Domingo, 04 de noviembre de 2007

Algunos seres humanos le confieren el tributo de actuar inteligentemente a la ameba, en el sentido de que persigue un fin utilitario consecuente con una respuesta posible a la necesidad que se le plantea -por ejemplo, se percató de la necesidad de ver y por ello las especies más avanzadas tenemos el sentido de la vista, con ojos incluidos.

Es lógico suponer que otros seres humanos, en este caso los creyentes, le confieran a Dios el tributo de actuar inteligentemente. Un Dios que por definición se llame Todopoderoso tendrá el derecho de actuar de acuerdo a su poder, a su visión integral del todo, sobreponiendo su estilo en cada uno de sus actos.

Aquella ameba que surgió de ciertas condiciones dadas -una singularidad en el decir de la física- nos ha empujado hasta estos días, como producto de dar respuestas a determinadas necesidades. La necesidad de tomar los frutos de los árboles permitió desarrollar el brazo y la mano para tal fin; no sabemos aún qué necesidad de dar frutos había en el árbol, o de darlos justo en ese sitio, en sus ramas, algunas de ellas muy altas. Tal vez sería la motivación de generar en nosotros otra motivación, la de atraparlos, de manera tal que permitiera el desarrollo de algunas de nuestras extremidades.

La ameba ha permitido que nosotros le hagamos la pregunta: ¿de dónde saliste tú? y ¿cómo surgieron las condiciones sine qua non para que tú aparecieras en escena? Más aún, ¿de qué forma se creó el escenario singular para tu actuación? Es posible que en su necesidad ontológica ella misma nos quiera responder: sabrá Dios!, o tal vez la lógica apunta hacia el Ser Supremo.

Dijimos que el Dios de los creyentes -cristianos- tiene un derecho superior a la ameba. El Dios revelado dice que Él es quien hace todo posible. Eso es lo que quiere decir JEHOVA en su etimología.  Lo que de Dios se conoce se debe a sus obras, aunque después hubo una revelación escrita en forma muy restringida a un solo pueblo, si bien después a no pocas gentes. Esa voluntad divina no pudimos percibirla plenamente en la obra de la creación, por lo que hizo falta manifestarla en la revelación. Sin embargo, lo revelado necesita ser develado. Por ello, lo revelado es insuficiente en sí mismo, así como insuficiente parece ser la obra total de la creación, ya que en los que se pierden el evangelio está encubierto. De igual manera el mismo Jesucristo dijo que a este pueblo hablaré en parábolas para que viendo no vean y oyendo no oigan...

El develar implica una actividad semejante al decodificar. Si emitimos un sonido articulado no basta que los órganos encargados de la audición lo capturen y lo envíen a un campo de memoria. Hace falta un estímulo cerebral adecuado que permita un registro psicológico del mismo sonido articulado para que en una actividad especialísima el cerebro decodifique el mensaje. La misma Escritura revelada anuncia que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. Nos anuncia la existencia de ruido, de interferencia en el proceso decodificador, de una naturaleza entrenada para el boicot cerebral: los hombres amaron más las tinieblas que la luz.

Si la ameba ha sido capaz de promover el destino de cada especie animal, vegetal y de todo lo que existe, ya que lo que existe se vincula a ella por derecho, el Dios revelado ha manifestado por lo menos idéntica capacidad para destinar todo cuanto es, con la sola motivación del afecto de su voluntad, o porque lo haya hecho por sí y para sí mismo. Si la ameba es causa inicial y mayor de todo cuanto existe, el Dios revelado no lo es menos. Uno de sus profetas advirtió: ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (libro de Amós). De manera que se presenta no sólo la actividad de lo que en nuestros criterios son tareas nobles o buenas, sino haciendo aquello que perturba. Pareciera verse entonces un juego dialéctico.

Se evidencia que lo bueno existe porque tiene un referente que es lo malo. Si todos fuésemos buenos no habrá la posibilidad de entender esa bondad. La comparación con lo malo hace el deslinde y permite el conocimiento (de lo bueno). Nuestro Dios nos ha metido en esta dimensión de valores que existen o se cargan de plenitud gracias a sus opuestos.

Un ángel no caído no puede entender con plenitud el concepto del perdón, si bien se llena de gozo cuando un pecador se arrepiente. Un ángel no caído jamás ha sido perdonado. El estima la maravilla del perdón, por los efectos ajenos, como cuando estimamos los efectos ajenos al narrarse sobre la sonrisa de una princesa que despierta por el beso de un príncipe, muy a pesar de nuestra aturdida soledad.

