Jueves, 15 de noviembre de 2007

El creyente acude libremente a Dios quien lo ha seducido por su gracia. Jeremías habla de seducción: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; (Jeremías 20). En la Biblia encontramos no pocos textos en los que se da a entender que si el hombre hace tal cosa recibirá una recompensa por eso, en el entendido de que es un incentivo para que nosotros actuemos. Hay incentivos positivos –cuando se da un premio por actuar de una determinada manera- y hay incentivos negativos –cuando se castiga a la persona por actuar mal o dejar de hacer lo bueno.

Esos incentivos son los estímulos que el Padre da a sus hijos. Recordemos siempre que el hombre de la mano seca no pudo extender su brazo y su mano hasta que le fue dada la orden. Lázaro no sale de la tumba hasta que recibe la orden: sal fuera. Hay quienes sugieren un ejercicio imaginario parar conjugar este supuesto antagonismo doctrinal de la libertad humana y de la libre escogencia de Dios; dicen que imaginemos un arco en la entrada del cielo, del lado de acá, del que va entrando, donde se puede leer el texto bíblico que dice: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. Entonces uno ve que ese era el incentivo que hacía falta para entrar allí. Pero cuando uno pasa el arco que hace las veces de puerta y uno voltea, puede ver escrito del lado interno del arco otro texto de la Biblia que dice: Predestinados desde antes de la fundación del mundo.

Ninguno de los dos textos miente, por lo que no debe haber contradicción alguna. Al mirar el Sermón del Monte una nube de terrible expectación de juicio nos embarga. ¿Quién puede cumplir todo lo que allí se dice? Si la ley era fuerte y se refería sólo a los actos explícitos, este sermón no es menor que esa ley, sino mucho más fuerte. Oísteis que fue dicho, proclama Jesús, mas yo os digo que cualquiera que mire a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón. Esta es una norma más fuerte que la de la ley de Moisés. En la ley de Moisés se mandaba a apedrear a los adúlteros, pero para ello había que demostrar fácticamente el hecho consumado. Acá en el Nuevo Testamento no hace falta tal demostración de los hechos, basta sólo con imaginárselo en el corazón, internamente o implícitamente, para que sea tomado como pecado castigable. Así es el Sermón del Monte en general.

Entonces qué fue lo que vino Jesús a abolir, ¿la ley? Ni una jota ni una tilde dice él mismo. El vino a cumplir la ley. Y si nadie pudo cumplirla antes de Jesús, pues cualquiera que falla en un punto se compromete en todos-No hay justo ni aún uno-¿cómo vamos a cumplir un mandato más fuerte? En este punto hay que pensar, hay que comprender al apóstol Pablo, perfeccionista de la ley de Moisés, sanguinario perseguidor de los cristianos –cuando era Saulo- , quien comprendió ampliamente la doctrina de la gracia, cuando dice miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?

Recordemos que Pablo estuvo denunciando que él mismo hacía cosas terribles, que muy a pesar del conocimiento del evangelio seguía haciendo las cosas malas que no quería hacer, y que lo bueno que deseaba hacer tampoco hacía. El se llama a sí mismo miserable. El asunto hubiese sido grave para nosotros y para el apóstol si eso hubiese terminado allí, primero por el fracaso ante la ley de Moisés, segundo por el fracaso ante los lineamientos del Sermón del Monte. No obstante su lucha, Pablo logró conjugar el propósito del evangelio, de la buena nueva, de la noticia de Jesús: su sangre como propiciación por nuestros pecados. Añade: Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (Romanos 7:25).

Pareciera que esa dicotomía descubierta por Pablo nos ayuda a entender esta aparente paradoja. La paradoja es una proposición hecha a través del lenguaje y que por su aparente contradicción nos maravilla. La paradoja es parte de nuestro acervo intelectual, nos permite valorar los hechos, los fenómenos, desde al menos dos perspectivas antagónicas. Zenón –uno de los tantos hombres sabios de la Grecia antigua- planteó una paradoja famosa. El dijo que nadie podía llegar del punto A al punto B, porque entre A y B existían infinitas mitades. Es decir, para ir de A hasta B debo pasar primero por la mitad de A y B –que bien podemos llamar C. Y para ir de A hasta C debo pasar primero por la mitad entre A y C –que bien podemos llamar D. Matemáticamente nunca se termina de llegar. Además, nosotros entendemos que entre el número 1 y el número 2 hay infinitos decimales; de la misma forma entre cualquier número con relación a su siguiente número. Pero esa imposibilidad que asombra y que genera impotencia es una verdad matemática, no obstante en la vida real y cotidiana yo puedo ir de A hasta B en un tiempo finito. Es decir, puedo ir de Illinois a Arkansas en un tiempo prudencial, a pesar de que según la proposición de Zenón yo no pudiera llegar nunca.

