S?bado, 10 de junio de 2017

El acto de colocar sangre en los postes y dinteles de las puertas frontales de las casas, fue llamado la Pascua de Jehová, el símbolo de la salvación de Israel. Más tarde, cuando se habla de Dios habiendo hecho de los dos pueblos uno (el gentil y el judío), esta Pascua vino a ser Cristo. Claro está, la antigua Pascua de Jehová era también la de Cristo, el Cordero preparado para nosotros (el pueblo escogido) desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). El Señor pasaría por las casas de Egipto para herir a todo primogénito, incluyendo el de los animales, pero pasaría por alto a todo aquel que estuviera protegido por la señal de la sangre del cordero en los dinteles y postes de sus puertas.

Aquel primer sacrificio hecho en el Génesis de todo, cuando Dios mismo vistió con pieles de animales a Adán y a Eva, al tapar su vergüenza, continúa con auge la función simbólica utilitaria. Se desprende que los que no estuvieron protegidos por la sangre fueron castigados con dureza. Asimismo, la muerte de Jesucristo en la cruz cubrió los pecados de aquellos que él representó en el madero. Si los egipcios fueron dejados de lado en la vieja Pascua, el mundo de Juan 17:9 también quedó por fuera. Ese mundo representa los primogénitos extirpados de la tierra, los que estaban sin protección.

De la misma forma, bajo la ley de Moisés, todo sacerdote sacrificaba el animal llevado ante el altar para expiar los pecados del oferente. El resto de los pueblos del planeta quedaba por fuera. No fue sino hasta la venida del Mesías cuando Dios reveló el misterio oculto a los gentiles, al resto de la gente que no pertenecía al mundo judío. Pero de la misma manera en que no todo israelita era salvo sino solamente aquellos llamados en la descendencia de Isaac, los gentiles incorporados lo son en base a la misma descendencia o semilla. Pues no todos los gentiles son salvos sino los que son llamados eficazmente.

La vieja Pascua pautó la simbología completa; una expiación interesada y particular, demarcaba el límite o la eficacia de la misma. Solamente los que tenían la sangre en los postes y dinteles de sus puertas fueron exonerados por el ángel que venía con el juicio de Dios. Por supuesto, el Faraón no tuvo tal privilegio y padeció el castigo del Señor. El mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su muerte también quedó por fuera de la representación en la cruz; el Señor no llevó esos pecados sobre sus hombros sino solamente los de su pueblo (Mateo 1:21). Y la prueba de lo que decimos está por todas las Escrituras.

Si uno lee Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17:17, puede ver claramente ciertos grupos de personas que adorarán a la bestia y que le darán el poder y el gobierno a ella. La razón está allí dicha, Dios colocó en sus corazones hacer tal cosa porque ellos no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo.  Sabemos que el que escribió esos nombres en el libro fue Dios mismo. La razón la exhibe el Espíritu en Romanos 9, cuando dice que Dios amó a Jacob y odió a Esaú, mucho antes de que hiciesen bien o mal o de que fuesen concebidos. Entonces entendemos que Jacob tiene su nombre escrito en ese libro pero no Esaú.

Mal pueden suponer los seguidores de la teología del permiso que Dios previó la bondad de Jacob y el desprecio de Esaú por su palabra. No hay tal cosa como un Dios que desconozca algo y tenga que averiguarlo en el corazón de la criatura, pues tal Dios no sería Omnisciente. Además, dado que Dios no tiene consejero, nadie puede enseñarlo ni informarlo de nada, ya que Él sabe todas las cosas. ¿Y cómo sabe Él el futuro? Simplemente porque lo planifica y lo decreta.

La sangre en los dinteles no estaba en todas las puertas; no estuvo en Egipto de donde Jehová sacaría a su pueblo de la esclavitud. Los que pregonan la salvación universal a través de una expiación universal vilipendian el trabajo de Cristo y pisotean su sangre. Los que así actúan parecieran no haber entendido el significado de la expiación del Señor, su eficacia absoluta en todos los que redimió en la cruz; mucho menos entienden ni aceptan el que solamente irán hacia el Hijo los que el Padre lleva. Ellos piensan en que todo el mundo tiene derecho a acudir ante Dios para la expiación de sus pecados, pero eso no es lo que la Biblia enseña.

