Lunes, 05 de junio de 2017

¿Qué significa que Cristo murió de acuerdo a las Escrituras? Recordemos que Judas iba como estaba escrito de él, de manera que entregó al Hijo de Dios de acuerdo a las Escrituras. Indudablemente Jesús no murió por Judas Iscariote, solamente lo hizo por los que el Padre le dio. Este es un gran conjunto de personas, de toda lengua, tribu y nación, innumerable e incontable ante el ojo humano; sin embargo, al compararlo con el mundo por el cual el Señor no rogó, aquél es apenas una manada pequeña. Y como así agradó al Padre, se entiende que esto va de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3).

Si tan solo se hubiese perdido un alma de todas aquellas por las cuales Cristo murió, el evangelio hubiese quedado como un fracaso y la sangre de Cristo hubiese sido mancillada. El valor de su sangre es idéntico en cada pecador redimido, de tal forma que resulta imposible que uno solo de ellos se pierda. Dios no toleraría que la herida de Su Hijo hubiese sido en vano, pero el Mesías tampoco se permitiría tal tropiezo por cuanto él es perfecto. Cuanto fue consumado en la cruz quedó acabado totalmente, de manera que todas aquellas personas por quienes Cristo murió en la cruz tienen completa redención por su sangre. Eso significa que Cristo murió por nosotros, de acuerdo a las Escrituras.

Tal cosa había sido profetizada en los escritos de Moisés, en los profetas, según los tipos y el antitipo propuestos. La promesa del Génesis 3:15 vino a ser cumplida como se dice en Daniel 9:24. Viendo el alma del Señor aflicción hasta la muerte, su cuerpo fue inmolado por causa del pecado, pero no del suyo sino del nuestro. En un acto judicial sin parangón, Dios cargó en el Hijo todas las iniquidades de su pueblo elegido, porque los pecados de Judas, del Faraón de Egipto, de los réprobos en cuanto a fe, de los que no tienen su nombre escrito en el libro de la vida, no fueron incorporados sobre los hombros de Jesús.

Todo aquello que fue prefigurado en los salmos, y en los demás libros del Antiguo Testamento, fue cumplido en forma puntual de acuerdo a las Escrituras. No que el pecado haya sido erradicado del mundo, porque eso es más que evidente, pero sí que fue erradicado de la carga de la prueba contra su pueblo. El acta de los decretos que nos era contraria fue clavada con él en la cruz (Colosenses 2:14), cumpliéndose el sentido de las palabras de Juan el Bautista, quien refiriera al Señor como el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo. Sabemos que ese mundo es el conglomerado de creyentes, judíos y gentiles, elegidos por el Padre desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:5,7 y11), no es el mismo mundo por el cual el Señor no rogó la noche antes de su crucifixión (Juan 17:9).

De acuerdo a las Escrituras ninguna carga de pecado puede ser traída hacia los que fuimos redimidos, ni la maldición de la ley, ni ninguna sentencia de los acusadores. En ese sentido somos más que vencedores, por causa del pecado perdonado por Cristo. El pecado es demasiada carga para la conciencia del pecador, cuánta más no la será para llevarla ante la presencia de Dios. Imposible tarea humana que fue realizada por aquel Cordero inmolado en la cruz, que recibió todo el castigo cuando le transfirieron todos los pecados de su pueblo; mal puede Dios cobrar dos veces por la misma falta. No cobrará en su justicia en forma doble los pecados, porque habiendo sido llevados éstos por el Hijo sus redimidos quedaron libres de todas las culpas. No en vano el Señor dijo que ninguno se había perdido, que todos aquellos que el Padre le daba vendrían a él, para guardarlos en sus manos y en las manos del mismo Padre, para resucitarlos en el día postrero. Y mientras tanto, mientras llegue ese día, si ocurre la muerte estaremos con él en el Paraíso. Tal promesa la hizo al ladrón en la cruz, lo cual es un aliciente para nosotros como lo fue para los apóstoles. Pablo aseguraba que el morir era ganancia porque implicaba partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor.

La humanidad toda está entre la locura y el poder de Dios, ya que los que se pierden interpretan el evangelio como necedad o como carencia de cordura, mientras los que se salvan lo entienden como el poder de Dios que hace posible la redención. Ciertamente, el Señor expió los pecados del pueblo que vino a salvar, de acuerdo con los escritos de Isaías y de Mateo, tal vez los más conocidos al respecto, pero también en consonancia con el resto de las Escrituras (Hebreos 2:17).

¿Cómo es que el Señor pudo afirmar las palabras de que ninguno se había perdido? Ninguno se perdió por causa de la eficacia de la expiación que haría al siguiente día, la cual fue consumada. Fueron palabras ciertas por cuanto los escogidos son personas específicas, conocidas del Padre, de tal forma que la deuda por sus transgresiones quedó saldada a cambio de la sangre del Cordero. Esa es nuestra gloria, la cruz de Cristo, el sitio donde se fraguó la paga por el pecado, donde fue sorbida la muerte por la vida, donde cada iniquidad pasada, presente o futura, fue cancelada de manera eficaz. ¿Habrá una gloria mejor en esta vida?

Esta seguridad tenemos de acuerdo a las Escrituras por cuanto lo que hizo el Señor no fue una posibilidad abierta para cada cual. Todo lo contrario, fue una certeza y una actualidad para cada uno de los que representó en el madero: ni uno de ellos se perderá. Jesucristo no murió por aquellos que yacen en el infierno de fuego, su sangre fue de absoluta eficacia en aquellos que el Padre le dio. De haber sido una proposición abierta a la posibilidad de la salvación, el evangelio sería tan incierto como su falso Cristo. Acá no hay nada opcional, más bien la expiación eficaz de Jesucristo hace cierto lo que alcanzó.

Pero para muchos que escuchan el evangelio de la cruz, el mensaje ha venido a ser más bien un escándalo. Se ofenden por la soberanía de Dios descrita en las Escrituras, se preguntan cómo puede Dios culpar a quienes antes ha destinado para que no crean la verdad. Como eso escapa de su comprensión asumen que tal verdad es más bien una inconsistencia bíblica, que es antes que nada una desviación de la comprensión adecuada. Sin embargo, la Biblia misma los acusa y les dice que la verdad les parece una locura a los que se pierden, pero a los que se salvan les parece el poder de Dios antes que nada.

El evangelio no es otro que el anuncio bueno para los que han sido escogidos por el Padre desde antes de la fundación del mundo, pero para los réprobos en cuanto a fe viene a ser una mala noticia. A ellos les suena a locura lo que predicamos, el anuncio lo perciben como si fuese algo irracional. Pero Dios escondió su mensaje de los sabios y entendidos, para darlo a conocer a los que no son, a lo despreciado del mundo, con el fin de deshacer lo que es. Cuando el Hijo vino habló muchas veces en parábolas para que oyendo no entendiesen; pero a los que él escogió les dijo que seríamos una manada pequeña frente a la inmensidad de los que andan por el camino ancho.

Nos queda el sabor de no caminar más nunca perdidos en el mundo, porque el Señor nos sostiene en sus manos y allí nos guarda. En una oportunidad dijo que no temiéramos, porque al Padre Celestial le había placido darnos el reino. En eso nos gloriamos también, porque nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Con todo, habrá quienes ante las declaraciones de la Escritura dirán que se sienten ofendidos, que esa palabra les parece dura de oír. Si recordamos el contexto en que Jesús hablaba con personas que tenían esa actitud, podemos tomar la interrogante que les lanzó: ¿Esto os ofende? como un buen examen para saber si andamos o no en la verdad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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