Decía que Pablo resolvió también su paradoja. Tanto la ley de Moisés como el Sermón del Monte –mucho más fuerte que la ley- le señalan, le advierten del peligro del pecado. El evangelio por su parte le anuncia la redención de Jesús. Pablo ya es redimido pero sigue pecando y se ve atrapado en su miseria. El bien que quiere hacer no lo hace (no cumple ni con la ley de Moisés ni con los mandatos del Sermón del Monte) empero el mal que no quiere hacer eso hace (de igual forma incumple). En otros términos, se ve atrapado por la paradoja que le dice al mismo tiempo no hay justo ni aún uno, sin la santidad nadie verá al Señor, entrad por la puerta angosta. Al mismo tiempo entiende su imposibilidad de entrar por esa puerta angosta, la imposibilidad de su justicia y de su santidad. Él se había enfrentado a Jesús pero aún más, Jesús se le había aparecido a él. Fundó iglesias, llevó el evangelio a tiempo y a destiempo, padeció persecución, trabajaba con sus manos para procurar su sustento y no serle gravoso a las iglesias, y con todo eso se sentía miserable por su pecado, por su cuerpo de muerte. Hasta que entendió cómo resolver la paradoja. Así mismo nosotros pudiéramos quedarnos inmóviles en la paradoja de Zenón, no ir de A hasta B porque matemáticamente es imposible. Pero un buen día tomamos la decisión de marchar, algo nos impulsó, una voz nos sugirió ir adelante y andamos caminando entre A y B y llegaremos porque sabemos que en B hay gente de A que ha llegado con anterioridad. Pablo lo entendió y pudo decir que hay una dicotomía entre mente y carne: con la mente sirve a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado.

Poco antes había dicho que Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:21-23). Habla de un hombre interior ligado a la ley de Dios y a la ley de su mente. Ello presupone un hombre exterior (entiéndase el que actúa en la acción del pecado) ligado a la ley de sus miembros y bajo la ley del pecado. Esos dos hombres son antagónicos, están enfrentados contra sí mismos, logrando que Pablo se siente miserable.

La lucha entre las dos naturalezas genera molestia, inconformidad, y sabemos que es así porque el Espíritu nos fue dado como en un injerto a nuestro espíritu, por eso Él constituye las arras o garantía de nuestra salvación. Recordemos el caso planteado por Pablo en otra de sus cartas; un hombre que edificó sobre el fundamento –que es Jesucristo- madera, heno, hojarasca, en vez de oro, plata y piedras preciosas, y como la obra debe ser pasada por fuego para ser probada el hombre habrá de recibir su recompensa por su obra. Este hombre que edificó sobre Jesucristo como fundamento una obra en madera, o en heno o en hojarasca pierde su obra al ser pasada por fuego. En cambio el otro que edifica sobre el mismo fundamento, Jesucristo, en oro, plata o piedras preciosas obtendrá una recompensa mayor por sus obras, puesto que son materiales nobles e imperecederos. El caso es que el fundamento es el mismo: Jesucristo. La obra que se quemare y se destruyere se perderá, pero el obrador será salvo como por fuego, como quien escapa de un incendio. ¿Por qué? Porque ya tiene el fundamento que le fue dado por gracia. Por gracia sois salvos, y esto no de vosotros pues es don de Dios.

