Viernes, 02 de junio de 2017

Dios no tiene quien lo aconseje ni quien enseñe a su espíritu. Jamás le ha pedido consejo a nadie, ni aprendió algún camino de juicio, pues todo lo que quiso ha hecho y todo cuanto acontece en su creación ha sido pensado de esa manera. Todas las naciones de la tierra son como una gota de aceite, a las islas las hace desaparecer como quien limpia el polvo. Como nada y menos que nada son todas las gentes delante de él; entonces, ¿qué imagen podemos hacernos de Él? Ese es el planteamiento del profeta a quien Dios le habló, dejándonos el énfasis en el hecho de que ninguna criatura puede advertir al Señor para darle un consejo, ni siquiera como una opinión. El Espíritu de Cristo no puede ser instruido por nadie, más bien él instruye a sus ungidos.

La tierra entera está llena de las obras de Dios, mostrando que ellas denuncian la sabiduría de Jehová. El firmamento y la tierra despliegan la sabiduría del Señor, hasta en la más diminuta partícula examinada. Un artista consagrado nunca queda satisfecho de su obra, siempre hubiese querido hacerla mejor; pero el Señor vio que todo lo que había hecho era bueno en gran manera. De la misma forma se exhibe su sabiduría en la demostración de su ira con poder para juzgar el pecado; esto sin importar que desde antes de la fundación del mundo haya hecho al malo para el día malo. Porque el Dios que es perfecto decreta todo cuanto ocurre en su creación, sea bueno o sea malo, sea la luz o las tinieblas; Él da vida y la quita, ordena para vida eterna o para muerte eterna. Y en las Escrituras reclama para Sí mismo la hechura de Jacob y la de Esaú, uno creado como vaso de misericordia y el otro como vaso de destrucción. Por cierto, Cristo es nombrado como la sabiduría de Dios, aunque el mundo lo entiende como locura (excepto los que se salvan). Ese Dios se propuso destruir la sabiduría de los sabios, y desechar la inteligencia de los entendidos, y parece haberlo logrado con excelencia (1 Corintios 1:19). No puede el Señor encontrar consejero alguno en medio de un mundo cuya sabiduría ha sido destruida; pero quien hizo la mente y la inteligencia ¿no tendrá entendimiento?

Hay quienes en su teología sostienen que Dios busca consejo; éstos son los que dicen que tuvo necesidad de mirar en el túnel del tiempo para ver lo que sucedería, que esa es la manera en que llega a conocer el futuro. Tal Dios busca consejo en el pensamiento de los hombres para dictárselo a sus profetas, descubre la intención del corazón humano y copia sus ideas, con el objeto de escribirlas más tarde como su plan eterno. Este es en realidad un Dios con demasiada suerte, a quien siempre le salen bien las cosas porque sus criaturas se mantienen firmes en aquello que idearon.

Suerte la de Dios porque Judas entregó al Salvador de su pueblo al tribunal que lo condenaría. Suerte, por cuanto la tendencia natural del hijo de perdición (el Iscariote) pudo haber sido otra, entregándolo mucho antes o incluso facilitando un complot para asesinarlo por otra vía. Ah, pero la suerte estuvo en que si Judas fue libre de actuar hizo exactamente lo que él mismo pensó que haría, sin cambiar una coma de sus planes, muriendo el Señor en la cruz en la forma en que los judíos y el Imperio Romano habían imaginado.

Un decreto permisivo es aquel que ordena lo que la gente quiere y se propone hacer. ¿Cómo puede esto tener certeza alguna? Los teólogos de tal proposición inicua sostienen que Dios conoce la disposición natural y la inclinación obvia del corazón humano hacia el mal. Dicen que así como las cabras y las ovejas tienden a comer monte cuando se les abre la puerta de su redil, de la misma forma el corazón humano busca el mal cuando Dios les suspende la restricción. Tal locura supone igualmente que la inclinación a la maldad hace por sí sola que se ejecute el plan humano que Dios previó en los corazones de los hombres. Como decíamos antes, es un Dios con demasiada suerte.

Porque la Escritura nos enseña lo contrario. Dios predestina aquello que ha decretado que suceda, provocando los medios necesarios para que su plan se cumpla a cabalidad. No que haya visto en el corazón humano inexistente alguna voluntad hacia el mal (o hacia el bien), sino que habiendo hecho vasos de honra también hizo vasos de ira para destrucción. Uno de esos vasos era Judas Iscariote, el cual tenía que ejecutar un guión a la letra, para que la Escritura se cumpliese. No que la profecía haya ocurrido para que la voluntad de Judas se cumpliese, sino la Escritura que fue dada a los profetas y por los profetas tenía que cumplirse.

