S?bado, 29 de abril de 2017

Esta doctrina no es nada nueva, más bien parece una variante de la salvación por obras propagada por el viejo y nuevo catolicismo romano. En realidad, de acuerdo a su doctrina, el catolicismo pregona que no es posible para el creyente tener seguridad de la salvación. Insisten en que a los que obran bien hasta la muerte, y esperan en Dios, se les debe proponer la vida eterna, ya como gracia prometida por Jesucristo o como premio con que se han de recompensar. De acuerdo a la salvación por obras, siempre hay algo más que hacer para satisfacer la justicia exigida por Dios y algo más que dejar de hacer para agradar al mismo Dios.

Si dudas, entonces es un síntoma de la fe; porque la fe tiene sus características propias, como la duda. Esa expresión es muy común escucharla hoy día, como si el viejo existencialismo de Kierkegaard estuviera vigente. De esa mano va la idea de que si se adora con fervor, poco importa el conocimiento que se tenga acerca de lo que se adora. De manera que la seguridad absoluta la sujetan al hacer algo para mantener la salvación, algo que puede denominarse el conjunto de buenas obras. Resulta evidente que el trabajo de Cristo en la cruz no fue suficiente para la redención final, por lo cual hay que añadir a esa obra del Señor la justicia propia.

Bien podríamos catalogar a este sistema teológico con el mote de la doctrina demoníaca de la duda, donde la certeza de la salvación reposa en la justicia propia del pecador. La Biblia nos enseña que la razón por la cual una persona pone en duda su salvación es porque ignora la garantía de la redención. De allí que la duda conlleve a establecer la propia justicia, como se desprende del texto de Romanos 10:1-4. La certeza que brindan las Escrituras radica en el autor y consumador de la fe, en Dios que es quien justifica, en Jesucristo que fue quien murió y resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:33-34).

El evangelio de Juan recoge la enseñanza del Señor respecto al pan de vida. Jesús dice de sí mismo ser ese pan, así como antes había dicho que era el agua de vida eterna. Cualquiera que comiere de ese pan no tendría más hambre, porque él era y es la buena comida; cualquiera que bebiere de esa agua no tendría sed jamás, porque él es la fuente de agua que mana para vida eterna. Ese pan y esa agua nos aseguran la ausencia permanente del hambre y de la sed; de ese modo se aleja la duda, porque sin fe es imposible agradar a Dios. El que ha comido ese pan no siente más hambre sino que está seguro de lo que ha ingerido y se ha saciado. Igual sucede con la metáfora del agua bebida para vida eterna, de forma que cualquier duda se aleja del creyente.

Esto es diferente a decir que se ha comido de ese pan y bebido de aquella agua, pero que igual se sigue sintiendo hambre y sed de vida eterna. En los que tal cosa afirman no hay confianza sino que la duda es su gobernadora. Ellos sí que pueden recorrer en círculos el territorio de la desesperanza, porque no han conocido a Dios. Y eso fue exactamente lo que les sucedió a aquellas personas del relato de Juan 6, cuando el Señor les hablaba del pan de vida. Ellos se alejaron en murmuración, diciendo que aquella palabra era dura de oír. No les gustó la certeza ofrecida por Jesús acerca de comer el verdadero pan del cielo; pero la razón fundamental de ese disgusto fue que el Señor les advertía que nadie podía ir a él (a comer ese pan) a no ser que el Padre lo trajera. Esa condición asustó a la multitud que se marchó lejos del Señor, muy a pesar de que habían presenciado el milagro de los panes y los peces, de que lo habían seguido como discípulos haciendo grandes esfuerzos por tierra y mar durante varios días.

La duda no fortalece la fe ni es su signo, simplemente anuncia que se está sediento y hambriento. De allí que los creyentes no dudan de su salvación, porque han sido satisfechos plenamente en su sed y hambre. Esa fue la promesa del Señor, que no tendríamos más nunca hambre ni sed, que seríamos saciados del pan de vida. Y es que ese pan de vida no es otro que el Jesús que muere en rescate por su pueblo, dando su vida en expiación de todos los pecados de los que le fueron dados por el Padre. Nuestra hambre de vida eterna fue satisfecha y no necesitamos seguir comiendo porque lo que se nos dijo fue que no tendríamos más nunca hambre. Ya no hay duda acerca de la eternidad con Cristo, simplemente una certeza y una esperanza que no avergüenzan.

Si usted todavía está siguiendo las obras para alcanzar la salvación, está bajo maldición. Así lo afirma la Biblia: Porque todos los que son de las obras de la ley, están bajo maldición. Porque escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). Ciertamente, la ley de Dios hay que cumplirla pero no para alcanzar salvación porque nadie podría, simplemente habrá que entender que aquellos que buscan justificación por razón de la ley deben cumplirla toda; caso contrario, serán hechos malditos por desacato de alguno de esos mandatos. Y esa es la razón por la que el apóstol nos dice que la ley no salvó a nadie, sino que por ella vino la conciencia del pecado para que abundase la gracia. La confianza en la propia justicia (de hacer y dejar de hacer) para ser aceptado por Dios, implica estar alejado de la ciudadanía de los cielos. Eso indica que se considera que el Pan de Vida no es suficiente para saciar el hambre de eternidad, lo que devuelve al incrédulo a su duda. Colocar algo extra como mérito o como instrumento para la redención, o para sentirse seguro, es un indicativo de la ausencia de ese Pan de Vida que sacia eternamente.

