Lunes, 12 de noviembre de 2007
VANIDAD O ESPERANZA
(DE LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA)
ROMANOS 8:20-23

Pensar en el infierno nos conduce a establecer una comparaci?n en el mundo de los valores abstractos, confrontando a la justicia con la misericordia. De otro lado ese pensamiento nos incita a definir el concepto de justicia y de misericordia.

De manera que no tenemos otro camino que especificar esos t?rminos en su contexto b?blico. La justicia emanada de Dios es un tanto particular. Valorarla implica contaminarla con nuestra perspectiva hist?rica y humana. Los romanos antiguos en su hacer jur?dico la defin?an como la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que le pertenece. El universo jur?dico moderno contin?a manejando esta concepci?n en forma general.

Si examinamos este concepto vemos de entrada dos marcadores sem?nticos temporales: constante y perpetua, algo que no acaba, ligado a la voluntad, lo cual nos refiere al criterio subjetivo-volitivo de la persona que hace emanar dicha justicia.

De all? que la justicia no puede ser un criterio cambiante, sujeto a los estados de ?nimo de quien la aplica, sino que m?s bien la idea impl?cita de perpetuidad le confiere una significaci?n de inmutabilidad regida bajo una aplicabilidad continua.

En ese estado de permanencia el valor justicia domina un terreno abstracto, intangible. No permite medici?n en ella misma. Estas circunstancias que la ambientan la instauran como un paradigma universal, modelo de los pueblos y de los individuos. Esa instauraci?n estar?a vac?a, incompleta, si no hiciera referencia a otros elementos que la cargan de sentido; por ello, el conector genitivo de permite una asociaci?n expl?cita con otros conceptos: dar y lo que le pertenece.

Dar, repartir, poner en las manos de, otorgar a cada persona. Estas acciones conllevan un objeto (lo que le pertenece) alusivo a un sujeto que da, que otorga, que coloca. ?Qui?n da? ?Qui?n realiza esa funci?n? Estas interrogantes deber?n responderse de acuerdo al contexto en que manejemos el criterio de justicia. Como el tema que nos ocupa es la visi?n soberana de Dios, entendemos que ?l es el dador en este examen que hacemos al valor justicia.

Lo que le pertenece supone un criterio previo de propiedad. Le pertenece porque es suyo, sin importar la v?a de esa adquisici?n, simplemente valora el derecho de propiedad. Intuimos que esa adquisici?n se hace por v?a l?cita. Si estamos cumpliendo la primera misi?n llenad la tierra y sojuzgadla entonces la propiedad no es un robo, como dijera Proudhon, padre del anarquismo, sino un derecho adquirido en el cumplimiento de una tarea divina. Resalta en el contexto b?blico el hecho de que el mismo Dios que ordenara sojuzgar la tierra indicara lineamientos para estar conformes con sustento y techo, para repartir una capa cuando tengamos dos. Nos se?al? la v?a para una ?ptima mayordom?a. Entonces, ?qu? es lo que nos pertenece? ?Qu? es lo de cada qui?n?

Las respuestas pudieran ser m?ltiples; solamente tratar? de orientarlas en el contexto de Romanos 8: 20-23 que se inicia as?: Porque la creaci?n fue sometida a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujet? en esperanza. Lo que nos pertenece es o pura vanidad o sola esperanza. Obs?rvese que existe un sujetador, sometedor, equiparable a la figura del dador. Es un sujeto activo, dominante, soberano; su criterio es causal y no causado. Plante? dos vertientes: vanidad y esperanza, pero no opcionales sino determinadas. Primeramente la sujeci?n a vanidad para toda la creaci?n, incluy?ndonos a todos los humanos. En segundo lugar la sujeci?n a esperanza para toda la creaci?n excluyendo a una parte de los seres humanos. El verso 23 lo aclara: y no s?lo ella, sino que tambi?n nosotros mismos, que tenemos las primicias del Esp?ritu, nosotros tambi?n gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopci?n, la redenci?n de nuestro cuerpo.

El nosotros mismos del texto se?alado hace alusi?n con la frase explicativa ?que tenemos las primicias- a un grupo determinado, excluyendo al otro grupo que por no tener las primicias del Esp?ritu contin?a sujeto a vanidad y no pasa a formar parte de los sujetos a esperanza.

