Martes, 08 de mayo de 2018

Pablo les recriminaba a algunos miembros de la congregación de Galacia que ellos habían sido seducidos hacia otro evangelio. No estuvo planteado por el apóstol el problema de las múltiples religiones del planeta, más bien estaba colocando en tela de juicio la perversión del evangelio. Habla de otro evangelio, pero el término griego que usa significa otro de diferente tipo. En la lengua griega hay dos adjetivos que denotan otro en forma distinta a muchas lenguas: ἄλλος -alos- (otro del mismo tipo) y ἕτερος -éteros- (otro de diferente tipo o especie). Cuando Jesús les dijo a los discípulos que enviaría otro consolador, usó el adjetivo λλον (que proviene de la forma ἄλλος) porque el Espíritu Santo es otra persona de la misma unidad divina. Él es otro del mismo tipo que Jesús y el Padre.

Pablo insiste con los de Galacia en que no hay otro evangelio (alos) pero que ellos se fueron hacia otro evangelio (éteros); es decir, algunos en la iglesia de Galacia andaban con un evangelio diferente, de otro tipo, por cuanto no hay otro evangelio del mismo tipo. En otras palabras, el apóstol insistía en la perversión del evangelio ocasionada por los falsos maestros y falsos profetas, los lobos disfrazados de corderos, los extraños que pastorean cabras.

Habiendo aclarado que no hay otro evangelio del mismo tipo (porque el evangelio de Cristo es único) lo que queda es la perversión promovida con otros evangelios diferentes. Recordemos que en la iglesia incipiente había una tendencia a judaizar, a continuar con las tradiciones de los ritos de la religión judaica, para darle más fuerza a la fe que supuestamente habían adquirido. Era una especie de combinación entre fe y obras. Posteriormente llegó la herejía de los que sostenían que Jesucristo no había venido en carne (asunto tratado por Juan el apóstol). Más tarde llegaron los arrianos insistiendo que en realidad Jesús no era consubstancial con el Padre, por lo tanto no era eterno. Después apareció la herejía de los que negaban la Trinidad, diciendo que el Espíritu Santo era una fuerza de Dios pero no una persona. Apareció en el siglo V Pelagio, un monje británico que sostenía la libertad absoluta del hombre, la independencia de la voluntad humana, inaugurando el libre albedrío (libero arbitrio) como doctrina de la iglesia.

Pelagio llegó a afirmar que Jesucristo no era necesario para la redención, que era apenas un modelo de vida lo que podíamos adquirir de su ejemplo. Agustín fue un monje que se opuso a la doctrina de Pelagio y con esa oposición logró que lo declararan hereje. Sin embargo, Pelagio que había sido exiliado volvió un tiempo después para mostrar arrepentimiento en cuanto a que Jesucristo no era necesario para la redención, pero no abandonó la tesis del libre albedrío. La iglesia de su época, comprometida bajo el gobierno del papado, lo aceptó y se valió de su doctrina del libero arbitrio para hacerla oficial en la congregación.

Siempre hubo creyentes que se opusieron a través de la historia eclesiástica a esa herejía. Con el advenimiento de la Reforma Protestante tomó vida la lucha contra el Pelagianismo incrustado en la doctrina de la iglesia extraña, pero Roma hizo de esa enseñanza su bandera. En muchos de sus cánones maldijo a cualquiera que negara el libre albedrío como soporte de la posibilidad que tiene cada persona para decidir su destino eterno. Los jesuitas, organización que nace como un ejército para enfrentar a los reformadores y seguidores del protestantismo, propusieron la doctrina de Luis de Molina, conocida después como molinismo, para adoctrinar a los que eran seguidores de Lutero, Calvino y otros de la Reforma.

Con el molinismo se decía que Dios siendo siempre soberano, pero que en un ejercicio de soberanía se despojaba de ella ante cada ser humano. De esta forma el hombre era libre y podía ejercer su arbitrio para elegir su destino eterno y final. Se aseguraba de esta manera que no había coacción divina en las decisiones humanas, que el hombre seguía siendo libre y que no había muerto del todo en el Edén. Para lograr esta meta colocaron a Jacobo Arminio en las filas del protestantismo, un teólogo holandés que simuló militar en la doctrina de la gracia soberana. Mientras dictaba sus cursos en una universidad profería delante de los profesores la doctrina de la gracia absoluta, aunque a sus espaldas se aferraba a Pelagio. Eso es lo que se conoce como Semipelagianismo, porque es el Pelagianismo moderado.

