Mi?rcoles, 31 de mayo de 2017

Muchas personas argumentan que el evangelio simple salva a quien lo cree, que no es necesario ser un docto en asuntos de la Biblia. Asimismo, agregan que conocer temas relacionados con los decretos de Dios, la predestinación, la aparición del pecado en el mundo, la soberanía absoluta de Dios, son asuntos de gran envergadura intelectual. Por tal razón, alegan, hay un evangelio simple para los no entendidos en la temática compleja de la teología. Por supuesto, ese evangelio simple tiene como característica fundamental la expiación universal. Ellos suponen que pasar de esta comprensión de la salvación universalista hacia una redención particular, limitada a los elegidos del Padre, es materia de alto calibre intelectual.

Bueno, con ese criterio quedan desnudos de Cristo, los que así piensan. En realidad, el evangelio de Jesucristo es el que él mismo anunció; de allí que quien no cree lo que Cristo dijo no cree su evangelio. El Señor vino a enseñar la doctrina de su Padre, de manera que no hay excusa para ignorar sus enseñanzas. Mucho menos se puede ignorar quién es la persona del Salvador, ni tampoco es posible dudar acerca de su obra, si se alega que se es creyente. Conviene examinar lo que el Señor dijo, lo cual fue recogido en los evangelios y en los demás libros del Nuevo Testamento, esto sin olvidar que el Antiguo Testamento también nos habla de sus palabras, de sus actos y de sus profecías. Entonces, un creyente debe mirar todo lo que la Escritura enseña acerca del Señor que lo ha salvado. De allí que decir que existe un evangelio simple, el cual se desentiende de la expiación específica que el Señor hizo por su pueblo, frente a un evangelio complejo que implica creer cosas de las cuales no estamos exigidos, es torcer sutilmente el mensaje de salvación.

Ciertamente, todo lo que se pide es creer en el Señor Jesucristo para ser salvo, se pide arrepentimiento y creer en el evangelio como garantía de la salvación. Eso es el evangelio simple, pero allí no se encuentra por ningún lado el tema de la expiación universal. Más bien, quien proponía tales palabras y discursos no obvió en relatar la limitación de lo que hacía. El Señor no rogó, no quiso rogar, por todo el mundo; solamente pidió por los que el Padre le dio y por los que habían de creer por la palabra de ellos. En esta simple frase de una plegaria que hizo la noche previa a su martirio, el Señor dejó bien claro varias cosas: 1) que rogaba solamente por los que el Padre le daba. Acá se incluyen todas las ovejas de su prado; 2) que dejaba por fuera de la expiación que haría al siguiente día en el madero al resto de personas que el Padre no le daría, éstos son el conjunto que comprende el término mundo (Juan 17:9).

Pero hay otros textos donde el Señor habla que también señalan al mismo sentido. En una oportunidad les dijo a un grupo de discípulos que lo seguían día y noche que nadie podía ir a él si el Padre no lo traía. Esto lo repitió varias veces, asunto que enfadó a los que tales palabras oían. Por esa razón comenzaron a murmurar diciendo que las palabras del Señor eran duras de oír, si bien Jesús les preguntó si sus palabras le ofendían. En otra oportunidad le dijo a un grupo de judíos que ellos eran de su padre el diablo (de manera que no eran de los que el Padre le daría); les dijo a otro grupo que ellos no podían ir a él porque no eran de sus ovejas. Y a los apóstoles les aseguró que él los había escogido a ellos y no ellos a él.

¿Quién en su sano juicio, en su simple intelecto, no puede comprender por estas palabras del Señor que solamente es posible ir a él si el Padre así lo dispone? ¿Quién se abroga el derecho de decir lo contrario, como si no contrariara su palabra? ¿O quién puede decir que Dios no escogió desde antes de la fundación del mundo a los que habrían de ser sus seguidores, basado solamente en el afecto de Su voluntad? Porque esas son las palabras escritas en Romanos 9, irrefutables, específicas, que también forman parte del evangelio simple. ¿Cómo negar que la salvación no es por obras de hacer o dejar de hacer, sino de pura gracia? ¿No dice la Escritura en forma simple y plana que fue antes de hacer bien o mal que el Señor escogió a Jacob para amarlo y a Esaú para odiarlo?

