Lunes, 08 de mayo de 2017

Siete mil personas se reservó el Señor en Israel, los cuales no habían doblado sus rodillas delante de Baal; una divinidad más, de la amplia galería de dioses ajenos que la humanidad ha forjado en suplantación a la adoración del verdadero Creador. Los hombres en su ignorancia y desviación le han rendido desde tiempo inmemorial culto a la criatura, y Baal era uno de los tantos ídolos que los pueblos antiguos habían adorado. Con ese nombre los semitas designaban al dios de la naturaleza y de la fertilidad; su étimo significa señor, amo, esposo. Cuando los israelitas llegaron a Canaán se pusieron en contacto con ese tipo de idolatría, en una experiencia nueva para ellos a la que sucumbieron muy pronto.

Les dedicaron los lugares altos (las cimas y montañas). Junto a esta adoración se le rendía culto a Astoret y Asera, diosas de la fertilidad. El viejo culto a Baal incluía orgías o fiestas desenfrenadas con licor y sexo libre, y en ocasiones sus seguidores se infligían heridas para lograr el favor de su dios (como se refiere en 1 Reyes 18:28). Una perversa traducción de la King James Version Bible cambió el término griego para Pascua en Easter, lo que enseñó a las masas religiosas de lengua inglesa a referir el día de la Pascua como el día de Easter, lo que rinde más tributo a la diosa pagana de la fertilidad llamada Astartot (o Astarot).

Más allá de que los defensores de ese nombre aleguen que es de origen teutón, que significa el mes en que se abren las flores y las plantas, como el abril (april) latino, no tiene ningún sentido práctico el haber traducido el nombre griego del Nuevo Testamento que designa la Pascua como Easter. Todas las demás veces en que aparece el término griego para Pascua se traduce passover en lengua inglesa, pero una sola vez lo cambian para Easter. Una razón oscura en la versión del rey Jaime, de origen turbio, lo cual propagó el uso de ese término en lugar de la Pascua bíblica.

A pesar de sugerirse que Easter proviene de la expresión alemana Eostur-monath (el mes de abril), tampoco hay duda de que tiene una relación con los druidas, los sacerdotes de los bosques. Un término que sobrevive de la vieja mitología teutona, de Ostara a Eostre, convertida después en el nombre de la diosa sajona de la primavera. También como una conjugación del mito griego de Deméter y Perséfone, que en la mitología latina tiene su contraparte con Ceres y Perséfone, en la idea de una diosa que regresa cada estación primaveral, con el concepto de la resurrección, en el que se viene de la muerte del invierno al renacer de la primavera.

Por su viejo origen caldeo, el vocablo nos remite a Astarté, uno de los títulos de la reina del cielo del antiguo Nínive. Mucho más fácil hubiese sido seguir traduciendo el vocablo griego πάσχα pascha-pas'-khah como se hizo el resto de las veces usando el término passover en el inglés. Setenta y siete ocasiones ocurre el léxico en lengua hebrea y griega de la Biblia y en ellas se ha traducido setenta y seis veces como passover; una sola vez como Easter, en Hechos 12:4.  Sin ninguna razón especial los traductores a la King James Versión le endilgaron ese vocablo que cundió en el mundo protestante de habla inglesa como un culto al viejo paganismo que tributa honores a la reina del cielo. Justo es destacar otra vez que el término griego es el mismo en Hechos 12:4 (πάσχα pascha-pas'-khah), sin que haya ninguna razón lingüística para la inclusión del vocablo que tributa honor a la diosa pagana.

Pero los antiguos profetas lucharon con fervor contra el culto a Baal (así como también se condenaba por extensión el culto a la reina del cielo, el que también fue criticado por Jeremías en su libro, capítulo 7, verso 18). Sin embargo, muchos reyes de Israel propagaron el servicio a estas divinidades paganas que poco a poco las hicieron suyas; por esta razón vino desbastador castigo contra Jerusalén (Véase Jeremías 6). El celo del Señor reclama contra el culto a las divinidades paganas al que se unía el pueblo de Israel: ... y abandonaron al Señor, el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y siguieron a otros dioses de {entre} los dioses de los pueblos que {estaban} a su derredor; se postraron ante ellos y provocaron a ira al Señor. Y dejaron al Señor y sirvieron a Baal y a Astarot (Jueces 2:12-13). Recordemos lo dicho: Astarot no es más que Easter en la traducción inglesa del Rey Jaime, una abominación que se repite en la boca de los que se dicen fieles del Dios viviente, divinidad pagana que se incluye en la época del año en que se le recuerda con los huevos de pascua, otro rito que evoca la fertilidad. De la misma forma se adjunta el conejo a esta feria primaveral como animal altamente reproductivo.

Decía Ezequiel de parte de Jehová, que su mano sería contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Ellos engañaron a mi pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz. Ellos matan a las almas que no mueren y dan vida a las almas que no vivirán (Ezequiel 13:10 y 19). Ciertamente, estos profetas y atalayas del pueblo de Dios declaran paz cuando no la hay y llaman a lo malo bueno (Jeremías 6:14; Isaías 5:20).