La doctrina de Arminio cobró fuerza después de su muerte, ya que como droga sembrada había tomado la energía de los jóvenes adoctrinados en sus aulas de clase. Fue entonces que en el Sínodo de Dort sus discípulos llevaron un pliego temático doctrinal para estudio. A pesar de no ser recibidos como miembros del Sínodo, allí se estudió esa tesis y se le dio respuesta. Eso es lo que se conoce como los Cinco Puntos del Calvinismo, que no son otra cosa que los Cinco Puntos del Arminianismo respondidos uno a uno por el Sínodo. Cabe acotar que, a pesar de llamarse calvinista esta doctrina, Calvino no sostuvo el punto tres, la expiación limitada de Jesucristo. El creía que Jesús había muerto por todo el mundo, sin excepción, aunque solo eficazmente por los elegidos. Una doctrina sin sentido la de Juan Calvino, pero que quedó aparentemente subsanada con la respuesta del Sínodo. Esta es una de las razones por las que el calvinismo tampoco expresa en forma plena la tesis de las Escrituras, más bien demuestra que el teólogo que impartía clases en Ginebra no había comprendido el sentido del evangelio. Jesús no le estaba brindando ninguna posibilidad de arrepentimiento a Judas Iscariote, mientras le lavaba los pies en el aposento; pero Calvino sostuvo semejante tesis en sus Comentarios de las Escrituras.

El punto es que Pablo les advertía a los Gálatas que estaba maravillado de ver como habían sido seducidos para ese otro evangelio diferente. Nosotros también decimos con asombro que la mayor parte de las iglesias protestantes han sido seducidas para esa forma de herejía del Semipelagianismo con su tesis del libre albedrío. Más del 85% de las iglesias protestantes y evangélicas en Norteamérica son de corte arminiano.  El arminianismo ha pasado a ser la droga más extendida entre las herejías conocidas y sembradas en el seno de la iglesia. Sin embargo, también es justo reconocer que las ovejas del Buen Pastor huyen del extraño por cuanto no conocen su voz.

Entonces, ¿quiénes son los que siguen el arminianismo como doctrina? Son aquellos que aman la mentira, que no se complacieron con la verdad, por lo tanto han recibido el poder engañoso enviado por Dios mismo para que se pierdan. Así lo declara Pablo en su carta a los Tesalonicenses. Jesús dijo que no dependía de nosotros, que solamente los que el Padre le envía a él irán sin duda hacia el Hijo para vida eterna. Agregó que no rogaba por el mundo sino por los que el Padre le había dado. El Espíritu le reveló a Pablo que Dios tendría misericordia de quien Él quisiera y que endurecería a quien quisiera endurecer. Dios declaró en su palabra que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Por otro lado, la Escritura declara que la justicia humana es como trapos de inmundicia. También señala que la humanidad entera murió en sus delitos y pecados. Frente a esta declaración bíblica ¿cómo puede alguien altercar diciendo que el hombre es libre para decidir su destino eterno? En realidad, quien tal haga y diga está forzando la interpretación privada para su propia destrucción.

Cuando Moisés le dijo al Señor que le mostrara su gloria, Dios le respondió: Tendré misericordia de quien tendré misericordia. Es decir, la gloria de Dios la demuestra al rescatar a quienes Él quiere rescatar, sin tolerar que le reclamen por qué razón no ha rescatado a toda la humanidad. Si esa es la definición de la gloria de Dios dada por Él mismo a Moisés, los que pretenden la expiación universal de Jesús están oponiéndose a esa gloria divina. En realidad el poder engañoso ha venido del pozo del abismo para intentar opacar la gloria del Señor, para hacer que el hombre se crea poderoso con su imaginable libre albedrío, pero también para engañar con el evangelio diferente a muchas criaturas.

El llamado de las Escrituras es a salir de Babilonia, a huir de allí; no se trata de reformarla o adecentarla sino de salir de ella. El que tiene oídos para oír entenderá el mensaje emanado de la Biblia y podrá cotejar sus textos para llegar a conocer la verdad en relación al mensaje del evangelio. La voz que clama en el desierto se sigue escuchando: arrepentíos y creed en el evangelio. El arrepentimiento es el cambio de mentalidad respecto a Dios y respecto a nosotros, y el evangelio es el de Jesucristo como justicia de Dios, nuestra pascua, el que vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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