Viernes, 27 de abril de 2018

Hay disputa entre los que se consideran cristianos en el mundo, respecto al destino de la nación de Israel. Muchos sostienen que Jerusalén continúa siendo una piedra pesada para las naciones, mientras otros suponen que eso quedó para el pasado en la historia. Por un lado están los que ven el tercer templo como un hecho profético, basados en la semana flotante y todavía no cumplida de la profecía de Daniel, pero por otra parte están los que sostienen que aquella semana tuvo su cumplimiento aunque no en siete años literales. Normalmente los reformadores protestantes son de la idea de espiritualizar ciertos aspectos de la profecía y de todo lo concerniente a los judíos e israelitas. Para la mayoría de los seguidores de la Reforma Protestante (sacando a la gran parte de los evangélicos de ese lote) Israel vino a ser una nación que quedó como una referencia histórica que no tiene porqué tener preponderancia teológica en nuestros días.

Llama la atención lo que Pablo escribe respecto a lo que muchos se preguntaban en su época, respecto al fracaso de Dios con la nación de Israel. Por esa razón el apóstol escribió que el judío no lo es por la circuncisión visible en la carne, sino en lo íntimo: la verdadera circuncisión es la del corazón, en espíritu y no en la letra (Romanos 2:28-29). Añade que la infidelidad de los judíos no invalida la fidelidad de Dios (Romanos 3:3). Ciertamente, Pablo agrega que en Isaac sería llamada descendencia, de manera que el plan de Dios no ha fallado en lo más mínimo; con ello da cuenta de la razón por la que no todos los israelitas son salvos.

Así que algunos teólogos interpretan que el propósito de Dios no era darle una tierra a Abraham sino hacerlo padre de multitudes a través de su descendencia (por lo tanto a través de Israel-Jacob). Esta es una verdad a medias, porque aunque ha tenido multitud de hijos siendo nosotros también hijos de Abraham, la tierra que le fue otorgada vino a ser posesión de una nación específica: Israel en la antigüedad. Y en cuanto a esa nación el deseo de Pablo y su oración a Dios por Israel era para salvación. Pablo los consideraba perdidos porque anteponían su propia justicia a la de Dios; ellos no llegaron a comprender que el Mesías esperado era Jesucristo el Hijo de Dios, el Redentor que con su sangre salvaría a su pueblo de sus pecados. Pese a su celo por Dios no tenían ciencia plena debido a la ignorancia de esa justicia: Jesucristo, justicia de Dios (Romanos 10:1-4).

Hay una referencia al pasado cuando Pablo trae a colación la opinión de Moisés: Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es mío (decía Jehová); con una nación sin entendimiento os provocaré a enojo. Asimismo, Isaías declaró que Dios fue hallado entre los que no lo buscaban; Él se manifestó a los que no preguntaban por Él (Romanos 10:20). Israel fue un pueblo rebelde y desobediente, pero por eso Dios no rechazó a su pueblo. Esa es la reflexión del apóstol Pablo, al colocarse como ejemplo de un israelita converso a Jesucristo. Y no lo rechazó porque lo conoció de antemano (lo amó desde siempre - Romanos 11: 1-2). Elías también se preguntaba si él había quedado solo sin el resto de la nación, pero Jehová le respondió que se había reservado para Él a 7000 hombres que no doblaron sus rodillas delante de Baal. Y eso mismo había acontecido en la época de Pablo como apóstol, ya que Dios se había levantado un remanente según la elección de gracia (no por las obras, de otra manera la gracia ya no sería gracia - Romanos 11:5-6).

El resumen del apóstol fue que lo que Israel buscaba como nación no lo alcanzó pero los elegidos sí que lo alcanzaron, mientras los demás fueron endurecidos. Dios les dio espíritu de estupor, ojos para no ver, oídos para no oír, hasta el presente. Es interesante que cuando Pablo exhibe esa prueba no se pone a sí mismo como una excepción, diciendo que él cambiaba esa regla. Siguió hablando de Israel como nación rebelde y contradictora (Romanos 11:8). Pero la pregunta conclusiva del apóstol la hace para examinar si el tropiezo de Israel fue para caída final. Su respuesta inmediata fue: ¡De ninguna manera! (μὴ γένοιτο: me génoito). Esta expresión negativa en griego significa algo que no debe ni siquiera suponerse o imaginarse como posible (Romanos 11: 11).

A continuación, Pablo argumenta que el tropiezo de Israel (y no la caída) fue para que viniera la salvación para los gentiles. Acá se acerca al núcleo del resbalón de Israel como colectivo y nación en relación a la falta de obediencia a Dios. Aclara el apóstol que esa transgresión es la riqueza del mundo y de los gentiles, por lo tanto su restauración (parece que la habrá, de seguro vendrá) será de mucho más valor. Con esa declaración Pablo les hace una advertencia severa a los gentiles: habrá una readmisión de ellos, lo cual  será vida de entre los muertos (Romanos 11:15). Y si habrá una readmisión de ellos es porque la nación continuaría en existencia, más allá de que estuvo dormida por siglos, despojada hasta del territorio. Pero esos hechos no anulaban el que la nación de Israel seguiría su curso hasta su reincorporación final (si bien todavía no les ha llegado el día del llamamiento definitivo). Pablo argumenta que si la raíz es santa y sus ramas también, si algunas de las ramas fueron desgajadas para ser injertado el olivo silvestre, no te jactes contra las demás ramas (Romanos 11: 17-18).

