Lunes, 22 de mayo de 2017

Cuán difícil es convencer a alguien de estar en algún error doctrinal, cuán serio es andar desviado de la doctrina de Cristo. Las Escrituras presentan la justificación como un estado judicial antes que como un estado práctico del creyente. Somos justificados por medio de la fe en Jesucristo inmediatamente que hemos llegado a creer, sin que medie proceso alguno, sin que haya medición gradual. El hombre público que recaudaba impuestos entró al templo a pedir misericordia ante el Señor y salió justificado de inmediato; Jesús aseguró que el que oye a su palabra y cree al que lo envió tiene vida eterna, y nunca vendrá a condenación (Juan 5:24).

El pecador llamado por Dios es declarado justo, aunque no es hecho justo. Dios como Supremo Juez nos mira a través de Su Hijo por lo cual nunca más se acuerda de nuestros pecados. Nuestra justicia deriva de la de Jesucristo, toda vez que nuestros pecados fueron cargados en el Señor cuando los expió en la cruz. Hubo un intercambio entre el Señor en la cruz y las ovejas que le fueron dadas por el Padre; él tomó nuestros pecados y pagó por ellos, nosotros recibimos la justificación de su persona y de su obra, ya que él mismo ha sido llamado Justicia de Dios.  Mas de Él sois vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación, y redención (1 Corintios 1:30). La palabra que traducen por justificación es en realidad justicia, en el griego es δῐκαιοσνη,  (dikaiosunē) que traduce justicia y equidad.

Si la justicia de Dios es perfecta y si el Cordero de Dios consumó todo en la cruz, no queda nada por añadir. Ni siquiera la fe es un don nuestro sino de Dios, de manera que el hecho de creer depende exclusivamente del Creador. Pero el hombre sigue siendo responsable por haber amado más las tinieblas que la luz, por haber entrado en disonancia con la ley divina que guarda cada corazón humano. La falsa enseñanza del libre albedrío ha llevado al hombre más lejos de Dios, haciéndolo creer que en el hombre reside autonomía, que reposa en el ser humano el centro de toda medición, de manera que es potestativo de cada uno el ir o no ir a Jesucristo.

Nada más lejos de la realidad del espíritu, porque el Señor lo dijo en muchas ocasiones. Recordemos que subrayó que había sido él quien nos había escogido y no nosotros a él, que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo llevare. Fue el Señor quien oró diciendo que no pedía por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado (Juan 17:9). Y si por gracia, dijo Pablo, ya no es por obras; de otra manera la gracia no sería gracia (Romanos 11:6).

El hombre es justificado sin las obras de la ley, conviene pues dejar las obras humanas como añadido a la justicia de Cristo. La doctrina y la liturgia de las obras están apartadas de la verdad de la justificación por medio de Jesucristo: el hacer bien o el dejar de hacer mal no salva a nadie. Hacer buenas obras y dejar de hacer lo malo es una consecuencia de la redención en el creyente, nunca una condición exigida. Imposible para el hombre sacar del engaño a quien milita en el evangelio diferente, pero no imposible para Dios. Cuando Él llama toda oveja oye su voz y sigue al Buen Pastor, ya no se irá más tras el extraño porque desconoce esa voz.

Nosotros no podemos desechar la gracia de Dios, porque si por la ley fuese la justicia por demás murió Cristo. Estamos llamados a no ser amigos de la religión falsa, a no decir bienvenidos a aquellos que andan fuera de la doctrina de Cristo. Y quien no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Aquella persona que oye la voz del Señor y reconoce que está en el otro evangelio debe huir de esa Babilonia, no quedarse a reformarla. Fue el Señor quien dijo: Salid de ella, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

De algunos el Señor del cielo y de la tierra ha escondido las cosas de su soberanía, en especial de aquellos que son sabios y entendidos, pero las ha revelado a los niños (a otros). Nada puede recibir ningún hombre a no ser que le haya sido dado del cielo (Juan 3:27), y si el evangelio está encubierto lo está en los que se pierden; el dios de este siglo les ha cegado el entendimiento a los incrédulos. Pero si alguno oye la voz del Señor, la palabra de vida dice que se amiste ahora con Él para que le venga bien y tenga paz.

