Lunes, 20 de marzo de 2017

Pablo el apóstol le pidió a la iglesia que fuese imitadora de él, así como él lo era de Cristo. En otros términos, su paradigma era el Señor pero él se constituía en modelo de los creyentes. Es como decir yo creo el evangelio, y si usted cree el mismo evangelio entonces es mi hermano. En realidad hay una gran verdad en esas palabras, porque si hemos de tener comunión unos con otros también hemos de creer lo mismo en relación a la doctrina que compartimos.

Los creyentes pueden diferir unos de otros en cuanto a que asumen conocimientos que no son un estándar para la comunidad cristiana. Por ejemplo, se puede no estar de acuerdo de un todo acerca de los pormenores de la escatología bíblica. Podemos inferir que Jesús era carpintero porque José lo era, si bien eso no es una verdad relevante en materia de salvación. Alguien podría argumentar que el libro de Apocalipsis es totalmente simbólico, que relata el triunfo del bien sobre el mal, pero que no es necesariamente un libro profético en todas sus páginas. Otros asumirán que los salmos de la Biblia se escribieron para cantarlos en la congregación, que no hay necesidad de instrumentos musicales en la iglesia porque el Nuevo Testamento no habla de ello. Bien, estas cosas pueden hacernos diferentes unos de otros, pero no son trascendentes como para que disuelvan la hermandad.

Pero en relación a la doctrina de salvación tenemos todos que estar de acuerdo. Es allí cuando somos imitadores de Pablo, que tenía la doctrina de Cristo. Si alguno ignora el evangelio de salvación entonces no ha conocido al Señor, porque los que ignoran el evangelio no tienen a quien invocar para su redención. Este principio es básico y emana de la Escritura: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquél de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10 : 14-15).

LA DOCTRINA

De especial relevancia es entender lo que significa la doctrina de Cristo, que no es otra que la doctrina del Padre. Permanecer en esa doctrina (cuerpo de enseñanza) es una prueba irrefutable de andar en la verdad, de haber creído el evangelio de salvación. Ignorar tal enseñanza pone al descubierto a quien no ha sido llamado todavía. Un conjunto de palabras bíblicas nos muestran la importancia del cuerpo doctrinal, la didaskalia, es la enseñanza para proporcionar instrucción, el didáskalos es el maestro que instruye, una persona didakta es aquella que está instruida.  El verbo didasko se relaciona con la didaké διδαχή, la enseñanza propiamente dicha, la doctrina o contenido que se enseña. Esta última acepción también refiere a la disciplina en general pero usada en forma común en el servicio militar de la antigüedad griega. Una persona didáctica (διδακτικός -didaktikós) es aquella que está apta para enseñar y que demuestra habilidades para instruir.

Jesucristo no sólo enseñaba la doctrina del Padre sino que advertía en contra de la doctrina de los fariseos y saduceos (Mateo 16:12). La gente se maravillaba de la doctrina de Jesucristo, porque aún a los espíritus inmundos los mandaba y le obedecían (Marcos 1:27). Especial atención debemos colocar a lo que el Señor dijo en una oportunidad referente a sus enseñanzas, cuando enfatizaba que su doctrina no era de él (en el sentido humano particular) sino del que lo había enviado; acto seguido agregó: El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo (Juan 7:16-17).

La enseñanza o doctrina es aquello que se recibe, como lo recuerda el Antiguo Testamento: Goteará como la lluvia mi enseñanza (Deuteronomio 32:2). En tal sentido, la humanidad ha venido recibiendo el cuerpo doctrinal del evangelio a través de la historia, por intermedio de los profetas y demás escritores bíblicos. Después del Pentecostés, la iglesia perseveraba en la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:42). Pese a ello, también se ha profetizado que en los postreros días algunos se apartarían de la fe escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1), por lo cual vendrá tiempo cuando no se sufrirá la sana doctrina (2 Timoteo 4:3). Pablo refiere en forma feliz el hecho de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón la forma de doctrina a la cual había sido entregada (Romanos 6:17), pero le ruega igualmente a la congregación que se aparte de aquellos que ocasionan disensiones y escándalos contra la doctrina (Romanos 16:17). A los que son tentados a apartarse hacia la enseñanza de las obras, el autor de Hebreos les dice: No seáis llevados de acá para allá por doctrinas diversas y extrañas (Hebreos 13:9).

De tal importancia es el cuerpo doctrinal que confesamos que Juan le escribe a la iglesia que cualquiera que se rebela y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios, pero el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis bienvenido. Porque el que le dice bienvenido participa de sus malas obras (2 Juan 9-11). La enseñanza de Jesús y los profetas, de los apóstoles, fue recogida en el cuerpo de libros que constituye la Biblia, y a ella refiere Juan en su carta citada. Con tanta alusión al tema no podemos pasar por alto su relevancia para la salud del alma y de la convivencia en la hermandad de creyentes. Aquellos que dicen que lo que importa es el corazón y no la mente o intelecto, se equivocan por completo y obedecen a la voz del extraño. No hay tal cosa como una separación entre el creer y la razón, porque de la abundancia del corazón habla la boca y de él salen los malos pensamientos y también mana la vida.

Al imitar al apóstol Pablo, tal como él lo recomienda, se deberá tener en cuenta su enseñanza, la cual habla del cuerpo doctrinal a seguir y del cuerpo de doctrinas a evitar. Jesucristo está ligado a sus enseñanzas, a sus palabras; uno no puede tener a Cristo sin el conocimiento de lo que enseñó. Tan importante es esta materia que la doctrina es lo que permite distinguir al creyente del extraño, al Señor y a los falsos Cristos. Si al ser libres del pecado venimos a ser siervos de la justicia, la enseñanza (doctrina) de la Escritura viene a ser el testimonio que nos distingue como siervos de la verdad y nos separa de los siervos del engaño. Los que están perdidos exhiben sus malas obras, pero los que han sido regenerados pregonan el evangelio de las buenas nuevas de salvación, bajo la única condición de la justicia de Cristo, de su sangre derramada en expiación por los pecados de su pueblo.

Imitemos no solamente a Pablo, sino al Señor, a los profetas, a los demás apóstoles, a la multitud de testigos que alaban a Dios por causa de la redención que ha llegado hasta ellos. Esa es nuestra ganancia, por lo cual perseveramos en la doctrina de las Escrituras y nos apartamos de las doctrinas de demonios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:16
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