Jueves, 15 de junio de 2017

La existencia del infierno presume la pérdida que sufrirán aquellos que no fueron objeto de la expiación de Jesucristo. Esto es una premisa de la teología cristiana, ya que Jesús dijo que no rogaba por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado. Si Cristo hubiese muerto por el mundo completo, el infierno no hubiese tenido sentido como amenaza entre los seres humanos. Dado que el lugar donde el tormento no cesa es un relato que Jesús pregonó en muchas ocasiones, la expiación fue absolutamente eficaz por cuanto alcanzó a todos por los que el Señor murió en la cruz.

Si Jesucristo hubiese pretendido morir por toda la humanidad, sin excepción de persona alguna, el infierno sería un monumento a su fracaso. No hubiese sido exitoso pretender morir por todo el mundo, sin excepción, y que una gran parte de la humanidad no alcanzase la redención. La expiación eficaz lo es en virtud del Cordero perfecto que sirvió para propiciar la paz ante el Padre. Jesús dijo en la cruz que todo había sido consumado, Tetélestai- τετελεσται, un vocablo griego que significa ejecutar, concluir, descargar una deuda, cumplir, hacer un final, expirar, terminar, pagar y realizar. Esa palabra no nos permite añadir algo más al trabajo de Cristo en la cruz.

Pero la lingüística es apenas un reflejo de la realidad teológica mostrada por el Autor de todo cuanto existe; si aquella palabra no hubiese sido pronunciada por Jesús en la cruz, nos hubiese bastado con el relato del evangelio que señala al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo  (su pueblo). No obstante, quiso Dios enfatizar con el lenguaje al entregarnos ese vocablo tan amplio y completo que refiere a la forma concluida de la obra de Su Hijo en el madero. Tenemos una salvación por gracia porque el trabajo ya lo hizo Jesucristo en forma completa; de no haber sido así, la salvación sería alcanzada por obra humana (asunto imposible por la depravación total del hombre a partir de Adán).

Con la lectura global de la Biblia, uno llega a comprender que Dios es el autor de la aflicción (como lo ilustra ejemplarmente el libro de Job), como también lo es del pecado. Esto último suena a escándalo para muchos, pero no hay que suponer que el pecado se originó espontáneamente. Más allá de que se diga que Satanás es el que comete el primer pecado al rebelarse contra Dios, no menos cierto es que fue Dios quien hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). De la boca de Jehová sale lo bueno y lo malo, no hay ni siquiera un mal en la ciudad que Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

La gente a veces confunde al autor de algo con la cosa misma; el que Dios haya hecho el pecado no lo hace pecador, pues no se rebela contra Sí mismo. Simplemente, que el Hijo no hubiese podido manifestarse como Cordero para la expiación si no hubiese habido pecado en el mundo. Pero la Escritura dice que ese Cordero fue preparado desde antes de la fundación del mundo, es decir, desde antes de que existiera el pecado. Entonces, ¿cómo supo Dios lo que habría de acontecer? Es muy fácil, es Todopoderoso y puede hacer que lo que haya planificado ocurra eficazmente. Dios supo que el pecado aparecería porque así lo ordenó, porque nada acontece que Él no haya decretado que exista.

Si hubiere en las criaturas la posibilidad de crear el mal por ellas mismas, no habría garantía en el reino de los cielos de que no apareciera de nuevo el mal entre los redimidos. Sin embargo, hay un solo Cordero y una sola expiación, de tal forma que no es posible que vuelva a ocurrir el pecado en la nueva creación prometida: cielos nuevos y tierra nueva. Esa es la manera en que Dios conoce, porque ha ideado todo cuanto acontece. No se trata de que Dios adivine o de que haga espionaje en las mentes de los seres creados para averiguar lo que harán, sino de que ha ordenado que se mueva el hacha para cortar el árbol. En realidad, Él es el que la toma en sus manos y hace como quiere.

Mal pudiéramos suponer que podemos expiar nuestros pecados en virtud de nuestros méritos, o por la vía de la penitencia. Las obras humanas son nada, no satisfacen ni por uno solo de los pecados del hombre. El plan de Dios es todo cuanto ocurre, ha quedado estampado en la historia de la creación, pero seguirá dejando la estela a medida que nos adentremos en el futuro. No obstante, en la Biblia hay pruebas de lo que se dice acá, que Dios ha ordenado todo cuanto existe, que amó a Jacob pero que odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal. Contra este tipo de divinidad son muchos los que tropiezan, de acuerdo a la tendencia vanidosa de los hombres al pretender hacer obras para alcanzar la gracia.