De nuevo la revelación. Para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, pero los no salvos son olor de muerte para muerte. El creyente genera buen olor en el que se salva, en el nuevo creyente. No obstante el que se pierde genera él mismo su mal olor: de muerte para muerte. Aquel buen olor es la palabra diciente de Cristo, la revelación misma, que corre, que se dice, que no vuelve vacía sino que hace lo que se le mandó a hacer. El perdido ha podido oír la palabra, pero esa palabra también ha cumplido su misión, ya que aunque revelada no es suficiente porque no está develada y no resucita espiritualmente a ese cadáver andante.

De la actividad de la ameba se deduce que los que perecen lo hacen por ser vencidos en el proceso de selección natural, la lucha por la supervivencia: prevalece el que sea más fuerte. Pero si la ameba es causa primaria y le continuamos confiriendo el tributo de inteligencia, ella es quien ha preordinado esa destrucción. El Dios soberano dibujado en las Escrituras no tiene menos poder, sólo que actúa con más precisión que la ameba y con un criterio de selección diferente. Dice que Él escogió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte; lo vil del mundo y lo menospreciado, y lo que no es, para deshacer lo que es. Igualmente dice que amó a Jacob y aborreció a Esaú, y antes de que hiciesen bien o mal. Nos recuerda que no depende de nosotros sino de Él que tiene misericordia.

En la definición que hagamos de un Dios todopoderoso cabe siempre un planteamiento de proposición lingüística en el que el lenguaje exprese una lógica contradictoria. Si Dios es todopoderoso, ¿podría hacer a otro Dios superior a sí mismo? Evidentemente que lo que contestemos a esta pregunta falaz o compleja va a suponer que Dios mismo no sea todopoderoso. Pero si atendemos al hecho de que la proposición es lógica-lingüística y respondemos de acuerdo a ese parámetro, entonces podríamos decir que Dios puede hacerlo y puede no hacerlo, de lo cual se deduce que es doblemente todopoderoso.

La mente tiene entradas cuyas salidas son la devolución por el mismo sendero. Ejemplos como el anterior manifiestan que no es posible dar en todo momento respuestas exhaustivas y absolutas a toda interrogante. Acostumbrados como estamos a percibir ´reductivamente´ el Cosmos, con los datos que conocemos, decimos que el sol está arriba y el océano abajo. De igual forma como observadores limitados del planeta contemplamos un rayo de luz solar que entra en nuestra habitación a tempranas horas de la mañana; seguidamente nos percatamos de que ese rayo solar contiene una serie de partículas como pelusas que se mueven en forma cónica o cilíndrica, subiendo y bajando. Al repetir este experimento en diversos días, meses y años, en distintos lugares y con ciertas variaciones de tiempo, llegamos a la conclusión científica de que el sol está compuesto por partículas de polvo, lo que es más preciso, por pelusas giratorias que suben y bajan. Nada más falaz que esa afirmación producto de nuestro esquema reductivo de valoración de los fenómenos físicos.

Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. He allí la concepción interpretativa propuesta por las Escrituras. Uno de los problemas presentados para el creyente consiste en querer dar respuesta de su creencia empleando la vía de la razón. Eso es tan complejo como valedero. La razón es arma fundamental del conocimiento, si bien a veces nos conduce a ver como por espejo y no cara a cara. Un creyente se define como aquél que ha recibido el don de la fe. No es de todos la fe, sino que ella es un don de Dios. De manera que la fe es un complemento de la razón; allí donde los cinco sentidos no alcanzan para valorar otros hechos reales entra también la fe. Tengo fe porque Dios me hizo su hijo. Tengo fe porque me ha sido dada por alguien que funge como mi Padre. Aunque la fe agrada al Padre, en ningún momento Dios espera que tengamos fe para venir a hacer morada con nosotros, pues Jesús dijo: nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trajere.

Esa sentencia de Jesucristo molestaba a la gente que le seguía por sus enseñanzas y milagros. Aquéllos murmuraban entre sí pues no comprendían cómo Jesús podría ser el pan de vida. Escuchaban que nadie había visto al Padre sino sólo Jesús; sabían que si alguno comía de ese pan viviría para siempre; que todo aquél que oía al Padre y había aprendido de Él iría a Jesús; habían escuchado a su maestro y hacedor de milagros -en el mejor sentido de esta expresión pues constituían señales que refrendaban sus palabras- los términos más exactos del mensaje evangélico: Jesús el pan de Vida (recientemente había acontecido delante de ellos el milagro de los panes y los peces). Pero esa gente que tenía el testimonio directo, que habiendo visto a Jesús no le podía amar -diferente contexto el del creyente actual en palabras de Pedro: a quien amáis sin haberle visto-, a pesar de ser discípulos suyos, esa gente terminó escandalizada diciendo Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?

