Mi?rcoles, 02 de mayo de 2018

Poco importa que el nombre que le den al ídolo sea Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. En realidad, un ídolo es una divinidad que no puede salvar. En Israel adoraban a Jehová y al mismo tiempo a Baal, razón por la cual envió el Señor al profeta Elías para confrontar a su pueblo. De todos ellos, el Señor dejó para Sí mismo a siete mil hombres que no doblaron su rodilla delante de Baal. Y los Fariseos en el tiempo de Jesús adoraban a Jehová pero bajo el velo de lo que ellos suponían debería ser Dios. Esa fue una de las razones por las cuales el Señor les dijo que ellos eran unos hipócritas, unos sepulcros blanqueados, una generación de víboras.

En el tiempo final el Señor les dirá a muchos que nunca los conoció, a pesar de que ellos echaron demonios en su nombre, hicieron grandes señales y cumplieron con una gran cantidad de actividades religiosas en el nombre del evangelio. Un ídolo se forja primero en la mente del que adora, del hombre de religión; después puede esculpirse una imagen de él o puede mantenerse bajo un nombre común sin que se le erija ícono alguno. Pero los que adoran los ídolos se vuelven semejantes a ellos, de acuerdo al Salmo 115:8.

Los ojos del ídolo no pueden ver y así los que lo adoran no pueden ver el reino de los cielos; no pueden escuchar tampoco sus oídos las palabras de redención. No pueden caminar hacia el Salvador, están ciegos todos ellos y leen en parábolas que no comprenden. Son ciegos que se dejan guiar por otros ciegos, tal es la declaración bíblica en relación a esa gente. Si su dios es incapaz de voltear la voluntad de un simple ser humano, a pesar de que pueda mover montañas, si se espanta y frena cuando se encuentra con el arbitrio humano, ese dios es demasiado impotente.

En realidad hay muchos dioses mentirosos que provienen del infierno adonde retornarán. Pero el Dios de la Biblia no es un Dios como el del Israel apóstata: Ciertamente pensabas que yo sería como tú, pero yo te reprenderé ... (Salmo 50:21). No en vano el apóstol Juan escribía a la iglesia para que se guardaran de los ídolos, y recordemos que aquella congregación constaba fundamentalmente de judíos conversos, lo cual indicaba que eran personas no dadas al politeísmo ni a la idolatría común del paganismo. Entonces, la razón de la advertencia debería buscarse en el hecho de lo fácil que resulta para la mente humana identificar al Dios de las Escrituras con lo que su propia conciencia le sugiere. En eso hay que ser cuidadosos para saber bien en quien hemos creído.

El Dios de la Biblia se declara como la Verdad. Si Él es verdadero los demás dioses son falsos. Si la verdad nos hace libres, la mentira hará esclava a la gente que con ella se regodea. Hay una maldición escrita en la carta a los Tesalonicenses contra aquellos que prefieren la mentira antes que la verdad, a los cuales les será enviado un poder engañoso, un espíritu de estupor, para que sigan creyendo la falsedad y sean condenados (2 Tesalonicenses 2:12). Por otro lado, cada persona redimida ama la verdad (Tu palabra es verdad, dijo el Señor), ya que solamente a través del verdadero evangelio pudo llegar a ser rescatado de su vana manera de vivir. No hay tal cosa como redimidos por causa del falso evangelio, salvados del pecado por medio del evangelio extraño. Antes bien, el Señor ordena huir de la Babilonia engañosa. Las ovejas no seguirán al extraño porque desconocen su voz (Juan 10:1-5). ¿Qué pasa con los que dicen creer pero no oyen la voz del Buen Pastor? Aparentemente no son sus ovejas (Juan 10:26).

Por causa del nombre de Dios ha sido diferido su reproche y su ira, por su alabanza no hemos sido cortados (Isaías 48:9-11). En ese texto se añade que el Señor no dará Su gloria a otro; es decir,  ya que ésta supone el derecho de tener misericordia de quien Él quiera tenerla sin intermediario alguno. Tampoco puede haber un redimido a través de la predicación de un falso maestro, porque ello sería robarle la gloria a Dios y porque ese no es Su método. Solamente por el conocimiento de la verdad seremos libres verdaderamente.

¿Acaso no se escucha a menudo que Dios no puede obligar o no debe conducir en forma irresistible a su pueblo a creer en el verdadero evangelio enseñado en la Biblia? ¿No se ha dicho que Él es un Caballero que no fuerza la voluntad humana, sino que espera con paciencia hasta que alguien le abra la puerta de su corazón? Semejante dios es débil, impotente, dependiente de la voluntad de un muerto en sus delitos y pecados; semejante dios tiene como monumento de su fracaso el infierno de fuego. ¿No se ha declarado por parte de los falsos maestros que Jesucristo hizo la expiación por los pecados de todos los hombres, sin excepción? Entonces, nos preguntamos, ¿cómo es que aún condena a los que en él no creen? Si ya expió la culpa de una vez y para siempre (como dice el autor de Hebreos) no tiene sentido que condene dos veces por la misma falta. Además, la incredulidad sería uno de los tantos pecados que él perdonó, de manera que esa expiación por todo el mundo sin excepción debería haber perdonado el mismo pecado de incredulidad de todos los que no creerán jamás.

