Martes, 30 de mayo de 2017

La vanidad de la muerte del Mesías descansa en la presunción de la expiación universal. Si Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, el fracaso ha sido inminente. La expiación se entiende como la satisfacción por medio del pago para lograr un rescate. La expresión Consumado es, cuando el Señor expiraba en la cruz, nos instruye acerca de la cualidad del trabajo hecho; la palabra pronunciada es en griego Tetelestai y nos deja la idea de algo que ha sido hecho perfecto, alcanzado, llegado a su fin último. De manera que a este trabajo de Jesucristo con su vida en la cruz no se le puede añadir ni un ápice de parte nuestra.

Por lo tanto, siendo el trabajo del Hijo de Dios una obra perfecta, debe entenderse perfecto el objetivo alcanzado. Si el Cordero de Dios expió los pecados de cada ser humano en la tierra, cada ser humano ha alcanzado la redención eterna. Por eso el infierno deja de tener sentido y todo lo que habló Jesucristo al respecto sería una mentira muy grande. Pero como no todo el mundo cree en el Señor, ni todo el mundo recibe el evangelio con agrado, se presupone que lo que enseñó respecto al infierno es verdad; este razonamiento nos conduce a asumir que la teología que enseña la expiación como un hecho universal está errada.

Más allá de la suposición lógica derivada existen pruebas bíblicas en relación a la expiación que el Señor hizo exclusivamente por su pueblo. La noche previa a su muerte el Señor agradecía al Padre por los que le había dado y por los que creerían a través de la palabra de aquéllos. En esa misma plegaria dijo expresamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9), de manera que no pudo morir en sustitución de aquellos por los cuales no rogó. De igual forma, en sus enseñanzas nos dejó claro que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara a la fuerza. Nos dijo que él nos había escogido a nosotros y no nosotros a él, que los que no podían ir a él no lo hacían porque no eran parte de sus ovejas. De manera que el mundo amado por Dios es el mundo de sus elegidos, los cuales se han descrito como el Jacob de Dios; en cambio, existe un mundo odiado por Dios, el conglomerado de los Esaú del planeta.

Tal amor y tal odio han comenzado desde antes de la fundación del mundo, mucho antes de que nosotros hubiésemos sido concebidos. Estos dos grupos de personas demuestran el propósito eterno de Dios en relación a su amor y a su odio, en relación a la eternidad y destino de la humanidad. La Biblia testifica al respecto cuando dice que antes de hacer bien o mal Jacob y Esaú fueron escogidos para fines diversos, sin importar su genética, ni sus obras (buenas o malas), sin respeto a su opinión o voluntad. De hecho, aunque el hombre peque voluntariamente no garantiza la independencia de la criatura respecto al Creador. El infierno no es un monumento al fracaso del Dios que intenta conducir al cielo a una multitud rebelde, es ante todo un lugar donde Dios demuestra su ira y hace notorio su poder contra los que cometen pecado. En realidad Dios ha decretado todo cuanto acontece, incluyendo el pecado en Lucifer, en Adán y en el resto de los seres humanos y angélicos que se dan a su práctica por comisión o por omisión. Así lo ha dicho expresamente en su palabra: de quien quiere tiene misericordia, pero endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9).

Pablo dijo que no desechaba la gracia de Dios, porque si por la ley fuese la justicia por demás murió Cristo (Gálatas 2:21). El propósito eterno del Padre ha sido glorificarse en el Hijo, a quien ya había preparado como Cordero para la expiación de quienes eligió antes de la fundación del mundo. Por esa gloria Adán tenía que pecar y no podía obstaculizar el plan de Dios. De esta forma entendemos que el pecado entró por un hombre, por Adán, pero no por algún error divino ni porque Dios lo permitiera contra Su propia voluntad. Más bien hay que interpretar con la Escritura que fue la voluntad de Dios que el pecado entrara para que el Cordero pudiera actuar en consecuencia: Conforme a la determinación eterna, que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor (Efesios 3:11).

¿Por qué muchos pecadores permanecen sin fe ni arrepentimiento? La respuesta bíblica nos asegura que esto es así porque la voluntad de Dios así lo ha querido. A los egipcios Dios les indicó que aborrecieran a su pueblo y contra ellos pensaran mal, así como hará en los corazones de la gente para que ejecuten lo que Él quiso, que se pongan de acuerdo y den el reino a la bestia, hasta que sean cumplidas las palabras de su profecía (Apocalipsis 17:17). Esto tiene que ser de esta manera porque Jesucristo no murió por esa gente que Dios ha endurecido hasta el final de sus vidas; bien es cierto que muchos pueden preguntarse la razón por la cual Dios inculpa, ya que nadie ha podido resistir a su voluntad. Pero la respuesta no ha sido otra sino que Dios es soberano y hace como quiere, que nosotros somos criaturas formadas del barro y moldeadas en las manos del Creador, que no tenemos la potestad de altercar con Él.

