Domingo, 18 de noviembre de 2007
Concebimos a la divinidad como a un ente de poder. La idea de Dios en la narrativa b?blica no es otra que la de un Dios Todopoderoso. Por supuesto que la idea de un dios d?bil afecta la posibilidad del milagro. Entendemos milagro como ese actuar sobrenatural en un mundo cargado de limitaciones, donde esa actuaci?n ejercida nos carga de perplejidad al permitir asombrarnos por un hecho extraordinario, no habitual, que por su rareza causa admiraci?n. Un muerto que se levanta, un mudo que empieza a hablar, un paral?tico que camina, un endemoniado que se libera de sus demonios, son todos ejemplos de milagros.

Pero hay un detalle importante en el momento en que sojuzgamos un evento milagroso. Es la rareza del mismo; de nada sirve que el actuar sobrenatural est? presente si eso es cotidiano. La cotidianidad del milagro le hace perder su gracia y el elemento de rareza le devuelve su sentido de expectaci?n. Porque un milagro causa un estado de expectaci?n en quien lo admira.

Una de las tantas se?ales que preceder?n a la Segunda Venida del Se?or son los terremotos. Si miramos un poco en la historia de los movimientos tel?ricos vemos que desde que hay registros hist?ricos de ellos los mismos han ido aumentando paulatinamente, hasta que en la primera parte del siglo XX, hacia los a?os 50 y 60, comienzan a aparecer en n?mero mayor, mostr?ndonos con ello su significaci?n en cuanto a lo que Jes?s anticipara como una se?al de su venida. En efecto, se ha observado un incremento en los grandes sismos acaecidos en el siglo XX, compar?ndolo con los 19 siglos restantes, a partir del siglo I. Si para comienzos de la era cristiana, la historia afirma registrar 15 terremotos y para el siglo X apenas se?alan 32 terremotos, en pleno siglo XX, en sus primeros 60 a?os, se han registrado 600 terremotos (v?ase Domingo Fern?ndez: Predicciones hasta el a?o 2000. Ed. Logoi,1975).

En los primeros 60 a?os del siglo XX hubo 600 terremotos, frente a 9 movimientos tel?ricos notorios registrados en el siglo XIX. Eso es un dato relevante, un hecho hist?rico notorio en lo que a cumplimiento prof?tico se refiere, es decir, que Jes?s cuando anunci? este incremento en los terremotos como se?al de su venida no lo dijo porque era obvio que siempre la tierra ir?a ajust?ndose y generando este tipo de movimiento catastr?fico, sino que lo dijo como una se?al pertinente para el tiempo del fin.

Ahora bien, la ocurrencia continua de este tipo de eventos nos produce una saturaci?n en la informaci?n al punto en que ya no lo notamos como una se?al m?s de su venida. ?Por qu?? Pues porque irrumpe como un hecho cotidiano y ya no lo relacionamos f?cilmente con un evento notorio. Nos hemos acostumbrado tanto a las noticias sobre temblores o sismos que no nos produce expectaci?n, no nos deja perplejo. Inmediatamente nuestra mente lo relaciona con otro evento similar que reci?n ocurri? en otro sitio. Por eso es buena la comparaci?n estad?stica con siglos anteriores, o con d?cadas anteriores, para darnos cuenta de que realmente s? es un hecho notorio vinculado al conjunto de se?ales de su venida.
Esta situaci?n presentada nos lleva al estudio de ese elemento del milagro que ya hab?amos se?alado arriba. No s?lo el acto sobrenatural del milagro es lo que nos asombra sino su extra?a (poca) ocurrencia. Cuando se repite mucho un milagro entonces se hace cotidiano y dejamos de percibirlo como milagro. Veamos el milagro de la vida. Es un hecho de todos los d?as, m?ltiples nacimientos de seres humanos, de plantas, de animales. Sin embargo muy pocos reflexionan sobre el hecho milagroso de la vida, pues es visto como un acto cotidiano y hasta como un derecho adquirido. Ese derecho adquirido se traslada entonces a todo milagro. Veamos otro ejemplo, la cantidad de millones de esparmotozoides que ?corren? para fecundar un ?vulo en su lucha por transformarse en un ser viviente, aunque s?lo uno gana la carrera. Esa es una actividad que no depende de nuestra voluntad, depende entonces de una voluntad que escapa a nuestro control. Pero no pensamos en ello, pues eso es natural que suceda.

