Viernes, 19 de mayo de 2017

El libro de Romanos nos enseña en su primer capítulo que existe una rebelión ética en el hombre natural. Toda la humanidad ha conocido a Dios, al de la creación, al de la justicia y al del castigo por el pecado. Ya en el capítulo dos se anuncia que la ley de Dios fue escrita en los corazones de los hombres, pues los gentiles que no tienen ley (la de Moisés) muestran que dicha ley está escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente sus conciencias, acusándolos o excusándolos sus pensamientos.

Cuando la Escritura describe el conocimiento de Dios que viene por gracia, éste siempre llega acompañado de obediencia y santidad. Sabemos que lo conocemos a él si guardamos sus mandamientos (1 Juan 2:3). Ese conocimiento especial acerca del Señor se vincula por fuerza a la ética, pero siempre ésta como una consecuencia de lo anterior. Jamás la ética puede ir como distinción previa al conocimiento de Dios, por cuanto existe en forma innata una rebelión ética en cada hombre natural. Lo que de Dios se conoce Dios se lo manifestó a los hombres; su eterna potencia y divinidad se dejan ver desde la creación del mundo. Esto hace inexcusables a los hombres, quienes después de haber conocido a Dios no lo glorificaron ni le dieron gracias, sino que se desvanecieron en sus pensamientos.

El capítulo tres de Romanos asegura que como consecuencia de este entenebrecimiento ético no hay justo ni aún uno sobre la faz de la tierra, no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios. La boca de la humanidad está llena de maledicencia y amargura, con su garganta como un sepulcro abierto, teniendo veneno de áspides debajo de sus labios. Para que haya el cambio en la adoración al Dios verdadero urge el trasplante de corazón del cual hablara el profeta Ezequiel. Si no ocurre tal trasplante, el corazón del hombre seguirá siendo engañoso más que todas las cosas y sin que nadie lo comprenda.

Isaías dijo que por su conocimiento salvará el Siervo de Dios a muchos. Ese conocimiento que salva es bidireccional. Por un lado Dios conoce a los que son suyos, Dios nos conoció desde antes de la fundación del mundo. Este conocer de Dios equivale al amor divino, porque no se trata de una epistemología sino de una comunión. Por otro lado, ese conocimiento que salva nos permite conocer (epistemológicamente) a Dios, al igual que lo conocemos en el sentido de la comunión. En el momento de la regeneración (o del trasplante del corazón) conocemos a Dios, lo cual perfecciona el doble sentido expresado por el profeta en referencia al Hijo de Dios.

Se desprende del análisis que el que no ha sido regenerado tiene solamente un conocimiento general que testifica ante su conciencia, porque conoce la ley de Dios escrita en su corazón y conoce a Dios como Autor de la creación. Pero ese conocimiento (pura epistemología general) no regenera, no salva a nadie. Su signo de perdición es la ética que se deriva de ese conocimiento de la ley divina y su desobediencia generada como parte de la rebelión del corazón. Pablo dijo: yo no conociera la concupiscencia si la ley no dijera no codiciarás (Romanos 7:7). Ciertamente, si la ley de Dios está escrita en el corazón del hombre, entonces éste sabe lo que implica el mandato de no codiciar. El signo del impío es la rebelión ética, una consecuencia del rechazo a la verdad.

Satanás es un claro ejemplo de alguien que conoce la existencia de Dios, sus atributos y su pureza. Sin embargo, al rechazar la verdad de Dios (queriendo ser semejante al Altísimo) entra en rebelión ética de puro corazón.  El hombre caído en el pecado, quien se da a la tarea de la adoración idolátrica y a una práctica de conducta inmoral, es otro claro ejemplo de andar en claro desacato a la ley de Dios, la cual está escrita en su corazón. A todos los impíos se les ocurre la misma pregunta retórica, en disimulo del conocimiento del Señor, diciendo en su corazón las palabras del Faraón: ¿Y quién es el Señor para que yo escuche su voz y deje ir a Israel? No conozco al Señor y no dejaré ir a Israel (Éxodo 5:2). Porque el hombre no regenerado niega el conocimiento general que tiene de Dios y de su ley, por pura rebelión ética.

