Lunes, 01 de mayo de 2017

A pesar de la descripción asombrosa que tiene la Biblia acerca del infierno, muchos son los que hacen burla de ese lugar. Se argumenta que fue una invención de la Edad Media, que un Dios bueno no podría jamás crear un lugar de tormento eterno. Pero ese sitio es tan cierto como el cielo porque Dios no miente. Si decimos creer en el evangelio entonces es imperativo que creamos en toda la verdad revelada, ya que si hemos sido salvados ha sido de un castigo por la eternidad. En caso de que no existiera ese lugar la salvación no tendría ningún sentido.

El pecado exige la muerte eterna como castigo, en tanto se ha faltado ante un Dios eterno y Santo. Sin embargo, su contrapartida es la justicia de Dios, la cual ha sido satisfecha con Jesucristo. Podemos decir que la justicia divina demanda vida eterna, una contraparte del pecado. Nosotros no podríamos jamás a partir de nuestra naturaleza y conducta satisfacer por un solo momento las exigencias divinas, de manera que lo que el Dios perfecto exige se hace inalcanzable por causa de nuestra limitación espiritual.

Sabemos que la justicia de Cristo ha sido imputada gratuitamente a su pueblo, por lo cual ese pueblo tiene vida eterna en razón de la imputación de justicia. Ha habido una permuta: por un lado el Señor tomó nuestros pecados en la cruz y pagó por ellos con su muerte bajo dolor, por el otro lado, a nosotros se nos imputó la justicia de Cristo para obtener la vida eterna en los cielos con el Redentor. Los que no conocen a Dios recibirán la venganza junto con aquellos que no obedecen el evangelio del Señor, el cual pagará con eterna destrucción a sus enemigos (2 Tesalonicenses 1:8-9).

Los que dudan acerca de lo que la Biblia dice, o los que piensan que la doctrina de la condenación eterna es un artificio religioso, deberían leer el texto encontrado en Apocalipsis 21:8:  Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros, y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda. El infierno es un lugar donde las llamas no se apagan e infringen cruento dolor sobre un cuerpo transformado para que no se extinga. Los que allí van desearían tener cualquier dolor de los que se padece en esta tierra, para cambiarlo por la pena que reciben.

Pero la obstinación de la mente humana es enorme, al punto en que el libro de Apocalipsis en otro relato nos cuenta que, a pesar del castigo que Dios envía a los que moran en la tierra, los hombres no se arrepienten de su adoración a los demonios y a los ídolos (Apocalipsis 9:20). Esto nos lleva a meditar en que se hace necesaria una transformación de la mente del pecador para que pueda llegar a arrepentirse y creer en el evangelio. Pero más allá de esa necesidad, el mandato es universal y el deber de arrepentirse y creer también lo es. De manera que la Biblia no pregona la compatibilidad entre libertad y responsabilidad, o entre habilidad y responsabilidad. Al contrario, la Biblia declara que el hombre está muerto en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Asimismo, asegura que es necesario nacer de nuevo, pero que esa es una actividad que proviene de Dios y no de voluntad humana.

La buena noticia está dada para los que Cristo representó en el madero, para los cuales la esperanza que les asiste no los avergüenza. No en vano dijo el Señor que nos alegráramos de que nuestros nombres están escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Agregó que no nos alegráramos por los poderes espirituales que ostentemos (como parecía ostentarlos Judas Iscariote), más bien nuestra alegría debería reposar en la garantía que nos fue dada -las arras del Espíritu para el día de la redención final.

Hay quienes tienen un problema con esta aseveración bíblica y deciden en consecuencia transformar el anuncio para hacerlo una buena noticia para todos sin excepción. Para que ello parezca acorde con la lógica aseguran (sin base bíblica) que Cristo murió por todos (tanto por los que se salvan como por los que se condenan). De esta manera demuestran una gran ignorancia en el sentido y alcance de la expiación, pues la Biblia asegura que Jesucristo salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

Por otra parte, el Señor expuso su doctrina de salvación en varias oportunidades, diciéndole a la gente que si el Padre no los enviaba hacia el Hijo no podía haber redención alguna. Esto ofendía a los presentes que incluso habían presenciado el milagro de los panes y los peces, que lo seguían con gran esfuerzo tanto por tierra como por mar. Muchos de esos ofendidos fueron discípulos suyos, alumnos que se entretenían con sus enseñanzas. Pero ellos comenzaron a murmurar diciendo entre sí que aquella palabra era dura y que quién sabe quién la podría oír.

Hay quienes siguen ofendidos por el hecho de que Dios haya dicho que Él escogió a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna, agregando que esto lo hizo antes de que fuesen concebidos o de que hiciesen bien o mal. Añadía el Espíritu que una de las razones por las cuales se hizo de esa manera y no de otra fue para que nadie se gloriase en su presencia (diciendo que fue más sensato que otro, que tuvo mejor discernimiento que el que persevera en la incredulidad, etc.). Y es que la Biblia añade que la salvación es por gracia y no por obras, ya que ambas se excluyen mutuamente como causa de la redención.

Jesucristo vino a ser la justicia de Dios que como Redentor Supremo salva eficazmente a todos aquellos por los cuales murió en la cruz. De ellos se ha escrito que el acta de los decretos que les era contraria fue clavada en aquel madero. Al haber recibido castigo el Cordero de la expiación ya nosotros no tenemos que padecer por los agravios cometidos contra el cielo, por cuanto Dios es el que justifica. La gloria del Hijo era muy inmensa pero se agrandó cuando cumplió su cometido de la redención de su pueblo (compuesto por judíos y gentiles), gloria que además fue reservada para él desde antes de la fundación del mundo.

Como quiera que Adán fue creado inocente, él no podía no pecar por cuanto dejaría sin la gloria agregada al Redentor. Si Adán no hubiese pecado, el Hijo no hubiese venido en plan de Redentor, pero como el Padre ya lo tenía destinado como Cordero desde antes del fundación del mundo (1 Pedro 1:20) Adán tenía que transgredir el mandato de Dios. Y no hay criatura independiente de su Creador, sino que el único ser libre es Dios y todos los demás seres que han sido creados tienen el destino sujeto a la voluntad sempiterna e inquebrantable del Padre Celestial.

De allí que todos los que han sido salvos lo han sido de pura gracia, ya que las obras no repercuten en el hecho de alcanzar la redención. Y las pieles de animales con las que Dios cubrió a los primeros hombres después del pecado representan el fruto del primer sacrificio animal, en un claro símbolo de lo que habría de ocurrir después, cuando el Señor le daría los mandatos a Moisés para el pueblo. De esta manera, todos aquellos santos del Antiguo Testamento fueron alcanzados de pura gracia y salvos en Jesús, si bien usaban el símbolo del sacrificio animal como un anuncio del sacrificio final, hecho una vez y para siempre en virtud de la perfección del Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo (de judíos y gentiles que conformarían su iglesia, su cuerpo místico, los que el Padre le daría).

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmo 32:1).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:04
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