La voluntad divina ha sido someter la creación a vanidad por causa de aquel que la sujetó a esperanza. El hombre en consecuencia está totalmente depravado, de manera que cuando Dios llama a sus elegidos ellos acuden de inmediato, en virtud del llamado eficaz. No hay tal cosa como un estado intermedio de espera, de aprendizaje, de estar con Cristo y seguir al extraño al mismo tiempo. El llamado eficaz es sobrenatural, dispone la voluntad del que ha sido llamado para que deseosa siga al Buen Pastor. En ese momento de la regeneración Dios le da un corazón nuevo, le concede a su elegido arrepentimiento y fe; el nuevo creyente conoce quien es su Salvador y jamás seguirá al extraño, jamás profesará un falso evangelio, jamás rogará a un dios que no puede salvar.

La naturaleza pecaminosa es de tal magnitud, que sin ser eliminada continúa seduciéndonos al pecado. Podemos llegar a sentirnos miserables por momentos, queriendo hacer el bien pero sin hacerlo del todo, odiando hacer el mal y haciéndolo, sin embargo. Por ello sabemos que no podemos perseverar hasta el fin si el Señor no nos preserva hasta el fin. El apóstol Pedro nos lo confirmó cuando escribió:  Para nosotros que somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo (1 Pedro 1:5).

Los que contienden contra la soberanía de Dios pelean contra Dios, no contra los que anunciamos su palabra. Sus consecuencias tendrán inevitablemente, pero insistimos que aunque parezca difícil hacer salir a alguien del error doctrinal continuamos anunciando la doctrina del Señor. Tal vez alguien oiga el anuncio, tal vez alcance el beneficio de la salud de Cristo. De todas formas, la palabra no volverá vacía sino que hará aquello para lo que fue enviada. En unos procura salud, pero en otros endurecimiento.

Ciertamente nadie podrá oír el anuncio si el brazo de Jehová no se ha manifestado sobre él (Isaías 53:1). Estos entenderán doctrina, la que proviene del oír la palabra de Dios, el reporte del evangelio de Cristo, por cuanto han sido preparados por el Padre como terreno para la buena siembra. Podemos hablar a los oídos de los hombres, podemos exhibir la doctrina expuesta por el Señor, pero hasta que él no abra el corazón para entender todo seguirá siendo niebla.

Los judíos son un claro ejemplo de lo que acá se dice, que muy a pesar de tener los libros de la ley, de haber sido enseñados durante generaciones por sus maestros y doctores, han sido dejados de lado, han sido endurecidos para beneficio de los gentiles. Pero no todos los gentiles son llamados, no todos los llamados son escogidos; por eso feliz tres veces el que ha sido llamado y perdonado,  y cuyos pecados le fueron cubiertos en la cruz.

Más allá de que Jesús pueda ser visto en un plano ético, de que sus enseñanzas maravillen a muchos y que la sociedad pueda mejorar su conducta si escudriña en sus mensajes, el Señor vino a sanarnos de las heridas del error, a levantar de la muerte a los que están muertos en delitos y pecados. Sin embargo, no lo hace con todos sino solamente con los que el Padre le dio (porque nadie puede ir a é si el Padre no lo lleva, y al que es enviado por Dios no lo echa fuera). La Biblia es el libro que muestra al Dios Redentor, que ha enviado a Su Hijo para morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ella encierra la historia de la redención del hombre escogido para salvación, pero exhibe también la historia del hombre reprobado para sufrir la justicia y la ira de Dios por su pecado.

No podemos tomar una sola parte de ella negando la otra, porque llamaríamos bueno a lo malo y a lo malo bueno; tenemos que reconocer que Dios es soberano y que horrenda cosa es caer en sus manos. Que mejor hubiese sido no haber nacido que ser enviado al castigo eterno; por eso se sigue anunciando que si alguno oye su voz no se detenga, sino que lo busque mientras pueda ser hallado. Sin duda que el llamado eficaz del Señor hará brincar de alegría al beneficiario de su amor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:03
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