Jueves, 27 de abril de 2017

La expiación universal no vale de nada si pretende todo pero poco obtiene. Más bien debemos decir que no alcanza ni siquiera a una persona, dado que el diagnóstico espiritual nos dice que el hombre ya murió en sus delitos y pecados. Hace falta el nuevo nacimiento, pero Dios no lo realiza en cada uno de los seres humanos. Dice la Biblia que nacer de nuevo es una acción exclusiva del Padre Eterno, que no depende de voluntad de varón, que una persona por concebir carece de poder de decisión para venir a la luz.

La expiación universal es una  fábula teológica que aparece como la clara consecuencia de la presunción de la compatibilidad entre responsabilidad y libertad. Para que seamos responsables (dicen) hay que ser libres, de lo contrario la coacción anularía el consejo de Dios. Pero en las Escrituras no hay apoyo para tal rebeldía sino que ella es opinión privada del objetor. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién ha resistido a su voluntad? En otros términos, el objetor de hoy reclama de otra manera: Si no somos libres, ¿cómo puede inculparnos Dios? ¿Cómo se atreve a condenar a quien no puede resistir la condenación?

Por cierto, la frase aparecida en Romanos 9 surge en el contexto del anuncio del odio de Dios por Esaú. El hermano gemelo de Jacob tuvo un destino decidido unilateralmente por el Creador. Aún antes de ser concebido ya Dios lo odiaba y lo tenía pensado como réprobo en cuanto a fe. De allí la fuerza lógica del argumento, de allí el grito de angustia: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Para dar respuesta a esta interrogante, la teología de la expiación universal ha dado la vuelta a las palabras de la Escritura. Al no poder negarlas, hace caso omiso de ellas y trae a la mesa la idea de la compatibilidad entre libertad y responsabilidad.

Más bien debemos entender que el hombre es responsable no en virtud de su libertad frente al Creador, sino en razón de la soberanía absoluta de Dios. No hay ninguna posibilidad de hacer al Creador dependiente de la arcilla, sino más bien la inteligencia señala que la masa de barro depende del alfarero que la ha formado y que la tiene en sus manos para moldearla. El hacha no mueve al cortador de leña, pero las manos que la sujetan la conducen de acuerdo a la intención de la mente de quien la sostiene. En ningún momento conviene suponer que Dios está sujeto al libre albedrío humano, sino más bien es prudente sostener que la gente está sujeta a la libre voluntad divina.

No hay un renglón donde el Dios del cielo y de la tierra no sea autónomo. Aún en aquellas cosas malas está su mano dirigiendo la orquesta. El profeta Amós así lo expuso y Jeremías lo entendió de igual manera. Lo mismo hizo Isaías y el libro de Job resalta la misma idea de toda la Biblia, que no hay nada malo acontecido en la ciudad que Jehová no haya hecho, que de su boca sale lo bueno y lo malo, que Él maldice y bendice, que da vida y la quita, que hace surgir al menesteroso del barro, que hunde en él a los poderosos. Él, y solo Él, es quien hace todas estas cosas. Ah, pero no la Escritura no dice que Dios es un ser pasivo que como una estatua de sal está petrificado permitiendo que todo acontezca. Más bien, el Dios de las Escrituras endurece activamente a quien quiere endurecer.

Fijémonos en la crucifixión del Hijo de Dios, en los que lo rodearon para hacerle mal. Cada uno de ellos cumplió el guión escrito por el Padre dictado a sus profetas. Ni una sola de aquellas profecías faltó, prueba que demuestra que en los asuntos más ominosos del planeta Dios tiene las manos metidas. Incluso hizo al malo para el día malo, a Satanás (a quien había creado bueno), porque de esa forma traería más gloria a su nombre y al Hijo. Estas cosas ha hecho y no hay quien le diga ¿qué haces?

Los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, el pájaro no cae a tierra sin la voluntad del Señor, separados de él nada podemos hacer. El que con él no recoge desparrama, como para que comprendamos definitivamente que el Dios soberano todo lo gobierna. Asimismo, los días de nuestra existencia ya tienen límite, y los que pretenden matar nuestros cuerpos lo logran si esa ha sido la voluntad del Señor (como se desprende de la declaración de los amigos de Daniel), pero el alma no la alcanzan. Cuando el rey Acab se disfrazó para confundirse entre sus soldados, creyó que así pasaría desapercibido, pero una flecha lanzada a la deriva cayó en el cuerpo del rey para matarlo, como lo había señalado el profeta Micaías. Este siervo de Dios había dicho algo contra todos los augurios de los falsos profetas de Israel: Efectivamente es lo que ha ocurrido. El Señor ha inspirado a todos tus profetas para que te engañen. El Señor decidió que todo te saldrá mal: (1 Reyes 22:23).

Semejante Dios no es posible imaginarlo con deseos frustrados. De paso, declaraciones bíblicas dicen lo contrario cuando afirman que todo lo que quiso ha hecho (Salmo 135:6; 115:3). Cada circunstancia de lo que acontece en el planeta, cada movimiento de un átomo, ocurre de acuerdo a la voluntad del Creador. Cada impío que nace y se incorpora como soldado a las huestes infernales de maldad ha sido creado como vaso de ira. La justicia de Dios se muestra desde los cielos y se consumará con su ira en el día en que castigue las infracciones de los malos. Por el contrario, la misericordia del Señor reposa sobre la heredad de los justos, los cuales han sido declarados rectos en su presencia en un acto de perdón judicial. Jesucristo pagó ya por todos los pecados de su pueblo, de manera que no hay quien los condene.