La raíz es el mismo fundamento, Jesucristo; las ramas desgajadas son la nación de Israel y los injertados somos los elegidos de los gentiles. Por esa razón hemos tomado abundante savia del olivo, pero si nos jactamos contra esas ramas desgajadas (contra esa nación venida a menos por causa de la rebelión y terquedad) debemos recordar que no somos nosotros como iglesia los que sustentamos a la raíz o fundamento, sino que la raíz o fundamento nos sustenta a nosotros. Las ramas fueron desgajadas por su incredulidad para que nosotros fuésemos injertados por medio de la fe en Jesucristo; pero cuidado, Pablo vuelve a advertir: No te ensoberbezcas, sino teme (Romanos 11:20).

Con cuánta facilidad muchos de los que se llaman cristianos se jactan contra las ramas cortadas, contra la nación de Israel, porque dicen que como somos llamados en Isaac no lo somos en Israel. Añaden que el apóstol también dijo que de los dos pueblos hizo uno, pero olvidan que eso se hizo en Cristo. Y que de inmediato Pablo continúa hablando de Israel, de manera que no fue eliminado como referencia histórica ni como continuidad étnica. Si ese hacer de los dos pueblos uno hubiese significado la eliminación de Israel como nación, sin duda el Espíritu lo hubiese indicado pero lo que hace en cambio es advertirnos contra la insania de la soberbia contra esa nación. Y la sanción es inmediata: el Dios que no perdonó a las ramas naturales tampoco perdonará a los que manifiestan soberbia contra ellas (Romanos 11:21).

Hermanos, para que no seáis sabios en vuestro propio parecer, no quiero que ignoréis este misterio: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles (Romanos 11:25). Pero hay muchos en las filas de los llamados cristianos que ignoran este misterio y se hacen sabios en su propio parecer, manifestando soberbia contra esa nación. Lo que veo es que a pesar del endurecimiento de Israel esa nación  sigue siendo amada por el Señor que le prometió quitar la impiedad de Jacob para salvar a todo Israel, cuando quite todos sus pecados. Es por ello que en cuanto al evangelio son enemigos por causa de nosotros (los gentiles incorporados) pero en cuanto a la elección siguen siendo amados por causa de la promesa a los padres (Romanos 11: 26-28). ¿Cómo podría seguir siendo amada si hubiese sido extinguida por completo?

Los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables, pero la desobediencia de Israel se ha dado para que Dios tenga misericordia de todos (judíos y gentiles). Y esto es profundidad en las riquezas de Dios, en su sabiduría y conocimiento. Esto es incomprensible y un camino inescrutable. ¿Y quién entendió la mente del Señor, o quién lo aconsejó? Parece ser que los que se ensoberbecen contra Israel pretenden ser los consejeros de Dios.

Ahora bien, justo es aclarar que si lo dicho por el profeta Daniel respecto a la semana setenta está aún por cumplirse, si la abominación desoladora habrá de profanar el templo por construirse, eso se debe a que Israel sigue estando endurecida como nación. La tarea de ellos es dura, construir un templo en el error de que con ello siguen anunciando al Mesías que vendrá, sin saber que ya vino y que consumó todo el sacrificio por el pecado de una vez y para siempre. De allí que no es tarea de los verdaderos creyentes en el Señor el ayudar en esa reconstrucción, en alegrarse porque el error está por consumarse, sino que más bien debemos continuar anunciando el evangelio de Cristo a todas las naciones, incluyendo a Israel, para que se arrepientan.

Quedémonos tranquilos en la confianza ante el Dios soberano que lleva a cabo sus planes con esa nación; que sean los israelitas los que continúen en el error de suponer que sus sacrificios expiarán sus pecados. No nos involucremos con esa blasfemia, con ese error teológico, pero al mismo tiempo no nos ensoberbezcamos contra ellos como nación. Siguen estando endurecidos y siguen teniendo celo de Dios pero no conforme a ciencia. Nuestra petición a Dios debe ser para salvación, porque todavía no han comprendido que la verdadera justicia de Dios es Jesucristo.

La advertencia de Pablo (y por ende del Espíritu que lo inspiró) es que no seamos soberbios ni escarnecedores contra ellos, más bien debemos continuar pidiendo a Dios para que los saque del error y jamás participar en las obras infructuosas de su teología equivocada. La vaca rojiza, los palominos, el oficio en el templo, no son para los creyentes en el evangelio de Jesucristo. El libro de Hebreos nos aclara ese panorama, ya que Jesucristo hizo una ofrenda de una vez y para siempre por todos los pecados de su pueblo. Seguir el camino teológico de la religión judaica (de este Israel histórico) es pisotear la sangre de Jesucristo. En eso estemos separados de ellos, pero en cuanto a su estatus político y como nación no seamos soberbios creyéndonos superiores o pensando que Dios los desechó para siempre. Ciertamente han tropezado pero su caída no será permanente (serán restaurados los que tengan que serlo en el tiempo en que el Señor los llame).

Si se nos manda a orar por la paz de Jerusalén, sepamos que no hay otra paz que Jesucristo. Oremos para que los de la nación de Israel comprendan dónde encontrarán esa paz por la cual se nos pide que roguemos al Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:32
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