verso 9 se nos dice que si confesamos nuestros pecados Él es fiel y justo para perdonarnos y para limpiarnos de toda maldad.  Se habla de perdón y de limpieza, dos conceptos parecidos pero diferentes.  Hay gente que aparte de ser perdonada necesita ser limpiada, en su mente, en su espíritu, para borrar costumbres vergonzosas.  Una cosa es el perdón, que implica aceptación por parte de Dios, y otra es la limpieza de ciertos hábitos que nos reducen la autoestima.  Todo lo hace Jesucristo el Justo, quien es presentado como abogado y al mismo tiempo como propiciación.

Se da una primera prueba para conocer que somos hijos: Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos (cap.2 verso 3), pues el que se dice creyente y no guarda sus mandamientos no tiene la verdad.  Juan nos recuerda el mandamiento antiguo y desea presentárnoslo en forma renovada: el amor por los hermanos.  Ese mandamiento antiguo lo explica en palabras de un mandamiento nuevo, simplemente lo explicita diciéndonos que no aborrezcamos a los hermanos.  El que aborrece a su hermano anda en tinieblas, y el que anda en tinieblas tropieza y no sabe adonde ir. 
Juan precisa a sus destinatarios: los que han vencido al maligno, los que han conocido al Padre, los que son fuertes, los jóvenes;  a esos destinatarios les da otro mandamiento, distinto al de amar al hermano, pues ahora es un mandamiento de no amar, pero de no amar al mundo.  En este mundo están concentrados los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Ese paquete no proviene de Dios sino del mundo, de ese mundo que pasa junto con sus deleites, pues es un mundo sometido a vanidad, por causa de aquél que nos sujetó a esperanza.  Juan también toca el tema de los anticristos que han salido de nosotros, pero que no eran de nosotros.  Hay un ser y estar que nos comprueba que no todos los que están son de nosotros.  Hay gente que está pero que no es.  Y hay mucha gente que es, pero que todavía no está. 

Los deseos de la carne: no se nos habla en contra de los deseos en general, sino de la carne, o del cuerpo como dice la versión Siríaca del Nuevo Testamento, lo cual incluye los deseos impuros, la falta de castidad, malos pensamientos, malas palabras, indebidas acciones, la fornicación, el adulterio, el rapto, el incesto, la sodomía y todos los deseos contra natura, así como la intemperancia en el beber, en el comer, además de la gula y todos los excesos corporales.  La razón es que estos deseos de la carne y excesos del cuerpo batallan contra el alma, deshonran al cuerpo mismo y deforman el carácter.

Los deseos de los ojos: hay eventos que nunca dejan satisfechos a los ojos, que despiertan la curiosidad por la cual somos atrapados.  Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír (Eclesiastés 1). Dice un salmista: Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino (Salmo 119: 37). Por eso Jesucristo advirtió en el Sermón del Monte: Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (Mateo 5: 28).  Y hay quienes no sólo miran lo impuro, sino que se entretienen en lo que consideran noble: …pero nunca cesa de trabajar, ni sus ojos se sacian de sus riquezas, ni se pregunta: ¿Para quién trabajo yo, y defraudo mi alma del bien?  También esto es vanidad y duro trabajo (Eclesiastés 4: 8).

La vanagloria de la vida: ilustrada por la ambición de honor, de controlar sitios y recibir altos títulos, como fuera la conducta de los escribas y de los fariseos: …que amaban los primeros asientos en las cenas, y los primeros puestos en las sinagogas (Mateo 23).  Lujuria y pompa, con costosos enseres, numeroso tipo de atención, que aparece en cada época con cada generación.  Junto a los deseos de la carne y de los ojos constituye la indulgencia ante las propensiones animales, o ante los apetitos de la carne, pues cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.  Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Santiago 1: 14-15).  El mundo hace una activación de la tentación, pero la fuente misma de ella está dentro de nosotros.  La influencia externa no tendría el mismo empuje en nosotros si no fuese por la correspondencia y la atracción que nosotros mismos buscamos dentro de nuestro ser.  Por eso se habla de nuestra concupiscencia, en razón de lo cual se nos recomienda a huir de la tentación. 

Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, la vanagloria de la vida, a pesar de tener su objeto referente fuera de nosotros, tienen su impulso básico dentro de nosotros mismos.  Recibimos el alimento porque sentimos hambre; si no hubiese apetito no nos detendríamos a recibir o a buscar el alimento.  Así mismo sucede con la atracción que el mundo ofrece en nosotros, la aceptamos porque el deseo está dentro de nosotros mismos.  Entonces una buena práctica sería comenzar por no incrementar el deseo de la carne, pues nuestro viejo hombre está viciado conforme a los deseos engañosos, tiene estímulos suficientes que aspiran al conocimiento, al alimento, al poder, a la gratificación sensual.  Esa mezcla de deseos se confunden en lo que se ha denominado deseos primarios; el llamado es a controlarlos. Lo que se nos propone es renovar el espíritu de nuestra mente,  vestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.  Se nos impele a dejar la mentira, a airarnos pero a no pecar por estar airados.  Llegar a ese equilibrio es la nueva meta para el hombre nuevo (Efesios 4: 22-27). 