Pero ese no es el Dios de la Biblia sino el dios de los timoratos del falso evangelio, el dios de los que temen que Dios sea el dador de la vida y de la muerte, de la salvación y de la condenación, de la predestinación de su pueblo para redención eterna y de la condenación de los réprobos en cuanto a fe, preparados ambos por Él para alabanza de su gloria, de su misericordia, de su ira y de su justicia.

Una sutil forma de santificación y salvación por obras es la que asume que Dios hizo su trabajo y tuvo la iniciativa de cambiar el corazón humano, pero que espera la buena voluntad de los prospectos para que colaboren y ayuden en el proceso de redención. De esta manera sutil, Satanás pareciera robar la gloria de la redención a Dios para pretender obsequiarla al ser humano muerto en delitos y pecados. Pero en realidad no le roba nada a Dios como tampoco obsequia nada al hombre, simplemente es un espejismo creado para que el ser humano se vaya a su propia condenación. Los que leen una y otra vez que la salvación es por gracia y no por obras, que Dios predestinó a quienes quiso salvar para que a través de la predicación del evangelio de verdad el hombre pueda ser redimido, pero que al mismo tiempo siguen suspirando por las palabras de Lucifer, recibirán para siempre el poder engañoso que hace que se pierdan los que aman la mentira.

El creyente recibe el Espíritu Santo y éste lo guía a toda verdad (Juan 16:13). De esta forma jamás seguirá la voz del extraño y nunca militará en las filas de un evangelio diferente. Cada pecador regenerado ha sido enseñado por el Espíritu de Dios acerca de su anterior vida vil e inútil, de su impotencia para desear al Dios soberano. De la misma forma sabrá que de no haber intervenido en forma sobrenatural el Padre seguiría perdido para siempre (Juan 6:45). Los esfuerzos humanos son inútiles y si Dios no regenera a la persona no podrá jamás ir al reino de los cielos.

Pero los falsos maestros siguen enseñando que Dios salvará a las personas si ellas toman una buena decisión. Ignoran voluntariamente que los que recibieron a Jesús y creen en su nombre lo hicieron porque nacieron de la voluntad de Dios (no de voluntad de carne ni de varón, como asegura Juan 1:12-13). Y los maestros de la mentira enseñan que Dios predestinó a quienes vio de antemano que creerían en Él, es decir, que niegan el pecado original, que niegan la depravación total humana o la imposibilidad en el ser humano para reconciliarse con Dios. Estos maestros del engaño atribuyen al ser humano una bondad escondida que pareciera no haber muerto del todo en Adán, de manera que con ese pelagianismo continúan blandiendo la idea de un Dios que murió por todos pero que espera la libre decisión del hombre.

Sabemos que Dios es Omnisciente, de manera que en ningún momento tuvo que mirar en el futuro o en los corazones de su creación que todavía no había hecho para averiguar la verdad del destino de cada quien. Si eso hubiese hecho entonces no hubiese sido Omnisciente desde el principio porque en el momento en que averiguó algo lo ignoraba. Por otro lado, una vez que lo averiguó pudo profetizar las ideas de los hombres y tuvo mucha suerte de que eso se cumpliera, pese a que el hombre haya sido siempre tan voluble como inestable en sus propósitos. Por esta razón, ese Dios Omnisciente a medias, que roba las ideas de los corazones de los hombres (al mirar en ellos lo que habrá de acontecer), es un plagiario y se jacta de predecir profecías que no son propias. Imaginemos por un momento al Dios Omnisciente a medias mirando en el corazón de Herodes, de Poncio Piatos, de Judas Iscariote, y viendo en todas aquellas personas que tenían el deseo de crucificar a un Mesías. Entonces, dado que Dios descubrió esa maldad en aquellas personas se valió de la ocasión y dio como profecía a sus escritores lo que pudo averiguar; de igual forma esperó a que se cumpliera al detalle, con mucha buena suerte de que aconteciera aquello que los volubles hombres idearon y no quisieron cambiar.

Pero los que hemos creído el evangelio de Dios de acuerdo a las Escrituras preferimos oír lo que la Biblia dice: que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios quien tiene misericordia...pero a quien quiere, endurece (Romanos 9: 16-18). Ante esta declaración de la Biblia todavía hay quienes preguntan la razón por la que Dios inculpa, ya que ¿quién ha resistido a su voluntad? Los defensores de Esaú salen al encuentro del argumento que señala a Dios como culpable, injusto, cruel y despiadado, algo peor que un tirano y algo peor que un diablo (esto último en palabras de John Wesley, el famoso predicador metodista que tanto alaban sus hermanos en Satanás).

Cada creyente sabe por la enseñanza del Espíritu y por lo dicho en la Biblia que Cristo produjo en su pueblo la justicia que apacigua la ira del Padre. Y esto fue lo alcanzado por la muerte del Cordero que derramó su sangre en expiación de todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por lo demás, lejos esté de nosotros los creyentes adorar un Cristo que es un ídolo; adoramos al Cristo que murió por su pueblo y que no rogó por el mundo (Juan 17:9).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:54
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