Jueves, 04 de mayo de 2017

Hay una multiforme sabiduría de Dios que ha de ser comunicada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos, en referencia a lo que hizo Él en Cristo Jesús bajo una determinación eterna. Uno entiende que el principal ministerio eclesiástico es el anuncio del evangelio, la locura de la predicación, por medio de la cual quiso Dios salvar a los hombres. Una multiplicidad de doctrinas componen el evangelio de Cristo, la elección incondicional, la depravación total de la humanidad y el propósito divino de que el hombre no se auto- redimiera, la influencia eficaz del Espíritu Santo en los elegidos del Padre para hacerlos nacer de lo alto, la preservación final de ellos hasta el día final de la redención. Asimismo, ese evangelio contiene la presentación de Jesucristo como el Hijo de Dios, el Cordero sin mancha que haría la expiación de todos los pecados de su pueblo, el amor absoluto de Dios para con los elegidos, a quienes también llama, justifica, santifica y glorifica.

El hecho mismo de habérsenos enseñado a orar de acuerdo a la voluntad de Dios, de manera que tengamos aquello que solicitamos, ha venido a ser una doctrina más del evangelio. Otro elemento doctrinal viene a ser la convivencia en armonía unos con otros, para que el mundo sea testigo de que somos uno en la iglesia de Cristo. De igual forma, constituye doctrina la ética que se deriva de una vida influenciada por la palabra de Dios, de una mente ocupada en las cosas de arriba y desentendida de las cosas del mundo. Ética práctica y no formalismo ante la gente, no el testimonio farisaico para que nos vean la apariencia de la piedad sino la demostración de la eficacia de la vida piadosa.

El evangelio nos enseña que de no haberse Dios dejado un remanente como lo hizo antes ninguno sería salvo. He allí la seguridad del creyente, el hecho de que no pudo acudir por cuenta propia hacia Jesucristo para beber del agua que fluye eternamente para vida, para comer el pan de vida y para beber su sangre derramada en la cruz. Todas estas son metáforas o símbolos del nuevo nacimiento, de lo que ha hecho el Señor en favor del pueblo que el Padre le dio. El creyente conoce por medio de la doctrina de las Escrituras que muerto en delitos y pecados nunca hubiese podido acudir hacia el trono de la gracia. Una simple ayuda no hubiese bastado, más bien tuvo necesidad de ser llevado a la fuerza, de ser resucitado pasando de muerte a vida, de las tinieblas a la luz, de la esclavitud del pecado a la servidumbre de la justicia.

Y esta exhibición del poder de Dios mortifica a Satanás, el cual ya ha sido juzgado y a quien le queda poco tiempo en esta tierra para engañar y corromper el entendimiento humano. El pecado también ha sido condenado, al punto que Pablo exclamaba dónde estaba ahora el aguijón de la muerte, pues el pecado que era su estandarte y lanza de poder ya había sido abolido en Cristo. La eficacia del pecado fue destruida en la cruz, de manera que nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, ya que Él es quien justifica. Y la contraparte del tormento de Satanás es la salvación del pecador que ha creído, ya que mereciendo igual condenación ha sido comprado con sangre, pero no así el tentador oficial y padre de la mentira que peca desde el principio. Y es que Dios es justo y el que justifica al creyente; el injusto ha venido a ser declarado judicialmente justo, en los méritos del Hijo y por medio de la imputación de su justicia.

Nadie puede ser justificado en su propia injusticia, pues nadie podrá pagar el rescate por su hermano ni liberarse de siquiera uno de sus pecados. Sin embargo, hemos sido justificados de la injusticia, de la nuestra y de la del resto del mundo, en un acto de gracia y misericordia pero también en un acto de justicia divina. Esta justicia de Dios es muy diferente de la justicia humana, sin parangón, cargada de pura gracia, debida a la imputación de la rectitud del Señor demostrada en su vida y en su obra en la cruz. Consumado es, dijo colgado en el madero, atestiguándonos que había logrado su cometido: morir por los pecados de su pueblo. Ya había agradecido la noche anterior en el Getsemaní por aquellos que el Padre le había dado, y por los que creerían por la palabra de aquellos. Estos también serían y han sido un regalo del Padre, pues nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo lleva a la fuerza (Juan 6:44).