La Escritura hace énfasis en el hecho de que no es por obras que el Padre haya visto o previsto, pues no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios en toda la tierra. Antes, la humanidad entera murió en delitos y pecados, de manera que no hay quien haga lo bueno. Por esta información adicional también entendemos que es imposible que Dios haya escogido a alguien para amarlo basado en el hecho de que pudiera ver algo bueno en su corazón. ¿Acaso esto es alta teología, complicado conocimiento que escapa del evangelio simple?

Creemos que esta doctrina del Señor fue abiertamente enseñada por él y fácilmente comprendida por quienes le creyeron. Asimismo fue enseñada por los apóstoles y demás escritores bíblicos, nunca elevada al grado de misteriosa enseñanza, como si se esperara alcanzar niveles complicados en el aprendizaje de algo esotérico. Los que no creen que la única esperanza de salvación se encuentra en la persona y el trabajo de Jesucristo, se apoyan en el propio esfuerzo como única esperanza. Así les sucedía a muchos judíos en la época apostólica, los que ignorando la justicia de Dios que es Cristo buscaban proponer la propia justicia de hacer y de no hacer.

La expiación en la cruz es la parte esencial por excelencia del evangelio. ¿Cómo puede alguien creer el evangelio y desconocer la intención de su Autor y el trabajo de Jesucristo? Pensemos por un momento en que alguien dice creer en Jesucristo pero entiende que no es el Hijo de Dios, sino sólo un profeta o un hombre sabio. Esa creencia no lo redime porque ignora a Cristo mismo. De igual forma se ignora al Señor desconociendo su trabajo en la cruz, la efectividad de su obra en los que representó en el madero.

El mismo Señor advirtió a sus seguidores que errarían si ignoraban las Escrituras; nos recomendó a examinarlas porque suponíamos que en ellas teníamos la vida eterna. No basta con decirle Señor, Señor, si no hacemos lo que nos manda y ¿cómo lo haremos si no sabemos lo que nos ha encomendado? Muchos le dirán que ellos fueron creyentes, que hicieron señales en su nombre, que echaron fuera demonios, pero el Señor les responderá que nunca los conoció. Es decir, que nunca tuvo comunión con ellos, por cuanto ciertamente el Señor conoce a los que son suyos.

El argumento populista de la muerte universal del Señor establece a un Cristo incapaz de redimir a una sola persona. Ese falso Cristo no salva a nadie porque pretendió salvar a todos sin excepción, quedándose a la espera de que los hombres muertos en delitos y pecados levanten una mano o den un paso al frente. Si están muertos en el espíritu necesitan recibir vida antes de que manifiesten creer en él; pero solamente el Espíritu da vida a los que quiere darle, a los que el Padre le envía para tal fin. Y esto lo hace por la vía del verdadero evangelio y no por el engaño a que somete el falso.

Se dice que uno puede tener fe pero la Biblia asegura que no es de todos la fe y que ella es un regalo de Dios. Entonces, si muchos son los que se pierden (en palabras del Señor) es porque a esos muchos no les ha sido dada ni la fe ni el arrepentimiento para salvación. Se le puede preguntar a Dios la razón por la cual inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad; es decir, se le puede interrogar por qué inculpa a quien no ha recibido ni la fe ni el arrepentimiento para perdón de pecados. La respuesta que se recibe de la Escritura ha sido ya esgrimida, que el Señor a quien quiere endurecer endurece, pero tiene misericordia de quien quiere. Si no depende del querer ni del correr, ¿cómo se puede decir que Dios previó quien le seguiría y quien le rechazaría, ya que nadie busca al verdadero Dios?

Claro está, el falso evangelio asegura que muchos buscan a Dios y lo siguen, pero ese es otro dios, uno creado a imagen y semejanza humana. No es el Dios de la Biblia que asombra por su poder soberano, que solo llama eficazmente a quienes ha elegido de acuerdo al propósito eterno de su voluntad. La pregunta que el Señor le dirigió a un grupo de discípulos es la misma que cabe hacer en este momento: ¿Esto os ofende? La respuesta que demos testificará acerca de en quien hemos creído.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:32
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios