Martes, 13 de junio de 2017

En los salmos de la Biblia uno puede cotejar la idea que tenía el escritor bíblico acerca del Dios que actuaba en favor de su pueblo. Si iban a la batalla, era el Señor quien peleaba contra sus enemigos. Más allá de que el pueblo de Israel contendía en las guerras, reconocían que si Dios no salía al combate junto a ellos toda la lucha sería en vano. No había glorias personales sino un claro reconocimiento al Dios Altísimo denominado también el Dios de los ejércitos. Encontramos esta forma de creer y actuar como un parecer en toda la escritura del Antiguo Testamento. Recordemos la orden de Dios para Moisés, en torno a Amalec, al que había que destruirlo junto a su pueblo hasta borrar su memoria debajo del cielo (Deuteronomio 25:17-19).

Más tarde, la orden fue dada a Saúl, el primer rey de Israel. Tenía que destruir la ciudad que llevaba el nombre de Amalec, junto a su gobernante el rey Agag. Sin embargo, Saúl tomó vivo a Agag rey de Amalec, habiendo matado a todo el pueblo a filo de espada (1 Samuel 15:8); también perdonó lo mejor del ganado y todo esto enojó al Dios que lo había elegido como rey. Por esta razón, Samuel predice la destrucción de Saúl como gobernante y culmina el trabajo encomendado, dando muerte al rey cautivo que no quisieron matar.

Sabemos que estas historias se escribieron para nuestro beneficio, por lo que uno puede derivar muchas conclusiones. Sin duda que la obediencia a Dios es la prioritaria, para evitar entrar en disputa con El. También puede uno observar lo que implica erradicar a nuestros enemigos, aquellos que nos hacen daño con solo entablar algún diálogo con ellos. Estas son historias de guerra, pero que bien pueden trasladarse como metáfora a la vida diaria del creyente. Cuando se deja viva alguna relación perniciosa se socava la moral y se revierte en contra nuestra; de allí que conviene mirar el ejemplo narrado en la Escritura para aplicarlo a nuestros asuntos. Hay situaciones que conviene extirpar de nuestras vidas, como los amalecitas que los israelitas de aquella época extirparon.

Dios ha prometido que su pueblo habría de andar en sus estatutos. El profeta Ezequiel declaró que cuando el Señor quitara el corazón de piedra y nos diera el de carne nos haría permanecer en sus caminos. Mal pudiera ordenarnos caminar con Él si no tenemos la fuerza necesaria ni la inclinación oportuna para hacerlo; por esta razón, cuando alguien anda según el consejo de Dios lo hace porque ha sido transformado. Fue Jesucristo quien dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara, porque nadie puede en sus propias fuerzas correr o querer si no es Dios quien le muestra misericordia.

Cabe hacerse la pregunta de por qué son muchos los que se pierden, si dentro de ellos hay quienes se hacen llamar cristianos o creyentes. La respuesta la encontramos también en los textos sagrados que señalan que es necesario creer a Dios antes que a los hombres. Muchas personas le creen a los hombres antes que a Dios, porque han sido engañados por aquellos que se llaman enviados del Señor, por los que proclaman tener la autoridad de la palabra divina, si bien son mensajeros de Satanás. Como el evangelio ha sido trasegado con doctrinas perniciosas conviene examinarse para ver si se está en la fe de Jesucristo.

Son muy variadas las formas de acercarse a la llamada buena noticia, pero solamente hay una que es eficaz. Se trata del llamamiento que hace Dios a su pueblo, a sus escogidos; querer y correr no ayuda en nada si la persona no ha sido convocada. ¿Cómo saber si uno es convocado por Dios? Bien, hay muchos textos bíblicos que hablan de la invitación que el Señor hace a los que están trabajados y cansados, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los que están oprimidos en las prisiones tenebrosas. Acudir a la luz parece ser una actividad conveniente, pero aún ese paso debe darse cuando la invitación llega. ¿No dijo Jesús que los hombres amaron más las tinieblas que la luz?

La única forma de amar la claridad del Señor es si uno ha sido transformado a través del nuevo nacimiento. Por supuesto, la fe viene por el oír la palabra de Dios; pero no es un oír automatizado, como si alguien escucha la radio o un aparato de sonido. Se trata de tener la motivación por alcanzar el pleno entendimiento del mensaje de salvación. Dice la Escritura que Dios prepara los corazones de los que serán llamados, para que estén atentos a su voz. Así lo hizo en Lidia, la vendedora de púrpura, para que comprendiera lo que Pablo decía.

El mismo apóstol de los gentiles no entendía la palabra antes del llamado del Señor. Saulo perseguía a la iglesia y arrastraba a sus miembros a la cárcel, conduciendo a muchos al sitio de lapidación. Estaba cegado con su religión y el fanatismo no le permitía comprender más allá de su dogma. Fue el Señor quien se le apareció en el camino a Damasco para que Saulo despertara de su letargo. Le quitó la ceguera espiritual y se la cambió por una física que duró cierto tiempo; sin poder mirar bien por causa del resplandor, Saulo tuvo que pasar a retiro para conocer más al Señor que lo había llamado.

Fue entonces que se transformó en Pablo (el más pequeño, Paulus), hasta llegar a ser el gran apóstol de los gentiles. Fijémonos en que este apóstol conocía al pie de la letra el Antiguo Testamento, se había educado a los pies de un rabino y fariseo llamado Gamaliel, de manera que su formación previa le fue útil después cuando Cristo lo convirtió. Antes de eso el gran conocimiento de la ley y de la religión judaica le era inútil. No fue con esas herramientas que llegó a la verdad, sino que fue después que la verdad lo encontrara y lo llamara a él que aquellas cosas sabidas le fueron útiles.

Este apóstol también participó en innumerables batallas, pero no con armas convencionales (llamadas por él carnales) sino espirituales. Reconoció que nuestra lucha no era contra carne y sangre, como Saulo lo entendía hacía tiempo cuando arrastraba gente a la lapidación o a la cárcel por causa de sus creencias. No, ahora Pablo estaba dispuesto a padecer como oveja de matadero en razón de la fe adquirida. Su lucha se medía por medio de la oración y de la exposición de la palabra de Dios; su investidura era el yelmo de la salvación, la coraza de justicia, el calzado del apresto del evangelio de paz, el escudo de la fe y la espada del Espíritu.

Esto lo sabía porque entendió que la batalla del creyente no es contra personas de carne y hueso sino contra principados y potestades, contra señores del mundo, gobernadores de las tinieblas, contra malicias espirituales en los aires.  Estas fortalezas espirituales que batallan contra el creyente controlan la voluntad de muchos seres de carne y hueso; por esa vía también dominan, hacen daño, pervierten la justicia y se oponen a la verdad. Sin embargo, no debemos olvidar que nuestra lucha no es en forma directa contra esas personas sino contra los que están detrás de ellas. Es por eso que la armadura del creyente no puede ser carnal, ni sale del entrenamiento de un gimnasio de pelea sino del santuario de Dios.

Si recordamos lo que le sucedía al salmista Asaf, como nos lo relata el Salmo 73, su impaciencia y su estado de turbación fueron pasados a un estado de paz y tranquilidad cuando entró en el santuario de Dios. Ese santuario no es otro que Su Presencia, la que se alcanza en el momento de la meditación, de la oración, del escudriñamiento de la palabra revelada. Allí comprendemos el fin de los malhechores, por los cuales también pedimos que sea para destrucción de ellos o para arrepentimiento de sus corazones. No lo sabemos, pero lo conoceremos en el momento en que acudamos a ese santuario de Dios.

Pablo oraba por unos y pedía la bendición del Señor, mientras a otros los entregaba al designio divino debido a la mala voluntad con la que actuaban contra el apóstol. En algunas ocasiones uno ruega por los impíos para que obtengan la luz necesaria y procedan al arrepentimiento, pero en otras oportunidades el Espíritu nos guía a pedir como David lo hizo: que Satanás esté a su diestra,  o como lo ha dicho en otros salmos imprecatorios. Lo cierto es que aquellas ganas de hacer daño mueren en el santuario de Dios, dejando toda la carga de la venganza al Creador que ha reclamado para Sí mismo el atributo de vengador: Mía es la venganza, yo daré el pago (Hebreos 10:30; Romanos 12:19; Deuteronomio 32:35,43).

En ocasiones el Señor usa a algunas personas como instrumento de su venganza. Por ejemplo, le dijo a Moisés que llevara a cabo por completo la venganza de los hijos de Israel contra los madianitas. Entonces Moisés habló al pueblo diciendo: Armaos algunos de vuestros hombres para la guerra e id contra Madián, para llevar a cabo la venganza de Jehová contra Madián (Números 31: 2-3). El mundo entero yace bajo el maligno, pero nosotros no pertenecemos a él; estamos en el mundo sin ser de allí, recibimos su odio porque el mundo ama solamente lo suyo. Nuestra confianza radica en el que venció al mundo, el Señor que rogó solamente por los que el Padre le dio, pero no rogó por el mundo que el Padre no le dio (Juan 17:9).

La victoria de nuestra lucha tiene la garantía ofrecida por el que todo lo ha ordenado para el fin supremo de la alabanza de su gloria. No somos más que administradores de aquello que nos ha sido dado, que incluye nuestra vida. Si cada vez que percibimos aflicción acudimos a ejercer nuestro derecho de oración, veremos el triunfo sobre triunfo en el que se transcurren nuestros días. Preocuparnos por las circunstancias negativas que nos acontecen es perder el tiempo precioso de la oración que combate a las huestes espirituales de maldad. Recordemos siempre que nuestra lucha es contra ellos y no contra las personas en particular.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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