La iniquidad del pueblo de Dios ha sido perdonada y la venganza ha sido tomada en los sufrimientos del Señor. Esto debe ser tenido por nosotros como un acto de misericordia y de justicia. Dios no nos juzgará dos veces por las mismas faltas, ya que habiendo sido pagadas en la cruz el acta de los decretos que nos era contraria también fue dejada atrás, clavada junto con el Señor. Todos aquellos sacrificios de animales, todas las ofrendas llevadas por el sacerdote ante el santuario, constituían apenas una prefiguración de lo que habría de ocurrir en el momento determinado por el Padre. Llegado el tiempo, el Hijo fue enviado a la tierra en semejanza humana, para realizar la tarea terrible de padecer como nadie jamás los desmanes de su pueblo. De la misma forma, sería abandonado por el Padre mientras cargaba toda la culpa de los errores de ese pueblo, mientras trabajaba en su cuerpo y alma el perdón de los pecados, de acuerdo a lo que se había enseñado en aquellos sacrificios simbólicos. La sangre debía ser derramada, esparcida, para que tuviera el efecto anunciado. Cuantiosas profecías se cumplieron en el día de su martirio, como otro indicativo de que verdaderamente era el Hijo de Dios.

El hecho notable de la elección es un punto doctrinal demostrable en la crucifixión. Incluso, su contraparte, la reprobación, quedó plasmada en las profecías cumplidas ese día, así como en las enseñanzas de Jesús. Judas Iscariote fue llamado el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese; un ladrón pernicioso quedó por fuera de la gracia, porque así había sido destinado. También la Escritura debía cumplirse de esa manera, como se cumplió en todos aquellos que por ser réprobos en cuanto a fe continuaron en su incredulidad muy a pesar del testimonio del Señor. Pero aparte de los que ya fueron condenados estamos los que hemos llegado a creer por medio de la fe, la cual también es un regalo de Dios. Así como la gracia y la salvación, la fe nos fue dada porque no es de todos la fe. La certeza de nuestra elección nos impulsa a seguir anunciando este evangelio del reino para testimonio a toda criatura, hasta que venga el fin.

Esta multiforme sabiduría de Dios no pudo jamás imaginarse anulada bajo la suposición de que Adán hubiese podido no pecar. Como si el primer hombre hubiese podido asegurarse su propia eterna bendición, como si hubiese sido posible borrar semejante gloria que pesaba ya en el Hijo como Cordero para la expiación. No podríamos jamás imaginar a Dios luchando en contra de Sí mismo, habilitando a la criatura para que deshonrara al Hijo ante las potestades de los cielos. Al contrario, la Escritura nos dice que el propósito del evangelio es mostrar ante esas potestades la multiforme sabiduría de Dios, la cual incluía el propósito de entregar a Su propio Hijo en rescate por muchos. Para conseguirse esta gloria Adán tenía que pecar, de lo contrario habría acontecido una burla contra la Autoridad Celestial, algo inimaginable.

A semejante blasfemia conduce la teología del pacto de obras, la cual tiene seguidores connotados dentro del falso evangelio. Con ese pacto se pretende elevar a la criatura al mismo rango del Creador, con la proposición del libre albedrío como la condición suprema para la responsabilidad. Se olvidan los que así piensan que el único que tiene libre albedrío es Dios, en cambio sus criaturas están atadas eternamente a Su voluntad y destino propuesto. Pero el pacto de obras es una fábula teológica que presupone la fortaleza humana para no pecar y para mantener su propia justicia, en un claro anticipo a la posible anulación de esta multiforme sabiduría de Dios preparada desde los siglos para ser anunciada por la iglesia a las potestades celestiales.

Dios no prevé cosas, Dios las ordena para que pasen. Él conoce el futuro no por mirarlo con un telescopio a través del tiempo sino por ordenarlo y decretarlo. Esa es la razón por la cual tenía preparado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), misma razón por la que había establecido que Adán tenía que caer en la transgresión para desplegar la maravillosa gracia y sabiduría presupuesta en el rescate de su pueblo elegido.

La ética cristiana se fundamenta en las ordenanzas de Dios, de manera que si algo es moralmente bueno lo es en virtud de que Dios lo ordena; caso contrario, si algo es moralmente malo, lo es en virtud de que Dios lo prohíbe. La prohibición de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal prevenía sobre las consecuencias de la violación del mandato. Conocemos lo sucedido en el Edén, de igual manera como conocemos lo que fue manifestado por Pablo en su carta a los Romanos, cuando el Espíritu lo inspiró a decirnos que Esaú fue odiado por Dios aún antes de hacer bien o mal, aún antes de haber sido concebido. La primera respuesta del que objeta la declaración bíblica es preguntarse por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad. Lo mismo acontece con el falaz pacto de obras, que presupone que Dios no pudo crear a Adán para que pecara, porque sería injusto. Si estudiamos Romanos 9 en concordancia con lo sucedido en Edén, tendremos un análisis lógico similar y una misma respuesta del Espíritu de Dios. De la misma manera, quienes consideran injusto que Dios actuara de esa forma con Adán, consideran impropio que Dios odiara a Esaú antes de que naciera.

La ética cristiana viene a ser un arma de doble filo, hay que tener cuidado de cómo se maneja no vaya a ser que destruya a quien con ella juega. La palabra de Dios es igualmente como el fuego, como un martillo que hace pedazos la roca; así lo afirma el Señor (Jeremías 23:29).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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