Sobran las personas que hablan acerca de la actividad filantrópica de Dios, acerca de que ama a toda la humanidad pero en especial a los elegidos. Bien, sabemos que Dios hace llover y saca su sol sobre justos e injustos, pero eso no da pie para hablar del amor divino. También Esaú vio días felices en la tierra, Ismael fue cuidado por Dios desde que era niño, Judas fue protegido para que no se muriera antes de tiempo, el Faraón fue preservado para que llegara a gobernar Egipto, Poncio Pilatos tuvo que nacer en su época y no en otra, de manera que cada evento mostrado por la historia humana tuvo que acontecer cuando ocurrió. Estas personas mencionadas jugaron roles importantes en relación con pueblo de Israel y otros están vinculados en forma especial con el Mesías. Pero a eso llamamos providencia de Dios y no amor.

Amor de Dios debe entenderse la predestinación ocurrida, pues a los que antes conoció (amó) Dios a éstos también predestinó. Otra prueba irrefutable la dio el Espíritu en inspiración a Pablo, al decir que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú; no que haya amado menos a Esaú, como algunos desviándose en sus desvaríos argumentan, sino de que odió (repudió, aborreció, etc.) a Esaú y a todos los de su clase.

Con esto en mente, la expiación eficaz puede entenderse en mejor manera. No vino Jesucristo para hacer expiación de los pecados de Judas ni de Faraón, ni tampoco de los de Esaú, más bien él dijo la noche previa a su muerte, cuando oraba al Padre y agradecía por los que le había dado, que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). La expiación eficaz tuvo su plena realización en la cruz, cuando dijo que todo había sido consumado, cuando todos los pecados de todo su pueblo fueron perdonados y traspuestos sobre sus lomos.

Los restantes pecados del mundo por el cual no intercedió deberá cargarlos ese mismo mundo. Los que comprenden este conglomerado incluido en el término mundo son los que se quejan de la supuesta injusticia conseguida en Dios, por lo cual claman y objetan su soberanía: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Fue en este álgido punto donde sucumbieron Calvino y Spurgeon, donde también han caído miles de teólogos y supuestos seguidores de las doctrinas de Cristo.

Spurgeon sostenía que si bien Dios amó a Jacob sin que tuviera él mérito alguno, Esaú se condenó a sí mismo, sin que mediara voluntad previa de Dios. Argumentaba que una cosa era preguntarse acerca del amor de Dios por Jacob, asunto que ameritaba una respuesta particular, pero que otra distinta era preguntar por la condenación de Esaú, lo que ameritaba una respuesta diferente. De esta forma torcía la Escritura y obviaba el texto que habla de la igualdad de condiciones de los gemelos antes de ser concebidos. Calvino, por su parte, defendía la oportunidad de arrepentimiento que supuestamente Jesucristo le dio a Judas, cuando le lavaba los pies en la última velada tenida con los apóstoles. Uno puede palpar como la teología de Calvino prevaleció por sobre el dictamen bíblico, pues ya el Señor había declarado a Judas Iscariote como hijo de perdición, el cual tenía que actuar de acuerdo a las Escrituras. Ya el Señor había hecho su lamento por Judas, al decir Ay de aquél, mejor le hubiese sido no haber nacido. ¿Cómo ve Calvino una oportunidad de arrepentimiento dada por el Señor a Judas? Simplemente, la rebeldía hacia los textos bíblicos que hablan de la autonomía con la cual el Señor condena molestan a muchos que se definen como creyentes.

Si nos quedásemos con este solo evento de las Escrituras, uno podría asegurar que Dios es soberano absoluto. Todo lo que hizo Judas fue profetizado de él, todo lo que le aconteció al Señor también fue profetizado con siglos de antelación. Dios quiso mostrar su omnipotente voluntad de hacer vasos de ira para el día de su ira, por lo que el hijo de perdición tenía que venir a realizar todo lo que estaba escrito que hiciese. En realidad, Dios causa activamente la conducta pecaminosa de los hombres, como si tuviera un hacha en su mano y la dirigiera a cortar un leño. No podía Dios darse el lujo de confiar en Judas y dejarlo a su arbitrio, pues pudiera ser que él mismo le hubiese quitado la vida al Mesías, que le hubiese impedido morir en la cruz como convenía a su pueblo.

¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? como si el bordón se levantase contra los que lo levantan; como si se levantase la vara: ¿no es leño? (Isaías 10:15). Por más que el hacha haya sido creada para cortar leños, ella no puede por sí misma decidir si corta o no corta la madera. El hacha no piensa ni tiene voluntad para decir que no debe usarse para cortar hierro; no podrá jamás disponerse por su cuenta para hacer aquello para lo que fue destinada. Porque el hacha fue destinada para cortar pero con la ayuda de la mano del hombre, así mismo Judas Iscariote fue destinado para entregar al Hijo del Hombre, pero de acuerdo al momento y demás circunstancias ordenadas por el Padre. Judas pudo haber decidido hacerlo de otra manera, de tal forma que no podemos negar la participación activa de Dios en la ejecución de su plan y voluntad.

El esfuerzo del pecador no podrá nunca usurpar los méritos de Cristo como Cordero eficaz. La expiación eficaz de Jesucristo hace la diferencia entre cielo e infierno, entre salvación y condenación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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