Mi?rcoles, 10 de mayo de 2017

Con este título se engloban muchas posibilidades interpretativas respecto a la idolatría. El servicio al ojo que se hace es indudable cuando se elabora un objeto de adoración. Pero es también un servicio al alma, más allá de que esa persona que rinde tributo al ídolo esté equivocada. Porque se puede servir al alma atormentada, al alma desquiciada, en una colaboración para acelerar su destrucción. Claro que es irónico el término servicio en este contexto, puesto que ese trabajo es similar al que se le hace al vientre o a la carne, como la Escritura señala.

Un ídolo es nada, dice Pablo, pero cómo confunde y engaña. El que sacrifica a los ídolos, a los demonios sacrifica, continúa el apóstol (1 Corintios 10:20). Entonces, aquello que era nada viene a ser mucho, pero en demasía para el pecado y para la condenación del alma que se aferra a ese instrumento de engaño. Por supuesto que aparecen las sutilezas en la interpretación del uso del ídolo.

Antes que nada se dice que ese muñeco de metal, madera o arcilla, o no importa que material, es una figura de lo que se pretende adorar. Como si se quisiera resaltar que no se adora al muñeco sino a lo que representa, de tal forma que el objeto viene a ser como símbolo de la figura a la que se pretende rendir tributo. Otros argumentan que es un recordatorio, no el propósito en sí mismo. Pero si usted necesita el objeto para recordar a quien se adora entonces no lo hace en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu, a no ser que se pretenda adorar a alguien más que no lo sea.

Como quiera que se argumente para la excusa, el ídolo es una representación de algo que se pretende adorar, recordar, reverenciar, servir y un gran etcétera de acciones a realizar. La Escritura, sin embargo, nos advierte contra ellos y prohíbe el servicio a esos objetos, en una clara admonición que nos asusta al recordarnos que son un instrumento de servicio a los demonios.

Gordon Clark, en unos comentarios teológicos, ha referido el tema de la idolatría. Dice que los católicos romanos, defendiéndose ellos mismos de la acusación de idolatría, aseguran que ésta es posible solamente cuando se confunde la imagen con la divinidad. Que para ellos las imágenes solo sirven de recordatorio, pero nunca son un objeto en sí de adoración. Continúa Clark señalando que de esa manera el catolicismo defiende igualmente a los efesios cuando adoraban a la diosa Diana. La adoración de los dos grupos (católicos y efesios) es similar por cuanto aquellos paganos nunca pensaron que la imagen de Diana era Diana misma. Entonces, ¿cómo es que la Biblia señala a tales efesios como adoradores de ídolos? (Gordon Clark en Idolatry and Scholastic Distinctions. https://agrammatos.wordpress.com/2014/02/22/idolatry-and-scholastic-distinctions/).

Una de las razones por las que la Escritura denuncia la idolatría se da en función de la devoción debida al Dios viviente. El creyente debe preguntarse si es adecuado adorar a una divinidad creada a su propia imagen y semejanza (en el más estricto sentido del paganismo greco-romano, o en el de los paganos más antiguos). El creyente debe cuestionar la otra perspectiva de la idolatría, no ya solamente la que fabrica el objeto (ídolo) de adoración a partir de materiales extraídos de la naturaleza sino la que procura concepciones teológicas que construyen un dios acomodado a la mente humana. Porque donde hay interpretación privada de la Escritura hay ídolos, donde existe un forjamiento del evangelio allí hay ídolos.

Cada vez que alguien asegura que Jesucristo murió por todos, sin excepción, está creando un dios a imagen propia, en detrimento de la cercanía del verdadero Dios de las Escrituras. Cada vez que alguien seduce o es seducido por proposiciones extrañas al evangelio de Cristo, también crea ídolos en su mente. Estos son tan perversos como los otros porque la Escritura no distingue entre ellos, asegurándonos que el que sacrifica a los ídolos (una proposición general) a los demonios sacrifica (una consecuencia de lo anterior).