La futilidad de Lucifer al querer ser semejante a Dios la repite cuando prueba al Hijo en el desierto. Todo esto te daré si postrado me adorares, expresión que devela suma ignorancia al pretender que el Creador de todo cuanto existe adore a la criatura. La soberbia vuelve a los seres necios hasta llegar a grados insospechados; de la misma forma, conocer a Dios y sus mandamientos y rebelarse en consecuencia es en demasía necedad. El necio en su corazón ha dicho que no hay Dios (Salmo 14:1), por lo tanto se ha corrompido y ha hecho obras abominables. La inteligencia humana, como la angélica en los seres caídos del cielo, se ha vuelto irracional. Aunque puedan mostrarse radiantes en el sentido intelectual, su práctica cotidiana relacionada con el mundo del espíritu es en demasía irresponsable.

La verdad no se fuga por completo de la conciencia del impío, como tampoco se ha ido de la mente de Satanás y los demonios. A ratos se sirven de ella para torcerla, para persuadir, para mostrar apariencia de piedad, como hicieron los viejos fariseos y como hacen los modernos falsos maestros. Satanás sigue siendo un sofista que subvierte el sentido de la norma, de la verdad revelada, engañando a las mentes rebeldes contra Dios. Donde la Escritura dice que la gracia sobreabundó ante la inmensidad del pecado, Satanás sugiere que pequemos más para que la gracia siga abundando. Esa es su lógica y así ha inspirado viejas filosofías: comamos y bebamos que mañana moriremos.

Envuelto con humo está el orgulloso, que enloquece acerca de cuestiones y contiendas de palabras, y el diablo está consciente de su obra. De esta forma hincha más el orgullo y vanidad del hombre impío, quien utiliza los instrumentos del raciocinio para el servicio de la rebelión ética. El evangelio vino como la luz del mundo pero permanece escondido en los que se pierden. En ellos, el dios de este mundo cegó el entendimiento porque no creen, para que no les alumbre ni Cristo ni su glorioso anuncio.

Este es el dominio de Satán, un mundo donde se infla el orgullo humano, donde se exalta la libertad del hombre -que no es otra cosa que la pretensión de independencia del Creador. Pero es Dios quien se burla del impío diciéndole que para eso mismo ha sido creado, para mostrar en él la gloria y el poder de su ira y su justicia, ya que para eso Dios mismo ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Uno puede llegar a admirar la aversión de los hombres hacia Jesucristo, quien es el único remedio para sus males, pero esa admiración se torna en lamento de inmediato. La retórica de la predicación se hace insuficiente para cambiarle las vestiduras al alma humana, a menos que Dios opere la regeneración que garantiza fe y arrepentimiento para perdón de pecados.

Uno de los métodos de Satanás para mantener las almas cautivas en su paraíso obscuro, consiste en excitarlos a tener el interés de sus vidas colocado en hacer la voluntad que dicten sus afectos naturales. La rebelión ética se impone en su universo de tinieblas, bajo la aureola de la libertad de acción. Sin restricciones se proporciona rienda suelta al entendimiento del mal, objetivo anunciado y garantizado en el Edén cuando tentaba al hombre: Y seréis como dioses, conociendo el bien y el mal. Parece ser que sus discípulos conocen el mal a perfección y el bien solamente lo distorsionan. Y como príncipe celoso, Satanás mantiene en cautividad a las almas incrédulas, nublando el entendimiento que puedan tener.

Resignado a que Dios no comparte su trono con él, a que el Hijo no lo admira ni adora bajo ningún respecto, Satanás se conforma con aprisionar a sujetos inferiores a él en poder, en razón y en conocimiento. De esta forma, la voz del evangelio pareciera expandirse en el desierto, sin que nadie la escuche, mientras nosotros interrogamos a Dios como lo hizo Elías: ¿Solamente yo he quedado? Hay muchos que no ven la belleza de Cristo y no sienten necesidad de él; en ellos el evangelio parece estar escondido.

Satanás, queriendo ser Dios ha llegado a ser dios de este mundo. El se ha dado a sí mismo el honor de un tirano sobre las masas engañadas, como cuando un demagogo ofrece mucho, da poco y finalmente quita todo. Vasto es su imperio, múltiples son las almas cautivas, gobierna con un tercio del poder angelical del cielo que se vino con él, pero su mejor manera de subyugar a los presos es cegándoles el entendimiento. De esta forma no les resplandece la luz del evangelio de Cristo. Y como les ha vendido a muchos la idea de que Dios no existe, o que él mismo tampoco existe, la ética humana aparece como una demostración de la rebelión hacia el Creador. En los otros, en aquellos que aceptan tener el conocimiento general de Dios, los seduce con el arte de la interpretación privada. De esta forma se garantiza fidelidad por medio del hacer creer una cosa diferente a la verdad; el engaño es su artilugio y por medio de él oscurece la mente humana para conducir a sus esclavos a la más patente rebelión ética contra Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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