Viernes, 12 de mayo de 2017

Una gran premisa se levanta en relación a la salvación del mundo, que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. Una maravilla de oferta, un alentador enunciado para el alma sedienta y para el espíritu hambriento del pan de vida. Eso lo escribió Pablo en su carta a los romanos, pero de inmediato se hizo una serie de cuestionamientos en relación a esa invocación: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

Resalta del texto la importancia suprema de la predicación del evangelio de Cristo, para que puedan oír; se supone que cuando se oye ese evangelio se brinda la posibilidad de creer a los elegidos para tal fin; de igual forma, los que llegan a creer podrán invocar el nombre del Señor. Por esta razón, Pablo nos asegura que la fe viene por el oír, a través de la palabra específica de Dios. El vocablo griego usado es ῥῆμα rhēma, no es logos, refiere a una palabra más específica. Es como si dijera por la palabra diciente, específica, particular de Dios.

En otros contextos, el mismo apóstol asegura que sin fe es imposible agradar a Dios, que no es de todos la fe, que la fe es un don de Dios. Volvemos al círculo, si la fe es un regalo de Dios (y no la da a todos por cuanto no es de todos la fe), solamente es posible agradar a Dios por medio de Dios mismo. El es al autor de la fe, el que la garantiza, el que la consuma o la hace perfecta y eficaz. La fe auto provocada no agrada a Dios porque ella sería un trabajo humano. Judas Iscariote creyó que había hecho mal, creyó que había entregado a un hombre inocente, creyó que debía arrepentirse. El procuró demostrar arrepentimiento devolviendo el dinero obtenido por la traición hecha, incluso llegó más lejos en su dolor al suicidarse. Esa fe (si pudiera llamarse de esa manera) fue auto gestionada pero de nada le servía. Podemos colocar otro ejemplo con Esaú. El vendió la primogenitura y después procuró arrepentimiento con lágrimas, pero de nada le sirvió. Ambos personajes son referencia de la reprobación de Dios, hijos de perdición, no amados por el Señor. Fueron sujetos a su providencia, por cuanto Dios hace salir el sol sobre justos e injustos, además de que Él provee para que se logre el fin que se ha propuesto desde los siglos. En el caso particular de Judas Iscariote, nosotros sabemos por la Escritura que tenía que cumplir aquello para lo cual había sido creado. Lo mismo puede decirse de Esaú, quien también retribuye gloria a Dios a partir del castigo por su injusticia.

¿Pero no es Dios quien ama y quien odia desde la eternidad, quien elige en base a su propósito eterno quién será vaso de honra y quién será vaso de deshonra? Si es así, como lo indican las Escrituras, ¿por qué inculpa? ¿Quién puede resistirse a cumplir su voluntad? ¿Tendrá alguna potestad el vaso sobre el alfarero, o el hacha sobre el que la mueve?  El hombre no puede evadir su sentido de culpa por su iniquidad ante la ley de Dios, sino que sigue siendo responsable sin que pueda ser libre de escapar del control divino en ninguna de sus acciones.

Jacob fue amado aún antes de ser concebido (al igual que su gemelo hermano fue odiado antes de ser concebido), pero tuvo que oír el llamado de Dios para que ocurriera la conversión. No hay tal cosa como salvos por la gracia sin el evangelio. Abraham fue llamado amigo de Dios, pero hubo de ser llamado en forma particular para que llegase a ser parte del pueblo del Señor. Los once discípulos del Señor escogidos para salvación (por cuanto Judas Iscariote era del maligno, al igual que Caín) hubieron de ser llamados para que escucharan el evangelio de salvación.

Hay un orden de salvación, el ordo salutis, el cual se cumple en todos los redimidos. A los que Dios conoció, a éstos predestinó, a los que predestinó también llamó; a los que llamó también justificó y glorificó. Pero Dios conoce todo y no llega nunca a conocer. El es Omnisciente y conoce el futuro por cuanto Él hace el futuro. No se trata de que necesite averiguar lo que va a suceder en el corazón de cada persona que ha creado, sino de que Él creó a cada quien con un destino preestablecido. Si Dios tuviera que averiguar quién le aceptará y quién le rechazará, ya no sería Dios. Porque un Dios que no sabe y tiene que averiguar no es un Dios Todopoderoso ni mucho menos Omnisciente.

Por otro lado, Él ha descrito a la humanidad creada como siendo nada y menos que nada, con una justicia similar a los trapos de mujer menstruosa. Ha dicho del hombre que es injusto, que no hay entre la humanidad ni uno solo que lo busque. Con esa definición de la condición humana no tendría nada que esperar de nosotros, ni mucho menos nada que averiguar en cuanto a nuestra decisión por Él. Pero no se trata de que la humanidad se volvió mala por cuenta propia, porque Esaú no había hecho ni bien ni mal, no había aún sido concebido y ya había sido odiado por Dios. El Señor lo escogió como vaso de ira para el día de la ira, en tanto a su hermano Jacob lo amó y lo escogió como vaso de misericordia para salvación. Esas son decisiones eternas e inmutables de un Dios soberano que gobierna con propiedad en toda la tierra, en todo su universo, en toda su creación. A nosotros nos toca conocer lo que nos ha sido revelado, y esas aseveraciones que el Espíritu ha hecho son parte de la revelación divina.