Si lo que nos pertenece es uno de estos dos renglones, vanidad o esperanza, vanidad recibir?n los que est?n sujetos a vanidad. Esperanza para aquellos que en un primer momento estuvimos sujetos a vanidad pero que por una circunstancia muy particular pasamos a otro modelo de sujeci?n.

Esa particular circunstancia es el valor misericordia confrontado con el valor justicia. Fue por un acto de gracia, de favor no merecido dentro del par?metro de esa sujeci?n primaria a vanidad que hiciera el Soberano Dios, que gozamos de otro estatus y podemos aguardar con paciencia aquello que no vemos pero que es objeto de esperanza. Sabemos que el dador nos otorgar? aquello que aguardamos, y como tenemos las primicias del Esp?ritu somos ayudados a pedir lo que nos pertenece, que no es otra cosa que lo que por misericordia nos ha sido dado.

El favor no merecido una vez recibido forma parte de nuestro patrimonio indisoluble, por cuanto obedece a la voluntad eterna del otorgante, seg?n nos escogi? en ?l antes de la fundaci?n del mundo?En ?l asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad. (Efesios 1 en versi?n Reina de Valera Antigua, donde aparece suerte en vez de herencia).

La esperanza dada no se puede enajenar. No era un derecho nuestro sino que fue una d?diva voluntaria de aquel que tuvo a bien sujetarnos a esperanza. El Esp?ritu de Dios hace morada con nosotros y ha sido, seg?n la figura usada por Pablo en la versi?n griega de otro de los cap?tulos a los romanos, injertado en y con nosotros. Por eso ?l habla de arras, de garant?as. ?Qu? garant?a podr?a ofrecer algo que sea susceptible de p?rdida? Ciertamente ser?a una garant?a no absoluta, s?lo moment?nea y azarosa. Nuestra vida cobra un v?lido sentido en esa sujeci?n, y sabemos as? como entendemos y creemos que la esperanza en ?l no averg?enza.

Superada esta dificultad definitoria recordemos el planteamiento inicial. Pensar en el infierno. Claro que ese pensamiento no puede ser grato si lo valoramos con la ?ptica de nuestra primera naturaleza, la sujeta a vanidad. Nos sentimos pertenecientes por la v?a del pecado, de la transgresi?n y de la culpa, a ese grupo tr?gico objeto de la justicia de Dios. Si los sujet? a vanidad y no les dio la esperanza, resulta evidente que obtendr?n lo que les pertenece. Ese Dios sigue siendo justo en su constante y perpetua voluntad de dar a cada cual lo que le pertenece. Dado que ?l es quien sujeta a vanidad y a esperanza a quien quiere, no tiene que rendir cuentas de lo que hace. Pero se mantiene firme desde los siglos. ?O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ?Para sujetar a vanidad y para sujetar a esperanza? Y al dar a cada cual lo que le pertenece muestra su ira y su misericordia a quien quiere, por el puro afecto de su voluntad.

Claro que no es grato este razonamiento cuando nos asalta la vieja naturaleza con acusaciones a la voluntad divina. Nos convertimos en socialistas y humanitarios (sin desmedro ni del socialismo ni del humanitarismo como concepciones del pensamiento) con el juicio que hacemos al sujetador de la creaci?n. ?Por qu? no extendi? misericordia a todos? ?Qu? le costaba con ampliar su admisi?n en la categor?a esperanza? Como la respuesta que encontramos es muy contundente, ateni?ndonos a la ley y al testimonio, a la palabra prof?tica revelada, nos especializamos en la interpretaci?n del texto b?blico para desviar con argumentos falaces el sentido que los textos mismos expresan en forma clara, aunque antip?tica. S?, antip?tica para esa vieja naturaleza que m?s generosa que Dios pretende incluir a todos en la sujeci?n a esperanza, y colocar en primer plano a los seres objeto de nuestro afecto.