¿Es esto un llamado a pecar? ¿Pecaremos más para que la gracia abunde? En ninguna manera. Estas cosas están escritas para nuestro entendimiento y disfrute, así como para que entendamos esa paradoja y lucha que se manifiesta en nuestro ser interior, cuando queriendo hacer lo bueno y agradar con la mente a la ley de Dios nos empeñamos en hacer lo malo y desagradamos a Dios. De no ser por el sacrificio expiatorio de Cristo no tendríamos acceso al Padre, no seríamos justificados por la fe, no gozaríamos de la santificación y de todos los frutos del evangelio. Lo que sucede es que nuestra vieja naturaleza es tan perversa que todavía hace resaltar en nosotros el complejo de culpa. Oramos por el perdón de nuestros pecados pero los recordamos a diario y nos sentimos culpables. El apóstol tenía lucha similar por cuanto él venía de un contexto bajo la ley de Moisés, en donde todos eran culpables pues nadie había podido cumplirla a cabalidad. Mucho menos podría cumplirse con lo dicho en el Sermón del Monte. Al intentar cumplir con los señalamientos de Jesús somos destruidos en la carne. En nuestra mente aceptamos sus proposiciones pero en el actuar fallamos a menudo, quizás no siempre. El apóstol entendió que esa paradoja que lo agobiaba, pero depositó su confianza en Jesucristo, el propiciador de nuestras culpas.

Esa confianza es un impulso para no mirar hacia atrás, olvidando todo lo que queda atrás…las cosas viejas van pasando, todas van siendo hechas nuevas. Las cosas viejas no han pasado todavía pues cohabitan en nuestra vieja naturaleza, pero van pasando. El verbo griego de ese texto está en el modo aoristo, lo cual implica una actividad continua en el tiempo. Se traduce entonces como van siendo hechas nuevas y van pasando. Es poco a poco en el andar hacia las moradas eternas, aunque quisiéramos de un solo salto llegar de A hasta B.

El diablo nos dice que matemáticamente es imposible llegar de A hasta B, de acá, y tiene razón esta vez. Pero Jesucristo nos dice venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados y yo os haré descansar. Tiene razón también. ¿Quién va a Jesús a descansar? Los llamados por el Padre. El que se sienta llamado que vaya que Él no echa fuera a nadie que vaya a Él si el Padre lo ha señalado para que vaya. El conflicto entre ir y no ir puede resolverse echando a andar.

Podríamos preguntarnos si Pablo se sintió hombre máquina por considerarse elegido desde antes de la fundación del mundo para salvación, apartado desde el vientre de su madre, predestinado para salvación, con suerte (Efesios 1:11), fortalecido por Jesucristo, criticado por el mundo y temido a veces en las iglesias. ¿No vemos acaso su pasión en este andar ejemplar como hombre del evangelio? ¿Puede una máquina desbordar tanta pasión como Pablo lo hiciera? Es indudable que de nuevo surge una contradicción o paradoja, una vez más entre eso que llamamos el libre albedrío y la soberanía de Dios.

Un Dios soberano hace como quiere y no tiene consejero, es inmutable, no tiene sombra de variación. La criatura, en cambio, está sujeta a que le den forma como el barro en manos del alfarero. Cuando nosotros tenemos un hijo y lo vamos educando y encaminando creemos que lo hacemos por su bien, sin embargo el niño no se siente con derecho a reclamarnos por qué le enseñamos una determinada lengua y no otra. No puede hacerlo porque es gracias a esa lengua adquirida que él podría reclamarnos sobre la otra lengua. Es de nuevo una paradoja. Nosotros hemos sido formados de la manera como el Dios eterno lo ha dispuesto desde los siglos. Si nosotros, finitos y mortales, planificamos en nuestras vidas ciertos eventos, ¿acaso Dios no tiene el mismo derecho si somos sus criaturas y Él tiene todo el poder y toda la sabiduría para hacerlo? No por ello nos sentimos máquinas. Si lo somos no lo sentimos. Habría que preguntarle a un títere si él se siente títere y cuando responda a lo mejor esa respuesta nos sirva para nuestra interrogante. ¿Paradójico, verdad? Todo parece navegar en esas dos aguas contrapuestas, el derecho del hombre –por lo cual reclama el libre albedrío- y el derecho divino a ser un Dios soberano.