La reacción a este planteamiento bíblico es un síntoma de lo que somos. Como dijo Pablo, cada quien examínese a sí mismo para ver si está en la verdad. La justicia viene por la vía del cumplimiento de la ley de Dios, pero ninguna persona ha podido cumplirla a cabalidad por lo cual se ha hecho culpable del desacato de todos sus mandatos. Solamente el Hijo de Dios pudo cumplirla en forma perfecta, por lo cual ha sido llamado la justicia de Dios. El ha sido denominado también nuestra Pascua, en cuya sombra reposamos todos aquellos por quienes se sacrificó en la cruz. Este es el sentido que expone Pablo en su carta a los Gálatas, que si la justicia es por la ley por demás murió Cristo.

Ninguna persona puede añadir nada a la justicia perfecta de Jesucristo, ni siquiera su fe. La fe también es un don de Dios y no es de todos los hombres el tenerla. Tal vez resulte más lógico preguntarse por qué Dios inculpa, si no le da a todos fe y arrepentimiento, antes que cambiar el sentido de las palabras de la Escritura. No se puede decir que la expiación del Señor sea universal (para toda la humanidad sin excepción) a no ser que se tuerzan las palabras de lo que ha sido escrito en la Biblia.

Dos tipos de trabajo se confrontan para alcanzar el favor divino: 1) el trabajo del Mesías en la cruz en favor de su pueblo (Mateo 1:21); 2) el esfuerzo humano en proponer su propia justicia (Romanos 10: 3; Romanos 9:16). El primero ha sido un trabajo divino pero el segundo es evidentemente un trabajo satánico, inspirado en el pozo del abismo, en conjunción con el hombre caído. Este último deshonra la sangre del propiciatorio, al pretender dar la victoria al esfuerzo del pecador. Resulta evidente que el esfuerzo final del pecador es lo que hace la diferencia entre cielo e infierno, en este esquema de la salvación por obras. A este grupo pertenecen aquellos que hablan de la predestinación de Dios diciendo que Dios hizo todas las cosas posibles, que Él es el que nos ha dado la oportunidad de la salvación, pero que al hombre le toca la última palabra, la decisión, el paso al frente, la oración de fe, levantar la mano, decretar la victoria, etc. Lo que está demás no es la muerte de Cristo sino la alabanza a un dios que no puede salvar.

Muchos confiesan con sus labios lo que su corazón rechaza, enseñando preceptos humanos (Mateo 15:8-9). Son muchos los textos que nos refieren al sufrimiento del Señor por su pueblo. Isaías nos dijo que el Mesías cargó nuestras iniquidades, nuestro sufrimiento, que el castigo de nuestra paz fue sobre él. Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros (los que el Padre eligió), porque no cargó el pecado del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). El Señor fue llevado como cordero al matadero, como oveja enmudeció, pero su generación no la podemos contar (he allí su victoria al alcanzar a todo el pueblo de Dios y cumplir la encomienda que le dio el Padre). Fue cortado de la tierra de los vivientes y herido por la rebelión de mi pueblo (Isaías 53: 8). Esa era la proposición decretada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20) por lo cual el Señor vino a cumplir su cometido (Mateo 1:21). Ese siervo justificaría a muchos (Isaías 53:11), que no a todos, por cuanto él quitaría el pecado del mundo (Juan 1:29), pero no de aquellos que mueren en sus transgresiones, porque no podría suceder que habiendo muerto el Señor por esos pecados esa gente acarreara condenación eterna. Más bien, Juan el Bautista se refiere al mundo judío y gentil como conglomerado de su pueblo, el que vino a salvar, el de sus elegidos.

Los sacrificios del Antiguo Testamento eran ofrecidos a Dios solamente en razón de la gente que los ofrecía, gente del pueblo de Israel; pero ahora Juan el Bautista ve venir al Cordero de Dios que quita el pecado o los pecados del mundo, el universo conformado entre judíos y gentiles. Ah, pero no de cada uno en particular sino de cada uno de los que Dios ha elegido para vida eterna. Así lo aclara Pablo cuando dijo que en Isaac sería llamada descendencia, no referido a cada israelita por ser de Israel; mas siendo Pablo apóstol de los gentiles se entiende que también éstos fueron llamados como descendencia de Isaac por el endurecimiento de Israel. ¿Cuál es esa descendencia o semilla que sería llamada en Isaac? ¿No fue Jesucristo esa simiente bendita? Y lo que se propuso para los judíos se propone para los gentiles, que no todos los gentiles serán salvos sino los que son de la semilla de Isaac (porque de los dos pueblos hizo uno).

Concluimos que Jesucristo no murió en vano sino que su muerte fue eficaz en todos aquellos que representó en la cruz, judíos y gentiles, el mundo por el cual se sacrificó. Hacer extensiva la muerte del Señor a los que mueren en sus delitos y pecados no engrandece su obra sino que la hace vana. Quienes así actúan acarrean las plagas de los que no permanecen en la doctrina del Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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