Si somos honestos debemos reconocer que en esa vieja naturaleza hay preferencias. Si se nos permitiera incluir a m?s gente en el rengl?n de la gracia ?los sujetos a esperanza- de seguro incluir?amos a familiares y amigos que sabemos no militan en esa gracia, antes que a extra?os o a enemigos. Pablo mismo dice en el inicio del cap?tulo nueve de su carta a los Romanos que tiene mucho pesar y profundo dolor por sus parientes seg?n la carne, que son israelitas. Es muy natural velar primero por los allegados a nuestro coraz?n. De manera que en el supuesto negado de que se nos permitiera ampliar el n?mero de participantes de los sujetos a esperanza, a?n all? usar?amos el derecho de preferencia decidiendo a favor de nuestros afectos. ?Por qu?, pues, no vale igual para Dios que tiene su preferencia de acuerdo a sus planes eternos e inmutables?

En ese af?n interpretativo razonamos falazmente al atribuirle a Dios una forma de pensar acu?ada con nuestras medidas de lo que consideramos bueno y malo, de lo que pensamos justo e injusto, de lo que creemos o no misericordioso. Algunos han llegado tan lejos en la interpretaci?n del texto escritural que argumentan sobre la inexistencia del infierno, pues un Dios misericordioso estar?a en pugna con el solo hecho de concebir un sitio de tormento eterno para los no sujetos a esperanza.

El infierno es un lugar donde el fuego no se apaga, sitio de lamento, lloro y crujir de dientes. Un sitio donde no habr? reposo. Como dijera Samuel Vila en su libro La Nada o las Estrellas, si la Biblia no hablara del infierno habr?a que suponerlo. As? como nosotros llegamos a no querer admitir en nuestros hogares a las personas en las cuales no confiamos, y encerramos en las c?rceles a los peligrosos para el bien com?n, el Dios de amor ha preparado una sabia profilaxis espiritual. ?Si el esp?ritu no muere con el cuerpo, es no solamente inevitable, sino tambi?n beneficioso que haya un lugar de reclusi?n para las almas embrutecidas por el pecado. Es prueba de amor a la familia ?y la familia de Dios es incontable seg?n el concepto moderno del universo?? (Samuel Vila, pp.274-275, ed. Clie, 1979).

Esta doctrina de la predestinaci?n suele avergonzar a quien la presenta pues supone que Dios es injusto, ya que no solamente nuestra vieja naturaleza nos lo indica sino el mundo a quien se le predica la palabra de verdad. Da verg?enza presentar a un Dios que a todas luces se nos manifiesta arbitrario, que no valora nuestros esfuerzos por alcanzar su comuni?n ?como si pudi?semos hacer tales esfuerzos-; nos atribula pensar qu? dir?n de este Dios que no utiliz? eufemismos para hablar de su escogencia por el puro afecto de su voluntad desde antes de la fundaci?n del mundo; que predestina antes de que hayamos hecho bien o mal. Es all? cuando la mente carnal propone pa?os tibios: se habla de una presciencia de Dios sin que ?l se vincule a ella, solamente como objeto anexo, como un instrumento para ver el futuro (es preciso aclarar que la Biblia habla de la presciencia de Dios pero lo hace en el contexto bajo el cual Dios pre-conoce o se pre-comunica, a los que antes conoci? a estos tambi?n predestin?; asimismo Jos? no conoci? a Mar?a hasta que dio a luz a su hijo, muy a pesar de que ya era su esposa y la llevaba en un asno hacia el pesebre, he all? el conocer, un acto de comuni?n), o lo que es peor a?n, inventamos el libre albedr?o. O Dios predestina por el puro afecto de su voluntad, como ?l mismo lo dice, o si no predestina averigua qui?n habr? de creer y qui?n no, presciencia o bola de cristal, o deja todo a la deriva, limitando incluso su presciencia y su voluntad a ver qu? pasa, cual Dios negligente.

Supongamos que Dios no predestina, sino que conoce de antemano qui?n ha de creer y qui?n ha de rechazarle. El problema del infierno no se soluciona a?n, pues Dios contin?a en el banquillo de los acusados ya que un Ser misericordioso no podr?a tolerar el infierno para sus criaturas, menos a?n colocar castigos en una relaci?n no convincente en cuanto a las faltas: una persona vive 20 a?os en esta tierra, no acepta a Cristo como su salvador, o no lo conoce, o no se lo presentan, muere y va al infierno de eterna condenaci?n, a recibir un desproporcional castigo por apenas 20 a?os de rechazo al evangelio, y 20 a?os que ni siquiera ?l mismo pidi? vivir.

Cabr?a preguntarse bajo esta posibilidad si un Dios misericordioso que tiene el prurito de no predestinar porque eso suena injusto y lo pueden malentender en la tierra, ?por qu? razones ?ya que lo supo de antemano- no evit? que nacieran aquellos que habr?an de rechazarle? Eso ser?a m?s justo y considerado para con la raza de Ad?n. Un Dios que hace un autob?s para ir al cielo y no le coloca suficientes asientos, de manera tal que cubra toda la masa de gente que ?l mismo ha hecho, deja mucho que decir de su justicia y de su amor.

Un Dios que conoce el futuro no porque lo planifica sino porque lo averigua, pareciera un ps?quico. ?Utiliza acaso una bola de cristal como cualquier mago? Y si esto suena ofensivo, ?de d?nde averigua el futuro? ?Acaso el futuro le es cierto, o puede ser alterado? Si le es cierto y no se muda entonces una fuerza mayor que ?l es quien lo conduce, dado que ?l no tuvo que ver con esa certeza, pues no quiere ser causa de ese futuro para no comprometerse; esas otras circunstancias que s? determinan dicho futuro son superiores a ese Dios que todo lo conoce pero que no necesariamente todo lo puede. En dado caso ?l necesita averiguar el destino, en una bola de cristal o leyendo nuestra mente. Si el futuro es incierto y pueden darse muchas posibilidades en ese devenir del tiempo, nos preguntamos ?c?mo, pues, se atreve a decir profec?as con tanta antelaci?n? ?C?mo, pues, se atreve a decir en el libro de Apocalipsis 17:17 que ?l ha propuesto en los corazones de la gente de ese futuro relatado en el libro citado el ejecutar lo que ?l quiso?: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios.

Resulta evidente que el problema a?n no se soluciona. Si examinamos otra posibilidad, en la que Dios deja todo a la deriva o se autolimita en su presciencia, descubrimos de inmediato que estamos frente al Dios negligente. Un Creador que hizo el universo con sus criaturas y que est? a la expectativa viendo a ver lo que pasa, es un Dios que deja mucho que desear. De igual manera est? inculpado, s?lo que doblemente inculpado, ya que primero es injusto, pues no ha abolido el infierno y, aunque no sabe qui?n va a entrar all? y qui?n se va a salvar ?si es que alguno se salva, pues en esta hip?tesis cabe tambi?n esa posibilidad-, no por ello es m?s benevolente; segundo, es negligente, pues ?c?mo se atreve a hacer algo tan complicado sin ponerle control consciente y voluntario de su parte?

Nuestra naturaleza errada es quien lo acusa. Sabemos que Dios no peca ?no comete errores, en la etimolog?a de pecar, errar el blanco- pues el pecado es rebeli?n contra ?l y ?l no se puede rebelar contra S? mismo. De tal forma que si permiti? el pecado en el mundo ha debido ser por la v?a del conocimiento previo de que el pecado iba a ocurrir. Si lo conoc?a pudo evitarlo y si no lo evit? es porque esa era su soberana voluntad. Pero eso es muy distinto a decir que ?l peca.

Estamos en la dimensi?n espacio-temporal, en ning?n momento suponemos que Dios, autor de esta dimensi?n est? sometido a ella. No en el tiempo, como dijera Agust?n de Hipona, sino con tiempo cre? Dios los cielos y la tierra. El Creador nos ech? tiempo encima, lo tom? en sus manos como un gigante toma un salero y esparci? sus part?culas en este recept?culo llamado primera, segunda y tercera dimensi?n. Ello presupone expl?citamente que ?l es el agente activo que tomando el objeto-tiempo de su creaci?n inconmensurable lo introduce en nuestro h?bitat universal, sin que ?l quede contaminado con las consecuencias de la temporalidad, quedando libre de las limitantes que esta dimensi?n conlleva en s? misma.

El Creador nos introdujo en esta dimensi?n del pecado. Perfecto eras, hasta que fue hallada en t? maldad. Eso es lo que dice Ezequiel sobre Lucifer, el ?ngel hermoso, antes de su ca?da. Su maldad la describe como el deseo de ser semejante al Alt?simo. Se inaugura el primer pecado. Dios no puede tener pecado por cuanto ?l no necesita asemejarse a nadie; ?l es el Alt?simo, por lo tanto no se rebela contra S? mismo.