Lutero, el gran reformador del siglo XVI, respondió con un libro titulado De Servo Arbitrio a Erasmo de Rotherdam, quien había escrito a favor del libre albedrío, bajo la orden de la Iglesia en Europa, una manera de confrontar al reformador que tanto impacto causara en la tiranizada cristiandad. En ese libro traducido como La Voluntad Esclava señala: ¨Esto sí lo reconozco, que en las Escrituras hay muchos pasajes obscuros y abstrusos, no por lo excesivamente elevado de los temas, sino por nuestra ignorancia en materia de vocabulario y gramática; pero estos pasajes en nada impiden que se puedan entender todas las cosas en las Escrituras. En efecto: ¿qué cosa sublime puede permanecer aún oculta en las Escrituras, una vez que rotos los sellos y removida la piedra de la entrada al sepulcro ha quedado develado el más grande de los misterios: que Cristo, el Hijo de Dios, fue hecho hombre, que Dios es trino y uno, que Cristo padeció en bien de nosotros y reinará para siempre? ¿Acaso estas no son cosas sabidas aun en las escuelas primarias, donde incluso se canta de ellas? Quita a Cristo de las Escrituras: ¿qué más hallarás en ellas? Así pues, todo lo que las Escrituras contienen está puesto al alcance del entendimiento, aun cuando algunos puntos sigan siendo hasta ahora obscuros por nuestro desconocimiento de las expresiones. Tonto es, empero, e impío el que, sabiendo que todas las cosas de las Escrituras yacen en la más clara luz, llama obscuras estas cosas a causa de unas pocas palabras oscuras. Serán oscuras en un lugar, pero en otro son claras. Y si una y la misma cosa; declarada del modo más manifiesto al mundo entero, ora se menciona en las Escrituras con palabras claras, ora yace oculta aún bajo palabras oscuras, poco y nada importa que, siendo claro el asunto en sí, alguna de sus señales esté en tinieblas, en tanto que muchas otras señales del mismo asunto están a la luz. ¿Quién dirá que una fuente pública no está a la luz por el hecho de que no la vean los que viven en una callejuela, cuando en cambio la ven todos aquellos que están en la plaza?¨

De esta forma nos confrontamos con Roma al confrontarnos con la doctrina del Libre Albedrío, y si lo hacemos, lo hacemos porque nos alza la pasión, pasión que no puede tener una máquina. No somos máquinas por creer lo que las Escrituras dicen. El que para algunas personas ciertos textos parecen oscuros pudiera resolverse si sale de la callejuela en que vive y se acerca a la plaza donde está la luz. Esa plaza no es otra que el esfuerzo por entender lo revelado a nosotros, el esfuerzo por comprender el contexto en que se dicen las cosas, el esfuerzo por investigar con la lógica de la razón lo manifiesto por el Espíritu. No hay contradicción ni paradoja en esto, o es que acaso para leer la Biblia ¿no hace falta primero aprender a leer? Y para hablar una lengua ¿no nos es imperioso el saberla? De igual forma la Palabra revelada no entra como magia en la cabeza del elegido; no, el mismo Dios que predestinó el fin último de cada cosa y de cada quien predestinó también los medios. ¿O cómo oirán si no hay quien les predique? La acción que se ejerce en nosotros nos lleva a seguir en una cadena cuasi infinita de actos; esos actos mueven a otros a actuar y la palabra de Dios no vuelve a Él vacía, sino que hace aquello para lo que ha sido enviada.

Somos escogidos para salvación, pero Dios no escogió máquinas, sino a seres humanos con pasión, que, agradecidos, alaban su nombre por el favor inmerecido, y por obediencia anuncian al resto de la humanidad acerca de ese amor. Es posible que la persona que escucha sea bendecida con la gracia que llama a la redención. Sí, es posible pero no obligante. Dios es definitivamente soberano y hace como quiere, y no hay quien le diga, ¡Epa! ¿Qué haces? Y si alguno se atreviere a decírselo Él hará igual como lo ha previsto desde los siglos. La paradoja que maravilla acá es que se nos compara con el barro en manos del alfarero, de un alfarero con derecho a hacer un vaso para honra y otro para deshonra, uno para ser objeto de amor y alabanza y otro para ser objeto de su ira. La paradoja está precisamente en que un vaso de barro no siente, no tiene pasión, no se preocupa en cuanto a su destino. Nosotros sí nos preocupamos porque somos humanos con sentimientos. Pero la paradoja la ha planteado Dios mismo con esa sentencia dictada en Su Palabra antes citada, y Él mismo la resuelve: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar.

En la dilucidación sobre el libre albedrío humano y la soberanía de Dios cabría proponer el tema desde esta otra perspectiva: libre albedrío humano o libre albedrío divino. La manera como resolvamos esta proposición podrá repercutir en nuestro estado de paz mental. O es soberano el hombre o lo es Dios. O tiene libre albedrío el hombre para escoger o rechazar a Dios, o tiene libre albedrío Dios, para escoger o rechazar al hombre.

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:13
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