Una vez más Juan recuerda quiénes son sus destinatarios: los que tienen la unción del Santo, los que conocen la verdad, todo el que hace justicia, los que tienen vida eterna y poseen una unción pedagógica capaz de llevarnos a toda verdad.   A estos destinatarios les recuerda en el capítulo 3 que el Padre nos ha dado un gran amor, pues ahora somos llamados hijos de Dios.  Este es un nuevo estatus que tienen solamente los creyentes, pero como consecuencia de este estatus ahora el mundo nos aborrece y no nos conoce. El mundo actúa de esa manera porque está bajo el maligno, practica el pecado, es del diablo, no hace justicia y no ama.  La oposición a estos anti valores la propone Juan de inmediato, pues dice que el nacido de Dios no practica el pecado, ya que la simiente de Dios permanece en nosotros.

 

Hemos pasado de muerte a vida: la prueba glorificante de esta nueva realidad consiste en amar a los hermanos, en poner nuestra vida por ellos, en ofrendar con nuestros bienes a los que tienen necesidades materiales.  La anti prueba o prueba en contrario consiste en aborrecer al hermano, que es equivalente a cometer homicidio, por lo cual se carece de vida permanente en Él. 

Juan continúa enfatizando en quienes somos, por lo que ahora insiste en dar más pruebas de que somos hijos de Dios.  Si al principio había señalado como la primera prueba de ser hijos de Dios el hecho de que guardamos sus mandamientos, ahora a partir del verso 19 del capítulo 3 nos resume otras categorías de pruebas. Un corazón que nos reprende (en el pecado), aunque mayor es Dios para resolver esa situación; y si no nos reprende es porque tenemos igualmente confianza en Él; tenemos cualquier cosa que pidamos de él (porque hacemos lo agradable delante de él); por el Espíritu que nos ha dado; en que amamos a Dios, ya que él nos amó primero; en el capítulo 4, verso 13, nos recuerda que Dios nos ha dado de su Espíritu; porque permanecemos en él así como él en nosotros.  Con este resumen probatorio de que somos hijos de Dios, habitamos en perfecto amor, donde no hay temor –pues el temor lleva en sí mismo el castigo.  De allí que el que es temeroso no ha sido perfeccionado en el amor (ese es un interesante síntoma para que nos evaluemos).  El verso 3 del capítulo 5 nos expone que los mandamientos de Dios no son gravosos.  Juan continúa mencionando más pruebas del hecho de ser hijos de Dios: vencemos al mundo con nuestra fe (ese mundo que ofrece los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida); tenemos el testimonio de Dios, que es la vida eterna en su Hijo; al pedir según su voluntad Él nos oye y tenemos lo que pedimos, lo que se llamaría el síndrome de la oración contestada. Este es un muy buen síntoma de que somos hijos de Dios, pues la oración es comunión con Él, de manera que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo, por lo cual no podría llamar Padre a Dios.  Si lo llama Padre sin tener el Espíritu de Cristo es palabra vacía y su oración no es oída.  Recordemos que el Espíritu nos enseña a pedir lo que conviene, pues conoce la mente del Señor y nuestros corazones, de tal forma que nos ha sido dado como garantía del nuevo nacimiento.  Por ese Espíritu clamamos abba Padre, pero no como palabra vacía, sino con el efecto de que ahora somos llamados hijos de Dios.  Otra de las pruebas maravillosas es que el maligno no nos toca y no practicamos el pecado.

Pero una clara advertencia hace Juan al final de su carta: por un lado nos previene de los pecados de muerte y por la otra nos exhorta a guardarnos de los ídolos.  Dice que hay pecado de muerte por el cual Juan no recomienda pedir.  El profeta Jeremías también parece mencionar ese pecado de muerte:    Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré. ¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén? Los hijos cogen la leña, y los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira.  ¿Por ventura me provocarán ellos a ira, dijo el SEÑOR , y no antes a ellos mismos para confusión de sus rostros?  (Jeremías 7).

Y me dijo el SEÑOR: No ruegues por este pueblo para bien.   Cuando ayunaren, yo no oiré su clamor, y cuando ofrecieren holocausto y ofrenda, no lo aceptaré; antes los consumiré con cuchillo, y con hambre, y con pestilencia (Jeremías 14).

Después que Juan nos ha hablado del pecado de muerte por el cual él nos dice que no pidamos y después de encontrar estas referencias en Jeremías, donde Dios mismo le dice que no pida por un determinado pueblo, y pasa a exponer las razones, es revelador conocer que esas razones dadas en el Antiguo Testamento coinciden con la petición final, hecha seguidamente de haber hablado del pecado de muerte.  Me refiero al texto que dice: Hijitos, guardaos de los ídolos. 