De igual forma, el que la fe venga por el oír la palabra específica de Dios, es otra aseveración revelada en las Escrituras. Nadie podrá ir a Jesucristo si no ha oído el evangelio; si alguien pretendiera afirmar que es posible que Dios salve a una persona en un recóndito pueblo donde jamás se haya oído el nombre de Cristo, eso no sería correcto. Sería una contradicción con el principio afirmado respecto de la fe, que viene por el oír la palabra de Dios. Que Dios pueda hablar directamente al espíritu de una persona, o a sus oídos, eso no se niega. Dios le habló a Abraham, no que alguien más le haya hablado la palabra de Dios. Dios hizo que Juan el Bautista se moviera de gozo ante la presencia del Señor, y eso lo hizo cuando Juan era apenas un feto. Dios es quien da el entendimiento, Él puede hacer todo. Pero no se podrá afirmar sin mentir que Dios salva a las personas que sin haber oído el evangelio muestran un poco de temor respecto a la divinidad. Eso no lo afirma la Escritura y es una contradicción con todo el sentido contenido en ella.

La Biblia ha dicho que no hay justo ni aún uno y que no hay quien busque a Dios. De manera que afirmar que Dios salva a la gente a pesar de que no oigan el evangelio, fundamentado en el hecho de que haya quien lo busque o quien tenga siquiera un poco de justicia es contradecir la palabra revelada. Hay un conocimiento general de Dios (Romanos 1:21) pero el hombre natural (animal) no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente (1 Corintios 2:14). Ya vimos que no es posible que alguien encuentre a Dios por sí mismo, pues necesita escuchar el evangelio; pero ahora vemos que aunque haya quien les predique tampoco pueden discernir. La Biblia asegura que los gentiles no conocen a Dios (1 Tesalonicenses 4:5), que hay personas que siempre aprenden pero que nunca llegan al conocimiento de la verdad (2 Timoteo 3:7). El que no ama no conoce a Dios (1 Juan 4:8), y hay gente que profesa conocer a Dios pero con sus hechos lo niegan (Tito 1:16).

El  conocimiento general de Dios les es dado a los hombres a través de la naturaleza, por medio de la obra de la creación divina. A través de ese conocimiento general se manifiesta el poder divino, su mandato moral y el decreto de Dios respecto a los que practican el mal y merecen morir. Pero eso no incluye la manera de la salvación a través de Su Hijo por la predicación del evangelio.

Uno podría preguntarse lo que sucede con aquellos que oyen un falso evangelio (por mucha verdad que contenga); tal vez, se dirá, son salvos porque creyeron sinceramente, porque se han mantenido fieles a la forma de doctrina aprendida. Si uno mira a través de la Escritura puede comprender lo que sucede con ellos; recordemos lo que el Señor dijo referente a aquellas personas que un día le dirán: Señor, Señor, hemos predicado en tu nombre, hemos hecho milagros, hemos expulsado demonios, etc. La respuesta que obtendrán será la misma: Nunca os conocí (Mateo 7:21).

El que sinceramente se equivoca sinceramente permanece en el error; el que cree el falso evangelio, no tiene ni al Padre ni al Hijo. Cuando Pablo refería respecto a los que invocarán el nombre del Señor hablaba de la predicación del evangelio. Fue él mismo quien sugirió maldición para todo aquel que trajere otro evangelio, o un evangelio diferente al que los apóstoles predicaron. En tal sentido, los que creen con sinceridad un evangelio falso, o un poco diferente al verdadero (lo cual lo instituye como falso), viene a ser anatema (maldito) de acuerdo a las palabras de la Biblia. Y el Señor lo enfatizó con su expresión de que nunca los había conocido; es decir, nunca tuvo comunión con ellos porque el Espíritu de Cristo no deja en la ignorancia a ninguna de sus ovejas, sino que las guía a toda verdad. Por esa razón el apóstol recomendaba en una carta a examinarse cada quien a sí mismo, a ver si estábamos en la verdad.

La mejor forma de examinarse es la comparación de aquello que confesamos creer con lo que dice la Escritura respecto a la doctrina de Cristo. El Señor les decía a un grupo de seguidores (llamados también discípulos) que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara (a la fuerza). Eso bastó para que se molestaran y empezaran a murmurar diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  La palabra de la predestinación es una ofensa para el que no cree, para el que no ha sido llamado; por esa razón conviene cotejar lo que uno confiesa creer con aquello que está escrito en la palabra de Dios.

¿Cree usted que Dios es justo amando a Jacob antes de ser concebido? ¿Cree igualmente en su justicia cuando dice que odiaba a Esaú antes de ser concebido? ¿Le parece correcto que haya endurecido el corazón de Faraón, aún antes de que Moisés le hablase? ¿Le parece correcto que Dios endurezca a quien quiera endurecer, pero que tenga misericordia de quien quiera tenerla? ¿No tiene potestad el alfarero de hacer un vaso para honra y otro para deshonra? Estas podrían ser algunas preguntas para examinarse a sí mismo, aparte de muchas otras que están relacionadas con el evangelio y la doctrina de Cristo. ¿Murió Jesús por todos los habitantes del planeta tierra, o solamente murió por los escogidos del Padre? ¿Entiende usted el sentido de la expiación en la cruz, a quiénes representó Cristo en el madero, a quién vino a salvar? ¿Conoce usted el sentido de la expresión del Señor que dice: no ruego por el mundo (Juan 17:9)?

Si usted dice haber creído en el Señor deberá responder correctamente a esas interrogantes cuya exposición y respuesta está en las Escrituras. De esta forma demostrará que comprende el alcance de la expresión la fe viene por el oír la palabra de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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