De esta forma reabordamos el tema de la soberan?a del milagro. Dios es soberano y hace como quiere, con poderes plenos. Su irrupci?n en nuestro andar natural es visto como una incursi?n milagrosa. Hablamos del milagro de los panes y los peces, porque no es natural que se multipliquen por m?s que uno de gracias por ellos. Hablamos de la resurrecci?n de L?zaro porque tampoco es natural que un muerto se levante bajo la orden de sal fuera. Y hablamos de milagro cuando ocurrieron sanidades espectaculares, ciegos recobrando la vista, paral?ticos andando, leprosos sanados en su carne, endemoniados liberados de sus demonios. Muchos predicadores contempor?neos trabajan por recuperar el milagro, pero no cualquier milagro. A los muertos los dejan muertos, esperando la resurrecci?n que un d?a habr?. La multiplicaci?n de los panes y los peces se hace a trav?s de ofrendas y diezmos que ayuden en la compra de los mismos. Por los paral?ticos se hace una oraci?n a distancia para que se haga la voluntad de Dios en sus vidas.

En cambio, muchos oran por enfermedades subjetivas. Llamo subjetiva a aquella enfermedad que s?lo el sujeto que la padece sabe que la tiene, pero que no es necesariamente evidente. Por eso se suele escuchar expresiones como: ?Ahora el turno a los que sufren de dolores de cabeza; ahora le toca a los que tienen dolencias en un ri??n, etc, etc?. Muchos se sugestionan porque quieren ver el milagro, m?s que su propia sanidad, quieren tener una prueba fehaciente de su fe. Algo que les diga en qui?n han cre?do. Otros que no logran aliviarse de ninguna forma son recriminados por ?su falta de fe?. Y el predicador tal vez se ha sugestionado y quiere ver el poder de Dios actuando a trav?s de ?l. Un ego muy fuerte. Pero en la Biblia se menciona que Jes?s san? en una oportunidad a 10 leprosos, y no les pidi? fe. S?lo uno de ellos regres? a darle las gracias, s?lo uno tuvo fe de que ?l era el Mes?as y le ador?. Por eso Jes?s le dijo: ? Y los nueve, ?d?nde est?n? ?No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? ?Lev?ntate, vete; tu fe te ha salvado? (Lucas 17: 17-19). De manera que no hizo falta fe en los otros nueve para sanar de la lepra, solamente era necesaria la unci?n para sanar, el poder de sanaci?n del Hijo de Dios. La fe del n?mero diez de los leprosos le fue necesaria para ser salvo (aunque tambi?n la fe para ser salvo es un don de Dios y no es de todos la fe: v?ase Efesios 2:8 y tambi?n 2 Ts. 3).

De esta manera queda demostrada la falacia en que incurren esos predicadores que desean hacer huella en su p?blico apelando al efecto del milagro, como evidencia de su cercan?a al Dios de los milagros, y de su potestad como intermediarios entre ese Dios y el pueblo afligido, al descargar en sus oyentes la responsabilidad de la ineficacia del milagro, atribuyendo a la falta de fe de los oyentes toda causa de la ineficacia del milagro no ocurrido. Hay muchos ejemplos m?s en la Biblia que se sumar?an a esta demostraci?n de que no es necesaria la fe para que opere el milagro, pues el milagro es tambi?n una actividad soberana de Dios.

Pero el milagro de creer en un Se?or a quien no hemos visto es a?n mayor que una simple sanidad de cualquier enfermedad. Es mayor que echar fuera demonios. Es mayor incluso que la perplejidad que nos deja el hecho sobrenatural de un Dios que irrumpe en nuestra naturaleza, violentando toda ley de la f?sica, de la qu?mica, de la l?gica. ?Pero no os regocij?is de que los esp?ritus os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres est?n escritos en los cielos? (Lucas 10: 20). Y si se piensa que como consecuencia de estar nuestros nombres escritos en los cielos nosotros echamos fuera demonios como se?al inequ?voca de aquello, leemos tambi?n: ?No todo el que me dice: Se?or, Se?or, entrar? en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que est? en los cielos. Muchos me dir?n en aquel d?a: Se?or, Se?or, ?no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declarar?: Nunca os conoc?; apartaos de m?, hacedores de maldad? (Mateo 7: 22-23). Uno puede concluir tambi?n que esos hacedores de milagros eran adem?s hacedores de maldad.

Curiosamente los que piden milagros al cielo nunca piden que el tiempo se detenga. No caen en la trampa del mito de la eterna juventud. No piden no envejecer. ?Ser? acaso porque consideran muy natural asumir la ley inclemente del tiempo, que todo lo envejece? Fant?stico fue lo que le aconteci? a Dorian Gray, el personaje descrito por Oscar Wilde. El quiso el milagro de la eterna juventud; lo logr? a cambio de que su retrato envejeciera y sufriera toda suerte de transformaciones en lugar de ?l. Eso le permit?a cometer cualquier fechor?a y mientras su rostro segu?a rozagante, su retrato se transformaba con las muecas m?s grotescas causadas por su maldad. Sin embargo, al final del relato observamos c?mo Dorian decidi? observar si el retrato hab?a o no cambiado para bien, mas el retrato le muestra una expresi?n de hipocres?a, al punto de que se le aparec?a a s? mismo m?s repugnante que nunca. Por ello arremete contra su retrato ?porque ya no soportaba los hechos malignos que ?l mismo comet?a a diario- y para asombro del lector el retrato vuelve a su principio, a mostrar al joven y hermoso Dorian Gray de hac?a muchos a?os; en cambio el verdadero Dorian cae muerto, envejecido y con su rostro irreconocible, producto de sus muchos males cometidos en vida. Oscar Wilde reconoce all? que contra el tiempo nadie juega; tiempo e historia, causa y consecuencia, se unen en un todo inexorable sin que nadie pueda detenerlos.