Si la casa de Judá se hubiese guardado de los ídolos, el Señor no le habría dicho al profeta que no pidiera por ese pueblo, ni que él no estaba dispuesto a oír las oraciones.  Juan parece tener claro el contexto cuando nos recuerda guardarnos de los ídolos.  Esos ídolos pueden variar con el contexto histórico que vive cada generación, pero su función es la misma, la de sustituir el foco de atención y el centro de adoración al Dios Altísimo.  No en vano Jesucristo dijo que Dios es Espíritu, y que busca adoradores de verdad, que le adoren en espíritu y en verdad.  Y Pablo nos explicaba en la carta a los Romanos que un ídolo es nada en sí mismo, pero el sacrificio a los ídolos es equivalente al sacrificio a los demonios.  Así mismo lo dice: el que sacrifica a los ídolos, a los demonios sacrifica. 

Si en el Antiguo Testamento Dios se molestaba con su pueblo porque sacrificaban a la reina del cielo, y le hacían tortas y altares; si en el Nuevo Testamento Pablo expone que ese sacrificio se hace a los demonios, entonces Juan pareciera estarnos previniendo de cometer un pecado por el cual no se nos manda a pedir, al exhortarnos que nos guardemos de los ídolos (la referencia es clararamente dirigida a los creyentes que se vuelven a los ídolos).

El testigo directo de Jesús nos escribió una carta para hablarnos del Verbo de Vida, del amor que nos ha dado el Padre al llamarnos hijos de Dios; nos expuso que tenemos un abogado para con el Padre en caso de cometer pecado; que no digamos que no hemos pecado, pues le haríamos a Él mentiroso; que debemos batallar contra los deseos de la carne, de los ojos y contra la vanagloria de la vida; que el amor al mundo es enemistad contra Dios.  Ese testigo directo también nos propone orar conforme a la voluntad del Padre, para obtener todo lo que le hayamos pedido.  Juan lo supo de primera mano, ya que anduvo con Jesús.  Vivió la experiencia contra los demonios, supo cómo habitaban ellos en medio del que se llamaba el pueblo de Dios, por eso nos recomendó a guardarnos de los ídolos.  También nos alienta recordándonos que nosotros hemos vencido al maligno y que el maligno no nos toca, y lo que ha hecho que venzamos al maligno es nuestra fe.  Tiene sentido, por cuanto la fe viene por el oír la palabra de Cristo.  Si estamos atentos a su palabra esa fe produce la fuerza para vencer al maligno. 
El resumen de su carta, de la presencia del Verbo de Vida en medio nuestro, del triunfo contra el mundo, es el amor a los hermanos.  Amar a los hermanos es muy simple, mucho más elemental que amar a Dios.  Es elemental por cuanto a los hermanos les podemos ver y palpar, mientras que a Dios no le vemos, si bien Juan fue un testigo presencial.  Por eso el que prefiere amar a Dios, pero no a sus hermanos, no está en la luz, sino en las tinieblas y no sabe  adonde va, pues tropieza. 
Esta carta nos sugiere que la emoción más grande se produce en la aventura más grande: la oración contestada.  Si pedimos conforme a su voluntad tenemos las cosas que le hayamos pedido.  Ese es el aliciente para seguir nuestro camino hacia la eternidad.  Pedid y se os dará.  La fórmula es simple y sencilla, es conforme a la voluntad de Dios.  Para saberlo es cuestión de ponerse a orar y sentir cómo el Espíritu dirige nuestras oraciones en la cámara secreta, y nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará en público.  La voluntad de Él tiene garantías valederas: es agradable, primero que nada, y es perfecta.  No va a pasarnos nada desagradable a nuestros sentidos, a nuestra percepción de la armonía ecológica que guarda un cristiano con su mundo, por pedir conforme a la voluntad de Dios.  Por el contrario, escucharemos a un Dios que habla y que siempre está dispuesto a mostrar su sorpresa por cuanto él llama las cosas que no se ven como si se vieran.  No hay nada que sea difícil para él; él es Jehová Dios de toda carne.  Nadie puede resistir su voluntad; nos ha dado tal amor que nos permite ser llamados hijos de Dios; si nos dio a su Hijo, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 

Vale la pena intentarlo.  El Verbo de Vida está entre nosotros.  Seamos ahora testigos presenciales de su Espíritu.  Juan fue un testigo presencial de Jesucristo; Juan se conviertió en nuestra referencia, pero nosotros podemos evaluar la presencia de Cristo en nuestras vidas.  Él prometió que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.  Descubrirlo como una presencia y no sólo como una referencia es la tarea que tenemos por delante.  Intentémoslo!


Tags: SOBERANIA DE DIOS

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