El resultado evidente de la explicación racional de la fe que Jesús mismo hiciera a muchos de sus discípulos (Juan 6:60) fue el escándalo y la murmuración, la ofensa misma a la razón humana. De un lado, el que tiene la fe razonaba para explicar a unos que no tenían fe -si bien había otros que sí la tenían-; de otro lado, los sin fe resultaron ofendidos por su razonamiento. De nuevo, a pesar de la evidencia y del énfasis de Jesús en que sus palabras son espíritu y vida había unos que no creían, que no habían sido beneficiados con el regalo de la fe. Jesús sabía quiénes eran y les recalcó: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. La consecuencia lógica necesaria en todo este intercambio con el maestro que seguían desde hacía varios días, como se corresponde en el contexto, y muy a pesar de que ya eran discípulos suyos, fue que desde entonces volvieron atrás dejando de andar con él. No les gustó la forma de razonar del maestro. No les agradó la forma de explicar el proceso de la fe, eso de que ella es un regalo del Padre para poder ir a Jesús. Ellos no necesitaban ese don pues ya tenían al maestro frente a ellos, habían sido beneficiados con la contemplación de sus milagros y lo más seguro, habían comido panes y peces multiplicados por su poder, eran beneficiarios del lujo de un discipulado directo. No obstante esos beneficios no pudieron alegrarse de que sus nombres estuvieran escritos en los cielos-pues no lo estaban.

Dijimos que uno de los problemas del creyente consiste en querer dar respuesta de su fe a uno que no tiene fe. Se nos manda a dar razón y a defender esa razón cuando se nos inquiere por ella. El beneficio es doble: por una parte, nuestra fe resulta fortalecida, se activa, y crece la habilidad en el manejo de ese escudo; por otra parte, es posible que seamos de grato olor en ese futuro creyente, pero si no resulta en beneficio del otro habremos cumplido nuestra parte y Su palabra hará aquello para lo que fue enviada. En ningún momento Jesús se afligió por esos discípulos que se le fueron. Todo lo contrario, recalcó que eran doce los que Él había escogido y que uno era diablo, porque sabía ya quién le habría de entregar.

Hay un contexto emocional que permite nuestra aflicción por aquellos no beneficiados con el don de la fe. De seguro compete a aquellos que están ligados con nexos familiares o afectivos. En el inicio del capítulo nueve de la carta de Pablo a los Romanos se valora esta aflicción. Gran tristeza y continuo dolor en el corazón del apóstol. Un ambiente trágico digno de ser escrito por los griegos -creadores de la tragedia como concepción literaria occidental-, pero no por eso Pablo violentó la institución de la elección. Jesús (con su voluntad emocional) lloró sobre Jerusalén que mataba a los profetas y manifestó su deseo de juntarlos como la gallina junta a sus polluelos. Pero tampoco violentó esa institución de la fe dada por el Padre. Le pertenece al Padre pues Él es quien escoge.

Desconocemos el principio de selección de la ameba; de igual forma sólo sabemos que el Padre escoge por el puro afecto de su voluntad.  La naturaleza humana, contaminada de error, nos acompaña a creyentes y no creyentes. En los que creen, esa naturaleza asalta y lucha por prevalecer frente a la naturaleza del Espíritu. Ese Espíritu ha sido injertado en nosotros (el sello del Espíritu en la versión griega de la carta a Romanos) y nos acompaña permanentemente. Ese Espíritu que vivifica nos genera la fuerza para continuar a pesar de la aflicción. Sin embargo, en ese asalto que nos hace la naturaleza humana enjuiciamos la actitud del Padre. ¿Diremos que hay injusticia en Dios? ¿Por qué pues inculpa, pues quién ha resistido a su voluntad? Pablo no negó el asalto. Tampoco negó la respuesta, en ninguna manera. Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para discutir con Dios?

La vieja naturaleza le brinda al vaso de barro la posibilidad de razonar con el alfarero. Esa naturaleza errada -pecaminosa- sentará a Dios en el banquillo de los acusados y le manifestará su equivocación por haber actuado de esa forma. Le sugerirá al alfarero que su designio no es de buena moral y forzará los textos de las Escrituras para que no lo diga de esa forma. La naturaleza vieja nos recuerda siempre que esa palabra es dura de oír, que no la podemos entender. Algunos creyentes han sido asaltados vilmente y su paz se encuentra extraviada, porque la Palabra ha sido escondida. Razonemos nuestra fe y evidenciemos algunos caminos de entrada y salida del pensamiento humano. Si nuestra vieja naturaleza le confiere derechos a la ameba, la naturaleza implantada del espíritu habrá de endosar esos derechos al Dios Creador.

César Paredes
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