Esto exacerba a los réprobos en cuanto a fe y los excita a levantar su puño contra el cielo. Sus maestros de falsa teología los educan para que crean la mentira, para que aleguen que el Señor murió por todos, sin excepción, pero espera a que cada impío se incorpore en sus filas por voluntad propia. Como si un muerto pudiese extender su mano a la medicina para tomarla. Con sus falsas enseñanzas estos maestros de la mentira dan vanas esperanzas a los que se ejercitan en la apariencia de piedad, aunque niegan su eficacia. En sus sinagogas alaban a un falso dios con el nombre de Jesús, repiten textos memorizados de la Escritura y citan las interpretaciones privadas de sus maestros. En realidad, son militantes de la nula expiación, sin poder añadir a su condición espiritual un poco de verdad.

Como la verdad nos hace libres, la mentira en aquéllos los detiene en la esclavitud. Como quiera que todavía puede haber pueblo no llamado en medio de ellos, el Señor exhorta a los que son suyos a salir de en medio de tales congregaciones, a huir de Babilonia. Cuando sea el momento oportuno en que fueren llamados, saldrán de allí y seguirán al Buen Pastor. Es a partir de ese momento cuando ya no seguirán al extraño nunca más, por cuanto dejarán de reconocer su voz. Entonces comprenderán que si Cristo expió los pecados de toda la humanidad, sin excepción, ellos deberían seguir muertos en sus delitos y pecados. Solamente el Señor redimió en el madero a los que el Padre le dio, los cuales fueron escogidos para salvación desde antes de la fundación del mundo, los mismos que el Espíritu hace nacer de lo alto en el día del llamamiento eficaz. Hubo muchos judíos que se entusiasmaron con el evangelio del Señor y llegaron a profesar la fe de Cristo; sin embargo, muchos de ellos seguían pensando que había que añadirle a la sangre del Cordero las obras de hacer y no hacer de la ley de Moisés. A ellos se les dijo que profanaban la sangre del Señor haciéndola inútil, pues ya no había chance para que el Señor muriera de nuevo por ellos. Esa misma actitud tienen los que suponen que deben añadir al trabajo del Señor su propio esfuerzo de la aceptación, de levantar la mano en una iglesia, de repetir una oración de fe. Ellos sostienen que para hacer tales cosas deben haber dos condiciones previas: 1) que el Señor haya muerto por todos, sin excepción; 2) que ellos tengan libre albedrío para decidir su destino sin coacción de parte de Dios.

Tales presunciones son motivo de orgullo espiritual que no es más que orgullo carnal. Al hacer depender su destino final de un hecho netamente humano, anulan la expiación del Señor como lo hicieron los viejos judíos señalados en el libro de los Hebreos. Claro está, anulan la expiación de su Señor, porque la expiación del Hijo de Dios fue eficaz en su totalidad. Él dijo: de los que me diste ninguno se perdió (excepto el hijo de perdición), no ruego por el mundo sino por los que me diste. Ese mundo por el cual el Señor no rogó incluye a todos los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda. Mal pueden esos réprobos esperanzarse en la doctrina de la mentira de sus falsos maestros de la expiación universal.

Se añade que la expiación universal hace aparecer a Dios frustrado, contraviniendo su propia Escritura. Es como si dijeran todo lo que Dios quiso hacer no ha podido hacer, porque se propuso salvar a todos sin excepción, pero el infierno demuestra como monumento su fracaso. Es como si le hubiese dicho a Faraón, te doy la oportunidad de que dejes salir a mi pueblo de Egipto y te lo recompensaré con la vida eterna. Es como si hubiese escrito de Judas que sería el hijo de perdición si él así lo aceptase, o como si esperase que Pilatos liberase al Señor. Un Dios frustrado no puede ser Dios, no gobierna sino permite que sucedan cosas que Él no mandó. Un Dios frustrado estaría en pugna con Satanás para tratar de ganar algunas batallas y poder levantar la bandera del bien contra el mal. Un Dios frustrado necesitaría del concurso de los muertos no redimidos para darle fuerza a su ejército del cielo.

La Escritura demuestra, en cambio, que el Padre no hace ir hacia el Hijo a los que no son suyos, porque Él sabe quiénes son los que ha escogido. En ocasiones, a pesar de vivir en un planeta repleto de miles de millones de personas, uno vive la soledad del profeta Elías, o la de Juan el Bautista que clamaba en el desierto. La multitud que se ocupa de las cosas del evangelio lo hace desde el ángulo de la interpretación privada, para sostener que si Dios es justo, el Hijo tuvo que morir por todos sin excepción, para dar oportunidad por igual a cada habitante del planeta. Ese concepto de justicia humana no es el mismo que el de la justicia divina, por lo tanto uno sigue preguntándose con el profeta Isaías: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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