La muerte segunda, aquella que es denominada muerte eterna, es la condenación de los impíos. Estos son los que están bajo la maldición de la ley, por cuanto asidos de ella en alguna manera (sea por lo que les dicta su conciencia en donde aquélla está impresa) son incapaces de acatarla en su totalidad. Estos seres confían en sus obras que no es otra cosa que tener confianza en su propia carne; hacen caridades públicas y privadas, se abstienen de ciertos placeres libertinos, buscan agradar la forma de la religión que profesan, pero jamás alcanzan a satisfacer la justicia de Dios. El nivel o rasero puesto por el Creador es demasiado alto como para que un hombre pueda siquiera acercarse al umbral de aceptación, porque ese rasero no es otro sino Jesucristo.

Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone el brazo humano por su sostén (Jeremías 17:5). Confiar por un momento en la obra humana es colocar a Jesucristo de lado, es empujar la justicia de Cristo para hacerle campo a la suya propia. ¿Cómo puede el hombre perdonarse a sí mismo aunque sea un solo pecado, dado que la justicia de Dios es perfecta y no acepta la torcida manera de percibir el hombre la ley?  Ante la justicia de Dios el hombre permanece convicto, con la boca callada, a no ser que haya sido declarado justo en virtud de la justicia que es Cristo.

Los judíos se exaltaban en el conocimiento de la ley dada por Dios a Moisés, pero no hacían más que teoría de la norma. Sus escuelas de pensamiento se regían por diversas interpretaciones de la ley, pero ninguno de ellos pudo siquiera llevar a la práctica ni la letra ni el espíritu de esa ley. Esa ley requiere perfecta obediencia, asunto que no puede ser alcanzado por el hombre caído y muerto en delitos y pecados. Ni siquiera Abraham cumplió con dicha ley, como aseguraban los judíos en su tiempo (a sabiendas de que Abraham fue antes de la ley escrita). Y si ellos no pudieron cumplirla habiéndola recibido de lo alto, cuanto más el resto de los hombres que intentan ofrendar obras muertas ante aquello que consideran es Dios.

Pero venido el tiempo, en la perfecta armonía entre el Padre y el Hijo, éste fue enviado al mundo para redimirnos y para que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto somos hijos, Dios nos envió el Espíritu de su Hijo para poder clamar ABBA PADRE. El texto de Gálatas 4:4-7 nos indica que el Espíritu fue enviado a nuestros corazones, donde radica nuestro principio de vida espiritual. Allí habita como en su templo, siendo nuestro cuerpo un habitáculo más para el Dios del cielo, como un testimonio de nuestra futura gloria. Desde allí nos trabaja la fe como parte de su oficio de ser el que nos conforta, pues ¿cómo confortar a alguien en medio de sus tribulaciones si no es por medio de la certeza de que todo lo tiene bajo control el Padre Eterno? Grita con vehemencia PADRE, PADRE (Abba en hebreo y Padre -πατήρ, PATER- que proviene del vocablo griego), para demostrar nuestro afecto filial de entre los judíos y gentiles.  De allí nace nuestra genealogía que es prueba del linaje escogido, por lo cual abunda la confianza de que Dios es nuestro Padre tanto en tiempo de aflicción y adversidad como en tiempo de prosperidad.

Nos preguntamos cuál duda podemos manifestar como garantía de la fe, si la fe es todo lo opuesto a la duda. Dudan aquellos que todavía no han alcanzado la gracia manifestada en el Pan de Vida, dudan los que no han bebido del agua de vida eterna, dudan los que no tienen el Espíritu del Señor que clama Abba Padre, los que no han sido reconciliados con Dios, los que objetan sus decretos, los que detienen con injusticia la verdad. Aquellos que siguen al otro Jesús, el que murió por todos sin excepción, tienen que dudar por fuerza porque la salvación depende en última instancia de su esfuerzo y perspicacia. Estos están bajo la maldición de la ley y continúan bajo la esclavitud de las penumbras, por lo cual su duda es lógica, válida y síntoma de que andan extraviados sin luz en el mundo.

Nosotros, en lugar de tener la duda como prueba de la fe tenemos la fe como prueba de que ya no dudamos más. Como nada ha dependido de nosotros, estamos ciertos de que fuimos enviados por el Padre hacia el Hijo, de que hubo una renovación en nuestro entendimiento, de que se nos dio fe y arrepentimiento (por cuanto estando muertos en delitos y pecados no pudimos apropiarnos de estos mecanismos para andar en el camino), por lo cual al clamar con certeza Padre, Padre, no manifestamos ningún tipo de duda (ya no por un imperativo intelectual, sino en virtud de la nueva naturaleza impartida en nosotros).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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