El Señor no previó lo que haría Judas para  pronosticarlo. No hay tal posibilidad como el hecho de que el corazón humano albergue un interés ligado a una voluntad férrea que lo haga cumplir por sobre toda circunstancia. La Escritura desdice tal suposición, ya que Dios no tuvo consejero. Es decir, el corazón de Judas no pudo aconsejar a Dios, porque si Dios hubiese mirado en los corazones de los hombres para ver el futuro, entonces estos corazones hubiesen sido sus consejeros. ¿A quién le creemos? ¿A la Escritura o a la teología de las sinagogas de Satanás? Es un sinsentido afirmar que Dios está en control del mundo sin controlar cada ápice de la voluntad humana; al contrario, el Señor inclina al corazón del rey (y de cualquier súbdito) a todo lo que quiere que haga. Lo hace activamente, como lo hizo con Faraón endureciéndole su corazón. ¿No entenderemos que Esaú vendió su primogenitura porque Dios lo hubo odiado desde antes de ser concebido?

Los teólogos del permiso Dios permite deben imaginar que el Todopoderoso le dio permiso a Judas para traicionar al Señor. Todo fue idea del apóstol maligno, toda aquella saña contra el Maestro salió de él solamente, de manera que se ajustó (por suerte) a los planes de Dios. Claro está, no podía ser de otra manera, ya que el Señor del cielo y de la tierra se robó las ideas de Judas y las dio como copia a sus profetas. De esta forma, habiendo visto en el corazón del Iscariote lo que iba a hacer, confeccionó un plan ajustado a la potestad del falso apóstol. Y de esa manera Dios demostró que ganaba, que era más sabio que el judío malicioso porque pudo copiar sus planes y hacerlos Suyos. Esa divinidad no asegura nada sino que depende de sus criaturas, se aprovecha de la obstinada intención de los malhechores y cumple así sus propósitos. Esa divinidad tampoco puede salvar a nadie, a no ser que las personas acepten voluntariamente la orden de salvación. Salvación que por otro lado parece haber ideado Judas (por algo ahora lo llaman el Súper estrella), porque lo que Dios hizo fue tan solo averiguar lo que tenía en su corazón para aprovecharse de su maldad.

Con esta teoría los teólogos del permiso defienden a Dios diciendo que Él no se mete en los asuntos del mal, y lo alejan de la acusación de que Él haya hecho el pecado; pero resulta que el Dios de la Biblia no quiere que lo defiendan, sino más bien se lanza a la palestra a reclamar que Él ha hecho todo, lo bueno y lo malo, la luz y la adversidad, que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).  Uno de sus profetas aseguraba que nada malo había acontecido en la ciudad que Jehová no hubiese hecho (Amós 3:6). Pierden su tiempo los teólogos del permiso defendiendo al Dios de la Biblia, pero eso lo sabemos; de manera que ellos defienden a su propio dios, el mendigo que clama desde la cruz por un alma que se apiada de él. Ellos defienden a un dios que no salva a nadie y que tiene el infierno como trofeo por su fracaso en salvar almas. Ellos sirven a un dios que hizo un sacrificio universal pero que tiene una decepción excepcional por la cantidad de gente que se pierde. ¿Es que acaso ese dios que pudo mirar en Judas sus planes para robárselos no pudo ver en los corazones de la gente que lo rechazarían, para evitar morir por ellos?

La Biblia insiste en la actividad divina en los asuntos tenebrosos. Dios les envía un espíritu de error (2 Tesalonicenses 2:11) para que crean en la mentira a los que no creyeron en la verdad y sean de esta forma condenados. ¿Quiénes son estos que rechazan la verdad? Son aquellos que se amotinan pensando vanidad, los que consultan contra Jehová y su ungido, los que dicen: rompamos sus coyundas y echemos de nosotros sus cuerdas. Ah, pero el que está en los cielos

se reirá de ellos, sí, el Señor se burlará de ellos (Salmo 2:1-4).

¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza, y los burladores desearán el burlar, y los insensatos aborrecerán la ciencia? Volveos a mi reprensión: He aquí yo os derramaré mi espíritu, y os haré saber mis palabras. Por cuanto llamé, y no quisisteis: Extendí mi mano, y no hubo quien escuchase; antes desechasteis todo consejo mío, y mi reprensión no quisisteis: También yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia (Proverbios 1: 22-26).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:25
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