Claro est? que no nos toca a nosotros saber m?s all? de lo revelado por su voluntad soberana, y claro tambi?n ser? suponer, desde la ?ptica de nuestra naturaleza ca?da, que si ?l permiti? la rebeli?n de Lucifer ?l es la causa primera del pecado. Pero llegar a concluir semejante argumento es riesgoso desde las limitantes deductivas en que andamos. El conocimiento o los datos que poseemos no van m?s all? de lo revelado en Las Escrituras y ellas no dicen m?s nada sino lo antes explicitado por Ezequiel. La maldad fue hallada en Lucifer desde el momento en que quiso ser semejante al Alt?simo. El profeta nos sugiere que ese es el origen exclusivo del pecado. No en vano la serpiente antigua del G?nesis prometi? que ser?amos como dioses. He all? la meta del hombre a trav?s de su historia, dirigir su rumbo en forma soberana, hacer lo que le plazca y no someterse a una voluntad que le es extra?a, la del Creador. Por eso el hombre es llamado pecador. Ese es el fundamento del pecado, la rebeli?n al Omnipotente.

Pero ir?amos mucho m?s lejos de lo que nos permite la informaci?n obtenida si suponemos que Dios es el autor del pecado. Cabr?a la posibilidad de razonar que Dios conoc?a desde antes la voluntad futura de Lucifer; igualmente supondr?amos que no la conoc?a como causa externa a s? mismo sino que ?l le indujo a rebeli?n ?pues en su soberan?a absoluta hace lo que quiere y nadie puede pedirle cuentas-, pero podr?amos sugerir que sin inducirlo a tal fin present? la posibilidad a sabiendas de lo que Lucifer decidir?a. Lo cierto es que ?l sujet? a la creaci?n a vanidad ?incluye a Lucifer y dem?s. No fue un hecho fortuito producto de la casualidad o de un accidente, sino un acto voluntario el sujetar la creaci?n a vanidad.

La Escritura nos presenta el estado del hombre ca?do y el agente inmediato de su ca?da. Nuestra mente supone un agente mediato o distante que controla todo cuanto acontece en la creaci?n. Ese es el Dios soberano que es bien supuesto por nuestra mente, el motor sin motor que mueve todas las cosas y que no es movido por nadie, la causa primera, como lo dijera Arist?teles, y asimismo presentado en Su palabra. Pero en el estadio del hombre ca?do se nos habla de una promesa, del Salvador a quien est?n sujetas todas las cosas, por decisi?n del Padre: si?ntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Es en ese estadio en donde debemos arrancar de la mano del Dios soberano, y dejar en sus manos ?en un voto de confianza- la eternidad de Dios. No sabemos sino por pura elucubraci?n lo que ha hecho el Creador en la eternidad hacia atr?s (perm?taseme esta met?fora). Vaya manera de hablar de la eternidad: hacia atr?s y hacia adelante! Ello pone de manifiesto nuestra perspectiva temporal de valoraci?n del todo de acuerdo a los l?mites impuestos por el espacio-tiempo, principio y fin, primero y ?ltimo. Pero la eternidad es simplemente la eternidad. No tiene ni comienzo ni fin. Se nos induce a comenzar en las manos del Salvador; no se nos inquiere sobre sus aspectos ontol?gicos, tales como su eternidad, su causalidad primera, su origen, como si un ser eterno tuviese principio. Se nos indica que En el principio cre? Dios los cielos y la tierra, pero ?cu?l principio? No el de Dios, por cierto, sino el de nuestra dimensi?n temporal, pues no fue en el tiempo sino con tiempo que cre? los cielos y la tierra.

Lo que hablemos sobre aspectos no inquiridos ni mostrados por el Todopoderoso se alegar? a riesgo nuestro, riesgo de obtener s?lo argumentos elucubrativos, imposibles de corroboraci?n en esta dimensi?n. S? se nos anuncia un Salvador y sobre esa base se fundamenta nuestra esperanza, y al parecer la esperanza en ?l no averg?enza.
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