¿No son estos reclamos de antiguo lo mismo que se debe reclamar hoy día contra aquellos que profesan creer un evangelio ortodoxo pero que abren las puertas al evangelio extraño? Porque no es poca cosa ignominiosa el pisotear la sangre de Cristo, el anunciar un evangelio anatema distinto al que se ha predicado en las Escrituras, para contaminar a los oyentes con un anuncio populista, integrador, de un Jesús que quiere salvar a todos sin excepción pero que no puede por causa del libre albedrío de las masas. Un Dios que llora por el alma de sus criaturas, que suplica anunciando que ya Él hizo su parte, pero que le habla a los muertos para que hagan la suya. Ese dios mendigo de almas no es el de las Escrituras, es el dios del otro evangelio, del que predican los extraños y al que las ovejas que son del Buen Pastor jamás escuchan.

Juan nos recuerda quienes son los que tienen tanto al Padre como al Hijo, aquellos que permanecen en la doctrina de Cristo. No se trata de establecer una falsa dicotomía, de decir que queremos a Cristo con el corazón pero que desconocemos sus doctrinas con el entendimiento, como si se pudiera recibir a Cristo sin las enseñanzas que él expusiera de parte de Su Padre. El que no tiene a Dios es el que no permanece en la doctrina de Cristo. No es posible tener un porcentaje de esa doctrina y descuidar el resto, no es posible creer en la predestinación pero decir que Jesucristo murió por todos por igual. Si tal cosa se asume es prueba inequívoca de andar extraviado en las enseñanzas del otro evangelio.

La doctrina de Cristo ha sido expuesta en los evangelios (así como en el resto de las Escrituras). En Juan, capítulo 6, el Señor expone en forma específica a quiénes vino a salvar: a los que el Padre le envía. Solamente es posible comer del pan de vida si el Padre lo lleva a uno hacia el Hijo; no hay tal cosa como la libertad de comer del pan del cielo. Esta doctrina enfadó mucho a la gente que lo seguía por días, a quienes el escritor bíblico llama discípulos. Ellos presenciaron el milagro de los panes y los peces, se maravillaron de las enseñanzas de Jesús, se esforzaron día y noche por mar y tierra, pero a ellos les pareció dura cosa de oír la palabra acerca de la exclusividad del Padre. Solo los que el Padre le da al Hijo irán a él y no serán echados fuera. Eso les bastó para la murmuración y el abandono de las doctrinas del Señor; eso sigue bastando para los objetores modernos que repiten la expresión antigua acerca de que Dios parece injusto, pues condena a aquellos que no pueden resistir su voluntad.

Esaú no fue libre de decidir porque todo lo que decidió de acuerdo a su albedrío fue forzado por el destino trazado por el Creador, desde antes de la fundación del mundo. Mucho antes de nacer o de ser concebido, Esaú fue pensado como un vaso de ira para la gloria de la justicia y de la ira de Dios; por tal razón vendió su primogenitura, y su arrepentimiento de nada le sirvió porque no fue un arrepentimiento dado por Dios. Su fe emanaba de sí mismo y no fue un regalo de Dios, por esa causa el objetor bíblico le reclama a Dios ese hecho como una injusticia del cielo. ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? La divina respuesta continúa siendo la misma por los siglos: ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? Eres una olla de barro creada, nada más; el alfarero tiene potestad de hacer a partir de la misma masa vasos para honra y misericordia, al igual que vasos para ira y destrucción (Romanos 9:19-21).

Tal respuesta enfada tanto a los que todavía no han sido llamados por el Padre que se retiran murmurando contra el cielo; de igual forma, los réprobos en cuanto a fe conocen que nada pueden hacer contra la voluntad inmutable de Dios. Sin embargo, su retiro lo hacen elevando su puño al cielo y diciéndole a Dios que Él es injusto. En tal sentido, la Biblia nos expone ese argumento para que nos cuidemos de poner nuestra boca contra el cielo, para que nos humillemos ante el Dios soberano con quien nos conviene amistarnos, si nos fuere dada la oportunidad de su misericordia. Los que tienen oído para oír escucharán el llamado del Buen Pastor, el mismo que dio su vida por las ovejas (no por las cabras), el mismo que no rogó por el mundo (el de los cabritos) la noche antes de su crucifixión (Juan 17:9). Ante esta doctrina del Señor un día él le preguntó a un grupo de seguidores lo siguiente: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).

Si esta doctrina le ofende a usted es un mal síntoma, pero pudiera ser que siendo de los elegidos del Padre aún no ha sido llamado. Cuando lo sea, si lo fuere, conocerá que antes estuvo perdido y que ha pasado de muerte a vida solamente a partir del momento en que fuere llamado. El tiempo anterior habrá de ser estimado como basura (en el lenguaje de Pablo) por causa del conocimiento de Cristo. Y también conocerá que le será imposible seguir al extraño una vez que haya creído el evangelio (Juan 10:1-5), que no podrá sino permanecer en la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9) y que no podrá compartir espiritualmente con los que no traen la misma doctrina que ha recibido (2 Juan 1:10). Recibir esta doctrina es también un signo de la salvación otorgada. Solo entonces se dejará de servir a Baal y a la reina del cielo, que no son sino representantes de la diversidad de dioses que la mente humana forja a diario en la superstición de que Dios debe ser eso que ella concibe. Solo entonces se volverá a llamar bueno a lo bueno y malo a lo malo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:34
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