As? como se asume con naturalidad esta ley biol?gica y f?sica del tiempo, deber?amos asumir de igual forma las consecuencias de nuestros actos. Pero a?n m?s, deber?amos asumir con igual naturalidad que, si hemos sido escogidos por el Padre para ser objetos de su amor (a tal punto que nos maravillemos de poder llamarle Padre), no necesitamos otros milagros en nuestra vida para objetivar esa realidad. El milagro de llamarle Padre, abba Padre, de recordar con Juan mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, nos deber?a ser suficiente motivaci?n para caminar a lo largo de nuestra vida sin procurar intervenciones fant?sticas que nos convenzan de su presencia en nuestro entorno. Porque eso buscan los milagreros o hacedores de milagros y eso buscan los que se acercan a los hacedores de milagros, intervenciones fant?sticas.

Claro est?, en la Biblia se nos dice, Dios hace como quiere y si un d?a quiere manifestarse en forma sobrenatural, es decir, de manera que irrumpa en nuestra cotidiana historia quebrando sus leyes de la f?sica, ?l puede hacerlo. Y ?qu? entonces es la oraci?n contestada sino un milagro? En esos milagros debemos ocuparnos, el que podamos conversar con Dios, cara a cara o como por espejo, pero que podamos hablar con ?l y que pudi?semos ser tenidos por sus amigos, como lo fue Abraham y como lo fueron otros m?s seg?n las Escrituras. Hay que tener cuidado con buscar lo fant?stico, porque eso buscaban los magos y hechiceros en Egipto; el diablo es imitador y falsificador, y se hace pasar como hijo de luz; el que merodea por los senderos de lo milagroso puede recibir la sorpresa amarga del destello del mal, de una alegr?a ef?mera y de un yugo tan pesado que ya no le permita andar. Pero hay gente que no quiere aprender de la Palabra revelada, sino de los int?rpretes de ella; tienen pesadez de entendimiento y tragan alimento predigerido por otro.

?Escudri?ad las Escrituras porque en ellas os parece que ten?is la vida eterna?, ?Examinad las Escrituras porque ellas son las que dan testimonio de m??. Escudri?ar y examinar, dos verbos que denotan trabajo intelectual; dos verbos que tienen como complemento directo a las Escrituras, lo cual implica trabajo intelectual, y m?s a?n, trabajo espiritual, pues las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente. El trabajo que su esp?ritu haga lo hace su esp?ritu, y nadie va a hacerlo por usted. No busque impactarse con los milagros fant?sticos que prueban que Dios existe, imp?ctese m?s bien con el milagro de la vida, el milagro de la salvaci?n, el milagro de la elecci?n, el milagro de la Segunda Venida de Jesucristo, el milagro de ser llamados hijos de Dios, el milagro de que nuestros nombres est?n escritos en los cielos, en el Libro de la Vida del Cordero. Esos son milagros que nos han sido otorgados para que creamos y tengamos presente al Se?or Todopoderoso y Soberano. Y si aparte de eso ?l nos otorgare otros favores que nosotros llamaremos milagros, pues demos el debido reconocimiento al Dador de toda d?diva y de todo don perfecto, pero no hagamos un espect?culo para atraer a las masas como lo har?a cualquier mago de circo.

No podemos nosotros hacer llover como los piaches ind?genas al sonido de un tambor; aunque este tambor venga acompa?ado del zumbido de himnos de alabanza, de oraciones impactantes y de la ret?rica de un acto fastuoso ante un p?blico que suplica. La oraci?n de El?as permiti? que no lloviera y que volviera a llover, pero El?as no le pidi? fe a la lluvia para que ella se escondiera y apareciera despu?s, tampoco le pidi? fe al pueblo hebreo para que eso sucediera. Or? y crey? porque ?l estaba cercano a Dios, era su profeta y se conoc?an mutuamente; vive Jehov?, en cuya presencia estoy, dijo. El Dios de los cielos har? maravillas pero siempre dentro de su soberan?a. Jes?s una vez or? al Padre dici?ndole que si no pod?a pasar esa copa sin que ?l la bebiera pues que se hiciera su voluntad. No pidi? un milagro, no hizo el milagro de pasar la copa, de cambiar los planes eternos del Padre. No. Simplemente asumi? su rol, su historia, y se sujet? a la soberan?a del Padre. ?Por qu? nosotros hemos de ser diferentes?

Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:15
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