Isaías hace burla de los fabricantes de ídolos y escribe acerca de un hombre que corta un leño y hace un fuego, con el cual se calienta y asa una carne. Después de comer reflexiona diciendo: ¡Oh! heme calentado, he visto el fuego. Con el resto del leño hace un dios como escultura, humillándose delante de ella, adorándola y rogándole: Líbrame, que mi dios eres tú (Isaías 44:16-17). Acá nos muestra el profeta la monstruosa estupidez que se ejecuta con el servicio a los ídolos, con gestos de adoración, con plegarias formales de súplica y peticiones particulares para ser liberado. ¿Pero cómo puede ser liberado alguien si le pide a su captor que lo libere? ¡Si el captor es Satanás y la presa es su adorador!

Más allá de que ese adorador de ídolos no crea que el leño es el dios que pretende adorar, sino que es una representación del mismo, la ridiculez es un esfuerzo pedagógico del profeta para enseñar a su pueblo acerca de tal necedad y peligro. El verso siguiente (el 18) nos indica el por qué esta gente adora ídolos: No han sabido ni entendido por cuanto sus ojos están encostrados. ¿Y qué es lo que esta gente desconoce? No saben quién es el verdadero Dios, que es Espíritu, que ha exigido que no se le haga ninguna imagen ni semejanza, que no desea que su pueblo se vaya tras los demonios.

No habiendo amado la verdad ahora aman la mentira, porque Dios mismo les ha enviado un poder engañoso para que se adhieran a él, de tal forma que perezcan todos los que no amaron la verdad. El no querer tener a Dios como noticia implica ser entregado a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene (Romanos 1:28); Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad (2 Tesalonicenses 2:11-12). Dos sentencias de castigo pleno para aquellos que insisten en la mentira, para los que desobedecen el mandato divino de apartarse de los ídolos, para los que se obstinan en hacer lo que no conviene. Aquellas personas que han conocido a Dios (a través de la misma creación del universo) pero que pretenden reverenciarlo por medio de figuras de cualquier tipo (aunque sea solamente figuras mentales), tienen tales sentencias sobre sus almas.

Por eso se ha escrito igualmente que si oyes hoy su voz no endurezcas el corazón. Si por alguna razón la palabra escrita le redarguye de pecado, entonces amístese con Dios para que le venga bien y tenga paz. De lo contrario, el dios de este mundo perverso lo mantendrá cautivo en la inoperancia de confiar en los ídolos, en la destrucción que presupone el servicio a los demonios. Siempre llama la atención que el apóstol Juan le haya advertido a su iglesia, y a través de ella a nosotros, que debe guardarse de los ídolos. Uno supone que la iglesia de Cristo está desentendida de la idolatría, que la admonición debe ser dirigida al mundo. Sin embargo, vale la observación para poner más cuidado en estos asuntos del servicio a los ídolos, porque al parecer no se trata solamente de tener muñecos para honrar, venerar y adorar, sino que las imágenes mentales que tengamos acerca de lo que deber ser Dios pueden ser ídolos.

También sucede que Juan advierte a la iglesia contra la idolatría pero entiende que si alguno sale con la bandera de los ídolos es aquel que también sale de nosotros, aunque no era de nosotros. Y esto sucede para que se manifieste quien es quien, porque muchas veces no son todos los que están (1 Juan 2:19). Aunque esta gente parece de la iglesia al estar en sintonía con ella, profesan la misma fe pero con la sola apariencia de piedad sin su eficacia. Ellos no tienen comunión verdadera con la iglesia y mucho menos con el Señor, por lo cual pueden abiertamente exhibir su servicio a los demonios. Pese a su convivencia por un tiempo con la iglesia ellos son hijos de este mundo y no de Dios, de forma que no tienen la unción del Santo (verso 20) y manifiestan su oposición a Dios a través de la adoración a los ídolos.

Cuando una persona comienza a darle vueltas a un texto de la Escritura porque no le gusta, porque le está recordando que algo anda mal, entonces puede aparecer la interpretación privada. Es allí cuando el peligro coge vuelo y la persona moldea el texto hasta darle forma como el alfarero hace con la arcilla. El texto tiene aristas que no convienen para su nuevo diseño y son quitadas como los escombros en la cerámica. La advertencia apostólica contra los ídolos no es solamente información privilegiada contra el mundo, sino una muy buena admonición para corregirse. Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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