La fe y el arrepentimiento no es de todos, pertenece solamente a aquellos que Dios se los da como un regalo. En realidad esos son frutos del nuevo nacimiento, de la regeneración hecha por el Espíritu, de la voluntad de Dios. La sangre en los dinteles marcaba la diferencia entre las casas protegidas y desprotegidas, entre misericordia y juicio, entre salvación y condenación. De la misma forma, la sangre en la cruz marca igual diferencia. La cruz es el gran dintel, el gran poste de cada creyente que ha alcanzado misericordia. Se podrá decir que aquellos israelitas colocaron la sangre voluntariamente, de manera que la voluntad humana cuenta. Sin embargo, nosotros no colocamos ninguna sangre en el madero, fue el Señor quien lo hizo voluntariamente también, aunque siempre sujeto al plan eterno de su Padre, el cual escondió estas cosas de los sabios y entendidos y las reveló a los niños (no al mundo que el Padre no le dio al Hijo).

El ángel que venía por los primogénitos no miraba si había algo bueno o digno dentro de las casas, solamente se atenía a la sangre colocada para pasar por alto su ejecución. Y eso es lo que significa el término Pascua, pasar por alto, de tal forma que Jesucristo vino a ser nuestra Pascua porque pasó por alto nuestros pecados. La sangre era necesaria para escapar del juicio de Jehová, de la misma manera que sigue siendo útil, vital y un requisito exclusivo para poder escapar de su ira. Pero esa sangre ya no es de machos cabríos sino la del Hijo, el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para el pueblo escogido por Dios desde esa misma época.

La historia de la humanidad muestra el propósito de Dios en la creación, la expiación de los pecados de su pueblo por medio del Hijo. Toda la gloria se la dio el Padre a Jesucristo, todo el honor por haber triunfado en la cruz, habiéndolo hecho pecado por causa nuestra. Nosotros no podemos pagar el rescate por nuestros hermanos, mucho menos por tan solo uno de los pecados que cometemos. Sin embargo, la eficacia del sacrificio de Cristo canceló la deuda de todo su pueblo y amistó al Padre con sus escogidos, apaciguando su ira y otorgándonos la gracia de la vida eterna. Esa es la sangre en los dinteles y portales de nuestros corazones, la que fue derramada en el madero donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria.

Por esa sangre el Padre ya no se acuerda más de nuestros pecados, los cuales fueron lanzados al fondo del mar de donde nunca salen. Y es que esa sangre marca la diferencia como la vieja sangre lo hizo ante el ángel exterminador. Cristo no hizo las paces ante su Padre en lo concerniente a los pecados del mundo por el cual no rogó, solamente expió los pecados de aquellos que el Padre le había dado. Este es un grupo muy numeroso, incontable, de toda lengua, tribu y nación, una multitud de redimidos que le cantan al Cordero inmolado. Ellos son escogidos de lo necio del mundo, de lo que no es, para avergonzar a lo que es y a los que se jactan de sus obras de justicia.

La sangre del Nuevo Pacto debe ser discernida adecuadamente. El pan y el vino son los símbolos del Nuevo Testamento, el beneficio de la gracia hacia el pueblo elegido, para todos los que han sido santificados por el Espíritu y justificados por la sangre de Cristo. El viejo pacto de gracia fue ratificado en Cristo, confirmado en él, porque no ha habido ninguna salvación humana que no haya sido de gracia. Todo sacrificio antiguo apuntaba a Jesucristo y aún antes de Dios crear el mundo ya tenía dispuesto enviar a Su Hijo como Cordero por causa de nosotros (1 Pedro 1:20). Decir que el ángel exterminador iba a perdonar a los que no tenían la marca de la sangre en sus dinteles y postes, equivale a decir con los teólogos del falso evangelio que la sangre de Cristo no hace la diferencia entre cielo e infierno. Llegar a decir que Cristo murió por todos es como decir que los egipcios tenían sangre en sus puertas, así como banalizar la eficacia de su vida derramada en la cruz. Proponer la expiación universal acusa de ineficaz al esfuerzo del Señor que no impide que una gran multitud se pierda eternamente, a pesar de tener sangre en los dinteles y postes de sus vidas.

Imaginemos por un momento todas las casas marcadas con sangre de cordero, pero el ángel de Jehová pasando por alto solamente algunas. Tal trabajo sería al azar, o si con intención anularía la eficacia del señuelo en las puertas. Eso mismo hacen los que imaginan y pregonan una muerte universal del Señor por cada uno de los habitantes del planeta. El ángel exterminador no le preguntaba a cada persona si quería ser asesinado o perdonado, simplemente pasaba por alto a los que tenían la sangre en sus puertas; de la misma forma Dios no pregunta al hombre si quiere lo uno o lo otro, solamente pasa por alto a los que el Hijo representó en la cruz.

Comprender la expiación es asunto de suma importancia porque ella es el centro de la redención del hombre y del mensaje del evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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